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  21 de junio de 2011
  Fernando Pérez Royo
  Jaime García Añoveros. Modelo de gran sevillano
  Sevilla es una ciudad muy difícil. Difícil de comprender y de explicar. Difícil de apreciar más allá de la deslumbrante impresión primera. La explicación de esta dificultad reside, en gran parte, en el hecho de ser Sevilla una ciudad marcada por la decadencia, que es lo que determina muchos de sus valores estéticos y no pocos de sus problemas. Las ciudades y las sociedades decadentes acostumbran a ser admirables de contemplar, incluso por quienes no son conscientes de que eso que les encanta es el fruto de una refinada decadencia. Sevilla, mirabilis visu pero muy difícil de vivir.

Sucesor de Carande.
Me vienen estas ideas a la cabeza pensando en la relación entre Sevilla y la persona que motiva estas líneas de recuerdo. Añoveros llegó a Sevilla como joven catedrático, a ocupar la vacante provocada por la jubilación de D. Ramón Carande, y en ella se quedó hasta su muerte, poco antes de que le llegara su propio retiro de la docencia. Siempre permaneció en Sevilla, si es que la palabra permanecer es aplicable a alguien que se pasó la vida entera con el pie en el estribo. Literalmente.

Añoveros, a quien siempre le habían interesado los asuntos públicos, se entregó con entusiasmo a la política en cuanto se puso en marcha la Transición. Fue diputado por Sevilla en las Cortes Constituyentes y en la Primera Legislatura Constitucional, durante la cual fue, además, ministro de Hacienda en los gobiernos de Suárez y de Calvo Sotelo. Luego, la derrota de UCD lo apartó de la política profesional, de la que hablaba y escribía en sus últimos años como de una actividad extraña. Él no veía contradicción en esto. A propósito (de aparentes contradicciones), recuerdo una vez en que me comentó de Solchaga, que ocupaba precisamente el puesto de ministro de Hacienda: Solchaga es navarro y bajito, una combinación que da lugar a personas osadas (o chulos, o suficientes, no recuerdo exactamente los términos). Yo creo que tenía razón, por arbitrario que pueda parecer el razonamiento, pero Jaime era casi paisano de Carlos Solchaga y, más o menos, de su porte.


Su pasión. Pero, volvamos a la política. Pese a todo, fue su pasión en los años centrales de su vida. Y le interesó durante toda ella: durante el retiro y durante los años anteriores a sus cargos públicos. Afición especulativa principalmente, pues, aunque sus ideas eran claramente demócratas y antifranquistas, en aquellos años la política profesional era impensable en el mundo de las personas decentes. En el doble sentido de este ambiguo término: el poder era entonces cosa de los franquistas sin escrúpulos, y la oposición activa pertenecía al mundo de los agitadores y conspiradores. En ambos casos, categorías excluidas del círculo de las personas decentes: en el sentido exacto y etimológico de la expresión, la primera, en el sentido usual en que se habla de gente decente en ciertos ámbitos, la segunda.


Era todo menos decadente. Jaime, don Jaime, fue mucho en Sevilla. En la vida universitaria e intelectual, en general, en la vida empresarial, en la social y, por supuesto, en la política. Y, sin embargo, yo tengo la impresión de que nunca llegó a integrarse plenamente en la sociedad sevillana, en contra de lo que indican todas las apariencias. Añoveros ejerció influencia en Sevilla, qué duda cabe, formó parte de la élite, o de las élites, de Sevilla, pero se hace difícil incluirlo entre las “fuerzas vivas” de Sevilla. Y le hubiera producido auténtico horror pensar en sí mismo como alguien adscrito a ese concepto, esencia del modo de ser provinciano. Pienso que el factor de la decadencia de que yo hablaba antes al definir el modo de ser de Sevilla puede estar en el fondo de esta falta de integración de Añoveros en la ciudad, en el sentido que intento transmitir. Pues era todo menos decadente.

Esas consideraciones, junto con muchas otras que no caben aquí, son las que me hacen recordar a Añoveros como una persona cuyo trato deparaba un sinfín de facetas, todas ellas de interés. Yo lo vi como un gran maestro, un entrañable amigo y ahora lo recuerdo como un gran sevillano. Es lo que he intentado transmitir en estas apresuradas líneas. Espero que haya quedado claro cuál es mi modelo de gran sevillano, al menos, en su delimitación negativa, de lo que no lo es. Y Añoveros lo fue sin lugar a dudas.
   
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