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  21 de junio de 2011
  Ignacio Camacho
  Javier Arenas, un pragmático precoz
  En 1983, Javier Arenas Bocanegra era un joven concejal de 26 años incrustado en la lista de Alianza Popular a la espera de una oportunidad de saltar al primer plano de la escena. Superviviente del naufragio de la UCD, de cuyas Juventudes había sido el principal responsable, dirigía en Sevilla un pequeño partido, el PDP, cuya oficial obediencia democristiana encubría un notable pragmatismo; en aquella derecha fraguista todavía algo montaraz, Arenas vivaqueaba su propia transición y representaba lo más parecido a lo que hoy conocemos como el centro político.

Liderazgo.
Ya entonces, Javier Arenas parecía un político más maduro de lo que en realidad podía ser, y era el miembro del grupo municipal con mayor experiencia en la vida pública. Manuel Clavero Arévalo lo había incorporado a la política cuando apenas tenía recién cumplida la mayoría de edad, y siendo aún un imberbe ejerció de jefe de gabinete de Ginés López Cirera cuando éste fue nombrado director general de Juventud, competencia entonces adscrita al Ministerio de Cultura que dirigía Clavero. A los 26 años, Arenas había vivido en la selva conspirativa de la Corte, había asistido al auge y caída de la UCD en medio de un clima de generalizadas traiciones, había dirigido una organización juvenil nacional y había participado, con su amigo Carlos Rosado, en la desastrosa campaña electoral de las autonómicas de 1982 y en la debacle final de las generales de octubre de ese año. Tenía un currículum notable en un equipo de debutantes con el que AP concurrió a las municipales bajo la cabecera de Pedro Albert Lasierra, un neurocirujano de prestigio que carecía por completo de vocación y experiencia políticas.

Arenas era el número tres de aquella coalición en la que el PDP logró sacar tres concejales de los diez con que Alianza Popular se enfrentó a la arrasadora mayoría absoluta de Manuel del Valle. Pronto, la detención del número dos de la lista, Jesús Barrigón, envuelto en un raro episodio de estafa documental, le dejó como referente de un equipo en el que Albert hacía aguas y se movía con la rareza de un pingüino en un ascensor. No le costó demasiado trabajo ni demasiado tiempo esperar la inevitable dimisión del cabeza de lista, para convertirse en jefe de una oposición desde la que articuló su proyección de liderazgo.


Gesto de lealtad. Con todo, le esperaba un trago amargo. La ruptura nacional de la coalición conservadora le obligó a un gesto de lealtad con sus amigos democristianos y hubo de presentarse en solitario a las elecciones al frente de una exigua lista del PDP. Sacó poco más de tres mil votos y, con la carrera recién terminada, se retiró de la política a la espera de mejores tiempos.
Tampoco tuvo que esperar mucho. La refundación de Alianza Popular en el PP le proyectó de nuevo, bajo la protección de Soledad Becerril, al activismo en que se mueve como pez en el agua. La experiencia personal de una larga agonía de su hermano le hizo madurar y le sacó canas prematuras en el pelo y en el alma. A finales de los ochenta era la referencia parlamentaria del Grupo Popular en el Parlamento Andaluz, y a principios de los noventa era diputado a cortes y sólido dirigente regional del PP. Por dos veces intentó la aventura de desafiar al PSOE en la Presidencia de la Junta. En 1994 le arrebató a Chaves la mayoría absoluta, junto a una Izquierda Unida con cuyo coordinador andaluz, Luis Carlos Rejón, estableció una peculiar alianza conocida como “la pinza”. En 1996, cuando Chaves, asfixiado, decidió disolver la Cámara y convocar nuevas elecciones, Arenas las abordó como favorito en todas las encuestas. Pero el PSOE resistió en Andalucía el embate del emergente PP, y Aznar hubo de consolar su derrota convirtiéndolo en el ministro de Trabajo de su primer gobierno.


Asignatura pendiente. El resto es conocido. Su gestión como ministro proporcionó la paz social que necesitaba el aznarismo para consolidarse y preparar el asalto a la mayoría absoluta. El presidente le llamó luego para dirigir el partido como secretario general, y tres años más tarde volvió a requerirlo para el gabinete ministerial con una cartera eminentemente política. Dos veces ministro y una de las referencias más influyentes de la actual política española, a Javier Arenas le queda sólo pendiente la asignatura de una Andalucía en la que el centro derecha no acaba de cuajar como alternativa a la larga hegemonía socialista. Si lo volverá o no a intentar alguna vez es algo que pertenece al campo de las apuestas de salón. Pero aquel muchacho de 1983 tiene ya dos retratos en los pasillos ministeriales donde está colgada la historia de España.
   
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