29 de junio de 2017
 

 
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  Gonzalo Rojo Guerrero
  La Cultura (Málaga)
  El flamenco en la Transición
  Ni en flamenco ni en ningún otro arte vivo podemos fijar un día, un mes y un año como punto de partida de una época a estudiar. Hemos de contar con una serie de antecedentes que nos retrotraen a años anteriores, al igual que tenemos que tener en cuenta las incidencias posteriores que este arte produce y que veces se prolongan durante años.

Si queremos hacer un estudio, aunque sea breve, acerca del flamenco en la Transición, tendremos que comenzar en la década de los sesenta para terminar en la de los ochenta, es decir, un período que abarca aproximadamente 20 años, que es lo mínimo exigible para tratar de un arte que tiene necesariamente que ir engullendo los principios nutricios que les sirven de alimento y desechando aquellos otros que no ha podido digerir.

En los años sesenta, determinadas ciudades españolas (Madrid, Sevilla, Málaga, Granada, Córdoba, Barcelona, etc.) tenían establecimientos denominados “tablaos”, herederos de los viejos cafés cantantes, donde la práctica del cante, del baile y del toque de guitarra era diaria y, además, con artistas de primera magnitud. Recordemos a Manolo Vargas, Rafael Romero, Fernanda de Utrera, Manolo Caracol, La Paquera de Jerez, Pericón de Cádiz, Juan Varea, El Farruco, Rosa Durán, Matilde Coral, Fosforito, Melchor de Marchena, Perico el del Lunar, Niño Ricardo, etc. Poco antes, Córdoba había puesto en marcha su Festival de Arte Flamenco, en cuya primera edición, Fosforito había sido el ganador absoluto del mismo, y en él, años después, Antonio Mairena recibía la Llave de Oro del Cante. Iniciándose la década, nació el Festival del Cante de las Minas, que desde La Unión consagró con su Lámpara Minera a cantaores posteriormente tan conocidos como Antonio Piñana, Enrique Orozco, Canalejas de Puerto Real, Pencho Cros, Antonio de Canillas, etc. Los festivales comenzaron a proliferar de tal manera que en Benalmádena hubo de celebrarse un congreso para poner fin al caos cronológico existente por la abundancia de concursos y festivales flamencos.

Estos festivales fueron plataforma de lanzamiento para muchos artistas de las tres facetas del arte flamenco, cante, baile y toque de guitarra, y otros se consolidaron como profesionales del flamenco. Obligatoriamente hay que recordar en los primeros a José de la Tomasa, Curro Malena, Rancapino, Rosario López, Alfredo Arrebola, Jesús Heredia, Juana la del Revuelo, Luis de Córdoba, Manolo Mairena, Gabriel Moreno, Milagros Mengíbar, Manuela Carrasco, Joaquín Amador, Manolo Domínguez, Tomatito, etc., etc, y en los segundos, entre otros, Antonio Mairena, Chano Lobato, Fosforito, Chocolate, José Menese, El Lebrijano, Camarón de la Isla, Terremoto de Jerez, Ramón de Algeciras, Enrique de Melchor y Paco Cepero.

Junto a esto hay que recordar los Congreso de Arte Flamenco que se iniciaron en 1969, las anteriores Semanas de Estudios Flamencos, la abundancia de grabaciones discográficas de temática flamenca y la gran cantidad de actuaciones de nuestros artistas en Europa, Japón y Estados Unidos y Oriente próximo. De esta manera llegó el flamenco a la Transición, donde los festivales siguieron su curso normal, aunque en la programación se notaron algunos cambios de artistas, que gustaron de cantar letras más o menos politizadas, pero que no alteró la esencia de lo que venían siendo estas manifestaciones flamencas. La inclusión de estos cantaores se debió, por un lado, a que los organizadores lo estimaron oportuno ya que se incrementaba la venta de entradas, es decir, el negocio, y otras, porque eran recomendados por determinadas personas y no había más remedio que incluirlos en el cartel.

Pero como el tiempo todo lo vuelve a poner en orden, el artista que sabía cantar por derecho, lo que cantaba, politizado o no, lo hacía con arreglo a esos no publicados cánones del flamenco, y finalizada esa etapa volvió a lo que siempre había cantado, y los que se apoyaron solamente en las letras alusivas al régimen anterior, con muy poco conocimiento de lo que era el cante, pasados esos primeros años, volvieron a su primitiva labor ajena al flamenco.

Los años inmediatamente posteriores a la Transición nos han traído también algo espúreo, es decir, algo ajeno al flamenco y que a la fuerza nos quieren introducir como flamenco. Pienso que nadie está en contra de que quien quiera haga lo que desee en lo tocante a música, pero sería un auténtico crimen coger catorce o quince acordes de la Pastoral,  mezclarlos con la yenca y un pasodoble y decir que es la “nueva música clásica”. Pues bien, esto lo que está ocurriendo con el flamenco, basado en un ritmo determinado o en unos acordes, introducen otra cosa cualquiera y dicen que es “nuevo flamenco”. Afortunadamente cada vez tiene menos seguidores, aunque lo peor es que en radio y televisión nos lo venden como flamenco, y eso es un auténtico crimen de leso flamenquismo. Esto no desaparece de la noche a la mañana, tendrán que pasar años para que esta moda deje de ser tal y se quede en un recuerdo que queremos olvidar.

Finalizados ya los años ochenta, el flamenco sigue con el mismo vigor, la misma fuerza y el mismo carácter cultural que siempre ha tenido. Esperemos con paciencia que el “nuevo flamenco”, “el flamenco pop” o como quiera llamársele, siga su curso pero que no le denominen flamenco. Y que el flamenco de verdad, que ahora está pasando por un bache de artistas, continúe con el mismo esplendor que siempre ha tenido.


*Gonzalo Rojo Guerrero es periodista
   
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