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  24 de junio de 2011
  Rosa Luque
  Cecilio Valverde. Un 'suarista' en la presidencia del Senado
  Pasó por la política fugazmente y con desgana, lo que se dice arrastrado por las circunstancias –que siempre tuvieron que ver con otros, llámense Manuel Clavero o Adolfo Suárez, a los que admiró y de cuyos ideales se fue contagiando– . Pero el hecho de no haberse sentido nunca político de raza no impidió a Cecilio Valverde Mazuelas (Córdoba, 1927-Madrid, 2001) alcanzar uno de los más altos puestos en la transición democrática: la presidencia del Senado. En dar vitalidad a la Cámara Alta, donde permaneció entre 1979 y 1982, puso todo su entusiasmo –que fue mucho en este carismático abogado–, a pesar de que, como partícipe en la redacción de la Constitución que había sido, sabía que el Senado había nacido con aspiraciones más vistosas que eficaces.

Franquismo sociológico.
Hombre dotado de una simpatía natural –oculta tras su fachada de cordobés serio– y una eficaz oratoria, que enriquecerá sus dotes parlamentarias, quiso ser abogado desde niño, como su padre. En 1948 se licencia en Derecho en Madrid, y entra inmediatamente en el despacho paterno hasta que abre bufete propio en la calle Jesús y María, al frente del cual permanecerá muchos años después su hijo Cecilio. La temprana seguridad laboral le permite casarse pronto con María Navas-Fossi, con quien tiene nueve hijos que sin duda marcan su trayectoria vital, pues la principal entrega de Valverde se dirige siempre hacia la familia. Ejerce la abogacía –llega a ser secretario del Colegio de Abogados– sin la menor inclinación política, hasta el punto de rechazar insinuaciones para aceptar ser alcalde de Córdoba o presidente de la Diputación, lo que, según contará a esta periodista en una extensa entrevista publicada por diario Córdoba en 1990, “era incompatible con mi condición de abogado libre, en el sentido de no depender de una nómina garantizada”.

Aún no han sonado para Cecilio Valverde los irresistibles cantos de sirenas, que vendrán tras la muerte de Franco (“Todos los de mi generación fuimos sociológicamente franquistas, porque no conocimos otra cosa –decía–. Tuve cuidado de no hacer política contra ‘la Oprobiosa’ porque no tenía nada contra el Régimen, aunque comprendo que otros muchos lo sufrieron”). En lo que sí se vuelca con generosidad  y pleno convencimiento por esa época es en el movimiento católico de los Cursillos de Cristiandad, una especie de apostolado seglar que vive con entrega desde 1958 a 1975. Los Cursillos, cantera de cristianos de base que más tarde ejercerán un papel muy activo en la Transición cordobesa, aportan al letrado un sinfín de vivencias personales que parten de su propia conversión a un cristianismo comprometido y abierto. Como rector, tiene a su cargo la preparación de los aspirantes a entrar en la Escuela de Cursillos, que dirige el padre Capó, e incluso viaja en 1961 a la archidiócesis colombiana de Antioquía al frente de un equipo con la intención de ensanchar ese camino de perfección en la vida espiritual que tanto le convence y sobre el que tan persuasivamente sabe convencer.

De los cursillos a la política.
Es precisamente ese entusiasmo contagioso de Cecilio Valverde el que, una vez que considera agotada su etapa de cursillista –a su juicio se impone el relevo generacional–, le lleva a otras facetas de la vida pública. Asiste en Sevilla a las reuniones de las que nace, de la mano del Manuel Clavero Arévalo, el Partido Social Liberal Andaluz (PSLA), una iniciativa regionalista tímidamente renovadora que pronto se habría de diluir en la sopa de letras de aquellos horizontes predemocráticos de 1976, siendo integrada por Adolfo Suárez en la Unión de CentroDemocrático (UCD) de cara a las elecciones de 1977.

Pero a Suárez, por quien siente una profunda admiración desde el primer momento, lo había conocido antes, cuando el futuro primer presidente del Gobierno tras la llegada de la democracia, entonces un perfecto desconocido que ya apunta maneras de “encantador de serpientes”, expone en el Parador de la Arruzafa sus ideas sobre el encauzamiento del porvenir político, charla que cuenta con una notable presencia de estudiantes del entonces Colegio Universitario cordobés. Valverde, que acude invitado por unos amigos, interviene en el coloquio con tal brillantez que Suárez le propone ese mismo día subirse a su tren, a lo que él se niega. “Y me contestó: ‘Bien, pues yo te emplazo a que algún día estarás a mi lado’ –recordaba el emplazado, a quien aquellas palabras casi bíblicas le parecieron “una chulería y me olvidé del asunto”–. Y cuando a primeros de junio sale designado por el Rey para presidir el Gobierno me llama Pascual  Calderón, entonces director general de Trabajo, para decirme: ‘Cecilio, prepara las maletas porque te van a llamar de Madrid’. Llega la convocatoria de elecciones de 1977, se forma la UCD y en ella se integra el PSLA de Clavero, a quien me encuentro en el aeropuerto de Barajas con un canuto en la mano: era un poder que le había dado Calvo Sotelo para ocuparse de la gerencia de la coalición. Y me lo entrega para que actúe con la máxima libertad en hacer las listas electorales en Córdoba”.
Presidente del Senado. Tras participar en la legislatura constituyente como senador por Córdoba –el único de UCD, puesto que los otros tres son del PSOE–, y una vez disueltas las Cortes por Suárez el 28 de diciembre del año 1978, llega la campaña de 1979 y Cecilio Valverde pretende encabezar la lista del Congreso por Córdoba. (“Como partícipe en la redacción de la Constitución sabía que el Senado se devaluaba profundamente, que iba a tener un papel de sumisión respecto al Congreso”, explicaba en la citada entrevista). Pero no consigue su pretensión al no querer  renunciar a sus puestos en la candidatura ninguno de los tres que habían sido diputados desde 1977 (José Javier Rodríguez Alcaide, Carmelo Casaño y Antonio José Delgado de Jesús). Finalmente encabeza la candidatura a la Cámara Alta con la promesa de tener reservadas en ella altas responsabilidades.

