26 de mayo de 2017
 

 
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  Juan Holgado Mejías
  Entrevista a Isidoro. De Suresnes a la Gavidia
  Ya estaba decidido cuál iba a ser la portada del día siguiente. Aquella tarde del 23 de octubre de 1974 recibimos en el  periódico, por teletipo, la noticia predestinada para la primera página. Los obispos de todo el mundo denunciaban ante el Papa que los derechos humanos estaban amenazados por los poderes públicos. Y reclamaban libertad de información, amnistía para los presos políticos y el cumplimiento de las garantías judiciales. Se vivían tiempos en que los partidos en España eran objeto de dura represión y la censura del régimen no cesaba de esconder parte de la realidad a los españoles. Era habitual que los ministros se reuniesen, una vez a la semana, en la Dirección General de Cinematografía, para ver, por deleite, películas prohibidas por el Gobierno. La vida, como dice Trueba, parece un film mal contado.

Derechos humanos y pájaros.
Los que hacíamos El Correo de Andalucía en la década de los setenta sabíamos que trabajábamos en un medio de comunicación que defendía los derechos de los colectivos sociales más vulnerables aunque acarreara registros policiales, amenazas de cierre o secuestros del diario. Incluso en algunas manifestaciones a favor del régimen éramos mencionados en pancartas que decían: “Algo hay que quemar, El Correo de Andalucía o el Palacio Arzobispal”. Pero era para nosotros un motivo de satisfacción cada vez que aparecían en sus páginas personas honestas que representaban a miles de ciudadanos silenciados por la dictadura franquista.

Estaba anocheciendo aquel 23 de octubre del 74 cuando ocurrió algo inesperado en el periódico que modificaría en parte la portada prevista para la jornada siguiente. En la redacción, ajena a lo que iba a suceder, se hablaba de derechos humanos y de pájaros. Fue el momento en que dos funcionarios de la temible Brigada Social preguntaron por mí. Salí a saludarlos y me indicaron que me iban a conducir a la Jefatura Superior de Policía. Mis compañeros continuaban conversando sobre pájaros. Entre ellos el actual corresponsal de Televisión Española en Roma, Ángel Gómez Fuentes. Se referían a las once mil golondrinas que la Sociedad Protectora de Animales de Múnich había enviado a Sevilla, en un vuelo de Iberia, para que pudieran emigrar desde nuestros cálidos cielos. Estas aves no habían podido sobrevolar los Alpes, por sí solas, a causa del frío. Helado se quedó más de uno cuando entré en la redacción y dije: “Me llevan detenido”. Otros creían que bromeaba. Cogí el tabaco y salí.

Durante el viaje, en uno de los coches camuflados de la policía, los funcionarios que me detuvieron en el lugar de trabajo hablaron de la entrevista a Felipe González, como si yo no la hubiera hecho. Se refirieron a Suresnes, donde había sido elegido secretario general del PSOE y no sabían por qué el líder socialista había usado el sobrenombre de Isidoro en la clandestinidad.

Interrogatorio. Fue el siniestro jefe de la Brigada Social el que se encargó de mi interrogatorio. Se apellidaba Martín. Era tristemente popular entre la movida progre' de estudiantes y obreros porque él y sus subordinados obsequiaban a sus interrogados con una dieta poco mediterránea. Suministraban obleas para dar soltura a la expresión y potencia a la memoria. Los desafortunados que recibían un par de ellas podían narrar hasta detalles de su Primera Comunión. Yo no probé esa dieta. Quizá por esta buena acción Martín, al jubilarse, prolongó su vida laboral como jefe de seguridad de un bingo. Cuando me dispuse a cantar la primera línea de mi respuesta no di con las reglas que sirven para corregir sentimientos como el que da la falta de valor. Me preguntó, en tono rutinario, por mi vinculación personal con el entrevistado. Él desconfiaba de que yo sólo lo conociera de vista cuando ambos cursábamos Derecho en la Universidad hispalense. (Hasta días después de mi detención no supe que Felipe estaba casado con una hija del comandante médico del Ejército del Aire Vicente Romero, concejal del Ayuntamiento de Sevilla. El alcalde era Juan Fernández, prestigioso endocrinólogo y médico personal del almirante Carrero Blanco, entonces presidente del Gobierno franquista). “Cuando usted y él han hablado para el periódico de una manera tan comprometida es porque habrían tenido más de una reunión”, insistía. “Tan sólo conversé brevemente con Felipe el año pasado en la Audiencia Territorial. Recuerdo que fue el 12 de diciembre. Se celebraban elecciones para decano del Colegio de Abogados. Yo estaba haciendo para el periódico una encuesta sobre el momento actual de la abogacía española entre varios letrados. Iba ganando Alfonso de Cossío cuando Manuel del Valle me presentó a Felipe porque también él deseaba dar su opinión”, respondí.
–Cuente lo que le dijeron los abogados, quiénes eran y por qué los eligió.
–Todos, incluido Felipe, incurrieron en vaguedades. Iban con prisa y sin ganas de complicarse la vida. Me limité a entrevistar a los abogados que iban o venían de votar. Unos respondían y otros, no. Ninguno quería complicarse. Los elegí al azar. Ya no recuerdo sus nombres.
Martín sospechaba que le mentía. Tenía razón. Recordaba a Cossío, Aurora León, Cabrera Bazán, Del Valle, Baena Bocanegra, Villa, García Borbolla, Celso Sosa, etc.
Y nada de vaguedades. Aurora León, que en paz descanse, denunció los problemas que acarreaban a los abogados los límites a la libertad de expresión y reunión. Algunos habían sido procesados por lo que dijeron ante los tribunales en el momento de defender a sus clientes o por reunirse con ellos en su propio despacho. Felipe, que vestía toga, pedía la supresión de las jurisdicciones especiales, un estatuto del preso político, una amplia amnistía para los llamados delitos políticos y libertad y garantía en el ejercicio de la abogacía. “Tú no eres capaz de publicar lo que te he dicho”, añadió Felipe. “Ya lo verás”, respondí. Entonces Manuel del Valle me comentó: “Publícalo al pie de la letra. No olvides que está procesado desde 1971 y pendiente de un juicio ante el Tribunal de Orden Público”.

