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  21 de julio de 2011
  Jesús Chacón
  José Caballero, el niño de la botica
  Cuando el Ateneo Popular de Huelva organiza en el mes de junio de 1932 una ‘Semana de Arte Nuevo’ con los dibujos surrealistas de –entre otros artistas– un José Caballero de 19 años y un Federico García Lorca a punto de lanzarse a los caminos de España con La Barraca, la sociedad onubense se escandaliza y poco menos que pide la cabeza de los dibujantes. La propia Junta Directiva del Ateneo tiene que clausurar la muestra el primer día y, según la leyenda difundida por el mismo José Caballero, dimitir en pleno ipso facto.

Deuda con Huelva.
También la prensa escupe su indignación como lenguas de fuego por semejante tomadura de pelo, con ataques directos a los autores y proclamando su decepción con el que el público consideraba uno de sus mejores dibujantes: Pepito Caballero, el niño de la botica de la calle Concepción que aprendía a pintar en Madrid en casa de don Daniel Vázquez Díaz. Después de una semana larga de dardos envenenados en las páginas de Diario de Huelva y en las de La Provincia, en donde se achacaba la vergüenza ajena que provocó el arte vanguardista al “daltonismo cerebral” y al “intelecto deforme” de los artistas, el futuro “gran pintor andaluz” que entonces presagiaba Lorca decide contestar con un artículo firmado en el conservador Diario de Huelva fundado por Antonio de Mora Claros. “Debo a Huelva todo lo que soy y lo que pueda ser –escribió en esos días Caballero–, siempre sabré agradecérselo, y si en mí hay puestas unas esperanzas, yo haré por que esas esperanzas no se pierdan”. La serena respuesta, toda elegancia frente a la repulsa reaccionaria de sus paisanos, anuncia una nueva exposición donde preparaba –decía– “el salto mortal”. Hablaba aquí Caballero de una próxima vuelta a Huelva para la siguiente temporada y sentenciaba que “entonces, cuando el público me conceda otra vez lo que ahora me rechaza, estará mi espíritu alegre de nuevo”.

Para eso tuvieron que pasar 40 largos años. En 1972, el incansable José Luis Ruiz, aquel sevillano de familia hostelera –propietaria del Hotel Victoria y luego del Tartessos– que crea en Huelva el Festival de Cine Iberoamericano y otros acontecimientos culturales como la efímera Muestra de Cultura Iberoamericana, que trajo a Alberti y a Uslar Pietri, pone de acuerdo a Diputación y Ayuntamiento para organizar la primera muestra antológica que se le hace al pintor onubense. Bien está que fuera su tierra, como dijo Cernuda en su ‘Díptico español’.

En medio, entre aquel 1932 y este 1972, casi toda una vida plagada de mala suerte, contratiempos y espirales de silencio. Una cruel guerra civil que corta como un machetazo una carrera a punto de florecer, y una dictadura represora cuyo fin entonces, 1972, con Franco a punto de pasar el testigo a su almirante Carrero Blanco, no se podía adivinar. Es cierto que después de aquella primera y única exposición surrealista que ha tenido Huelva, la del escándalo del 32 (que tuvo hasta un improvisado manifiesto rubricado por los artistas), el precoz pintor de la Plaza de Las Monjas tuvo memorables ocasiones para olvidar aquel chasco con su ciudad natal. Porque poco después, en Madrid, hace el cartel del estreno de Yerma en el Teatro Español, las ilustraciones para la primera edición del quizá mejor poemario de Lorca, el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, los figurines y decorados para el estreno catalán de Bodas de sangre... En sólo tres años, de 1933 a 1936, Caballero había entrado en el círculo de amigos de Alberti, Neruda, Lorca y Buñuel, y ya era mucho más que una promesa cuando llega “la gran vigilia de 1936”, como reza el título de un cuadro suyo creado en 1970.

Una maldita guerra. Es cierto todo eso, pero también lo es que cuando los militares y sus adláteres civiles se echan a la calle el 18 de julio de 1936 el jaleo le sorprende en una Huelva sublevada, y que sucumbe –señalado con el dedo delator– al profundo miedo de aquella orgía de sangre, y que entonces se apega –presionado por familia y amigos– al teatro de juventudes de la Falange onubense; aquella Tarumba paradójicamente continuadora del espíritu de La Barraca. Era, a través del bálsamo teatral, una amable manera –tal vez la única– de poder seguir haciendo lo mismo que en su luminosa y fugaz etapa en el Madrid republicano, sólo que aquella existencia alegre y tricolor se había vuelto vida apagada y rojigualda de hiel y de sangre. Por estas fechas, en el otoño del 36, ya le ha llegado devuelta la carta que manda a Lorca hasta la granadina Huerta de San Vicente con una advertencia de parte del Gobierno Militar de Sevilla: “Por su seguridad, no vuelva a escribir a esta dirección. Ojo, primer aviso”. Llega el miedo, la sangre el terror y el silencio.

