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  21 de junio de 2011
  Carmelo Ciria
  Rafael Alberti. De la Arboleda Perdida al Bosque Inesperado
  A Rafael Alberti, no lo conocí ni por ser escritor, ni por pintor, ni por poeta. Yo soy autodidacta. A Rafael, lo conocí por militar en el Partido Comunista. Hubo un Comité Central, creo que fue en Málaga, en el que a alguien se le ocurrió que Rafael podía ser diputado por la provincia de Cádiz y, como dijo Paco Rabal en televisión, en El Puerto, en aquel momento, el único comunista que tenía teléfono era yo. Y yo llamé a Roma.  Ahí empecé a conocerle. Al teléfono, se ponía María Teresa, o se ponía Rafael. Yo creo que María Teresa León tenía algunas lagunas fruto del alzheimer porque me preguntaba lo mismo varias veces, pero Rafael me remitió una carta escrita a máquina, que conservo, en la que enviaba la primera misiva al pueblo gaditano: “Andaluces, coquineros...”. Y me mandó una fotografía, que precisamente le había hecho Beatriz Amposta. Él siempre tuvo a su lado una mujer. Pero yo creo que a María Teresa no se le ha hecho justicia, ni como escritora, ni como mujer, ni como comunista. Su obra es extensísima, no sólo por Memoria de la melancolía o por la biografía de Cervantes, El soldado que nos enseñó a hablar. Escribió, incluso, libros de cocina. Ni Rafael Alberti ni María Teresa León soñaron con que se creara una Fundación propiamente dicha. Pero ambos querían que su obra quedase en un sitio donde la gente pudiese admirar su obra y la entrada fuese libre y gratuita.
Rafael volvió, por primera vez, a El Puerto de Santa María con el periodista Agustín Merello, que era su sobrino, y con dos guardaespaldas que le buscó el Partido, José Revuelta Perea y José Serrano. Y, en el hotel El Caballo, preguntó quién era Carmelo Ciria, con quien había hablado por teléfono. Desde entonces, fuimos amigos. Escribió en La Arboleda Perdida, que le pedía a sus amigos de El Puerto, especialmente a Carmelo Ciria, comunista y fotógrafo, que le buscase una casa desde donde pudiera divisar el mar. Él tenía una gran añoranza por El Puerto. Cuando Rafael Gómez Ojeda era alcalde, empezó a venir con frecuencia. Con el tiempo, cuando fue elegido Hernán Díaz, por Independientes Portuenses, yo le expliqué que era un relojero y, por ello, Rafael quería que arreglase el reloj que hay en la Plaza de la Iglesia, porque era su camino de la niñez; cuando él vivía en la calle Palacio, cruzaba por allí para coger la calle Santa Lucía y dirigirse al colegio de los Jesuitas. Y aquel reloj le servía de referencia para llegar a tiempo. Que el alcalde, que fue relojero –terminó pidiendo Alberti–, arregle el reloj de la Plaza de la Iglesia, porque no quiero seguir llegando tarde al colegio. ¡Que un hombre que 90 años dijera aquello, me parece precioso!
En la campaña electoral de 1977, le seguí como fotógrafo. Primeramente, yo le llevaba al pueblo donde tenía un mitin y él se enteraba en la plaza de abastos y en los sitios donde se reunía la gente, sobre cuál era la renta per cápita, los problemas más acuciantes que el pueblo tenía, y eso lo pasaba luego al verso. Era un poeta que hacía los mitines en verso, nunca arengó a las masas, como refleja el libro Alberti tal cual, de Gonzalo Sansegundo, periodista de Diario 16. A él le gustaba Alcalá de los Gazules, porque decía que el nombre ya era maravilloso.
Luego, cuando llegó al Congreso, él me contaba que Dolores Ibarruri, la Pasionaria, se dormía en las sesiones. Y cuando había que votar, sacaba de prisa la papeleta y él le decía, no, Dolores, no, que ese es el recibo de la luz. Y él, tampoco le gustaba. Quería ser un poeta en la calle, así que le cedió el escaño a Paco Cabral, uno de los comunistas más puros que había en la provincia de Cádiz, aunque luego tomó otros derroteros como libremente decidió. En el traspaso del acta de diputado, conocí a Aitana, su hija. Vino Aitana y María Teresa Sánchez Alberti. Al salir de una bodega en Trebujena, me hizo mucha gracia que Rafael dijera: “Entrego la llave de los poderes a Francisco Cabral Oliveros”. Y yo me imaginaba al Congreso de los Diputados con la cantidad de burros que ellos llevaban detrás, sin darse cuenta de semejante cortejo.
Años después, Julio Anguita no conocía a Rafael y me pidió que se lo presentara. Siendo un comunista muy atípico, Alberti no se preocupaba mucho de la vida del partido, pero se interesaba siempre por todos los acontecimientos que ocurrían y cada mañana me preguntaba cómo está la cosa, qué ha pasado...Sin embargo, cuando el partido le pedía algo era muy disciplinado, siempre se ponía a sus órdenes. 
Había dos cosas que Rafael pedía cuando venía a E Puerto. Una era el mar, su bahía gaditana, la playa de la Puntilla, el sitio donde él se masturbaba con los compañeros mientras su hermano le vigilaba con un catalejo desde la torre vigía de los Jesuitas. La otra era ver a su Virgen de los Milagros. Rafael nunca fue irreverente. Tuvo una militancia comunista muy atípica y, de hecho, había otro santo que yo no recuerdo quién era pero que tenía un monedero y al que le rezaba una oración tremenda, de memoria. Recuerdo un día que el arquitecto chileno Roberto Matta, Rafael y yo, conocido comunista, entramos a la iglesia mientras transcurría la misa de siete. Cuando el cura nos vio entrar a los tres, se hizo un silencio terrible como diciendo a dónde van esos tres sacrílegos. Últimamente, en su casa, siempre tenía una imagen de la Virgen de los Milagros, a la que siempre guardó mucho respeto. Pero, en su vivienda de Madrid, también tenía otra talla, así que su querencia por dicha advocación no era ni mucho menos reciente.
