19 de agosto de 2017
 

 
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INICIO > MONOGRÁFICOS > Alfonso Canales, cronista cultural de Málaga
 
  Juan Antonio Ruiz
  La Cultura (Málaga)
  Alfonso Canales, cronista cultural de Málaga
  Para el poeta y escritor, aunque abogado de profesión, Alfonso Canales, quizás los hechos más importantes que le han  ocurrido en el ejercicio de la abogacía, tuvieron lugar como consecuencia del asesinato de los abogados laboralistas de Atocha en Madrid. “En esos momentos yo estaba como miembro de la junta directiva del Colegio de Abogados de Málaga. Por unas circunstancias especiales, yo que estaba de tercero en la junta directiva del Colegio, me tocó hacer de vicedecano, y como el decano también estaba de baja, tuve que presidir la reunión del Colegio de Abogados con todo el follón que se armó entonces por lo de Atocha. También tuve que presidir el funeral que se celebró aquí en la iglesia Stella Maris. Esto fue lo más conflictivo de aquella época, ya que entonces los ánimos estaban muy exaltados. La asamblea que se celebró en el Colegio de Abogados fue muy movida y tuve que capear el temporal y templar gaitas para que aquello fuera de la manera más tranquila posible”.
La faceta más conocida de Alfonso Canales era la cultural, entonces publicaba en la revista Caracola que editaba José Luis Estrada, y recuerda que la vida cultural en Málaga giraba en torno a las páginas literarias de los periódicos, el Ateneo que ya funcionaba. “En aquella época el Ateneo había tenido una cierta bula, ya que allí se podía hablar de cosas, que en otros lados no se podía hablar tanto. Había una cierta apertura y, lógicamente, todos los acontecimientos políticos tuvieron su repercusión muy directa en él. Allí se celebraban reuniones al caer la tarde, conferencias, exposiciones”.  Otro de los centros culturales era la casa del escritor “en mi casa tenía una tertulia que era más bien literaria. A esta tertulia venían Rafael León y algunas veces su mujer María Victoria Atencia; Vicente Núñez, Enrique Molina Campos, Juan Valencia y su mujer Margarita Fórmica, en ocasiones; en fin, era una tertulia literaria en la que hablábamos más de poesía que de política”.
Señala que “yo no participaba mucho de la política. A mi siempre me ha interesado más la literatura, teóricamente, auque en la práctica, lógicamente, todos estábamos implicados. Era una época en que nos iba la vida, porque nunca sabíamos como aquello iba a terminar. Los que ya conocíamos la ‘primitiva alteración’, a mí me había cogido el Movimiento con 13 años, y tenías un recuerdo muy vivo. Estábamos muy preocupados de que pudiera repetirse aquella sangría que habíamos vivido antes. Aparte de eso, nunca me he implicado en política y nuestras tertulias y nuestras charlas tanto en el Ateneo como aquí eran más bien literarias.

Caracola.
Manifiesta que “en Caracola teníamos cierta bula, porque José Luis era un hombre muy abierto, y la revista publicaba a los poetas que estaban en el exilio, como Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda o Moreno Villa. José Luis Estrada se rodeó de un grupo heterogéneo, yo formaba parte desde el principio. También había otras personas muy ajenas al mundo de la poesía y con gustos anticuados. Entonces, el primer número de Caracola salió a esa imagen y semejanza, pero pronto los más jóvenes procuramos, con Bernabé Fernández Canivell que formó parte desde el principio y que hizo causa común con los más jóvenes del Consejo Editorial, le dimos un giro distinto, más moderno, con gusto más al día.
Entonces Caracola, desde los primeros números hasta llegar al número 100 fue una revista puntera, donde colaboraron las primeras firmas de España y de fuera de España, con una total asepsia política y con un margen de apertura que no había en otros sitios. Recuerdo que en aquella época, un poeta de Sevilla nos decía que cómo en Málaga teníamos esa bula, y en otros sitios como Sevilla o Granada, la censura le impedía hacer muchas cosas que nosotros aquí hacíamos con total libertad. Le contestábamos que en Sevilla, el delegado de Información y Turismo, era más delegado de Información que de Turismo, y en Málaga era más de Turismo que de Información”.

San Telmo.
Alfonso Canales entró en la Real Academia de San Telmo en 1965, cuando el presidente era José Luis Estrada. Recuerda que “un poco antes de que se produjese la Transición, era presidente de Gobierno Arias Navarro,  había estado en Málaga varias veces, y tenía mucha amistad con Baltasar Peña. Cuando fallece José Luis Estrada se presenta una terna a la presidencia, En aquel entonces, la presidencia de la Academia la nombraba el Gobierno, del que recibía una subvención. Naturalmente salió elegido Baltasar Peña que era amigo de Arias. Ésta fue la última elección mediatizada por el Gobierno. Durante el tiempo de Baltasar Peña también realizábamos la bienal de pintores, les sacábamos a los organismos oficiales el dinero para poder dar los premios. Así se daban el Premio de la Diputación, del Ayuntamiento, de la Academia; y de algún modo también se fomentaba la pintura”.

