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  24 de junio de 2011
  Rosa Luque
  Balbino Povedano. La utopía de un médico ilustrado
  Balbino Povedano Ortega se sabe médico ante todo, y a su profesión de ginecólogo, en la que ha cosechado un merecido prestigio, sigue dedicándose sin conocer el cansancio. Pero a este prieguense nacido en 1930 pronto se le quedó pequeño el oficio de sanar, de modo que, como hombre multidimensional que siempre quiso ser, no ha escatimado su apoyo para cuantas causas ciudadanas se le ha requerido. Especialmente en las relacionadas con la entrega a los más desfavorecidos, que ha podido desarrollar durante décadas no sólo a través de la Cruz Roja, organismo que expandió el radio de acción social bajo su dirección, sino desde su propia consulta privada. Y es que el actual presidente del Consejo Económico y Social de Córdoba, cargo al que llegó en 1999 guiado por un compromiso político que el doctor Povedano entiende “como una preocupación por la cosa pública, no como aspiración al poder”, se considera “heredero del modernismo y de la Revolución Francesa”.

En las fuentes del padre.
Así, con la diosa Razón puesta en el altar, pero sin renunciar  a la utopía de creer en “nuevos valores que hagan cada vez más humana la humanidad”, Povedano sostiene que el siglo XIX logró la libertad con el liberalismo, que el XX “casi ha logrado la igualdad a través del socialismo”, y que será el siglo XXI el que deba afrontar la consecución de la verdadera fraternidad. Un concepto parecido a la tolerancia, aunque él prefiere llamarla solidaridad, que en su opinión tiene su más cercano reflejo en el auge de las ONG. “Porque los movimientos sociales –afirma– pueden y deben influir en los partidos para que apliquen determinadas políticas”.

Hijo de un médico “liberal, generoso y solidario”, en palabras del hijo, y de una mujer fuerte –tanto que permanece lúcida y alegre a los 96 años– “y de gran sentido de la justicia equitativa”, Balbino Povedano estudia el bachiller en el colegio salesiano de Utrera (Sevilla) como alumno interno, en unos difíciles años de posguerra aún más endurecidos por una disciplina espartana que contribuye a afilar su empuje juvenil. Al igual que había llegado a Utrera por consejo de Francisco Candil, rector de la Universidad de Sevilla y amigo de la familia, estudiará la carrera de Medicina en Madrid, donde la había cursado el padre, bajo la tutela de un gran amigo de éste, el doctor Ramón Rebollo, ginecólogo de gran prestigio que le llama su “sobrino predilecto” y que durante 14 años no sólo le enseñará medicina, sino una forma de entender la vida y de pensar. Con él colabora entre 1955, año en que se licencia en Medicina y Cirugía, y 1958. En esta fecha obtiene el título de especialista en Obstetricia y Ginecología tras haber sido alumno interno desde 1952 en la Maternidad madrileña de Santa Cristina y haber colaborado con el doctor Rebollo en su consulta ginecológica del Seguro Obligatorio de Enfermedad. De su época de formación guarda también especial afecto hacia profesores como Gay Prieto, Gregorio Marañón, otro amigo de su progenitor, y Laín Entralgo, “con quien mantuve –apunta– una respetuosa relación hasta su muerte”. Recuerda Balbino Povedano haber sido un estudiante antes romántico que ilustrado, en unos años en que todo giraba en torno a la libertad, “desde la libertad de conciencia a la de las artes. Pero en los ambientes en que me movía era un pensamiento abstracto –matiza-, sin compromiso e individualista”.
Compañeros de viaje. Con este bagaje intelectual y su título de especialista bajo el brazo desembarca en Córdoba, en 1958, como tocólogo de la Obra Sindical ‘18 de Julio’, y un año después obtiene, también por oposición, la plaza de maternólogo del Estado, seguida más tarde de otra plaza en la Seguridad Social, al tiempo que ejerce la medicina privada. A la muerte del doctor Canal asume el cargo de tocólogo municipal. En 1974 es nombrado jefe del Servicio de Ginecología del Centro Oncológico Provincial, y ese mismo año entra a formar parte del cuadro médico del hospital de la Cruz Roja de Córdoba. En lo personal, es de destacar que en 1959 contrae matrimonio con Soledad Cañizares y ésa, según confiesa, ha sido la decisión más importante de su vida. “Hoy sigue siendo novia, acicate y crítica –comenta–. Tenemos seis hijos (tres de ellos trabajan con él en su consulta privada) de los que presumo porque puedo presumir”.
Pero volvamos al año 58, para revivir la Córdoba que el médico prieguense se encuentra al llegar de Madrid. “Me sorprendió su conformismo; las cosas eran así y bien estaban. No se pensaba en futuro –recuerda–. Pero esa primera impresión resultó falsa; por debajo de la algarabía conformista circulaba un seductor pensamiento quedo”. Son los tiempos en que el Círculo de la Amistad irradia cultura, a través de sonadas exposiciones de pintura y jornadas de teatro; es la época de los conciertos de las Juventudes Musicales y de los cine-clubes del Círculo de la Amistad y el Senda, que, funcionando como aulas de análisis y reflexión, van modulando el pensamiento de los cordobeses, al menos de los más espoleados por la inquietud social que se respira en los ambientes de la progresía intelectual. “A mí aquellos coloquios me hicieron pasar de una utopía como pura abstracción –reconoce Balbino Povedano– a un pensamiento que sin renunciar a su idealidad me orientó hacia sistemas ideológicos que primaban junto a la libertad la igualdad”.

