17 de octubre de 2017
 

 
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  Juan José Téllez
  La Cultura (Sevilla)
  A donde habite el olvido
  Más allá del alarido, la estética del silencio. Más allá de los himnos, la realidad y el deseo. Eso significaba Luis Cernuda, dentro y fuera de Sevilla, cuando avanzaba la algarabía libertaria por las sórdidas calles del franquismo. Frente a la poesía del panfleto, la elegante ética de aquel dandy con aire de galán de cine, muerto en el destierro de su país y de su patria chica, que cantaba a la brigada Lincoln y había escrito un mito colectivo, cortado a la medida de nuestros demonios: Sansueña, una utopía dramática y tierna al mismo tiempo, gloriosa y terrible, amable y odiosa, cuyos entresijos nos fueron desvelando Fernando Ortiz y otros creadores e intelectuales de aquel tiempo, que fueron voceando su nombre por la calle del Aire.

En los confines de Sevilla, Cernuda fue adolescente en día idénticos a nubes. Pero, en gran medida, también allí habitaba su olvido, incluso mucho antes de la guerra y de las persecuciones, ninguneado por la hipocresía conservadora o por la propaganda falsamente progresista, a la que nunca le resultó cómodo aquel tipo de gestos delicados, que no decían palabras sino emociones. De repente, la ciudad y Andalucía toda se pobló de epígonos cernudianos que, en rigor, resultaban ser hijos naturales de Vicente Aleixandre, aquel Premio Nobel en nombre de todo el 27.  Y, paradoja tras paradoja, los muñidores de homenajes y otras pompas vanas, no le dejaron descansar en paz "donde habite el olvido,/ en los vastos jardines sin aurora", en donde  solo fuera memoria de una piedra sepultada entre ortigas, sobre la cual el viento escape a sus insomnios. Poco amigo de los discursos multitudinarios, durante las elecciones autonómicas del año 82, Paco Ibáñez escoltó a Rafael Escuredo con una canción basada en un poema suyo. Se titulaba Un español habla de su tierra y aludía a "ellos, los vencedores/ caínes sempiternos,/ de todo me arrancaron./ Me dejan el destierro".  Entre amenazas de bombas y los anuncios con la manzana y el gusano que propagaban los empresarios, la voz gangosa del carpintero parisién declamaba aquel poema, que proseguía diciendo que una mano divina alzó aquella tierra en su cuerpo: "Y allí la voz dispuso/ que hablase tu silencio./ Contigo solo estaba,/ en ti sola creyendo;/ pensar tu nombre ahora/ envenena mis sueños".
   
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