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  28 de junio de 2011
  Antonio Varo Pineda
  Miguel Salcedo Hierro. Un eslabón de concordia
  Miguel Salcedo Hierro, cronista oficial de Córdoba, es un hombre que, desde la atalaya de sus 80 años, puede observar con calma y satisfacción el panorama de la cultura cordobesa, en la que él tuvo un papel muy destacado durante la época de la Transición. Sus múltiples publicaciones abarcan multitud de aspectos culturales: es autor de libros de poemas, tratados de gastronomía andaluza y cordobesa, guías turísticas, estudios histórico–artísticos y creaciones o adaptaciones teatrales, así como de innumerables artículos en los que, desde las páginas del diario Córdoba, aborda y actualiza la historia de la ciudad o de sus hijos más ilustres. Por otra parte, sus responsabilidades como concejal en los años finales del franquismo e iniciales de la democracia lo pusieron en una situación tan privilegiada como comprometida para ser testigo de los cambios que ineludiblemente habrían de producirse en la ciudad.

Museo Romero de Torres.
De su condición de hombre de concordia da idea el hecho de que ocupó la Concejalía de Cultura en el último Ayuntamiento cordobés del franquismo (concretamente, entre 1971 y 1979), pero diez años después, en 1989, un alcalde por aquel entonces de Izquierda Unida, Herminio Trigo, lo hizo cronista oficial de la ciudad.
Su paso por la citada Concejalía dejó como huellas principales la obtención formal para el Ayuntamiento –y, por tanto, para la ciudad– de las obras de Julio Romero de Torres existentes en la Casa-Museo del pintor y la salvación del Gran Teatro, un edificio emblemático de la ciudad que estuvo a punto de sucumbir bajo la piqueta.

En 1974, en efecto, se celebró el centenario del nacimiento del pintor –Salcedo recuerda, con un punto de humor, que la coquetería de Julio Romero le hizo decir en más de una ocasión que había nacido seis años después, en 1880–, y con motivo de la efeméride se dio forma legal y efectiva a la donación, puramente oral, que los hijos del artista habían hecho años atrás al Consistorio. Al hablar de esta donación, el cronista evoca agradecido la generosidad de Amalia, Rafael y María Romero de Torres para con Córdoba, al rechazar en su momento suculentas ofertas económicas por los cuadros que más tarde darían origen al Museo, hoy uno de los más visitados de la ciudad.

Gran Teatro.
Dos años más tarde, en 1976, la propiedad del Gran Teatro solicitó licencia para derribar “un edificio situado entre las calles José Zorrilla, Menéndez y Pelayo y la avenida del Gran Capitán”, aunque no se decía qué uso tenía dicha construcción. Salcedo es y ha sido un hombre del teatro: desde 1947 hasta su jubilación fue catedrático del Conservatorio Superior de Música y Declamación, y de 1967 a 1980 subdirector del mismo; este último año pasaría a ser profesor y primer director de la Escuela Superior de Arte Dramático y Danza, cargos que ostentó hasta su jubilación en 1988. Por eso mismo, sintió como cosa propia el peligro que se cernía sobre el emblemático coliseo, sobre todo tras la pérdida, unos años antes, del recordado Teatro Duque de Rivas. Al tener conocimiento de dicha demanda, presentó una moción urgente al Consistorio para salvar ese “edificio”, que no sólo fue aprobada por unanimidad de los concejales que entonces regían el Ayuntamiento cordobés, sino que contó con el respaldo de los dos siguientes equipos municipales, presididos –ya normalizada la situación democrática– por los alcaldes Julio Anguita y Herminio Trigo.

Sin duda alguna, estos dos logros para la ciudad debieron de pesar en el ánimo de los regidores municipales para proponerle el nombramiento de cronista. Salcedo recuerda que, al recibir la propuesta de Trigo, comunicó al primer edil su satisfacción por el honor que se le ofrecía, y por otro el deseo de que la ratificación de un cargo tan emblemático no dependiera en exclusiva de la aritmética electoral. El prestigio y el respeto de que Salcedo goza en Córdoba se manifestó, en efecto, en el acuerdo municipal sobre su nombramiento de cronista oficial de la ciudad se plasmara en un acuerdo unánime de los cuatro grupos políticos (IU, PSOE, PP y CDS), que configuraban el Ayuntamiento cordobés de 1989.

Cronista. De sus tiempos como edil responsable de Cultura recuerda la escasez de medios materiales y económicos con que tuvo que llevar la Concejalía, lo que no le impidió publicar libros (como los Cuentos y descuentos andaluces de Sebastián Cuevas, Córdoba y San Rafael, de Luis González Gisbert o Córdoba, Sultana de Andalucía de Marcelino Durán de Velilla, por poner tan sólo tres ejemplos), organizar exposiciones, celebrar congresos o facilitar intercambios culturales.
Actualmente, retirado de su prolongada labor docente, sigue prestando continuas aportaciones a la cultura cordobesa, a través de su cita quincenal en las páginas del diario Córdoba o mediante la aparición de nuevas publicaciones, alguna de ellas tan importante como el libro La Mezquita, Catedral de Córdoba, publicado en 2001 por la Obra Social y Cultural de Cajasur. Pregonero de múltiples eventos populares, siempre está dispuesto a poner su voz y su palabra o su pluma al servicio de todo tipo de acontecimientos: Semana Santa (en tres ocasiones ha pregonado la de Córdoba, la última en 2000), romerías (Santo Domingo, Linares...), coronaciones canónicas (Nuestra Señora de la Fuensanta), fiestas populares... Miguel Salcedo Hierro, desde la atalaya de sus 80 años, representa el eslabón que une, mediante la cultura, la Córdoba de antaño con la del presente.
   
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