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  21 de junio de 2011
  Antonio Ramos
  Los Infante. Vuelve tras siglos de guerra
  Aunque sufrieron la mayor de las pérdidas, los más negros de los lutos, los Infante sobrevivieron para reponer la dignidad del padre. El palacete de Coria del Río representa la luz, que fue apagada el 2 de agosto de 1936 cuando Blas Infante fue detenido. Y el kilómetro cuatro de la carretera de Carmona es la referencia de la muerte, la venganza de la dictadura contra un hombre que encarnaba el sueño de un pueblo. Tardó mucho tiempo en hacerse justicia, en reponer su grito de Andalucía, libre. Los Infante ya no tenían por qué esconder por más tiempo la bandera de un pueblo.

La memoria.
Me ha recordado Luisa, la hija mayor de Blas Infante, el itinerario de aquellos días finales que acabaron con la vida de su padre. Dice esta valerosa mujer que la obra que más le impresiona es El Complot de Tablada. Porque es el libro que refleja el estado de ánimo de un hombre que sufre el desengaño, que se levanta contra todas las adversidades para seguir defendiendo sus ideales, pese a las obstrucciones políticas y a los odios y venganzas, que remataron la última sentencia de ese complot. Porque un complot rodeó no sólo su vida en los momentos finales, sino que además lo persiguió con la condena al silencio durante la dictadura y con el destierro al olvido en los primeros años de la democracia.


La muerte.
El tiempo no ha borrado de la memoria de Luisa ni el más mínimo detalle de aquellos días decisivos para los Infante:
 “Yo me fui a la casa de los guardias a preguntarles que quién era aquella gente; porque yo nunca había visto un falange ni nada de eso. Estaba dentro de la casa cuando vi que se lo llevaban. Se volvió así un poco y dijo a los guardias adiós Anita, adiós Salvador. Mi madre me decía que yo me había escondido. ¡Y qué me iba a esconder! Es que estaba en el campo y vi ese revuelo de gente, a Crespo, a un guardia civil, a un municipal, a otros falanges... Por eso me fui a preguntarle a los caseros. Rosario, la mujer que estaba en la casa, contaba que detuvieron a mi padre y Crespo le dio un empujón a mi madre; mi madre se revolvió y le dijo: Soy sobrina del gobernador. Y eso, le impresionó al hombre y se portó, bueno dentro de lo que cabe, porque le respondió a mi madre: ¿Usted no ha dicho que es la sobrina del gobernador? Pues haga usted el favor, señora, de adelantarse a mí, que yo voy a hacer tiempo para que llegue usted a Sevilla antes que yo. Mi padre dijo entonces que ella no tenía que hablar con nadie. Entonces, ese señor le dijo: Yo sé la gravedad de las órdenes que tengo que cumplir. Las órdenes eran que lo mataran en la carretera y que se le aplicara la ley de fugas”. Cuando se lo llevaron, mi madre nos cogió a los cuatro y nos llevó a casa de don José Martínez Luna, procurador de mi padre; era falangista y además el padrino de mi hermana Alegría. Nos dejó en su casa de la Gavidia. Don José acompañó a mi madre a varios sitios. Que había que tener valor en aquellos tiempos. Fue a ver a otro amigo militar, que le acompañó al Gobierno Civil. Se entrevistó con su tío (Pedro Parias); pero él le dijo que no sabía nada de eso. Consiguió al fin ver a mi padre donde estaba detenido. Pocos días después volvió a verlo. Nosotros nos quedamos abajo en un coche. Yo creo que serían sus últimas palabras cuando le dijo que en la caja de caudales quedaban trescientas pesetas, que nadie le pagaría y que nos comprara juguetes. Nosotros no lo vimos; pero él sí nos vio desde la ventana”.