Vuelta a ‘chirona’. En las dependencias policiales el que interrogaba estaba cansado y el interrogado más. Paramos durante quince minutos. Fui conducido por un miembro de la Brigada Social hasta un bar cercano, cuyo reloj de pared marcaba la una de la madrugada. Había pocos clientes. Serían los habituales. Saludaron al policía secreta y sospecharon que el acompañante era su detenido. Después de las cervezas pidió un bocadillo para mí. “¿Va esto para rato?”, debí preguntarle. No lo hice. Tampoco lo sabría él.
Vuelta a chirona. Antes de reanudarse el interrogatorio el jefe me ofreció el teléfono para que dijese a mi mujer que estaba de juerga con unos amigos. Preferí no llamarla porque el ruido de fondo no era el más convincente. Sonaba el teléfono a cada momento. Se interrumpía el interrogatorio. El tono de voz de Martín cambiaba. No se escuchaba lo que hablaba pero percibí que sus expresiones tenían una actitud genuflexa. Y otra vez más preguntas. Quería conocer la hora en que comenzó la entrevista, identidad de quien proporcionó la foto que la ilustraba, duración de la misma, lugar del encuentro, papel que desempeñó en todo esto el director del periódico, Federico Villagrán. Hasta que llegó el momento de peligro. Deseaba Martín que yo dijese espontáneamente que mi entrevistado era socialista. “Como no responda le voy a atornillar”. “Obleas”, pensé. “Déjese de merodear y conteste de una vez”, insistió. Algo conseguí. En mi declaración constó que “a preguntas del funcionario el detenido intuía que Felipe González era socialista a tenor de sus respuestas en la entrevista que le hizo el declarante en El Correo de Andalucía”.

La noche se complicaba. “Su entrevistado ha sido más rápido que usted en el interrogatorio”, comentaron. “Esto va en serio”, me dije.

El frío de Suresnes. Al atardecer de aquel mismo día dos policías visitaron la casa de Felipe González, en la calle Espinosa y Cárcel. Les atendió su mujer, Carmen Romero. Se encontraba con sus dos hijos. Su marido estaba fuera de Sevilla. Los agentes le manifestaron que estaban allí por el bien de su esposo y le pidieron que lo localizara de inmediato. Los niños quedaron al cuidado de la policía mientras Carmen hacía la gestión desde una cabina pública.
Felipe se presentó a las doce de la noche en la Jefatura Superior acompañado por el decano del Colegio de Abogados, Alfonso de Cossío. Manuel del Valle prefirió permanecer en la puerta por lo que pudiera ocurrir. A la hora salió sólo Cossío, con un cigarrillo en la boca. Se llevó la mano al corazón. Era un gesto rutinario que el cariño de su familia, en ocasiones anteriores, había dramatizado llevándolo al cardiólogo. Del Valle tenía tarea: informar telefónicamente de lo ocurrido a responsables de su partido.

Aconsejan que se trate a las viejas historias con cuidado, como a las rosas marchitas que se deshojan al menor roce. Del interrogatorio policial al líder socialista nos quedamos con estos pétalos, ya sin fragancia pero conservando un colorido profético.

“¿Dónde estuvo usted tal día?” “En Lisboa, almorzando con Mario Soares”. “¿Y hace dos meses?” “En Bonn, con Willy Brandt”. “¿Su última escapada al extranjero?” “París. Allí me esperaba Mitterrand”. El funcionario que le interrogó dijo a otro policía”. Creo que dentro de poco vamos a tener que pedir trabajo a este hombre”.