En estos debates suelen coincidir grupos pequeños e inconexos que, con motivo de la publicación de Pacem in Terra, la famosa encíclica de Juan XXIII, se dan la mano en torno al Círculo que ha de adoptar el nombre del recordado Papa. Allí se dan cita asociaciones como la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) y las Juventudes Obreras Cristianas (JOC), a las que se suma un grupo de funcionarios del Instituto Nacional de Previsión (entre ellos Fernando Álvarez y quien habría de encabezar la lista socialista en las primeras elecciones municipales, Antonio Zurita de Julián).

Se unen desde el principio a la iniciativa personalidades como los psiquiatras Carlos Castilla y José Aumente, los abogados Joaquín Martínez Bjorkman y Rafael Sarazá y el mismo Balbino Povedano, bajo cuya presidencia –es el tercero en ocupar el cargo, tras Luis Valverde y Rafael Sarazᖠse inaugura la sede de la calle Romero Barros, pues hasta ese tiempo las reuniones son ambulantes. “En seguida se sumaron el PCE y el PSOE, así como los sindicatos CC OO y UGT. Fueron días de represión, miedo, clandestinidad y esperanza. Se vivía intensamente la evolución política de la pretransición”, comenta el ginecólogo, quien conoció en aquellas conferencias y debates celebrados en El Juan, como popularmente se conocía a la entidad, a figuras como Aranguren, Ruiz Jiménez, Marzal, Felipe González y Peces Barba, entre otras muchas. Aunque de procedencias e ideologías dispares, todos coinciden en algo fundamental: comparten “la conciencia de vivir en un régimen dictatorial, la esperanza en un sistema político que garantizase la libertad y la igualdad, y el compromiso con el fin de una época y el inicio de otra”.
Derechos humanos. En medio de este paisaje, Balbino Povedano, aunando unas firmes creencias religiosas con posiciones avanzadas en el campo del pensamiento, protagoniza actuaciones que van dejando huella en esta Córdoba que despierta a la democracia. Da cursos de educación sexual y control de la natalidad –recuérdese que el Código Penal castigaba el informar sobre métodos anticonceptivos–, resumidos en una conferencia que en 1965 le vale un premio del Colegio de Médicos, y defiende la despenalización del aborto (“Yo estoy en contra del aborto, no de su legalización; es un tema de creencias personales del que no participo, aunque lo comprendo”, deja sentado el ginecólogo). Y, en su defensa de los derechos humanos, firma un manifiesto –luego vendrán otros muchos– contra la pena de muerte, a raíz del juicio de Burgos, lo que le acarrea ser detenido junto a otros firmantes, el ex jesuita Paco Natera, quien más tarde habrá de dar nombre a otra fundación de corte progresista, Pilar García, esposa de Luis Valverde, y Juana García, de la HOAC.

Lector empedernido de libros de filosofía, Balbino Povedano –quien ostenta la vicepresidencia de la Fundación Roger Garaudy– ha sabido conjugar una destacada carrera profesional con la ayuda a los colectivos sociales más necesitados, y lo ha hecho sobre todo a través de su estrecha vinculación a la Cruz Roja, cuyo hospital de Córdoba dirige entre 1980 y 1998, responsabilidad que comparte desde 1990 con la presidencia de su Asamblea Provincial. Durante esta etapa prácticamente se duplican los programas de ayuda social de la entidad, con actuaciones dirigidas a mejorar la atención de niños seropositivos, drogodependientes, mayores, discapacitados e inmigrantes. Sin embargo, esta fértil gestión cesa, aunque no su condición de voluntario, cuando la dirección nacional, que en 1986 le había otorgado la Medalla de Oro de Cruz Roja, le pide que dimita, molesta con la vinculación de Povedano al proyecto de construcción de un nuevo hospital de alta tecnología, iniciativa aún latente. Desde entonces, centrado ya en sus otros muchos frentes médicos y sociales, este personaje de timidez engañosa –es un conversador inasequible al desaliento– no ha parado de recibir premios. Entre otros, en 1999 su pueblo lo hace Prieguense del Año; en 2002 la Diputación le concede la Medalla de Oro de la Provincia, y un año después obtiene el mismo reconocimiento a nivel andaluz, apoyado por una plataforma ciudadana de amplísima representación social. Y entre tanto homenaje, Balbino Povedano sigue considerando su trabajo como un ejercicio festivo y, fiel a la razón y las luces, se muestra escandalizado ante la desigualdad social. “Lo único que me alivia al pensarlo –confiesa– es haber podido echar una mano a alguien, porque eso me ha hecho sentirme a gusto”.
   
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