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  21 de junio de 2011
  Lola Cintado
  Plácido Fernández-Viagas. Insobornable luchador
  Hace muchos años que dejó los cigarrillos, la política, el café y los tribunales, pero creo que sigue siendo el senador que más votos ha conseguido en Andalucía desde la restauración de la democracia. Plácido Fernández Viagas fue un insobornable luchador por la libertad y la justicia y lo hizo primero desde los tribunales, lo que le costó largas suspensiones de empleo y sueldo, con los consiguientes quebrantos económicos para su familia de once hijos; después desde la política en las filas del PSOE y, al final de su vida, nuevamente con la toga puesta desde el Tribunal Constitucional.
Tenía un corrosivo sentido del humor, disfrutaba fulminando a los majaderos –por eso se divirtió tanto– y fue un adelantado de lo políticamente incorrecto. Precisamente por eso era un político excepcional, de esos poquísimos que son capaces de decir en voz alta que no hay soluciones para todos los problemas al mismo tiempo que se afanan en encontrarlas.
Cuando fue elegido presidente de la Junta preautonómica de Andalucía, a pesar de su fama, en ocasiones bien merecida, de hombre ácido e intransigente y de que su partido disponía de una cómoda mayoría en la Asamblea de Parlamentarios andaluces, Plácido optó por la integración y el consenso y formó un Gobierno de concentración en el que estaban incluidos todos los partidos que habían obtenido representación popular. Con destreza e inteligencia, fue tejiendo un contundente pero flexible soporte legal y político que permitió culminar con éxito el largo y difícil camino de Andalucía a su autonomía.
Cristiano y socialista, lo más importante que me enseñó es que hay que optar por el desorden antes que por la injusticia y ésta es una elección que sigue siendo necesaria en un mundo en el que caminamos desbocados en busca de la seguridad aun a costa de la libertad.
   
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