30 de abril de 2017
 

 
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  Antonio Ramos Espejo
  El Caso Almería
  Cerrado ante la justicia, abierto ante la historia
  El llamado Caso Almería pasa por ser uno de los episodios más negros de la Transición democrática. La madrugada del 10 de mayo de 1981 –tres meses después del golpe de Estado del 23-F– los cuerpos calcinados de tres jóvenes aparecen en un barranco de la carretera de Gérgal (Almería). Allí se encuentran las víctimas de una acción justiciera de la Guardia Civil. Sus cuerpos son identificados como A, B y C. A tal anonimato se les quiere reducir. En realidad se trata de Luis Montero García (de 33 años), Luis Cobo Mier (de 28 años) y Juan Mañas Morales (de 25 años), que viajaban desde Santander, donde residían, hasta Pechina (Almería), donde iban a celebrar la comunión del hermano menor del último de ellos.

Más que una confusión.
Habían hecho el viaje en un Ford Fiesta. Dos días antes, ETA había matado en Madrid al general Joaquín Valenzuela. Las fotos de los asesinos –Mazusta, Bereciartúa y Goyonechea Fradúa– aparecieron al día siguiente en la prensa. En Alcázar de San Juan, un joven del lugar creyó reconocer a uno de los terroristas. Ahí se desató la confusión. El coche en el que viajaban se les avería y alquilan otro en Manzanares para poder llegar a tiempo a su destino. La Guardia Civil alerta entonces al cierre de puertos y fronteras. Pero los viajeros llegan a casa de los Mañas, duermen en Pechina y al día siguiente salen a recorrer la zona turística de Roquetas. Allí son detenidos. Las familias se preocupan por su desaparición: los Mañas recorren infructuosamente comisarías y hospitales de Almería. La familia Cobo consigue aclarar con la policía de Santander que su hermano no es un etarra, que se trata de una confusión.

Los tres viajeros están en el cuartel y juran y perjuran que no son etarras y que vienen a una primera comunión. Esa fatídica noche, la policía, a raíz del contacto con la familia Cobo, avisa a la Guardia Civil de Almería de que se trata de una confusión. Pero quizá ya era demasiado tarde. Cuando un alto mando de Granada llega a Almería a apuntarse la medalla del éxito y se encuentra con el resultado, sale inmediatamente de regreso. No son medallas lo que de aquel cuartel podía llevarse. Era ya la muerte.

Caravana de la muerte.
Ante tal situación, al responsable de la comandancia, el teniente coronel Carlos Castillo Higueras, se le ocurre organizar la caravana de la muerte para dar la versión de que lo presos eran trasladados a Madrid en una caravana de cuatro coches; en el último de los vehículos viajan los tres presos, esposados: Mañas, Cobo y Montero –sus auténticas identidades, como ya se sabía– que, siempre la versión oficial, intentaron fugarse. Es entonces cuando se inventan la historia del barranco y los cuerpos calcinados. Según la versión oficial, los detenidos, al intentar fugarse, cayeron por el barranco, se incendia el vehículo y mueren calcinados. Una lata de gasolina y unos testigos que se percataron de las llamas en la carretera de Gérgal hacen cambiar la versión: los tres viajeros inocentes habían sido arrojados al barranco dentro del coche, al que prendieron fuego, hasta quedar totalmente carbonizados.

Pero así no podía quedar la historia. Gracias al esfuerzo inhumano de las familias, que les habían matado brutalmente a sus hijos; gracias al trabajo titánico del abogado de la acusación, Darío Fernández, que resistió todo tipo de zarpazos y amenazas para abandonar el caso; y gracias a que un sector importante de la prensa, que no se dejó intoxicar por la campaña que la Guardia Civil, con el consentimiento del Ministerio del Interior, que pretendía, para más crueldad, insistir en que si Mañas, Cobo y Montero no eran terroristas, serían colaboradores o podían tener algún pasado oscuro que justificara los crímenes que se habían perpetrado. Esta vez el caso no quedó, como se pretendía, en “un trágico error”. Ya antes del juicio, la publicación del libro El Caso Almería, mil kilómetros al Sur, de Antonio Ramos Espejo (Argos Vergara, abril de 1982), mantiene la tesis de que algo ocurre dentro del cuartel: uno de los tres detenidos resultaría gravemente herido en el interrogatorio, o se les quedaría muerto como consecuencia del mismo, para que se organizara aquel espectáculo macabro. Pero esta vez, al menos, sí hubo juicio, al que los guardia civiles tuvieron que asistir vestidos de paisano, y sentencia condenatoria en el verano de 1982: 24 años de prisión mayor al coronel Carlos Castillo Quero; 15 años de prisión menor al teniente ayudante Manuel Gómez Torres; y doce años de prisión menor al guardia Manuel Fernández Llamas. Los cadáveres A, B y C recobraron, qué menos, su identidad y su dignidad: Luis Montero García, Luis Cobo Mier y Juan Mañas Morales. Carlos Castillo Quero estuvo en la prisión de Córdoba, disfrutó de régimen abierto y en esta ciudad murió. Los otros dos condenados salieron pronto de la cárcel. Sólo ellos y los demás guardias civiles, que componían la supuesta caravana, conocen la verdad: unos porque estaban directamente relacionados con los hechos que ocurrieron en el cuartel y los otros, que no fueron condenados, porque prestaron sus nombres para ocultar los tres asesinatos. Años más tarde, el caso fue llevado al cine y al conocimiento del gran público. Y una vez más, en Andalucía, la realidad resultó ser aún más dura que la ficción.

