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  21 de julio de 2011
  Jesús Chacón
  Juesús Quintero. Por la vereda del Loco
  Llegaba el hijo del electricista, el sanjuanero, todas las mañanas con su padre a la estación de Zafra para ir al instituto. En tren desde San Juan del Puerto. “Él para ir a trabajar y yo a estudiar”, recuerda Jesús Quintero. Su padre era preguntón, y su descarada curiosidad despertará en el Quintero adolescente el gusanillo del periodismo, y años más tarde será en Huelva donde se coloque por primera vez delante de un micrófono. De las primeras cosas que hacía cuando llegaba a la capital en aquel tren, según cuenta, era comprarse el Odiel en el kiosko de Toscano, que estaba empotrado entre varias casas en una acera de la plaza de San Pedro, en la esquina frente a la calle San Andrés. Su futuro profesional ya estaba escrito.

La llamada del periodismo.
“Durante el trayecto en el tren –rememora– a mi padre le gustaba preguntar a los compañeros de viaje: ¿Quién es usted?, ¿de dónde viene?, ¿adónde va?, ante mi avergonzado silencio de adolescente. Quién me iba a decir entonces que yo también me iba a pasar a vida preguntando a la gente quién es, de dónde viene, adónde va… La curiosidad de mi padre me llevó al periodismo”. Jesús Quintero, aquel muchacho que llegaba a Huelva desde el luminoso San Juan del Puerto, subía entonces la calle San Andrés camino del instituto, pero se paraba en aquel quiosko a comprarse el periódico: “Al Odiel le llamaban el “leído”, que es lo que significa Odiel al revés. Mi padre me contaba que también le llamaban el “tragabuques”, porque durante la Guerra Mundial hundió tres o cuatro veces la Armada Aliada y nunca dio noticia del hundimiento de un barco alemán”.

Todavía hay mujeres que recuerdan a aquel joven alto y atractivo al que le gustaba vestirse de negro y con jerseys de cuello alto. Precisamente es en la capital onubense donde Quintero –que luego cogería por la vereda del Loco– localiza el escenario del descubrimiento amoroso: “Recuerdo una puesta de sol maravillosa como telón de fondo de mi primer amor –dice–, pero también me acuerdo de muchas otras cosas. Atardeceres en la Punta del Sebo, la carretera entre San Juan y Huelva, llena de árboles hasta que llegaron los mercaderes con la celulosa y nos trajeron ese olor… De niño fui con mi padre a la inuguración de un puente entre San Juan y Huelva, y lo hicieron tan pequeño que no cabía el tren”.


El primer micrófono.
“Huelva tiene el color de la iniciación, del comienzo. En Huelva le di la primera patada a un balón y me fumé el primer cigarrillo. La primera vez que me puse delante de un micrófono fue en Radio Popular de Huelva”. Entonces Quintero cambia el tren de San Juan por el tren de la radio, del que ya no querrá bajarse. Estaba ya entonces más cerca de encontrar la vereda del Loco, si es que no caminaba ya por ella desde que era aquel niño solitario que escuchaba en silencio a su padre hablar con los viajeros del tren de Sevilla, que lo llevaba de San Juan a Huelva.

Pasó luego muchos años en Madrid haciendo radio, metido en los estudio de Prado del Rey a locutor de noticias. Luego volvería a Andalucía, a la calle Rafael González Abreu de Sevilla, y el hoy Vagamundo y Ratón Colorao empezó con aquel programa ya mítico: El Loco de la Colina, traducción de la canción de los Beatles ‘The fool on the hill’, que quizá supuso definitivamente otro concepto de hacer radio. El concepto radiofónico del Loco en su colina particular, perdida en la noche. Y así ya hasta ahora.

Han sido varios los programas que le han marcado profesionalmente, y que le definen también en cierto modo. ‘Ciudades’, ‘El Loco de la Colina’. Luego traspasa el mismo formato, basado en el silencio y en sacar el perfil imprevisto del personaje entrevistado, a la televisión; y llega ‘Cuerda de presos’, ‘El Vagamundo’ y, finalmente, ‘Ratones coloraos’. ¿Por qué ‘Ratones coloraos’? “Porque quiero reflejar la evidencia de que el mundo es una ratonera donde
todos somos ratones a los que el sistema intenta atrapar con mil trampas”. Quintero ya no es entonces El Loco o El Vagamundo, sino un ratón como los demás. “Vengo a decir de una manera divertida, sin sermonear a la audiencia, que todavía hay clases: que si dentro de esta ratonera que es el mundo se puede ser un ratón colorao –es decir, listo como el hambre, despierto, lúcido, auténtico, comprometido, rebelde, soñador…– que nadie se conforme con ser un ratón gris. Que hay que estar atento para que no nos la den con queso y saber más que los ratones coloraos”.

Y en esta ratonera que es el mundo, como acaba de declarar El Loco, que antes había sido Jesús Quintero, y después Vagamundo y ahora Ratón colorao, Huelva nunca ha estado muy distante de él. “No he sentido nunca lejanas mis raíces. En los momentos de soledad, de emoción, el hombre siempre vuelve, aunque sea con el corazón, a su tierra, a su gente, donde se siente comprometido y querido. Sólo veo lejana a Huelva cuando no la veo pelear contra la contaminación, contra la injusticia, contra los tópicos. Cuando la escucho decir: “¡Éste cómo va a ser bueno si es vecino mío!”

Jesús, o el Loco, o el Vagamundo, acierta a trazar la imagen de Huelva que le gustaría que se adentrase en el siglo XXI, mientras él sigue viajando por su vereda en su tren, como el que le traía de niño desde su pueblo a la capital. “Quiero una Huelva abierta, generosa, universal, sensible, que sea la propia dueña de su futuro, sin complejos de superioridad, ni de inferioridad, que sea moderna, libre, limpia, sin malos humos ni malos olores, sin mala leche, sin cristales, capaz de valorar al vecino… la mejor de las Huelvas posibles”.
   
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