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  21 de junio de 2011
  Antonina Rodrigo
  Isabel Grcía Lorca. La herida perdurable
  Sería la niña chica en el hogar de los García Lorca. Su llegada fue un regalo tardío, que llenó de alegría inesperada la casa. Doce años se llevaba con Federico, el hermano mayor y siete con Conchita, en medio estaban Luis, malogrado, y Francisco.
Doña Vicenta, la madre quedó maltrecha de aquel parto, pero la pequeña presencia fue el gozo que afloró la ternura de la familia. La niña irrumpía como una rosa de luz en la creativa adolescencia de Federico, que iba a ser su protector  y de quien recibiría su primer magisterio musical. La fotografía ha conservado una de aquellas clases: frente a una ventana bajo el estallido cegador de la luz de la vega granadina, ilumina la penumbra de la sala. Federico en un balancín de rejilla, le está enseñando a leer música. La niña, de no más de tres o cuatro años, está sentada en las piernas de su hermano que sostiene su ingravidez con la delicadeza de un jazmín. Federico le guía el brazo con el que la alumna con el dedo índice señala las notas del pentagrama.

Otra imagen de 1917 es el grupo de los cuatro hermanos. Federico sentado en el centro, sostiene a Isabelita con su muñeca. Detrás está Francisco, Federico ha subido el brazo hasta coger la mano de su hermana Conchita, muy sonriente y bella. Es una fotografía exultante de alegría familiar. ¡Cómo fue de rica y amorosa la infancia de Isabelita, testigo de un mundo excepcional que generaba el genio joven de su hermano mayor! ¡Qué vida de privilegio la suya en aquella familia, universo armonioso, encendido de amor, de cultura, de poesía y poblada de personajes que escribían la historia y la literatura de lo más sorprendente del siglo XX! Con maestras como su madre y doña Gloria Giner de los Ríos; con una amiga-hermana-compañera como Laurita de los Ríos. Con Manuel de Falla celebrando en su casa la Nochebuena, después de la cena, interpretando al piano a cuatro manos con Federico los populares villancicos, unidos a los vivos acordes de zambombas y carañacas. Tras los alegres cantos de la Misa del Gallo, en el convento de las Tomasas, en el Albaycín. En 1923 la fiesta de los Reyes Magos, dedicada a Isabelita y a sus amigillos, por Federico y Falla, con representación del teatro de Cachiporra y la música armonizada y amenizada por el propio compositor al piano. Juan Ramón Jiménez, en su visita a Granada, en el verano de 1924, le concedía a Isabelita, con la que había compartido paseos alhambreños, el título de la hadilla del Generalife, le dedicaba un poema y le escribía desde Madrid su melancolía por Granada. En su casa se compartía con frecuencia el rito cotidiano de la mesa con los más sorprendentes personajes atraídos por la personalidad culta y carismática de su hermano Federico.

En el buen tiempo, el escenario era el paraíso de la Huerta de San Vicente, con rumores vegetales, aromas de jazmín y la visión espléndida de la Alhambra, y de la Sierra Nevada. En la Facultad de Letras de Granada Isabel fue una de las seis o siete primeras universitarias, y otra de ellas era Elena Martín Vivaldi. Después, trasladada la familia a Madrid, con sus estudios de licenciatura y Federico en alto vuelo el prestigio internacional de su obra. Y de pronto tiempos tenebrosos de odio y muerte se abatieron sobre la vida de la familia Lorca, y de cientos de miles de familias españolas. Guerra, desesperación, exilio, silencio, humillación y difamación sobre el nombre de uno de los más preclaros poetas de todos los tiempos: Viva moneda que nunca / Se volverá a repetir.
Aquel asesinato indescriptible ¿ le dejó a Isabel su alegría clausurada, su perfil de dureza, su severa mirada, por la desesperación brutal de aquel ser que había inundado su infancia de ternura y había nutrido su juventud con su sabiduría y su gracia de joven dios?
Sería difícil poner orden en tanta ruina, tanta desgracia, tanto dolor de una familia herida para siempre, la de la madre, el padre quedó enterrado en el exilio y su hermano el extraordinario Francisco, un sostenido frente donde se reflejaba la vergüenza y la injusticia del crimen, de todos los crímenes execrables de un régimen omnímodo, en tiempos difíciles de incertidumbre y persecuciones. El tiempo inexorable, iría rescatando la limpia memoria del poeta y se convertirían en museos entrañables: la casa natal, de Fuente Vaqueros, en 1986. La Huerta de San Vicente, en 1995. La casa familiar de Valderrubio. Se instaló la Fundación García Lorca, en la Residencia de Estudiantes, bajo la presidencia de doña Isabel, hasta su muerte a los 92 años, con la herida abierta de una granada que segó su alegría. “No me iría a vivir a Ganada”, le dijo en una entrevista al periodista Antonio Ramos Espejo.
   
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