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  21 de julio de 2011
  Ana Torregrosa y Enmanuel Camacho
  Antonio Muñoz Zamora, la lucidez del superviviente
  Este hombre, marcado a sangre y fuego por los nazis, llevó siempre a Almería en su corazón. Aunque nació en Melilla (1919) –porque sus padres estaban allí por cuestiones de trabajo–, antes de cumplir un año Antonio Muñoz Zamora regresa con la familia a la tierra de sus orígenes. Aprendiz de imprenta. Con 16 años se alista como voluntario con los republicanos. Lucha durante toda la Guerra Civil. Tras la victoria de Franco cruza la frontera de Francia (9 febrero 1939). Internado en distintos campos de concentración franceses, logra escapar y durante un tiempo es miembro activo de la Resistencia francesa hasta que la Gestapo lo detiene. Es deportado al campo nazi de Dachau (Alemania). En agosto de 1944 es trasladado al campo de exterminio nazi de Mauthausen (Austria) donde permanece hasta la liberación, por parte de los norteamericanos, el 5 de mayo de 1945.

El retorno.
Antonio vive en Francia hasta que en 1963 regresa definitivamente a Almería. Hasta la muerte de Franco se dedica a la organización clandestina del Partido Comunista en la provincia. Mientras tuvo un aliento de vida mantuvo la lucha por las libertades y la denuncia contra cualquier tipo de fascismo.
“Tenía guardada una botella de coñac de cinco litros que había traído desde Francia para la ocasión. Nos reunimos un grupo de familiares y amigos, pero faltaban otros. Muchos compañeros seguían encarcelados. Así que, finalmente, no la descorchamos”.
Coherencia y memoria hasta el final. El 20 de noviembre de 1975 Antonio Muñoz Zamora no brindó por la muerte de Franco. Durante años soñó con levantar su copa, no para festejar la muerte de una persona, sino para celebrar la esperanza de una nueva vida en libertad. Pero si la libertad no existe para todos los hombres, ningún hombre es libre. Así que Antonio no brindó.
Cercano, inteligente, bondadoso, entrañable, atento, luchador sin tregua, dotado de un agudo sentido del humor… Todo eso y mucho más era Antonio Muñoz Zamora. Un auténtico superviviente. Y no sólo por lograr salir con vida del infierno de Mauthausen, sino, sobre todo, porque supo sobreponerse a sus propios demonios. Desterró de su vida, con una convicción pasmosa, la tentación del odio y la venganza. Antonio Muñoz conoció los agravios más profundos, las humillaciones más extremas. Cuando eso es así, resulta difícil entender que no existan arrebatos de rencor. Su hablar pausado y tranquilo eliminaba cualquier duda al instante. Pero sobre todo su mirada. Esa mirada por la que a Muñoz Zamora se le escapaba el alma, grande y limpia.

Condenado al exterminio. El compromiso de Antonio Muñoz con las libertades comenzó temprano. Tenía sólo 16 años cuando se produjo la sublevación franquista. Aquel chaval que trabajaba como aprendiz de imprenta comprendió rápido que el futuro del país, el suyo propio, estaba siendo amenazado y supo que tenía que hacer algo. Se alistó como voluntario para luchar con los republicanos y combatió durante toda la Guerra Civil. Cuando los fascistas vencieron huyó a Francia. A partir de ese momento su vida es un descenso irrefrenable al infierno que culmina cuando lo internan en Mauthausen. No había esperanza para él. Era uno de los condenados al exterminio. Pero Antonio Muñoz Zamora –que, pese a todo, siempre se consideró un tipo con suerte– logró salir con vida. Tenía apenas 26 años, no pesaba más de treinta kilos y había visto y sufrido todo tipo de horrores. En esas circunstancias nadie habría podido recriminarle que optara por una vida lo más tranquila posible, lejos de luchas y compromisos activos. Nadie, excepto una persona: él mismo.

Sin fuerzas físicas aún para afrontar el futuro, Antonio quiso cruzar clandestinamente la frontera francesa para combatir contra la dictadura de Franco junto a los maquis. Las directrices del Partido Comunista –se había afiliado a principios de los años cuarenta del pasado siglo en Barcarès, uno de los campos de concentración franceses por los que pasó– lo disuadieron. Antonio Muñoz se quedó a vivir en Francia. Allí, en la ciudad de Brest, conoció a su mujer, Simone. Era un 14 de julio, día de la República española. En Francia nacieron sus tres hijos y de Francia regresaría definitivamente a España en 1963. La lucha continuaba.

“En el pueblo de Bayárcal teníamos una multicopista a la que llamábamos la vietnamita. Estaba escondida en la casa de Pepe, el maestro del pueblo. Con aquella máquina y el cliché de Mundo Obrero hacíamos nuestra propaganda. Pasábamos noches enteras trabajando. Después los compañeros recogían aquellos papeles impresos y los distribuían por Almería”. Noches de trabajo arriesgando el tipo, jornadas de reuniones a escondidas. La entrega siempre por un ideal de libertad que Antonio ligó, durante la dictadura, a su militancia clandestina en el Partido Comunista.

Perdonar no es resignarse.
Tras la muerte de Franco, la Transición se fue forjando con éxito gracias a las concesiones de muchos españoles que tuvieron la generosidad de aparcar sus diferencias para trabajar en un proyecto democrático común. Antonio Muñoz simboliza a muchos de aquellos que, pudiendo reclamar todo lo que se les arrebató, decidieron olvidarse de ellos mismos y arrimar el hombro por una causa en la que no cabía el protagonismo para el dolor personal. Pero Antonio Muñoz Zamora no era de los que ven los toros desde la barrera. Perdonar no es resignarse. Y él no estaba hecho para quedarse quieto viendo cómo otros construían un futuro del que siempre se sintió partícipe. Además, víctima desde muy joven de la tiranía y la ausencia absoluta de libertad, supo apreciar con un entusiasmo especial el horizonte de esperanza que brindaba la Transición. La legalización del Partido Comunista de España fue un momento histórico cargado de emoción para Muñoz Zamora, que no olvidó nunca su compromiso político. En las elecciones generales del 1 de marzo de 1979 fue el número 3 de la lista al Senado del PCE por Almería. Tiempo después se presentó como candidato a la alcaldía de Almería por el PTE-UC (Partido de los Trabajadores de España-Unidad Comunista). Tenía 67 años. Seguía la estela de Santiago Carrillo, al que siempre admiró y respetó. Y continuó siguiéndola cuando se aproximó al PSOE, formación política que lo llegó a elegir como presidente del partido en Almería. Pero Antonio Muñoz sintió el aguijón de la decepción. La lucidez de su visión de superviviente le impedía participar de juegos florales. Abandonó la presencia activa en política, pero nunca sus ideas, ni su compromiso con la justicia y las libertades.

En sus últimos años recibió la Medalla de Andalucía y fue declarado hijo adoptivo de Almería. Pero, sobre todo, logró hacer realidad un sueño: erigir un monumento a los 142 almerienses que murieron en Mauthausen. Un monumento a orillas del Mediterráneo. En esas aguas, ante ese monumento, fueron esparcidas las cenizas de Antonio Muñoz Zamora en 2003. El rompeolas de ese mar trae desde entonces el rumor de un mensaje de memoria y dignidad.
   
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