Testimonios para la historia. Las madres de las víctimas –María Morales, María Luisa García y Dolores Mier– se rebelaron como tres madres coraje, arropadas por sus familiares. En aquellas casas de Almería y Santander, donde entró el dolor más inesperado e intenso, brotó con la misma fuerza el clamor por la justicia, la rebeldía contra unos guardias civiles, arropados incomprensiblemente por la Benemérita, el Ministerio del Interior y el ministerio fiscal. Sus voces, sus lutos, sus acusaciones contra los verdugos, los elogios a la honorabilidad de sus hijos, calaron en la opinión pública y en los medios de comunicación. La fortaleza de estas madres representó también la fuerza del abogado Darío Fernández. Sus testimonios, recogidos en directo en sus casas, donde sentían el vacío de sus hijos, o en el lugar de la muerte en el caso de la madre de Pechina, han quedado como ejemplo de unas personas oprimidas que no se dejan avasallar ni claudicar ante la injusticia.

La madre de Pechina.
Cuando María Morales cerró la ventana de su casa, sintió que todo el luto de Andalucía, ancestral y riguroso, se le volcaba sin piedad. Juan no volvería más por aquel camino de naranjos y limoneros. Seis meses después se secaron los árboles del azahar. Y Pechina parecía toda una madre con velo negro.

“Yo me asomaba y me asomaba a la ventana, por detrás de los naranjales que se ve la carretera. Y me decía aquel coche será, aquel coche será… Esperando que fuera un coche verde. Y no llegaban. Y muchas horas esperando hasta ponerme nerviosa. Y cómo no me iba a poner, si ya estaban mataícos.

Yo estaba la noche del sábado haciendo los bocadillos para la fiesta de la comunión del niño. Sobre la una nos acostaríamos. Y como la vecina tiene llave y ella se quedaba hasta más tarde porque tiene hijos mocicos, me acosté pensando que a lo mejor a ella le habían pedido la llave y habían entrado sin que nos diéramos cuenta. Pero cuando mi niño me despierta y me dice mama, vísteme. Y yo le digo que se calle, que va a despertar a su hermano y a sus amigos. Y el chiquillo y también mi Antoñico me dicen que no están aquí, que están las camas vacías. Eran las seis de la mañana. Me levanto a ver y le digo a mi marido, José, que están las camas vacías. Pues si no están. Me visto, salgo corriendo para decirle a mi Antoñico que llamara a la residencia a ver si había pasado algo. ¿Quién se iba a figurar esto? Y dijeron que no, que allí no habían entrado. Y ya mi marido se levantó, y buscamos a mi hijo, el casao, y a todos, y se fueron a buscarlos. Llamamos por teléfono a todos los sitios del mundo. Y nadie decía nada… Nada de nada. Así toda la madrugada, toda la mañana del domingo y toda la tarde del domingo y yo no sé cuantas horas, Dios mío, buscando por todas partes, y en los cuarteles no les decían nada. Y ya estaban asaícos. ¡Qué lástima! Tanto como llamamos… Si ellos estaban tan tranquilos, bailando una cancioncilla que sonaba en la tienda de Roquetas donde estaban comprando y los detuvieron, con las manos en alto, sobre los cristales, como si fueran… ¡Hijos míos…!

Y cuando le dijeron a mi marido que su hijo era de muy buena leche, pero que iba con malas compañías, nos pusieron a dudar hasta que mi Antoñico llamó a la familia Cobo, que teníamos el teléfono porque llevaba una tarjeta en su bolsa, y les dijo ¿es que tu hermano es de la ETA o algo…? Y le contestó su hermana ¿Mi hermano? Siempre ha estado en contra de eso. Luis es amigo de la Guardia Civil y es amigo de todos… Unas familias buenas, honradas y trabajadoras como la nuestra. Pero si dicen que le dijo mi hijo a uno de los guardias ¿Pero es que no te acuerdas los cafés que yo te he puesto en Los Sevillanos? No conozco a nadie, son órdenes que tengo. Hombre, pero si son órdenes que tenéis, pues si son órdenes y sabéis que es de Pechina, llamar a ver qué es lo que pasa, y no dejarlos así, sin hablar, con las manicas para arriba.
Como decía mi hijo, que es una injusticia, que es una injusticia… que lo dejaran llamar por teléfono, que lo diría una pila de veces y no quisieron… Y si yo llego a saber, madre mía, lo que le iban a hacer, pues si todo Pechina se hubiera ido para allá a decirles quién era mi Juan. Si a nosotros nos conoce la Guardia Civil, vaya si nos conoce, si al cortijillo venían a tomar café, a tomar copas y ahora nos ven y parece que se esconden. Y eran amigos, amigos del alma de mi marido, y les daba mandarinas y tomaban café y no venir ahora a enterarse a Pechina, pero si él ha dicho de llamar por teléfono, que está muy cerca la casa, que Pechina está al lado de Almería, pues si el chiquillo ha dicho que es de aquí, pues no, pues no… que estarían ciegos.

