30 de abril de 2017
 

 
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  Miguel Gallego
  La Cultura (Málaga)
  "Se hace talento al andar"
  Tenía melena –nada que ver con la alopecia que me amenaza hoy–, un montón de discos y una novieta en Londres. En una de mis visitas a Inglaterra habíamos planeado ir a un concierto de Status Quo pero falló. Así que mi novia me metió en la ópera rock de Jesucristo Superstar. Me quedé impactado y le pedí que me buscara más entradas para ver más cosas de esas. Cuando volví a Málaga sabía que regresaba por un nuevo camino. Estaba atrapado, convencido de que aquello era lo que quería hacer, lo veía todo muy claro, los tránsitos, los movimientos, la estructura...

Fue en el año 74, era joven y disjockey cuando, fortuitamente, un amigo que trabajaba en la discoteca de al lado me llamó porque quería que le echara una mano en algo que estaba montando. Bajé las escaleras del local y allí estaba toda esa gente ¡montando Jesucristo Super Star en español! Por aquello de la inercia me puse a dar órdenes y los acabé dirigiendo. Fue entonces cuando me di cuenta de que tenía don de mano, o bien que lo tenía muy claro. La cuestión es que aquella gente me hizo caso... y así empezó todo.
Por aquella época apareció un joven que se arrimó a nosotros, un tal José Antonio Domínguez, un niño, un “bullilla” y que era el entusiasmo personificado. Nuestro contacto con el mundillo teatral malagueño fue, precisamente, a través de José Antonio, que se matriculó en la Escuela de Arte Dramático y que, mientras aparecía y desaparecía de nuestros ensayos, aprovechaba para traernos noticias frescas.

Al poco tiempo hicimos el grupo de teatro Dintel entre 18 personas. Representábamos las obras que yo escribía y buscábamos escenarios alternativos, en discotecas, salas de fiestas, actuando entre los huecos que dejaban los espectadores y así llegamos a formar parte del llamado teatro independiente malagueño junto a grupos como Cascao, Tespis, Zebra, Tonás, Aguarrás, entre otros. Nos motivaba a todos una especie de gurú llamado Miguel Romero Esteo, que programaba la Sala de Comedores Universitarios y que, gracias a él, pudimos ver y contactar con las mejores compañías nacionales del teatro independiente de aquel entonces: Carrusel, Teatro Libre, La Denok, Ditirambo y un largo etcétera.
José Antonio, que se movía más que el rabo de una lagartija, me dijo que teníamos la posibilidad de ensayar y trabajar en el corral de comedias ARA. Así que me llevó a merendar a casa de doña Ángeles Rubio Argüelles, la cual nos propuso alquilarnos el Corral de Comedias por el precio simbólico de una peseta. A cambio, tendríamos que participar en el Festival Greco Latino que hacía la compañía ARA todos los veranos en nuestra ciudad. Y así lo hicimos, por un lado disponíamos de un lugar maravilloso para ensayar y para representar y de ahí salió el primer intento de teatro estable. Y, por otro, participábamos en el Festival Greco Latino, que había alcanzado un prestigio en la ciudad a través de los años y que nos permitió conocer a otras gentes, otro concepto de trabajo y, sobre todo, nos divertíamos trabajando. Guardo gratos recuerdos de aquel festival y de aquella señora.

Alcanzamos los finales de los setenta y compaginaba el teatro con un pub en Pedregalejo, donde llegamos a representar algunas de nuestras propuestas, en las cuales llegó a intervenir Joaquín Sabina, que cantaba en mi local. Íbamos a la búsqueda de lo que nosotros considerábamos que era el teatro y no seguíamos las pautas de ningún maestro, queríamos credibilidad, sin tendencias.

Luego llegaron los días de furgoneta haciendo giras cada vez más largas. Empezamos por la provincia, luego por Andalucía y después por todo el país. Los diseños de los decorados estaban condicionados a la capacidad de la furgoneta y el poco espacio que quedaba lo ocupábamos nosotros. Hacíamos largos viajes entre hierros, pegados unos a otros y, por supuesto, sin aire acondicionado, pero no importaba porque a más dificultades nosotros poníamos más moral. Nos tomamos a pecho aquello de “se hace camino al andar” y, nosotros anduvimos, ya lo creo, hicimos miles de kilómetros y, supongo, que algo de camino hicimos.
A todo esto, el más inquieto ya se había ido a Madrid para dejar de ser José Antonio y convertirse en Antonio Banderas; también nuestra querida Lucía Alfaro, que nos vendió un jamón para poder costearse su viaje a Madrid. Nunca supimos del jamón.
Luego vino el Teatro de la Caleta, Teatro del Mediterráneo y las seis temporadas de teatro estable en la ciudad que, por cierto, me dejó bien endeudado, pero eso es otra historia, o algo así.


*Miguel Gallego fue director del Teatro Estable
   
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