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  21 de junio de 2011
  Rosa Luque
  Matías Camacho. El socialismo grabado a fuego
  Hubo un tiempo en que, en opinión del psiquiatra Carlos Castilla del Pino, en Córdoba no había más que un socialista que diera la cara: Matías Camacho. Quizá sea un poco exagerada la apreciación del prestigioso intelectual de izquierda, pero lo cierto es que hablar de Matías Camacho Llóriz, quien ya en democracia fuera senador, concejal y, durante muchos años diputado provincial, es tanto como hacerlo de una lucha heroica por las libertades, con todo el precio que ello comportaba en época de clandestinidad y represión: persecuciones, cárceles e injusticias llevadas al límite del atropello a los más elementales derechos ciudadanos, tales como la seguridad personal y el trabajo. Matías Camacho vio cómo la barbarie y la intolerancia prendían fuego, en las horas turbulentas que siguieron a la muerte del dictador, a su quiosco de prensa, único medio de vida de este histórico del socialismo cordobés al que todos recuerdan como “un hombre bueno”.

Los malos tiempos. Matías Camacho Llóriz, quien ahora batalla con achaques y desmemoria en el refugio mullido de una residencia de ancianos, nace en la localidad almeriense de Huércal-Overa el 24 de diciembre de 1914, aunque su familia –donde no existen antecedentes políticos de ningún signo– se traslada a Córdoba en 1922. A los 16 años se afilia a las Juventudes Socialistas junto con quien va a ser su esposa, Josefa Cortés, mujer de firmes convicciones ideológicas que apoyará incondicionalmente al marido e incluso será el único sostén económico del hogar –la pareja tiene tres hijos– durante los períodos en que el cabeza de familia está preso, lo que ocurre en varias ocasiones. “La mayor pena de mi padre, y de nosotros sus hijos –confiesa Isabel, la única superviviente de los tres hermanos– ha sido que mi madre, muerta a los 50 años, no llegara a conocer más que los malos tiempos, que no se llevara la alegría de ver que mereció la pena luchar por la democracia y que a mi padre le acabaron reconociendo sus sacrificios”. Pero volvamos atrás, porque estamos todavía ante un Matías Camacho que cursa estudios de administrativo para ingresar más tarde en la primera agencia de publicidad de la ciudad, Publicidad Obregón; un muchacho cada vez más comprometido con la causa de los débiles, lo que le conduce hasta las JJSS, de las que llega a ser secretario provincial en 1933, año en que ingresa en el Partido Socialista Obrero Español.

Huida trágica. El Alzamiento le sorprende en el cargo de máximo responsable cordobés de la Juventudes del PSOE. El 18 de julio, poco antes de salir para un acto en La Rambla, recibe la llamada del alcalde de este pueblo desaconsejándole el viaje ante el levantamiento militar de Melilla, noticia que le confirma el alcalde de Córdoba, el socialista Manuel Sánchez Badajoz. Tras asistir a varias reuniones en el Ayuntamiento y el Gobierno Civil, el joven dirigente socialista congrega a los suyos en la Casa del Pueblo, situada en la plaza de la Alhóndiga, donde permanecen hasta las diez de la noche. A esa hora los reunidos deciden iniciar, para no ser cogidos por los sublevados, un largo peregrinaje de despiste por todos los barrios –según recordará Camacho en una entrevista publicada en el diario La Voz otro 18 de julio, pero de 1981–. Dos compañeros que habían quedado rezagados son detenidos, y están a punto de serlo quienes se han dado cita en otro encuentro celebrado por la tarde en el Gobierno Civil. Se libran gracias a que, tras la acción de las fuerzas de Artillería, saltan por las tapias de atrás al teatro Duque de Rivas. Sin embargo, a la mayoría de poco le sirve la escapada. Tal es el caso del primer edil, que más tarde será hecho prisionero en una huerta emplazada detrás del colegio de los Salesianos. Sobre este hecho histórico de tan trágicas consecuencias opinaba en la citada conversación periodística Matías Camacho, dando muestra de su talante moderado, que “todos los actores de aquella fecha somos un poco responsables de la situación que se creó”.