Por aquí tengo las cartas que me escribía… Mama… Estaba loco con su trabajo. Setenta y dos mil pesetas que cobró el último mes. Desde que tenía catorce años trabajaba en los bares y luego se fue de voluntario a la Renfe y ya hizo los cursos y se metió en Feve. A mí me mandaba veinte mil, quince mil, diez mil, lo que podía y según cobraba. Porque tenía que pagar el alquiler de un piso en Santander, que tenían que pagar entre cinco muchachos, cinco mil cada uno. Y se tenía que vestir, y comer…

Mi Juan trabajaba de registrador de línea. Nunca nos quería decir el trabajo que estaba haciendo porque era muy peligroso. Él decía que no hacía más que poner enchufillos. Y luego cuando fuimos a Santander a recoger sus cosas, sus compañeros nos decían:
–Lo que ha hecho su hijo nadie lo ha conseguido. Es que el Mañas tenía muchos pantalones…

Al niño le habían hecho la foto de la comunión antes de celebrarla. Y cuando llegaron la noche del viernes estuvieron viendo al chiquillo… Y mi Juan le dio a su hermano cinco mil pesetas de regalo, cinco mil pesetas, como que le dijo:
–Vaya, que el regalo más grande va a ser el mío.

Era la primera vez que sus amigos venían a Almería. Y en qué mala hora, hijos míos… El año pasado habían estado otros amigos, que ahora están en Valencia, donde mi Juan también quería ir a trabajar. Porque aquí en Almería no podía, porque no hay Feve y el pobre tenía que buscar la manera de estar más cerca de su casa.

Tantas horas buscándolo, mi marido y mis hijos… Desde el sábado que se fueron hasta el lunes por la tarde, a las ocho o así, que nos lo dejaron traer. Porque nos enseñaron tres sobres y en cada sobre unas cosas de cada uno, pedacillos de ropa que quedaban. Me llamaron a mí y me dijeron:
–Pase usted, que tenemos que hablar en privado.
Y pasamos.
–Me tiene que decir usted si esto es lo que llevaba él.
–Sí…
–¿Esta ropa?
–Sí…
–¿Ésta?
–No, no, ésa no es de mi hijo.
–¿Y las cadenas…?
–La de las tres cruces sí es de mi hijo. Esa otra que está quemada, no…
–¿Bueno, me da usted la palabra de que no va a abrir la caja?
–No la voy a abrir.

Cómo vendría mi hijo. Para ver un pedacico de carbón… Y luego me dijo que si me quería hacer cargo de los otros dos y yo le dije que no, que si es que los otros dos, Cobo y Montero, no tenían familia. Conque en una cochera grande que tenemos, donde íbamos a celebrar la comunión, lo colocamos… Donde íbamos a celebrar la fiesta… Como un pedacico de carbón.

Todas éstas son fotografías suyas, en el bar, en la mili, con las amigas, en la boda de su hermano, que él fue el padrino. Ésta es la foto que ha aparecido en tantos periódicos, la de la pajarita, porque iba de padrino en la boda de su hermano el mayor. Y aquí tengo pedacillos de cráneo, achicharraos, que yo misma he encontrado en el sitio de Gérgal… Yo misma los busqué, sí… Quemaícos… Esta cruz, que está quemada, se la daremos a la familia de Luis Cobo. La cadena con las tres cruces está en la joyería para que la limpien. Nosotros vamos a la carretera donde dicen que los mataron, porque no se sabe si los mataron allí… Y hasta nos ponen dificultades para ponerles la cruz de mármol que ha pagado el hombre del bar de Los Sevillanos de Benahadux, donde trabajaba mi hijo antes de irse a la mili. Allí hay una cruz de palo, que no sabemos quién la ha puesto, y más abajo, donde estaba el coche, hemos preparado una obra provisional hasta que se ponga la cruz. Allí vamos a poner flores. Algunos días nos han quitado las flores. Poníamos los jarrones, llenos de claveles, y al momento, nos íbamos, y pum, pum, los rompían. Y ya dije, vamos a acechar, a ver quién se atreve. Y ya las respetan, porque no les queda más remedio.
(…)
El dinero no ha aparecido. Y eso es lo de menos. Porque si lo hubieran dejado hablar por teléfono… Es que no me conoces, si yo soy de Pechina, ¿es que no me conoces? Llamad a Pechina, llamad a mis padres, a la casa de la vecina… ¡Madre mía de mi vida, que si llaman hubiera ido Pechina entero, madre mía!
Y luego decían que si este piso nos lo habrían comprado los de la ETA. Sí, y los de Roquetas, que también decían que iban allí a comprar pisos. Setecientas cincuenta mil pesetas. con muchos plazos, nos costó este piso, subvencionado. La cartilla con sus ahorros la tenía mi hijo aquí; yo se la guardaba. Tenía trescientas veinte mil pesetas. Con la pila de años que llevaba por ahí fuera… Ahorros de trabajo. Qué lástima, hijo mío, tanto sudor y tanto como le ha costado ganar esos cuarticos, que no he querido yo gastarle nunca nada. Y en este último viaje me dijo:
–Mama, este viaje no me metas nada en la cartilla, porque con los gastos de la comunión y tó…