Picasso.
Canales revela que “antes de yo entrar en la Academia tenía un grupo que nos reuníamos que todos los años, incluso durante el ‘Ancien Regime’, para conmemorar el cumpleaños de Picasso. Celebrábamos unas exposiciones, y en éstas yo, generalmente, era el encargado de pronunciar unas palabras, y había un grupo Picasso que intervenía en todo esto. Estábamos hablando desde principios de los sesenta a los setenta. Se trataba de alguna manera de acercar a Picasso”. Afirma que desde la Academia también se trabajó mucho con Picasso. “Sobre eso existen muchos libros escritos. Desde el primer momento la Academia de San Telmo quiso que Picasso tuviera relación con Málaga y se reconciliara con ella. Y con esto pudiéramos contar en Málaga con la obra de Picasso. No obstante, todo el mundo sabe que Picasso salió echando pestes de aquí, por muchas circunstancias, entre otras porque a su padre le habían hecho una faena. El padre de Picasso malvivía entre el sueldo que tenía en la Escuela de Bellas Artes, y un sueldecito que le daba el Ayuntamiento como conservador de la colección pictórica municipal. Llegó un momento en que el Ayuntamiento le dice que no tiene dinero para darle ese sueldecito, y este hombre tiene que emigrar e irse a Galicia. Picasso siempre conservó la animadversión a Málaga que había echado a su padre”.
El escritor rememora cuando Juan Temboury logra conectar con el secretario de Picasso, Sabartés; “éste  trata de influir en Picasso, y éste no quería saber nada de Málaga hasta el punto de que le dice a Sabartés: “¿Y a ti que te importa Málaga?” Entonces Sabartés, en vista de la actitud de Picasso, decide donar su colección de libros, a través de Temboury, a la Academia de San Telmo. Esta colección llega a Málaga a través de José Luis de Arrese, debido a que el hecho de que esta biblioteca viniera de Francia a través de la frontera podría ocasionar algún conflicto. Entonces la Academia se vale de Arrese, que era entonces unos de estos cinco académicos de honor y consigue que los libros vengan por mar, a través de la Aduana de Málaga a nombre de Arrese, los cuales llegan a la Academia”.
Insiste en que “aquí hubieran estado locos porque el pintor hubiera dado alguna cosa y por reconciliarlo con la ciudad. Picasso era una figura internacional, universal. Al régimen le hubiera venido muy bien que se hubiera reconciliado. A Franco personalmente no le hubiera gustado mucho. Picasso lo ridiculizó en una serie de dibujos. Picasso nunca, nunca quiso dar nada a Málaga. Sólo le regaló un dibujo a Baltasar Peña a cambio de un cuadro de su padre, que Baltasar le había llevado. Con Málaga tenía ese resentimiento por haber tenido que irse su padre. Las únicas gestiones que se hicieron las hizo Juan Temboury en nombre de la Academia. Y consiguió la amistad con Sabartés, que vino a Málaga y fue atendido por Temboury. De ahí viene esa amistad. Y la Academia aprovecha esta amistad, como aprovechó la de Arrese”.

El cipote de Archidona.
En 1977, el director de cine Luis García Berlanga saca a la calle la colección de libros La Sonrisa Vertical”, y para inaugurarla escoge el las cartas publicadas solamente en facsímil bajo el título La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona. Un intercambio epistolar entre Alfonso Canales y Camilo José Cela sobre unos hechos ocurridos en la localidad malagueña.
Canales recuerda el origen de la publicación cuando “un día, con mi profesión de abogado, voy a la Fiscalía de la Audiencia a ver un sumario. En esos momento me encuentro en la Fiscalía a Pepe Jiménez Villarejo, y le pidió al secretario que me enseñara el sumario sobre el ‘asunto de Archidona’. Me muero de risa. El sumario, con un lenguaje oficial, contaba los hechos que había sucedido en un cine de Archidona”.
“Por aquel entonces –continúa– le cuento esto a Rafael León, y éste le envía una tarjeta a Cela, donde le dice: que te cuente Alfonso el ‘asunto de Archidona’. Cela me escribe diciendo que le narre el ‘asunto’. Entonces le escribo una carta a Camilo sobre el suceso que había ocurrido allí. En aquellas fechas hubo una comida en el Hotel Málaga Palacio, a la cual me invitaron. Allí estaban las autoridades de Málaga y alguien de la Audiencia, a quien yo le había enseñado la carta que le había enviado a Cela, dijo que contara el asunto de Archidona. Cosa que hice en la sobremesa, y un amigo abogado me pidió que le diera una copia de la carta enviada a Cela”.
Afirma que “a partir de ahí, empezó a correr la copia de la carta, llegando a las Cortes, donde la multicopista comenzó a hacer copias. Yo tenía un concuñado que era agregado aéreo en Washington, que me escribió diciendo que hasta allí, había llegado la carta. También un pariente de Flores Temboury, que era misionero en Japón, me dijo que hasta allí había llegado la carta”.
Señala el poeta que “Camilo me contestó con otra, y yo le respondía. Camilo que también estaba recibiendo cartas de otras partes me propone que editemos la correspondencia. Primero quería que lo editara yo. Pero le dije que no, que era abogado en ejercicio, y que esto era una cosa de la Audiencia de Málaga y sería comprometedor. Entonces primero se hizo una edición, ilustrada con dibujos de Goñi, valorada en 100.000 pesetas cada ejemplar, y luego vino la edición de La Sonrisa Vertical”.


*Juan Antonio Ruiz es periodista
   
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