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  21 de junio de 2011
  Jesús Fernández Palacios
  Acróstico personal de Fernado Quiñones
  Fernando Quiñones, que fue gaditano de Chiclana de la Frontera, nació el 2 de marzo de 1930 y murió un martes soleado, el 17 de noviembre de 1998. No era un hombre viejo pero el cáncer acabó con su vida. Toda su enfermedad, que viví de cerca, fue un verdadero ejemplo de entereza y valor. La última vez que le vi estaba agonizando y le di un beso de despedida. Descanse en paz.
Era amigo mío desde 1968, que yo recuerde, cuando fundó en Cádiz, la ciudad que más amaba, un festival de cine llamado Alcances, que aún perdura después de 35 años. En aquel tiempo, los jóvenes gaditanos progresistas y antifranquistas, acogimos estupendamente esta valerosa iniciativa de Fernando Quiñones porque insuflaba aire fresco a la cultura, tan empobrecida como estaba por la dictadura.

Rápidamente hubo sintonía entre nosotros y por mi parte curiosidad y admiración por su ya estimable obra literaria, que se sustanciaba sobre todo en su narrativa corta. Recuerdo que ya había ganado el Premio La Nación de Buenos Aires por su colección de cuentos La gran temporada, y que Borges ya había pronunciado su archirrepetida frase: “Lo premiamos con unánime acuerdo porque advertimos en la obra de Quiñones a un gran escritor de la literatura hispánica de nuestro tiempo, o, simplemente, de la literatura”.
No puedo olvidar, por tanto, que Quiñones fue, desde el principio, una especie de generoso y divertido maestro para nosotros los jóvenes poetas. Efectivamente, cuando fundamos en 1971 el Grupo Literario Marejada, allí estaba con nosotros Fernando, alentándonos, aconsejándonos, participando en muchas de nuestras tertulias, llevándonos a Madrid para dar lecturas poéticas en colegios mayores y en la famosa Tertulia de Montesinos, etc..., etc... Y cuando en 1973 publicamos el primer, y único, número de nuestra revista Marejada, Quiñones nos consiguió nada menos que un poema inédito de Borges, así como aportó otro suyo de igual condición, y nos relacionó con poetas españoles e hispanoamericanos que también colaboraron en nuestro juvenil proyecto.

Así que siempre le tuve esa gratitud y esa admiración, que se fue acrecentando con el tiempo conforme fue consolidando su obra literaria, poética y narrativa, sin olvidar que a él también le debo mi interés por el arte flamenco, en lo que Quiñones era muy versado, un gran aficionado o flamencólogo, como suele decirse, de manera que dejó escrita, publicada y republicada una obra que todavía es de obligada referencia, De Cádiz y sus cantes, así como numerosos artículos y ensayos de variada extensión. También debo recordar ahora, no sin cierta emoción, que también se cantiñeaba, en privado y en público, pues yo lo he visto y oído cantar todo tipo de palos, incluso los más difíciles y hasta en la tele, que era cuando todo su cuerpo y su cara toda se convertían en una verdadera fragua tratando de moldear los misterios de ese arte que tanto le gustaba y tan bien conocía.