Hijo mío, y para qué ha servido. Para la lápida, para la funeraria, para… Con el trabajo tan duro que tenía. Un trabajo muy duro. Qué lástima. Me dijo que se había comprado un reloj, ahí lo tengo, con un pito, verde, porque se pasaba las horas muertas estudiando, que él llevaba todos sus estudios y papeles p´alante, para ser más, para subir. (…)

Si llevamos pasado… Seis meses y pico muy malos, muy malos, y los que nos quedan. Con lo que a él le gustaba venir por su casa y salir al campo con nosotros. Ahora está tó muy seco. Las naranjas se han secado. La sequía ésta es muy mala. Ya no salimos, más que al cortijillo para quitarnos de aquí los domingos y a poner flores… Y por las noches, todas las noches sin dormir y pensando y pensando y cuando nos acostamos, hijo mío, y nosotros durmiendo y cerquita de aquí que lo estaban matando…

Vamos a llegarnos a ver la lápida, al cementerio, que tengo aquí unas flores. Por todo este camino los trajeron, con una cola de gente… ¡Qué lástima!

¡Ay, Juanico, hijo mío! ¡Ay, qué lástima de mi hijo, madre mía…! Voy a por el agua y le ponemos las flores… ¡Ay, Juanico, que tú estés metío ahí, hijo mío, con veinticuatro años Juanico, hijo mío, en la flor de tu vida, sin frío ni calentura!

La madre de Muriedas.
Seis meses después, María Luisa no estaría sintiendo el aire fresco y sano de la montaña en un caserío de Escobedo de Camargo, de haber sabido que su hijo Luis había sido asesinado. Porque ella no tenía noticias de que su hijo iba a adentrarse involuntariamente en zona de guerra, ni en terreno pantanoso. Para ella la culpa de vestir de negro la tiene la carretera. Y no es lo mismo guardar el luto resignado de la muerte por enfermedad, por accidente, por el destino, que la carretera es muy larga del Norte al Sur, kilómetro a kilómetro hasta mil. Como no es lo mismo pasear el luto de guerra por un vencido que por un vencedor. Si por una víctima inocente, por confusión, reconocida por la justicia o por los gobernantes, o por una muerte no aclarada, al contrario, enturbiada y obligadamente oscura. De haber conocido las circunstancias que rodearon la pérdida de su hijo Luis, el más pequeño de cinco hermanos, el corazón le hubiera pegado un trallazo, le hubiera volado la cabeza hasta la inutilidad, le hubieran fallado las piernas de setenta y seis años y su luto sería más de martirio diario, que de recuerdos, rezos y resignaciones. Socorro, la hija de Muriedas, se esforzó en aquel momento de la mala noticia por no gritar abiertamente a la injusticia para que la madre no la oyera. Apagó el televisor, enmudeció la radio y avisó a las vecinas que no hablaran de penas negras con su madre. Luego, mandó bajar a Vicenta, la hermana menor, para que viniera a recoger a la madre y la llevara a un caserío, donde no pudiera oír, que hay mil formas de morir y que una de ellas, la de su hijo, había sido como en la guerra, una muerte precedida de interrogatorios y rubricada con balas.

María Luisa no sabe la verdad. Tampoco esa gran mayoría, que políticamente llaman silenciosa, a la que dijeron que un coche con etarras esposados se escapaba y hubieron de acribillar a los tres fugitivos, que también podían ser delincuentes, y que no había después más remedio que comunicar sus muertes por medio de nota oficial al viejo estilo, frío, deshumanizado, incluso triunfalista. ¿Por qué no decir la verdad? María Luisa hubiera muerto. Y la mayoría silenciosa hubiera sentido desamparo; y también la indignación que no interesaba; y hubiera exigido responsabilidades y, entonces, los gobernantes pensarían que no están para dar explicaciones y que un pueblo acostumbrado a notas oficiales, una más, echaría tierra encima para olvidar y pasar a otro tema.

La madre subió al caserío a distraer la soledad con el verde de los prados y el calor de los nietos. Ella hubiera deseado, años antes, permanecer agarrada a su tierra, en Fuentes de San Esteban, en Salamanca. Su vida había sido desgarrada por la emigración, como una de tantas madres castellanas, gallegas, extremeñas, andaluzas… Se le fueron los hijos en busca del trabajo. Faustino, en Barcelona. María Luisa, en Madrid. Socorro y Vicenta, en Santander. Y Luis, el pequeño, también. Y ella, viuda, fue detrás, cargando con todo el desarraigo, en busca de los hijos. Había dejado un campo, que ella había trabajado, la casa donde le nacieron sus hijos, y sus muertos, y sus familiares, y sus calores y sus fríos, su corazón entero. Volvería después cada verano a la casa del pueblo a dar un poquito de calor a los cuartos vacíos. Iba con su hijo, Luis. Ahora, no piensa volver, con el luto no se viaja, aunque tendrá que multiplicarse entre las miradas al cementerio de Muriedas, donde está Luis, y el de Fuentes de San Esteban, donde reposan los restos de su marido y de todos sus antepasados. Las madres de la emigración no saben dónde acudir. Así de grande es su pena. Ni saben dónde enterrarán a sus hijos, si en España o en el extranjero, si morirán en sus casas o en cualquier lugar del gran peregrinaje. A Luis lo sorprendió la muerte a mil kilómetros al sur. Mil kilómetros de vida hacia el sur, de un mar a otro, del Sardinero, al Zapillo; y mil kilómetros de muerte, vuelta hacia arriba, de un mar a otro mar, con el cuerpo embalsamado.

