28 de febrero de 2017
 

 
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INICIO > MONOGRÁFICOS > Picasso, principio y fin
 
  Juan Gaitán
  La Cultura (Málaga)
  Picasso, principio y fin
  El 9 de abril de 1973 fallece Pablo Ruiz Picasso, el malagueño más universal (y por entonces más desconocido para los malagueños), un artista denostado y silenciado por el régimen de Franco. No obstante, algo empieza a cambiar. Sin saberlo, el genio está inaugurando (como inauguró tantas cosas) un tiempo nuevo, una época en la que todo va a empezar a moverse, a salir de la oscuridad para ir, poco a poco, hacia la luz. De alguna manera, podría decirse que ese día Pablo inicia el camino de vuelta a casa. Los medios de comunicación internacionales dedican espacios extraordinarios para despedir al pintor del siglo, y en España, por fin, ya no se le escamotean elogios, mostrando así uno de los primeros signos de apertura. En Málaga, las instituciones se suman con prudencia a las condolencias mientras la incipiente Universidad va un pasito más allá anunciando que llevará en su escudo la paloma del pintor.

Poco a poco, tímidamente al principio, Picasso comienza a convertirse en una referencia importante de los malagueños en estos primeros años de la transición. Su nombre se utiliza para nominar multitud de lugares. Y así, en septiembre de 1977 se inauguran los Jardines de Picasso, en la Prolongación de la Alameda, donde se instala el grupo escultórico, “Siéxtasis”, obra de Miguel Ortiz Berrocal, con la presencia de Paloma Picasso. Es el inicio de una semana de actos picassianos a los que acuden los poetas Rafael Alberti y Celaya.

Y cuatro años más tarde la ciudad rendirá por primera vez un cálido homenaje a su hijo más universal en el centenario de su nacimiento. El 25 de noviembre de 1881 hubo más de 15 horas de actos ininterrumpidos en las que participaron miles de malagueños, aunque el acto central, que tuvo carácter nacional, se celebró en el Conservatorio Superior de Música y lo presidió el ministro de Cultura, Iñigo Cavero, en representación del Rey. Participaron también importantes nombres de la cultura como Jorge Guillén, Enrique Brinkmann, Javier Tusell, Miguel Ortiz Berrocal y el subdirector general de la Unesco, Antonio Pascuali. Además, se descubrió una placa conmemorativa, obra de Berrocal, en la casa natal del pintor y se inauguraron dos exposiciones: “Málaga y Picasso” y “Picasso y los toros” en el Museo Provincial de Bellas Artes.

Vuelve la Generación del 27. Precisamente uno de los invitados, Jorge Guillén, se había instalado en Málaga en 1977, el mismo año en que otro de los miembros más importantes de la Generación del 27, el malagueño adoptivo Vicente Aleixandre, recibió el Premio Nobel de Literatura, acontecimiento que fue muy celebrado en la ciudad, donde el movimiento literario seguía siendo fundamentalmente poético, a pesar de que algunas de sus enseñas culturales, como la revista Caracola, creada por José Luis Estrada Segalerva (que desde 1952 fue esencial en la historia poética no sólo local, sino española), había desaparecido en 1975, justo dos meses antes de la muerte de su creador.
No obstante, otra revista mítica, Litoral, bandera de la Generación del 27, incorpora en 1975 a la dirección, junto a José María Amado (que se había encargado de resucitar la publicación en 1968), al poeta y pintor Lorenzo Saval, sobrino nieto de Emilio Prados, fundador de la revista.