Las víctimas.
“Mi padre fue la víctima. Pero también lo fue mi madre. No dormía, no pensaba más que si cuando lo mataron habría quedado vivo... Iba de noche de cuarto en cuarto. Perdió mucho peso. Y qué hombres tan cobardes. Que un hombre tan caballeroso tenga que dejarse matar por esos chulos... Hay muchos que se hacen los valientes con una mujer así. Y muchos de los que se decían amigos de mi padre, la veían por la calle y le volvían la cara. Mi madre tuvo que vender la casa de Casares, la de Sevilla, el cortijo de Peñaflor, para poder vivir, conservar la casa y sacarnos a todos adelante. Y para colmo la gente le decía ¡su familia, su familia! Sí, la familia... Mi padre le dijo a mi madre, la última vez que lo vio antes de que lo asesinaran, que era ese pleito familiar con la familia de Peñaflor. Ese pleito... Sí así se lo dijo. Y así murió la pobre en 1954, a los 63 años. Y lo que tuvo que pasar. Era una mujer fuerte. Aparentemente, claro, porque por dentro estaba destrozada.... Mi padre es el hombre más valiente que ha habido en Andalucía. Porque en sus circunstancias podía haber vivido muy bien, y con lo que él quiso a su tierra; quizá el que más. Él adoraba a su tierra tanto, que cuando murió su madre dijo: Este amor que yo le tengo a mi madre, también lo paso a Andalucía. En la cartera llevaba un trocito de bandera y un mechón de pelo de su madre. Lo que más quería lo llevaba con él el día que lo asesinaron.


Los herederos. Mientras vivió doña Angustias García Parias guardó celosamente el patrimonio que Blas Infante había dejado a Andalucía en la casa de Villa Alegría, de Coria del Río. Conservó la bandera, guardada en una cómoda, el himno, el escudo, la biblioteca. “Un señor de Coria nos dijo que mi padre tenía una cinta de bandera, en la que firmaban los que venían por la casa y que él mismo la había firmado. Esa bandera no la hemos encontrado. Se ve que mi madre la quitaría de en medio para que no se vieran los nombres, para protegerlos. Y el escudo estaba en la puerta. Mi madre nunca lo quiso quitar porque decía que, como son tan bestias, ni sabían lo que era”, recuerda Luisa, quien tras la muerte de su madre asumió la responsabilidad de convertirse en guardiana de la casa familiar. En ese inmueble, hoy patrimonio de Andalucía, crecieron los cuatro hermanos: Luisa, María de los Ángeles, Luis Blas y Alegría. Ellos fueron los que sufrieron directamente la pérdida de su padre, el dolor silencioso de su madre y las represalias del régimen.
Luisa siguió regando las macetas de cintas con los colores de la bandera. María de los Ángeles sería la llamada a propagar la obra de su padre, a custodiar su patrimonio, a defender su memoria del olvido, de los recelos pasados y presentes y del odio, que provocaba la figura del revolucionario andaluz. Alegría, la más pequeña, representa la orfandad y el silencio en esta historia. Y Luis Blas, el único varón, no supo soportar el peso de la injusticia y emprendió el camino del exilio forzado y voluntario. Escapó de la opresión del régimen en Sevilla. Se fue como un emigrante en esos trenes cargados de andaluces, con sus maletas y sus nostalgias. En Amsterdam, donde trabajaba de camarero, fui a su encuentro. Allí, lejos de la tragedia, quiso ser feliz, allí enarboló la bandera andaluza de la emigración y allí dejó dicho que quería que reposaran sus restos.


Un pueblo con bandera. Además de los Infante, sus herederos de sangre, los que están registrados con su apellido en el corazón y en la historia, el otro gran heredero universal es el pueblo andaluz. Cuando el 4 de diciembre de 1977 se celebró el Día de Andalucía era la bandera de un pueblo, la bandera verdiblanca, la que se desplegaba por las calles y los pueblos de Andalucía. La enseña que lució junto a la Giralda, portada por los hijos del futuro, y la que se manchó de sangre en Málaga, cuando, en otro acto de represión y asesinato, cayó muerto el joven José Manuel García Caparrós. Allí se encontraba enmudecido de dolor y de rabia Plácido Fernández Viagas, encarnando la máxima representación de esa Andalucía que se tiró a la calle en son de paz para mostrar su identidad como pueblo con los símbolos que le había legado el notario de Casares, elevado hoy a la categoría de Padre de la Patria Andaluza. Así, tras siglos de guerra, Andalucía volvió a recuperar su identidad maltratada.
   
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