María Luisa ignora que las radiografías daban en el cuerpo de su hijo cinco balas. Supo sólo de una muerte por accidente y maldijo la mala hora que a Luis y a sus amigos se les había ocurrido hacer un viaje tan largo, tan largo que no tenía retorno. Y ella sigue sin saber qué extraño secreto le guardan las montañas. Más abajo, en Muriedas, Socorro, su hija, sí tuvo que enfrentarse al huracán inesperado, que soplaba del Sur y entraba en su casa abriéndola de par en par hasta inundarla de muerte.

La madre de Santander.
Hubiera deseado volverse mar bravío de Cantabria y avanzar en oleaje hacia el Sur arrasando la tierra hasta dar con su hijo perdido. O convertirse en sueño y flotar por las nubes con el hijo, Luis, llevándolo por la vida, sin que nadie se lo rompiera, guardiana y madre. Dolores Mier hubo de sujetarse fuertemente sus gafas para que no se le cayeran al suelo, en el momento de sentir el zarpazo de la mala noticia. Los ojos se le llenaron de lágrimas hasta nublársele la vista. Luego… jamás logró sobrevivir al sobresalto.

“El dolor no se puede medir. No, no, en una tragedia de éstas no se puede medir. De ninguna de las maneras. Y cuando estoy sola, pues pensar y llorar cuando nadie me ve. O si se me ocurre algo me pongo a escribir. Me dio el pronto y me decidí a escribir al Rey Juan Carlos.
Santander 5-10-81
D. Juan Carlos I
Rey de España

La que se dirige a su Majestad es Dolores Mier D.N.I. 13.514.740, madre de Luis Cobo Mier. Detenido y asesinado vilmente por la guardia civil en la noche del día 9 al 10 de mayo de 1981 en Gergal, Almería, éste es el “caso llamado Almería” a donde habían ido con dos amigos a la primera Comunión de un hermano del amigo.
Después de este trágico error convertido en un triple asesinato (…)
Cuando los mataron ya sabían que eran inocentes que no eran los que buscaban, pues el teniente Feijoo ya les había mandado toda la información que no podía ser más que buena como era él y buen Español.
Sus Majestades que son padres, ¿no creen que es mucho para una madre que está inválida y casi ciega? Que me han quitado el cariño y el sustento de mi hijo y lo más dolorosa de la manera que me lo han quitado, siendo un buen Español lo hayan tratado de etarra y de delincuente común. No señor no era ni lo uno ni lo otro. Así que pueden pedir informes y que el nombre de mi hijo, así que pido que el nombre de mi hijo quede públicamente limpio como él lo tenía; mientras esto no sea yo, su madre, me será muy difícil perdonar.
Él no pensaba más que en su trabajo y estudios, pues a los 27 años tenía 3 títulos pequeños pero su trabajo le había costado para poderse situar, Bachillerato Instituto Villegas, Padres Jesuitas, Metre de Hostelería, Escuela Santa Marta, Servicio Militar Voluntario en Getafe, subvencionado por metalurgia de Acerías. El de Contramaestre de Maquinaria de colada continúa en donde estaba empleado.
Por esto pido algo muy sencillo y justo que públicamente se sepa cómo era mi hijo. Cómo los mataron, por qué los mataron, y quienes los mataron y los que los mataron no vuelvan a vestir el uniforme, que mi hijo siempre respetó.
Gracia que espera alcanzar de sus Majestades, una madre triste y humillada, por el trato recibido.

Respetuosamente Dolores Mier
un ruego, y un favor, que ésta llegue a su Majestad.

Dolores Mier, vda. de Cobo
Magallanes 25-3-D Santander
Días después recibí una carta de la Secretaría de la Casa de S.M. el Rey:

Palacio de la Zarzuela Madrid 20 de Octubre de 1981
Cumpliendo las órdenes recibidas de SU MAJESTAD EL REY, con esta fecha y número 19.258, se ha dado traslado de su escrito al MINISTERIO DE JUSTICIA.
Quedo suyo atento y afectísimo,

La firma yo no sé de quién será, a mí me parecía la del Rey, que la había visto en una revista con una dedicatoria a unos deportistas. Yo lo que quería es que la leyera el Rey, pero no lo sé, no lo sé. La firma es una raya corriente y moliente y no sé, no sé, quién firmará así.