En torno al grupo Caracola se sitúa una parte de los autores más reconocidos de la época, la mayoría de los cuales todavía hoy permanecen en activo. Los nombres de Rafael León, María Victoria Atencia, José Antonio Muñoz Rojas (Premio Ciudad de Melilla 1979), Manuel Alcántara, Bernabé Fernández-Canivell, Alfonso Canales (Premio de la Crítica en 1973) y, ocasionalmente, el poeta cordobés afincado en Benalmádena Pablo García Baena, comienzan a convivir con los primeros trabajos de autores que, en los próximos años, marcarán la tendencia creativa y cultural malagueña. Así, Rafael Ballesteros, que regresa a Málaga en 1975 habiendo publicado ya varios libros, se convierte de alguna forma en el ariete de un grupo de jóvenes autores entre quienes se encuentran Juvenal Soto, Antonio Romero Márquez, José Manuel Cabra de Luna, el poeta e impresor Francisco Peralto, Antonio García  Velasco, Salvador López Becerra y Luiso Torres. Ballesteros, que une a su condición poética un fuerte compromiso político (ocupó cargos importantes en el PSOE y fue diputado) creó en la Diputación el 23 de abril de 1983 el Centro de la Generación del 27, que se convirtió en el eje, junto a la figura de Picasso, de la modernidad cultural de la Málaga democrática. El Centro ideado por Rafael Ballesteros tuvo como primer director a José Ignacio Díaz Pardo, y en su fundación participaron José Antonio Muñoz Rojas, Alfonso Canales, Pablo García Baena, Ángel Caffarena, los profesores de la Universidad Cristóbal Cuevas y Enrique Baena y Rafael Pérez Estrada, autor originalísimo e inclasificable, tocado de genialidad, y que ejercerá con Ballesteros como “padre espiritual” para los escritores que llegarán en la siguiente década, uno de los cuales será Antonio Soler, que en 1983 gana su primer concurso literario, el “Premio Jauja de relatos” con “Muerte canina”.

Artes plásticas. Del mismo modo que en otras muchas capitales de provincias, a principios de la década de los setenta Málaga  vivía lastrada por innumerables limitaciones y dificultades para la cultura dadas tanto por la difícil relación de los creadores con los principales centros de producción internacional como por la inexistencia de una burguesía culta e ilustrada que se mostrase (especialmente en la expresión plástica) interesada por las vanguardias artísticas.
Sin embargo, es necesario y justo admitir que no sólo se salvaron aquellos escollos, sino que, además, en el decenio comprendido entre 1973 y 1983 se asentaron definitivamente las bases de la modernidad creativa malagueña y se fundamentó, al mismo tiempo, la llegada de las nuevas generaciones de finales de los ochenta y la década de los noventa, que tendrían en ella su referencia más cercana y clara.

Frente a una pléyade de autores costumbristas, comienza a despegar una generación de autores que, si bien en su mayoría habían iniciado su trabajo en la década anterior, es en este periodo cuando empiezan a alcanzar notoriedad.
Los más destacados exponentes de aquella generación, que prácticamente en su totalidad sigue todavía en activo, son Jorge Lindell, Stefan von Reiswitz, Enrique Brinkmann, Manuel Barbadillo, Eugenio Chicano, Dámaso Ruano, Juan Fernández Béjar, Francisco Hernández, Gabriel Alberca, Pepe Bornoy, Pepa Caballero y José Díaz Oliva.
A estos autores, algunos de los cuales abandonaron sus planteamientos más vanguardistas y experimentales para adoptar modelos más clásicos, se une hacia finales de los setenta un grupo de artistas marcados por la llamada “neofiguración madrileña” y que ejercerá una clara influencia en las generaciones posteriores. El autor que hace de nudo de conexión es Carlos Durán, directamente relacionado con el grupo madrileño, junto a quien se sitúan José Luis Bola Barrionuevo, José Seguiri, Daniel Muriel, José Ignacio Díaz Pardo y Antonio Herráiz.
Y, entre tanto, algunos autores fuera de toda escuela, de personalísimo carácter, regresan a Málaga tras varios años de estudio y trabajo fuera. Es el caso de Evaristo Guerra, que en 1972 gana el Premio Nacional de Pintura para Artistas Jóvenes de la II Bienal de Blanco y Negro con uno de sus célebres paisajes.

Pero, sin ninguna duda, el “Colectivo Palmo” fue el más influyente de la época, jugando un papel esencial en la transición tanto por sus propuestas artísticas como por su rebelión contra las galerías, que supuso un marcado hito en la historia de la ciudad. Su fundación, en 1978, significó para Málaga un aire nuevo y la organización de exposiciones, talleres y concursos, así como una original forma de autofinanciación consistente en un servicio de suscripciones.
El “Colectivo Palmo” fue un grupo con independencia incluso de sí mismo, donde sus integrantes (los fundadores fueron Juan Béjar, Manuel Barbadillo, Enrique Brinkmann, Pepa Caballero, José Díaz Oliva, José Faria, Ramón Gil, Antonio Jiménez, Jesús Labrador, Jorge Lindell, Pedro Maruna, Pepe Miralles, Stefan von Reiswitz y Dámaso Ruano, aunque luego se fueron sumando otros artistas hasta alcanzar el número de dieciocho) exploraban tendencias artísticas de forma individual y se unían para producir grabados, operando en un pequeño espacio que el librero Francisco Puche les cedió en la primera planta de la librería Prometeo, uno de los focos de agitación cultural de aquellos años.
Porque, esa es otra, la famosa frase de “Málaga, la ciudad de las mil tabernas y una sola librería” (que en realidad es un verso satírico de Góngora hacia Córdoba, su ciudad natal: “Córdoba, ciudad bravía, más de mil tabernas y una sola librería”) no era verdad, pero casi.