Y así es como este abogado que nunca creyó del todo en la política ni en los políticos acaba presidiendo el Senado, cargo que ocupa durante una legislatura con discreción y eficacia, pues pronto pone de manifiesto su brillantez parlamentaria y un talante dialogante que habrá de granjearle amistades de todos los colores políticos. También pierde alguna otra en el camino, pues su estrecha relación con Manuel Clavero se resiente a raíz del proceso autonómico andaluz, al separarse Valverde de la tesis progresista de su amigo –que deja el Ministerio de Relaciones con las Regiones al que le había aupado Suárez– y defender la indefendible abstención propugnada por el Gobierno en un referéndum que él mismo convoca. “Lo hice tapándome las narices –reconocía Valverde mucho después–. Yo pensaba entonces que había que ir con mucho tiento en la creación de las respectivas autonomías, y creía que en Andalucía había que empezar poco a poco, porque no estábamos preparados. Al final salió el artículo 151 y la autonomía plena. El pueblo lo aceptó y mi partido también”.

Pocos votos, muchos amigos. Para la UCD es el comienzo del fin, que no llega, según Valverde, hasta que no cae la estrella de Adolfo Suárez, cuyo liderazgo es indiscutible hasta que deja de serlo, “porque las personas también se gastan”. En la UCD sobran muchos descontentos, barones que ejercen una labor de zapa minando los cimientos del fundador, y por otra parte se respiran ya vientos socialistas. “La gente –sostiene– abandona el voto útil”. Sobre todo a partir del 23-F, hechos de triste recuerdo para el país que a él le sorprenden en la tribuna de invitados del Congreso, pero fecha a partir de la cual España pierde el miedo. “El que era de derechas se fue para AP y el de izquierdas para el PSOE –decía–, porque la UCD no tenía ya nada que ofrecer más que un espectáculo lamentable”.
Así las cosas, llegan las elecciones de 1982, ya con Landelino Lavilla como presidente del partido. Unos comicios a los que Cecilio Valverde se presenta por fin en la lista al Congreso, intentando tirar de un carro mortecino con la fuerza de sus anteriores éxitos. “Morimos con las botas puestas –reconocía-. Creo que tuve 28.414 votos, lo que como votantes eran poquísimos, pero como amigos una barbaridad, habida cuenta de lo cara que está la amistad”. Y así es como este suarista, como casi todos los 3.500 afiliados con que contaba UCD en la provincia de Córdoba, se convierte “en un extinto junto con la extinta UCD”, como él solía admitir echando mano a su sentido del humor, un poco negro. No considera oportuno sin embargo seguir a Suárez en la nueva travesía del desierto que habrá de recorrer en la caravana del CDS, aunque lo sigue votando “por devoción y agradecimiento, puesto que me hizo presidente del Senado”.

En noviembre de 1982, un mes después de la derrota electoral, deja tras de sí cerrada para siempre la puerta de la política. Considera que lo más sensato es regresar a la abogacía, profesión que a partir de ahora ejercerá en Madrid, pues son ya demasiadas las raíces echadas en la capital de España como para desandar el camino hacia Córdoba. En enero de 1983 entra a colaborar en el prestigioso despacho de Antonio Pedrol Rius, decano de los abogados madrileños, aparte de abrir su propio bufete en la calle Raimundo Fernández Villaverde. Desde entonces sólo se le ve en algunos actos culturales –es socio fundador del Club Siglo XXI– y vive volcado en su familia y sus amigos, entre ellos el reconocido arquitecto cordobés Rafael de la Hoz, con quien mantiene entrañables lazos hasta la muerte de ambos, que, por azares del destino, sucede en fechas cercanas. La de Cecilio Valverde llega, tras un derrame cerebral, en junio de 2001. Poco antes, cuando ya se intuía el desenlace, todos los presidentes del Senado que le sucedieron lo visitan en su casa para hacerle entrega, de manos de la presidenta de entonces, la popular Esperanza Aguirre, de la Gran Cruz de Carlos III, la distinción civil más elevada de España. Digno final para un hombre que nunca estuvo cómodo en política, aunque fueron muchos los servicios que le prestó.
   
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