30 de abril de 2017
 

 
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INICIO > MONOGRÁFICOS > Almería en tres miradas
 
  Antonio Ramos Espejo
  Paisajes para un pueblo (Almería)
  Almería en tres miradas
  Como un sueño, llevo su mirada clavada en mis recuerdos desde que, viajero adolescente, recorrí el desierto, sediento –negada el agua escasa en una casa cuartel de los civiles-, con el viento levantando las arenas, hasta llegar a San Miguel del Cabo de Gata y sentir el placer del agua potable en un aljibe. Y luego, dormir al raso en la orilla, con una montaña de sal iluminada por la luna llena; y al amanecer echarse a la mar en una barca con un pescador de jibias. Pero hay tres miradas inconfundibles, maestras, en las que se encuentran el significado de esta tierra y sus gentes, como las vieron y sintieron Federico García Lorca, Gerald Brenan y Juan Goytisolo. Nada es comparable para un viajero por el Sur que encontrarse con la fuerza de estos paisajes, con la serenidad del desierto, con la blancura de los cortijos, gastados por el tiempo, manchadas sus paredes de cal como se mancha una camisa blanca en una reyerta; con las aguas cristalinas de sus orillas llorando la muerte de los náufragos que llegan de África. Así es Almería de implacable y hermosa, pegada a la piel del viajero con un tatuaje de por vida.

García Lorca en Bodas de sangre.
“Crimen misterioso. Cuando va a casarse, desaparece la novia y es encontrada  junto al cadáver del hombre con quien se fue” –Diario de Almería, del día 24 de julio de 1928 (dos días más tarde de producirse la noticia), aunque el suceso lo lee Federico García Lorca en ABC o, tal vez, como dice su hermano Francisco, en El Defensor de Granada. Cuando el dramaturgo lee la noticia comenta a unos amigos de Madrid: “¡La prensa, qué maravilla! ¡Leed esta noticia: es un drama difícil de inventar! (…) Con el crimen de Almería, Lorca tenía el nudo central de su drama. Durante cuatro años habrá de madurarlo”. Los hechos ocurrieron en el Cortijo del Fraile. A aquellos lugares acudí como reportero a la llamada de la tragedia real y lorquiana en varias ocasiones desde 1974 y en años sucesivos hasta que esta historia quedó definitivamente reflejada en García Lorca en los Dramas del Pueblo. Nunca podré desprenderme de la mirada de los paisajes, de su atracción fatal y misteriosa y de la mirada de sus protagonistas.

La novia lo estaba esperando. Cuando se oyó chirriar tímidamente la puerta de la alcoba. Paca sabía que era él, el amante requerido para la cita secreta. La muchacha dejó de alisarse el pelo, se volvió con gesto decidido y dijo:
–Primo, llévame contigo.
–Vamos… –contestó el muchacho con el corazón angustiado.

Desde ese momento, amantes en huida, Paca la Coja y Paco Montes se transformaron en dos jinetes lorquianos a lomos de una bestia con destino fatal. Dos hombres y una mujer. El novio, Casimiro, plantado la noche del compromiso. Casmiro recuerda que fue un mal sino y que Dios la haya perdonado. Y ella creía llevar consigo la vida y la libertad con el joven más guapo –era además su primo– del desierto de Níjar. Aquella boda en el cortijo de El Fraile no llegaría a celebrarse porque la muerte se terció traicionera con reclamo de amor y venganza. “…detenida la novia manifestó que había huido en unión de su primo para burlar al novio. La fuga la emprendieron en una caballería, y al llegar al lugar del crimen les salió al encuentro un enmascarado, que hizo cuatro disparos, produciendo la muerte a Montes Cañadas” (de la noticia publicada en ABC). Conviene aclarar que las dos personas que salieron al encuentro de los amantes eran un hermano mayor del novio Casimiro, José Pérez Pino, y su esposa, Carmen Cañadas Morales, hermana mayor de Paca la Coja, la novia. Es decir, que los principales protagonistas eran dos hermanos, dos hermanas y un primo de ellas, Francisco Montes Cañadas, la víctima. José y Carmen habían forzado a Paca a casarse con Casimiro.