Faltó la comprensión necesaria, añadía, “y tanto la derecha ultraconservadora que manejó el Movimiento Nacional como las fuerzas políticas de izquierda no supimos captar el momento político que vivía el país”. Camacho sale huyendo hasta la zona roja, donde ejerce de comisario político del ejército republicano, es decir, de representante civil del Gobierno. Pasa por unidades militares de Córdoba, Levante y Madrid, en cuyo frente le sorprende el final de la guerra y el comienzo de sus propias penalidades.

Condenado a muerte. En 1939 es detenido en el puerto de Alicante y condenado a muerte, pero se le conmuta la pena. Primero ingresa en el campo de concentración de Albatera, considerado por muchos el peor de la España nacional, donde permanece medio año y llega a temer por su vida, dada la crueldad del cautiverio. “Había unos 10.000 prisioneros, alojados en tiendas de campaña, sin más equipo que el suelo para dormir, un suelo de marisma –recordaba en otra ocasión–. Se llegó a fusilar en presencia nuestra a mucha gente, acusada de que trataba de evadirse; lo que pasaba era que a las tropas marroquíes que custodiaban el campo les daban una gratificación y un permiso por cada fuga que impedían. Las letrinas estaban cavadas muy cerca de las alambradas, y preferíamos hacer nuestras necesidades cerca de las tiendas de campaña porque si te acercabas a las letrinas corrías el riesgo de que te acusaran de querer escapar y te fusilaran a las cinco de la mañana delante de todo el campo”. Desde Albatera es conducido a Portaceli, también en Alicante, y al mes siguiente a Córdoba, en cuya prisión pasa cinco de los doce años y un día a que había sido condenado.

Después comienza otra condena, que es la de la incomprensión y la revancha. “Mi padre ha sido un hombre inteligente y culto, siempre con un periódico o un libro en las manos –afirma su hija Isabel, entristecida por la casi ceguera de su padre en los últimos años, lo que le ha hecho afiliarse a la ONCE en busca de alguna nueva tecnología que le permita seguir leyendo a sus casi 90 años–. Pero su preparación no le servía de nada, porque nadie quería darle trabajo. A principios de los años cincuenta le dejaron el quiosco de Las Tendillas, pero porque entonces vender prensa era como recoger cartones, que si no ni eso”. Avispado y muy trabajador, levanta pronto el negocio poniéndose en contacto con las editoriales y recibiendo de ellas el género directamente. Poco a poco, se coloca al frente del gremio, y con su amigo José Trujillo funda, ya en los sesenta, la Agrupación de Vendedores de Prensa, que preside durante sus primeros años. En su profesión, en esos viajes a Madrid y Barcelona que supuestamente le demandan las editoriales, encuentra Matías Camacho la coartada perfecta para las reuniones clandestinas del partido, algunas de ellas en Francia. Y es que como su misma hija reconoce, “mi padre ha amado la política por encima de todo, de su persona y su bienestar; la prueba es que ha vivido toda la vida en su casa de la Colonia de la Paz, con los mismos muebles de siempre”. Pero esa lealtad incondicional al socialismo, unida al deseo de no comprometer a los suyos, “hacía que no nos dijera nada de sus entradas y salidas. En casa, aunque a los hijos nos inculcó el respeto absoluto por la opinión de todo el mundo –dice Isabel–, no se hablaba de política”. A veces, no obstante, ocurre que la política se les mete sola entre las cuatro paredes de la modesta vivienda, y de la peor forma. “Yo recuerdo estar en casa con mis padres y mis hermanos, allá por los años cincuenta, y llegar de pronto la Policía o la Guardia Civil a registrarlo todo y poner la casa boca abajo. Hasta rajaban los colchones para ver si estaba allí la propaganda socialista que tiraban en la imprenta del padre de Paco Mármol –explica Isabel Camacho–. Mi madre, siempre tan animosa, nos decía ‘Niños, no os preocupéis, que esto no tiene importancia’. Pero a mi padre se lo llevaban y no sabíamos cuándo iba a regresar”.