A Rosón no le escribí, sino que me pidieron de la SER unas declaraciones cuando el ministro informó en el Congreso y yo, antes de hablar, me cogí una cuartilla y escribí lo que iba a decir:
“Yo quisiera preguntar al ministro Rosón ya que él dice que no han sido torturados ni recibido malos tratos me diga públicamente donde están los brazos y las piernas de mi hijo Luis para ir a buscarlos que son míos y los de sus amigos, una madre muy dolorida por tan tamaña injusticia”.

Sigo sin dormir. No puedo dormir. Cuando me enteré de la noticia me volví loca. La cosa es que me quedé tonta. No sabía pensar… Estaba llorando a mi hijo y me parecía que era mentira, que lo iba a ver entrar por la puerta. Que de un momento a otro lo iba a ver entrar por la puerta. No, no me lo creía. Me he dado más cuenta después. De momento me hizo mucho daño y los días después, como yo no lo había visto, tenía yo la pretensión, no sé, de verlo aparecer, hasta que ya lo enterraron.

Yo, claro que soy religiosa, muy religiosa. Y voy a decir cómo he reaccionado. Yo soy católica desde que nací. Pero sé que ahora tengo una venganza conmigo misma. Y no he vuelto ni a confesar ni a comulgar. No porque haya dejado de ser católica, que no he dejado de serlo. Pero sé que si tengo que actuar como yo entiendo el catolicismo, yo no puedo perdonar a los que han matado a mi hijo y a sus amigos. No puedo perdonar mientras no se aclare y de qué manera. Y como no puedo perdonar, no puedo ir, no puedo hacerlo. Ésa es la maldad. Sí, yo soy católica, pero no puedo practicar a mi gusto, porque tengo… No puedo perdonar a los que mataron a mi hijo. No puedo perdonar a los que mataron a mi hijo. Tan miserablemente… Una criatura tan buena como era Luis… No puedo perdonar, no puedo perdonar… Y ya no puedo seguir hablando… No puedo perdonar… Tan miserablemente…

Un abogado.
También seis meses después de las tres muertes al filo de la carretera y nueve meses después de zozobra bajo la nube del 23-F, Darío Fernández Álvarez se encontró con el sumario cerrado. Le habían sido negadas diligencias que consideraba fundamentales. Pero ya no tenía más remedio que esperar al juicio oral. Todas las mañanas, el abogado de la acusación conectaba su transistor para comprobar si era posible seguir viviendo en libertad, sin sobresaltos. En más de una ocasión se le pasó por la imaginación la razón que le llevó a aceptar en la solitaria Almería un caso como éste, si ya no había sido suficiente haber vivido tantas situaciones límite a lo largo de sus quince años de ejercicio en diez colegios de España. Y siempre que se planteaba esta cuestión, le brotaba su vena de abogado rebelde, enamorado de la justicia, amante del desafío.

“Yo he quedado marcado para toda la vida. Sí, sí, marcado para toda la vida. El Crimen de Cuenca es un tema que queda en pañales al producirse este caso, ¿verdad? Aquél no fue un crimen en el sentido de que a nadie se mató. Existió, por error, el crimen judicial. Pero, después del Caso Almería, el de Cuenca no tiene vigencia. La hubiera tenido si no sucede este supuesto y hubiera sido aleccionador. Creo que Pilar Miró con su película ha prestado un gran servicio a España y a la democracia. Yo estoy totalmente absorbido con este asunto. Algún día, indiscutiblemente, se sabrá la verdad, porque el delito perfecto nunca existe. Las coartadas son siempre temporales; pero la conciencia de las personas, bien de una forma sonámbula o en una manifestación para ajustar tu vida, tiene que estallar. Yo no estoy regateando esfuerzo en lo que es llegar a hacer una adecuación de la verdad histórica, en la medida de mis posibilidades, a lo que vaya a ser en su día la verdad legal (…)

Éste es un tema tremendo, que te hace vivirlo intensamente, día y noche. Y para las familias, con las que me siento muy compenetrado, ha sido un juego muy… Cuánto tienen que pasar buscando noticias. La familia de aquí, la más próxima, se desplazó a la Comandancia infinidad de veces. Y siempre les negaron. Y hasta el final les dijeron si es que piensan que les vamos a comer. Bueno, hay unas manifestaciones del padre de Mañas y de gente del pueblo que vino… Porque los chicos habían dormido en su casa, venían invitados a una primera comunión… Demasiados interrogantes. Con las familias de Santander hubo interrogatorios extraños de la Guardia Civil. Oiga, cómo vestían, cómo… Pero, ¿por qué me preguntan? Ah, no se preocupe… Cuando salieron de casa, ¿qué documentación llevaban?… Pues llevaban tal y tal… Pero, ¿por qué me preguntan? Ah, no se preocupen… En un plan, no sé, que quizá en la técnica de la tortura psicológica no se hubiera llegado a unos términos de una inmoralidad semejante. Ésta es la versión de las familias de cómo se desarrolla toda esta peripecia y, desde luego, leyéndola, llegas a la conclusión de que estás en un submundo, donde no hay derecho a descender a las familias a unos niveles de jugar con los sentimientos así porque sí.