Nada de lo que hacía pasaba desapercibido. Su personalidad era determinante y arrolladora. Era mucho Quiñones, decimos siempre. No sólo por su memoria, que se agigantaba recordando numerosos poemas y canciones en la nuestra y en otras lenguas (gallego, catalán, italiano, francés, inglés...), sino también por su ingenio y por su oído finísimo que captaba como pocos lo genuinamente popular para luego convertirlo en alta literatura.
Dábale, pues, a su obra esa doble riqueza que lo emparentaba legítimamente con ambas tradiciones: la popular y la culta, que acababan fundidas en el crisol de su obra creativa, diestro como era, repito, en el oficio de escuchar y contar.
O en el noble ejercicio de tomar prestado de la literatura universal, que tanto conocía, los textos más queridos y emblemáticos para engastarlos en su propia obra, como aprendió de Borges (¡siempre Borges!), de Ezra Pound, de Archibald Mc Leish y de tantos otros que le alumbraron en el camino. Que es, justamente, de lo que más alardeaba, de deberle a los demás, a los más grandes, o incluso a un pescador de La Caleta, muchos de sus hallazgos, muchos de sus logros.
Que fueron muchos, hay que decirlo, pues no olvidemos que Fernando Quiñones fue uno de los escritores más prolíficos de la denominada Generación del 50, a la que perteneció por edad, formación y obra literaria. Una extensa obra que la componen 23 libros de poemas, 18 de narrativa (cuatro novelas largas, dos novelas cortas y doce libros de relatos), siete obras dramáticas, 11 libros de ensayos, ocho antologías y varios cientos de artículos publicados en revistas y periódicos, algunos ya recopilados en libros.
Una obra, tan amplia en cantidad como rica en calidad, que fue distinguida en diversas ocasiones con prestigiosos premios, avalados por jurados de la mayor solvencia. Tras el ya citado Premio La Nación, que le supuso una especie de alternativa literaria, muchos otros premios le fueron concedidos. En poesía, el Leopoldo Panero (1963) por su libro En vida; el Olivo (1973) por Memorandum; el Ciudad de Melilla (1985) por Las crónicas de Castilla y el Gil de Biedma por Las crónicas de Rosemont. En narrativa: ha sido dos veces finalista del Premio Planeta por sus novelas Las mil noches de Hortensia Romero (en 1979) y La canción del pirata (en 1983); fue distinguido también con el Premio Café Gijón (1989) por su novela Encierro y fuga de San Juan de Aquitania y el Premio Juan March (1994) por Vueltas sin fecha.
Insisto, pues, tanta fecundidad, variedad y solvencia literaria han hecho que la obra de Fernando Quiñones sea incluida en más de 50 antologías publicadas en España, Argentina, Nicaragua, Holanda y Alemania, entre otros países, y que referencias generales sobre su literatura aparezcan en unos 15 diccionarios filológicos. Además de las tesis doctorales que le han dedicado en las Universidades de Rennes (Francia), San Petersburgo y Cádiz, donde, como no podía ser menos, lo nombraron doctor honoris causa en la primavera de 1998.

Ñoñería ninguna, sino todo lo contrario. Pues hasta el penúltimo día de su vida siguió escribiendo sin el menor síntoma de caducidad, como si no fuera con él la muerte que tenía anunciada, inminente, como si le sobrara tiempo y energía para seguir derrochándola, como siempre hizo, en su obra que ya no podía terminar. ¿Cuándo hubiera terminado esa vigorosa obra este escritor tan vigoroso? Quién sabe... su obra, pues, ni siquiera en las últimas horas adoleció de ingenio ni de sustancia. A diferencia de lo que le ocurre a otros escritores que se sobreviven en vida y mueren en vida, Quiñones no, Quiñones vivió y murió en plenitud, no sólo haciendo alardes de sus cinco sentidos, sino activando al final un sentido más que le permitió saber cuando le había llegado la hora.

O si alguien duda, que pregunte a sus editores cómo hasta el último momento estuvo corrigiendo y ordenando su Obra Escogida, cuyo prmer tomo titulado Libro de las Crónicas tuvo la enorme satisfacción de conocer y presentar en público. O que le pregunten a Diario de Cádiz y El País cómo Quiñones cumplía sistemáticamente con sus compromisos de entrega de artículos, aunque estuviera hospitalizado o sin ganas ni humor para nada. O que nos pregunten a sus amigos cómo nos animaba cuando íbamos a confiarle que estábamos enamorados o que teníamos tal o cual proyecto entre manos. Que pregunte quien dude, que pregunte a su familia...
Nadia, su mujer, y Mariela, su hija, mejor que nadie pueden hablar de lo que digo, hasta donde quieran hablar. Y ahora mi recuerdo, permitidme, se concreta en esa querida familia de Fernando Quiñones con la que tantas emociones y sensaciones he compartido como amigo desde hace tantos años. Ellas son mejor que nadie, también su hijo Mauro y sus nietos, los depositarios de su memoria humana y literaria que habrán de preservar y engrandecer.

Es lo que deseamos sus lectores, que sus magníficas Crónicas poéticas, que La canción del pirata, Las mil noches de Hortensia Romero, que su Coro a dos voces, que su relato (así prefería que le llamaran a sus cuentos), que lo mejor de su obra, en fin, goce del legítimo lugar que le corresponde en el panorama de la literatura española del siglo pasado.
Si así sucediese, las nuevas generaciones de lectores comprobarán que se ha hecho justicia con Fernando Quiñones, por ser, como auguró Borges, “un gran escritor de la literatura hispánica de nuestro tiempo”.
   
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