Yo temía escribirle una carta a Rafael, me daba pudor por miedo a la redacción, cuando tenía que haber escrito lo que me salía del corazón. En los últimos tiempos, quise comprar una grabadora porque me decía unas cosas preciosas. Yo le llevaba a la playa de La Colorá y me pedía que guardara silencio porque quería escuchar la música del mar, que decía que era la sinfonía más perfecta. Recitaba un poema de Lope de Vega como haría Horacio, aquel poeta clásico que declamaba mirando al mar para eliminar su tartamudez. Aquel poema hablaba de conchas guardándole la espalda, la ponía en su frente como guirnaldas. Y me decía: “Lope tuvo que escribir eso aquí, en la Bahía”.
–    Si, Rafael, fue aquí, porque yo se lo grabé.
–    Carmelorum, que bestia eres.
El me decía Carmelorum. Y yo, le llamaba Rafaelorum, aunque María Asunción nos sugirió que no lo hiciéramos, porque pudiera parecer una falta de respeto al poeta. María Asunción Mateo fue la última mujer que llegó a la vida de Rafael Alberti. Pidió permiso para sentarse en una reunión con Luis García Montero y Benjamín Prados. Y se quedó para siempre.
Pero Rafael siempre necesitó a su lado una mujer de las características que ella tuvo. Fuerte. Porque Rafael administrativamente era una calamidad. Se le ponía delante billetes en curso y no los reconocía, no sabía el valor que tenían. Un día, Luis Muñoz, Benjamín Prados y demás, haciéndole limpieza en su casa, se encontraron un cheque por valor de varios millones de pesetas en la papelera. Cuando Hacienda, descaradamente, se lleva el importe íntegro del Premio Cervantes porque no había pagado los impuestos nunca, me decía: “Carmelo, creo que encima me van a echar una multa”. ¡Una multa! Te van a crujir. María Asunción Mateo también ha puesto orden en la vida de Rafael, de alguna manera, porque si no, Rafael lo regalaba todo, lo daba todo. Cuando llega la donación, con todos los ríos de tinta que se han vertido sobre aquello, un día le digo cuántas cosas bonitas tienes por aquí.  Y me dice, sí, llévate lo que quieras. María Asunción terció: pero, ¿cómo se va a llevar lo que quiera? Menos mal que estás hablando con Carmelo.
Eso lo hacía con todo el mundo y la verdad es que hubo quien se aprovechó de su generosidad. Le daba igual que fuese una litografía de Picasso, retocada por el propio pintor sobre el original. No era nada mezquino, lo daba todo. Estaba recubierto de una acritud que no le correspondía con su verdadero carácter. Tenía un enorme parecido con su familia, ese gesto un tanto agrio, cierta actitud que le llevaba a soltarle a determinadas personas que se acercaran “hola y adiós”. Pero en sus últimos años, adquirió una templanza venerable, muy al contrario de como yo le conocí. Una vez, en Cádiz, nos tiraron un petardo a los pies. Rafael se asustó mucho y yo me acojoné. Al día siguiente, estábamos tomando café en Chipiona y, a unos metros, se paró un señor que nos miraba fijamente y no se quitaba. Yo me asusté, porque tenía miedo a que ocurriese algo. Pero aquel hombre se acercó, le cogió la cara entre las manos, le hizo un bocadillo con ellas y le dijo: “¡Me cago en tos tus muertos, qué bonito eres!”. Y dice Rafael: “Eso es lo más bonito que me han dicho en la vida”.
Lo primero que él quería ver era Rota, por su poema Rota Oriental Spain y porque estuvo con María Teresa León cuando se alza la República y las mujeres de allí, igual que en la película Novecento, sacaron una bandera republicana que tenían guardada. Era un día de sol tremendo. Recuerdo cuando me lo contó, que al verla ondear le parecía una llama, al ver el color amarillo, mezcándose con el rojo y el morado. En su poema, dice “que es Rota la marinera,/ quien levanta la primera/ llama de la libertad”. Pues, cuando le llevo a Rota junto a su segunda esposa y empezamos a ver los rótulos de los bares: Crazy Cat, Torero House, exclamó ¡qué es esto! Se llevó una desilusión tremenda al comprobar que no era la Rota que había conocido. Le llevé al puerto, que todavía no había sido restaurado. Yo no creo en la casualidad, sino en la causalidad. Allí, había escrita una pintada providencial que ponía, precisamente “que es Rota la marinera,/ quien levanta la primera/ llama de la libertad”. Se entusiasmó y nos hicimos todos una foto allí mismo.
Siempre pasábamos por la Arboleda Perdida, aunque él siempre le llamaba el Bosque Inesperado. La ubicación de la Arboleda Perdida, en realidad, por el camino de Mazantini, él no lo recordaba con exactitud y, en El Puerto, siempre nos hemos inventado una cantidad tremenda de arboledas perdidas, desde que Rafael Alberti nos habló de ella. Donde había árboles, allí estaba La Arboleda Perdida. El Bosque Inesperado, en cambio, conozco donde estaba ubicado exactamente: era el de las dunas de San Antón.
   
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