¿Por qué ocurre esto en Andalucía? Es una cosa que me he parado a analizar, aunque no sea materia de mi trabajo. ¿Por qué ocurre aquí? Y hay este silencio y este conformarse y la gente sigue callada. Yo creo que la gente está muy mediatizada y con mucho miedo. Y bueno, peritos que deberían intervenir en las pruebas me han dicho que temen represalias… Yo vivo el miedo ambiental, el de la gente. Y esto, desde luego, en un hábitat geográfico. Si éste no fuera un tema con unas connotaciones… seguramente la gente tendría una soltura mayor para hablar. A mí me sorprende el miedo que hay para hablar de la cuestión. Un miedo que no quiere decir que no haya un posicionamiento clarividente de lo que ha existido. Oiga, pero es que usted sabe ciertas cosas y puede colaborar… Si usted dice que ha ocurrido de esta forma, ¿por qué no viene y lo dice delante del juez? Pero nos enfrentamos con un mundo de posibles represalias.(…) Pero el miedo pesa terriblemente. El miedo y las represalias. La gente es consciente de lo que ha ocurrido y sabe el precio que yo estoy pagando con este tema…

Se me hace cuestión el caso de Javier Verdejo y me pregunto: ¿cómo se cerró? Pienso que tendrá que pasar mucho tiempo para que conozcamos la verdad. Con el tiempo, los guardias hablarán. Sí, sí, sí… Porque, además, para mí, los que están procesados, por ahora, acaso no sean los únicos responsables. Pero yo, para pedir un procesamiento, tengo que moverme en la línea angosta de la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Los protagonistas, indiscutiblemente, hablarán, no me cabe la menor duda, como han hablado criminales famosos en la historia (…)

Éste es un proceso histórico de mucho cuidado. Este caso es muy singular porque España, asimilándolo y haciendo la digestión necesaria, a nivel individual, es una lección a aprender. Y estamos obligados a aprenderla, eh. Ésta no es la coplilla del Crimen de Cuenca. Este tema es medular. Y muy nuestro. Y España se está jugando cosas muy esenciales. No es una causa que se ha visto para sentencia. Es que marca un hito en la historia.

Alguien me preguntó si tenía esperanza de que resplandeciera la verdad. Y le contesté:
–No. Ahora mismo no se van a esclarecer las cosas, aunque yo tengo mucha confianza en la imparcialidad y justicia de esta Audiencia. Se esclarecerán después, como se esclarecen los grandes misterios de la historia. Pero, aquí quedará sencillamente un proceso con unos contornos de hechos probados, donde la justicia cierra su actuación.
–Claro– me contestó esta persona.
–Yo pido y si deniegan…
–Pero hay cosas tan evidentes…
–Ya… Digamos que la sentencia de este asunto no la va a dar sólo el Tribunal. La sentencia la va a dar cada cerebro español.
–Yo creo que ya la ha dado.
–En buena medida, sí-– dije yo finalmente–. Pero la digestión no se ha hecho.

Visto para sentencia.
El “designio divino” es la causa última de las muertes de Cobo, Mañas y Montero, según el abogado defensor de Castillo Quero, Juan José Pérez Gómez, que en la sesión del día 24 se puso enfermo por agotamiento. Dijo también el abogado que la mente humana “a pesar de ser una creación de Dios, es muy limitada” e intentó justificar el error inexplicable de cómo disparando a las ruedas, los impactos se convirtieran en mortales. Hubo tres extrañas circunstancias que podrían explicar, según el anciano letrado, lo que el teniente coronel llama “fenómeno anómalo” o el “extraño giro” que hizo el automóvil para que las balas, dirigidas a las ruedas, llegaran a los cuerpos de las víctimas: el bajón del coche al pasar por una hendidura del arcén, el reventón de una de las ruedas y un volantazo a la izquierda, dado por los detenidos en su intento de fuga. Tras esta explicación, el letrado dijo: “Cada una de esas circunstancias vienen en el arcano de los designios de Dios. No pueden ser imputables al libre albedrío, a un acto de la voluntad, lo que la fatalidad provoca”. Y dirigiéndose al Tribunal sentenció: “No podéis condenar a la fatalidad, porque escapa de vuestras posibilidades”.

En la sesión del día 26, el abogado Pérez Gómez continuó su largo informe, interrumpido el día anterior por agotamiento físico. “La sentencia que vais a dictar –dijo– tiene una enorme trascendencia. Si la sentencia es absolutoria, a los dos días habrá silencio. Si la sentencia es condenatoria se oirá el sonido del martillo de la Guardia Civil”. Pérez Gómez intentó demostrar que en la actuación de su defendido no había “impericia”. Y si no existe impericia, añadió, “no existe autor condenable”. Manifestó que Castillo Quero actuó por “estado evidente de necesidad”. Sobre los eximentes del “estado de necesidad” y sobre “la obediencia debida”, el abogado indicó que en Europa, un procesado como el coronel Castillo Quero, ya estaría absuelto. Finalmente, sobre la posibilidad de ser condenado su defendido y de ser expulsado de la Guardia Civil, el abogado dijo: “Si sus estrellas dejan de brillar en su pecho, habrá sido el último servicio que haya prestado a la Patria”.