El poeta en Almería. Al poeta granadino le bastó la chispa que en él despierta aquel suceso periodístico del 22 de julio de 1928. Federico conocía Almería, sus paisajes y sus gentes. Guardaba las imágenes que se le habían quedado grabadas de niño. Había pasado un curso escolar, 1908, a los diez años, en Almería, a donde había sido trasladado el maestro que le había enseñado las primeras letras, Antonio Rodríguez Espinosa, gran amigo de la familia García Lorca. Don Antonio había conseguido una plaza de maestro en el Hospicio y para lograr ingresos complementarios para su módico sueldo monta en su propia casa una academia-internado, a la que se desplaza un grupo de niños de Fuente Vaqueros, entre los que van Federico y dos primos suyos, Salvador y Enrique. Federico aprueba el examen de ingreso en la capital indaliana y al año siguiente aparece ya en la Academia del Sagrado Corazón de Granada. El paso del poeta por Almería lo recoge José Luis Cano en palabras de Federico: “Fue allí –en Almería– donde comencé el estudio de la música. Allí hice el examen de ingreso y allí tuve una enfermedad de la boca y en la garganta que me impedía hablar y me puso en las puertas de la muerte. Sin embargo, pedí un espejo y me vi el rostro hinchado, y como no podía hablar, escribí mi primer poema humorístico en el cual me comparaba con el gordo sultán de Marruecos Muley Hafid”.

Aquellos recuerdos de la niñez, mezclados veinte años después de sus vivencias en Almería con los datos periodísticos, tuvieron un largo proceso de maduración. “Amo a la tierra –dice Lorca–. Me siento ligado a ella en todas mis emociones. Mis más lejanos recuerdos de niño tienen sabor de tierra. La tierra, el campo, han hecho grandes cosas en mi vida. Los bichos de la tierra, los animales, las gentes campesinas, tienen sugestiones que llegan a muy pocos. Yo las capto ahora con el mismo espíritu de mis años infantiles. De lo contrario, no hubiera podido escribir Bodas de sangre”. En otras declaraciones, el poeta dice sobre la fuente de sus obras: “... Cinco años tardé en hacer Bodas de sangre; tres invertí en Yerma... de la realidad son fruto las dos obras. Reales son sus figuras; rigurosamente auténtico el tema de cada una de ellas... Primero, notas, observaciones tomadas de la vida misma, del periódico a veces... Luego, un pensar en torno al asunto. Un pensar largo, constante, enjundioso. Y, por último, el traslado definitivo, de la mente a la escena...”

Al poeta “le bastaba cerrar los ojos”, como dice Gibson, para colocarse en aquellos paisajes que conoció directamente por las excusiones que hacía con su maestro. Paisajes, además, que guardaban gran parecido con los de Guadix, que un año después del crimen, en 1929, había recorido con Manuel de Falla. En una carta a José Bergamín, comenta Federico: “Almería tiene una aspereza y un polvo azafranado de Argel”. Aunque para documentarse, además del suceso periodístico, el dramaturgo granadino utilizara otras fuentes. Juan José Ceba piensa que Lorca conoció tal vez la novela Puñal de claveles, de la escritora y feminista Carmen de Burgos –Colombine–, basada también en el crimen de Níjar y publicada en 1931.

Francisco García Lorca, hermano de Federico, vivió especialmente, desde que aparecieron las primeras noticias del crimen de Níjar hasta que se estrenó Bodas de sangre, todo el recorrido que siguió el autor hasta modelar su obra. “También seguí muy de cerca el proceso de gestación de la obra y el acto mismo de ser escrita en nuestra Huerta de San Vicente”, escribe Francisco García Lorca, quien se detiene en su obra Federico y su mundo a detallar el paso de su hermano por Almería y su relación final con Bodas de sangre. “Sería difícil precisar, a falta de declaraciones del propio Federico, cómo influyeron en él los recuerdos de su estancia en Almería. En su geografía poética una vez aparece nombrada la ciudad, en el Romancero gitano; y la misma palabra –Almeria– despierta en el romance que la nombra la presencia de las “yertas lejanías” propias de su paisajes. Pero en el mismo libro, concretamente en el romance de ‘Thamar y Amnón’, el paisaje árido y calcinado, la luz que cae como un cautiverio sobre la tierra, las terrazas bajo la luna, los muros y atalayas, la Alcazaba al fondo, la aurora tibia con rumor de pámpanos y peces, mar y viñedos, llevan a mi juicio, la impronta de aquella ciudad. Convencido como estoy de que el poeta partía siempre de una realidad vivida, no sería demasiado atrevido suponer este fondo almeriense que, en su mapa lírico, permanecía ligado a recuerdos de violencia, como, entre otros, el suceso que da lugar a Bodas de sangre” “… Bodas de sangre no es una invención del poeta. Lo vio García Lorca entre los sucesos en un periódico y se quedó suspenso. Allí había una obra, pero había que darle la propia sustancia íntima: el alma, el sentimiento. Impresionado por el tema olvidó el suceso, y la obra poética fue tomando forma en su ser. Cuatro años de latir juntos, tema y verbo... Surgió Bodas de sangre”.