En Málaga subsistían algunas librerías (Denis, Ibérica...), pero dos de ellas eran, fundamentalmente, lo que se podía esperar de este tipo de establecimientos en una época como aquella: Prometeo y Negrete.
La Librería Prometeo había nacido en 1969, en un modesto local de la calle Puerta de Buenaventura,  con una vocación de fomento de la cultura. Su nombre hace referencia a un héroe de la mitología griega que pretende construir un mundo a la medida del hombre. En 1975 nace la librería hermana Proteo.
En cuanto a la librería de Pepe Negrete (uno de los reductos culturales de aquellos años oscuros, cuyo dueño era un auténtico conseguidor de libros prohibidos), su trastienda seguía siendo un lugar de encuentro para el mundo cultural malagueño, a veces para animadas tertulias, a veces para consultar su amplia hemeroteca, que acogía cien años de publicaciones.

Teatro y Música.
Pese a la muerte, en los sesenta, de Ángeles Rubio-Argüelles, alma del teatro en Málaga durante los años oscuros, el Teatro ARA seguía siendo uno de los focos culturales de la ciudad, proponiendo montajes de obras clásicas y contemporáneas.
Además, una pequeña compañía teatral, el Grupo Dintel, comienza a abrirse paso. Entre los actores están Antonio Banderas, Miguel Gallego (director), María Barranco y Antonio Meliveo.

La música también vive momentos de cambio y creación. En 1976 se forma el grupo Tabletom, cuando los hermanos Ramírez, junto con Roberto González, comenzaron a formar el grupo, que jamás ha tenido lo que en música se llama un gran éxito, pero que forma parte de la iconografía local desde hace más de treinta años. Su primer disco, “Mezcalina”, de 1978, es un LP de vinilo que contiene cinco temas históricos.

En 1981 se forma el grupo “Danza Invisible” en Torremolinos, fundado por Ricardo Teixidó y Chris Navas, llegando a ser una de las formaciones más importantes del panorama musical español.

Universidad y museos.
La clamorosa reivindicación de la sociedad de Málaga de tener una Universidad, que movilizó a la práctica totalidad de los malagueños, se ve satisfecha cuando a mediados de 1974 el Consejo de Ministros aprueba la creación de las facultades de Filosofía y Letras y de Ciencias, al mismo tiempo que se establece la sección de Empresariales en Económicas, de modo que ese curso permite ya la elección de estudios completos en Málaga de Económicas, Empresariales, Medicina, Filología, Geografía e Historia, Químicas y Matemáticas, así como Ingeniería Técnica Industrial y Formación del Profesorado de EGB.

El ancestral déficit museístico local viene a paliarse, siquiera levemente, con la inauguración, el 23 de octubre de 1976, del Museo de Artes Populares en el viejo Parador de la Victoria, edificio del siglo XVII sito en el Pasillo de Santa Isabel. El museo, constituido por iniciativa de la Caja de Ahorros Provincial de Málaga y dirigido por Baltasar Peña Hinojosa, recoge una muestra de los barros malagueños de los siglos XVIII y XIX, así como los oficios tradicionales de la provincia.

Administraciones al frente. A lo largo del periodo de la transición, la inmensa mayoría de los proyectos culturales fueron institucionales. En ese espacio de tiempo el Ayuntamiento, entre otras cosas, recuperó el Teatro Cervantes (septiembre de 1983), y la Diputación Provincial impulsó las infraestructuras y las actividades en los municipios de la provincia y la política editorial (revista Jábega, Biblioteca Popular Malagueña, Puertaoscura, Centro de la
Generación del 27…).

De esta forma salía Málaga de su proverbial encierro en sí misma y de la oscuridad de los años del franquismo, abriéndose a las nuevas tendencias, abrazando la modernidad cultural, buscando el camino que la condujera a la vanguardia que fue en los años previos a la Guerra Civil (cuando la Generación del 27 encontró en la ciudad su refugio, su centro y, en muchas ocasiones, su inspiración) y preparando poco a poco la definitiva vuelta a casa de Picasso, principio y fin de un periodo clave en nuestra historia contemporánea.
   
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