Y más cárcel. Las visitas a comisaría y las detenciones de 24, 48 o 72 horas están a la orden del día desde que, nada más salir de la cárcel, Matías Camacho reorganiza de nuevo el PSOE junto a otros históricos del partido, entre ellos el ya mencionado Francisco Mármol Montero, así como Ramón Toledano Cuenca, Eduardo Rodríguez Pina y, mucho después, ya en los estertores del franquismo, Guillermo Galeote y Rafael Vallejo. “Eran tiempos muy duros, en que la Policía nos tenía tan vigilados, nos pegaban tantas palizas que teníamos que valernos de mil argucias –afirma Rodríguez Pina–. Decidimos comprar nuestra propia imprenta para tirar en ella El Socialista. Nos enteramos de que Radio Popular vendía la suya, que la había adquirido para sus cursos a distancia y ya no le servía, y vino un compañero de Madrid a comprarla, para que nadie pudiera asociar la operación con los de aquí. La tuvimos escondida en un local mío hasta que la mandamos a Sevilla en una furgoneta, y después acabó en Huelva”. Rodríguez Pina narra también uno de los episodios más duros de aquellos años de clandestinidad, en vísperas del primer referéndum, al que el PSOE hace una campaña de oposición. “Salimos cuatro parejas a repartir pasquines de madrugada, y detuvieron a tres –hace memoria–. Ramón Toledano y yo nos salvamos gracias a Matías, que se hizo responsable de toda la operación, concluyendo ahí las investigaciones”.

Su gesto le cuesta una condena de cuatro años, dos meses y un día que cumple en la prisión de Córdoba entera –no así los otros detenidos–, a pesar de que Rodríguez Pina consigue la mediación del padre Martín Arrizubieta, el párroco de Santa Marina, que es un sacerdote vasco comprometido con la izquierda, y hasta intenta sin éxito la del fiscal jefe de la Audiencia. Otro hecho que no sólo habrá de minarle la moral, sino el bolsillo, se produce una madrugada del mes de noviembre de 1976, cuando Matías Camacho es levantado de la cama por la Policía Municipal, que le informa de que su quiosco está en llamas, tras haber rociado gasolina sobre el mismo dos jóvenes no identificados, que posteriormente le prenden fuego. El suceso, provocado por la extrema derecha, causa honda conmoción en Córdoba, pues el dirigente socialista es persona muy popular y apreciada. Camacho recibe ayuda de su partido para volver a empezar prácticamente de cero, pero mientras tanto él y su hijo Antonio no dejan de vender periódicos y revistas ni un solo día, pues montan un tenderete provisional junto al calcinado quiosco.

El senador más votado. Poco después llega por fin la democracia, y con ella los buenos tiempos para el que ha sido secretario general del PSOE cordobés y posteriormente presidente de la Agrupación Provincial. En 1977, Matías Camacho es elegido senador por Córdoba con el mayor número de votos; le acompaña otro reputado socialista, aunque más tardío, Joaquín Martínez Bjorkman, quien permanecerá casi veinte años como senador. En cambio, la estancia de Matías Camacho en la Cámara Alta es fugaz. Prefiere la cercanía al ciudadano que conlleva la política local, y a la siguiente legislatura sale elegido concejal por Córdoba y diputado provincial. Este último cargo, que ejercerá con entusiasmo en sucesivos mandatos, le permite seguir de cerca numerosas cuestiones sociales, en las que se vuelca. Se interesa por las inquietudes de cada rincón de la provincia, por donde pasea con entusiasmo su figura menuda y esa peluca indisimulada que durante tantos años llega a ser, junto con un carácter afable y dialogante, la seña de identidad y el toque de distinción de un hombre entrañable. La última batalla, tras una jubilación que le colma de honores y reconocimientos, la libra Matías Camacho desde la Federación de Organizaciones Andaluzas de Mayores (FOAM), de la que es vicepresidente regional. También en este frente, el de la ayuda a una ancianidad que vive en sus propias carnes, deja su impronta de hombre luchador por un mundo más justo, donde conceptos como libertad e igualdad no sean una utopía.
   
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