Eran cerca de las tres de la madrugada cuando se abrió una puerta de la dependencia donde me encontraba. Apareció Felipe. Detrás, el policía encargado de nuestra custodia. Traía dos mantas y un calentador, como si quisiera convertir el lugar donde estábamos en una estancia hotelera. Nos ofreció lectura. A Felipe El Mundo Obrero. Lo rechazó enfadado, como dando un manotazo a un malentendido. Yo acepté un ejemplar de la revista Cambio 16, porque estaba secuestrado. Nos advirtió de que al día siguiente nos trasladarían a la Audiencia donde seríamos puestos a disposición judicial. Y que nadie nos incomodaría hasta entonces.
¡Hazme ahora la entrevista de verdad!, dijo Felipe cuando se marchó el policía.
–¡Menos pitorreo! Mira debajo de la mesa por si hay micrófonos. Es sospechoso que nos hayan puestos juntos.
–¿Te traerá tu mujer el desayuno? Mi madre es capaz de venir y armar un pitote.
–¿Otro cigarrillo?
–No. Ya he fumado bastante. Cuidado con el calentador. A ver si se van a quemar las mantas.
El sueño se apoderó del líder socialista, que ya empezaba a cuidar el patrimonio nacional. ¿Qué verdades se estarán intercambiando Isidoro y Felipe? ¿Cuál de los dos permanecía menos dormido? ¿Estaría yo ante un soñador?

En aquel momento recordé cómo unos días antes había comenzado esta peligrosa aventura: Me llamaron del periódico a las seis de la mañana para leerme una nota del director Federico Villagrán: “Deja lo previsto para hoy y entrevista a Isidoro. Llámame si lo consigues”. Mi encuentro periodístico con Felipe fue feliz y confiado, sólo con ligeras condiciones. Quería leer la entrevista antes de que se publicara y que no se le añadiera ni un acento a sus espaldas. Durante aquella conversación tosió varias veces después de beber de su copa.
–¿Encuentras fuerte el coñac? ¿Quieres otra cosa?
–No, es que hacía frío en Suresnes. A ver si consigo quitarme este constipado.
Como vio que yo me apresuré a escribir el nombre de la ciudad francesa, que me abría más el horizonte periodístico, enseguida me lo cerró con:
–¡No! ¡No!
–¿Es palabra prohibida?
–Bórrala, por favor.

Dicen que en la vida no hay premios ni castigos; hay consecuencias. No consideré como sanción que después me procesara el Tribunal de Orden Público por apología del delito; que mi coche fuera embargado para no ir a la cárcel y así poder obtener la libertad; que hasta que me amnistiaran dos años después tuviera que dar un paseo a la Audiencia los días 1 y 15 de cada mes para comparecer ante la autoridad judicial; que El Correo de Andalucía fuera secuestrado... Ni tampoco consideré un premio para Felipe el que mi entrevista le sirviera para que se suspendiera para siempre el juicio contra él, en el que el Fiscal del Tribunal de Orden Público tenía decidido pedir ocho años de prisión.

Miedo al cierre. ¿Cómo no recordar a un ser tan entrañable como el comandante médico Vicente Romero que ya no está entre nosotros? Al día siguiente de mi puesta en libertad quiso charlar conmigo, pero no pudimos acabar ni la conversación ni la cerveza en un bar cercano al Ayuntamiento. Estaba diciendo. “El marido de mi hija es un buen muchacho”, cuando de pronto añadió entre dientes: “Vámonos, ese hombre de paisano que se ha puesto tan cerca de nosotros pertenece al Servicio de Información Militar. ¡Adiós! Ya charlaremos en tiempos mejores”.

Federico Villagrán comenzó a estar más tranquilo. Contó a los lectores que por fin quedaba clausurada la etapa de las imprevistas consecuencias de la publicación de una entrevista en el periódico que él dirigía. También se hacía eco de los rumores que se habían cernido sobre el diario, cuyas resonancias cruzaron las fronteras. Hasta en la prensa alemana se había llegado a afirmar que en el último Consejo de Ministros se decretaría el cierre del periódico.

El desconocido Felipe González empezó a interesar a los españoles. El padre José María Patino, mano derecha de un cardenal, del que decían “Tarancón al paredón”, contactó con Isidoro gracias a la gestión que hizo Jesús Aguirre, duque de Alba y amigo de ambos.

Durante la dictadura franquista el vocabulario español no estaba bien dotado para expresarse en libertad. Aquellos tiempos recuerdan a veces a los de hoy, porque una veces hace calor y otras frío.


Juan Holgado Mejías es el autor de primera entrevista realizada a Isidoro (Felipe González), tras ser elegido secretario general del
PSOE en Suresnes, publicada en El Correo de Andalucía (14-X-1974)




   
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