Trabajará luego para sobrevivir en el entonces Departamento de Prensa y Propaganda de la España rebelde, primero en Sevilla (1936-1937), donde le ayudan frente a las denuncias algunos amigos liberales de orden como José María del Rey Caballero, Manuel Halcón o Carlos Ollero, y luego en Burgos, de la mano del falangista apóstata Dionisio Ridruejo. El único antídoto para sobrevolar aquella esquizofrenia fue el surrealismo, y así, jugándose la vida, hizo decorados para algún desfile triunfal en la Sevilla de Queipo con símbolos antifascistas que ningún rebelde advirtió. Y también será verdad que aun pagando este precio por salvar la vida no se librará de que, recién acabada la guerra, el párroco onubense de San Pedro, Luis Calderón –que hizo pérfidas listas con nombres de republicanos y masones–, denuncie por masón a su tío Diego, que era el sustento de él mismo y de su madre viuda. Una lástima que fuera su tierra, según la otra cara del díptico español cernudiano. Entonces, cerradas a cal y canto las puertas de su casa ultrajada, deja Huelva sin mirar atrás y se lleva a su madre a Madrid. Abandonan su ciudad con lo puesto, las guerras civiles son así.

Al haberle sorprendido la guerra en Huelva tuvo sólo dos opciones: colaboración o paredón. Después, durante los años más duros del franquismo, combatirá con su pintura el estilo oficial de cuartel y sacristía, y Caballero se convierte en el puente entre las vanguardias anteriores a la guerra y las vanguardias que con la abstracción comienzan a gritar desde los lienzos en contra de una dictadura que ahogaba la espontaneidad de los artistas, que ahogaba la vida de casi todos los españoles. Pero este puente solitario entre dos épocas escondía una terrible paradoja, un gran drama interior: a la vanguardia de los años treinta había llegado muy pronto, demasiado joven, y a la de los cincuenta y sesenta con más edad de la cuenta. Porque la guerra había acabado con una generación que era la suya, la de los que iban a madurar en la segunda mitad de los años treinta.

Espirales de silencio.
También las espirales de silencio le persiguieron como si fueran los círculos concéntricos de sus lienzos matéricos. En la guerra y la posguerra tiene que aprender a callar, no puede hablar de la verdad que sentía por temor a correr la misma suerte que su amigo García Lorca. No es pues un afecto al Movimiento, y sólo se limita –como tantos otros– a salvar el pellejo y el de su madre, a quien tiene que mantener en aquellos años cuarenta de hambre y pistolas. Salvó la vida pero no la libertad. Entonces fue siempre un sospechoso y padeció 20 años de marginación en las muestras internacionales promovidas por el franquismo. Más tarde, en los años de la Transición, algunos arribistas a la democracia se encargaron de que sólo se supiera que ilustró revistas como Vértice, y trataron torpemente de ocultar el inconformismo integral de su pintura durante largas décadas de dictadura. De nuevo el silencio sobre su obra y la marginación interesada. También Caballero guardará silencio una vez más. Fue el suyo un silencio prudente y elegante, que le venía de un señorío no adscrito a ninguna clase social, ése que Miguel García-Posada achaca a los “siglos de elegante escepticismo” y “vasta sabiduría” que atesora la Andalucía profunda. Ese profundo sentimiento andaluz le llevará luego en 1977 a presentar –con textos de Caballero Bonald y serigrafías suyas– la Propuesta para una bandera andaluza. Finalmente, para cerrar la espiral de espirales silenciosas, vendrá el silencio físico al que le obliga la enfermedad que acaba con su voz en los últimos años.

Mala suerte la de Caballero. No le fueron favorables las circunstancias en su vida pero sí tuvo grandes amistades –como Lorca o Neruda– y momentos de plena felicidad. Y Huelva, cuando el tránsito a la democracia ya se estaba fraguando, supo entonces reconciliarse de la mejor manera con uno de sus mayores pintores al organizar su primera antológica. Aunque para esto hubieron de pasar 40 años, su espíritu, como había vaticinado en 1932, volvía a estar alegre de nuevo.
   
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