El informe del abogado del teniente ayudante, Fulgencio Pérez Dobón, hijo del anterior letrado, fue mucho más breve. Comenzó Fulgencio elogiando el informe de su padre y maestro. Pérez Dobón se dedicó a relacionar los tres momentos en los que su defendido había actuado: la orden de detención en Roquetas, las entradas al despacho del teniente coronel la noche de los sucesos y los disparos en la carretera de Gérgal. Fulgencio planteó las eximentes de la “obediencia debida”, del “caso fortuito” por la agresión que sufrieron los guardias por parte de los detenidos y el “arrepentimiento espontáneo”. Por último, y tras pedir la absolución, Pérez Dobón expresó su convencimiento de que había dos comandos etarras en la zona de la Mancha.

Por último, el letrado Tara Hernández, defensor del guardia Fernández Llamas, informó de manera acalorada, interrumpido varias veces por el presidente del Tribunal. Tara Hernández expuso los mismos eximentes que los otros dos abogados. Acusó este letrado con dureza al abogado Darío Fernández, atacó a la prensa por haber infundido una imagen irreal de Casas Fuertes y de los pescadores que manifestaron haber visto el Ford Fiesta dijo que “mienten descaradamente”.

Como quiera que una de las balas, alojada en el cuerpo de Juan Mañas, la víctima de Pechina, era atribuida a la pistola del guardia Fernández Llamas, su abogado dijo que esa bala lo había alcanzado de rebote, que primero había dado en la carretera y luego se había alojado en el cuerpo del joven.

En la sesión del día 27, el juicio quedó visto para sentencia. El juicio por los sucesos del “caso Almería” ha sido uno de los más largos de la historia, con 32 jornadas hábiles (en mes y medio de duración) y 135 horas de vista. Sólo el interrogatorio del teniente coronel Castillo Quero por el abogado de la acusación duró 21 horas.
En esta última sesión, el abogado Tara Hernández finalizó su informe. “65.000 compañeros de los procesados –dijo este letrado– esperan con ansiedad vuestra sentencia, convencidos de que en su comportamiento los procesados actuaron lealmente como guardias civiles y esperan que así lo reconozcáis”.

Antes de declarar el visto para sentencia, el presidente del Tribunal, José Rodríguez Jiménez, preguntó a los dos procesados:
–¿Tienen algo que manifestar?
–No- dijo el teniente coronel.
–Lo siento muchísimo- contestó el teniente ayudante.
–No- dijo también el guardia Fernández Llamas.

La Sala de la Audiencia Provincial de Almería, que ha juzgado los hechos, estaba compuesta por José Rodríguez Jiménez, como presidente, Carlos Arboleda Tejera, Emilio Navarro Esteban, Luis García Valdecasas y Fernando Tapia López. El juicio comenzó el día 14 de junio y terminó casi un mes y medio después, el 27 de julio. Ésta es la primera vez que la jurisdicción ordinaria ha procesado y juzgado a tres miembros de la Guardia Civil por hechos acaecidos en el ejercicio de sus funciones. Este procedimiento por la jurisdicción ordinaria lo ha sido en virtud de lo dispuesto por la Ley de Policía de diciembre de 1978, que atribuye a los tribunales civiles el conocimiento de aquellos delitos que cometen los miembros del Cuerpo Superior de Policía, la Policía Nacional y la Guardia Civil en el ejercicio de sus funciones. Si la sentencia es condenatoria y superior a los tres años de prisión [como así sucedió], los tres guardias serán automáticamente expulsados del Cuerpo y habrán de cumplir condena en una prisión ordinaria.

Epílogo con enigma.
Después del juicio, lo que había quedado más claro es que Juan Mañas, Luis Cobo y Luis Montero no eran etarras y, lo más grave, que sus cuerpos fueron acribillados a balazos y luego quemados para que se borraran las huellas del crimen. Sin embargo, la verdad sobre los responsables de la brutal tropelía no quedó resuelta. Quedaban muchas dudas por despejar: el empeño de la Guardia Civil en mantener detenidos a los jóvenes, sabiendo que la Policía había aclarado ya que no se trataba de tres etarras; los hechos que ocurrieron durante el interrogatorio y por qué razón sólo fueron acusados tres guardias civiles de diferentes escalas –el cabo primero, el teniente y el teniente coronel, este último responsable de la Comandancia de Almería– y quedaron libres de cargos los demás guardia integrantes de la caravana de la muerte: si es que hubo tal caravana y si la muerte precedió a la organización de la macabra expedición, es decir, si Mañas, Cobo y Montero estaban ya muertos antes de que los subieron al coche en el que aparecieron sus cuerpos carbonizados. Algún día, es posible, que estalle la conciencia de algunos de esos testigos, directa o indirectamente responsables. La obediencia debida no los liberará del peso de la culpa. La honra de las víctimas quedó reparada para ellas y sus familias, aunque no obtuvieran el perdón del Ministerio del Interior ni de la Guardia Civil, a pesar de que ya España era un país democrático. La represión, en sus diversas formas y estilos, no se cambia con la facilidad del color de una muda política. De ahí que el caso Almería sea un caso cerrado para la justicia, pero abierto para la historia y para la conciencia de aquellos culpables que viven y de los testigos especiales más directos, que participaron en los hechos. El enigma queda aún por descifrar.
   
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