En Bodas de sangre, el suceso calcado de la realidad y convertido en drama teatral, Lorca sublima el tema, lo hace suyo e introduce retoques aún más dramáticos. En la obra lorquiana se trata de dos jóvenes, pertenecientes a familias rivales, una de ellas familia de matadores, que se enfrentan por una mujer. El novio, atado a las faldas de su madre, es el único varón superviviente de su familia. Lorca se ha fijado aquí en la personalidad del novio Casimiro, al que prácticamente le buscan la novia, un joven modesto, honrado, muy trabajador. Y el otro es Paco Montes, el primo que acude en busca de su prima para llevársela. Es el personaje con más fuerza: Leonardo, en la ficción, al que el autor lo coloca como casado  y con un hijo. Paco Montes era soltero, hijo de viuda. El novio y un grupo de invitados persiguen a los amantes. En el enfrentamiento mueren los dos mozos. En el suceso real, el novio Casimiro se queda en la casa.

Las referencias a los lugares de la tragedia real retratan el paisaje: “En mi tiempo, ni esparto daba esta tierra. Ha sido necesario castigarla y hasta llorarla para que nos dé algo provechoso”. “... Cuatro horas de camino y ni una casa ni un árbol”. “Un hombre con su caballo sabe mucho y puede mucho para poder estrujar a una muchacha metida en el desierto”. “En ninguna boda se vio tanta gente”..., en referencia a la importancia de aquella boda de la hija del tío Frasco Cañadas. Sobre la hora de celebrarse las bodas en aquel tiempo dice también: “Para que un día señalado entre las dos y las tres...” No hay ríos ni bosques en aquella zona, a lo sumo algún que otro olivar escuálido, ramblas secas, llenas de guijarros. Son algunas de las variantes interesadas del poeta. Pero donde Lorca pone un mayor acento de cambios es en los instrumentos de la muerte. En Bodas de sangre mueren, con heridas de cuchillo, los dos contrincantes: Leonardo y el novio. En la realidad murió sólo Paco Montes y de tres disparos de pistola. También cambia la fuga: los amantes del suceso huyen en una mula parda. Los amantes de Bodas se escapan a lomos de un caballo, más veloz y simbólico.
 
El cortijo.
El Campo de Níjar es inmenso. Cortijadas y aldeas repartidas entre la gran llanura, las sierras y la costa. Todos los caminos atraviesan el desierto para llegar al mar por las Negras, el Playazo de Rodalquilar, la Isleta del Moro, los Escullos y San José de Cabo de Gata. El oro verde de los enarenados ha transformado parte del desierto en un vergel en el que el esparto, las pitas y las chumberas se han quedado como símbolos que fueron de miseria o decorados para la belleza salvaje que todavía ofrecen estos parajes. De las entrañas de la montaña de Rodalquilar ha salido el oro auténtico en unas minas que ahora se quieren revitalizar. Detrás, el mar, la esperanza, mirando al infinito africano. Protagonistas y testigos directos del crimen de Níjar habitan en estos lugares, desde El Hualí, junto a Níjar, donde vive la novia, hasta San José, donde está el novio, pasando por las aldeas más cercanas a la zona donde se fraguó el suceso: Los Nietos, Los Albaricoques, Campo Hermoso, Los Pipaces, Los Montes de Arriba y de Abajo, El Barranquete... Vamos al encuentro de los hombres y mujeres que durante tantos años han mantenido en secreto las vivencias y recuerdos que una noche violentaron la paz del desierto. Primero, con los testigos, los padrinos... hasta llegar a los corazones vivos de la tragedia: los novios.

“Yo lo tengo en la memoria, como si lo estuviera viendo todo –comenta una anciana de Los Albaricoques–. Dicen que ella estaba gobernándose el pelo cuando llegó el primo. Y Paca le dijo: “Primo, hazme feliz”. Y el joven le contestó: “Hecho está”. Y se escaparon. Pero todavía no se había puesto el traje de novia. Aquel muchacho, mejorando ustedes los presentes, y dispensen ustedes porque todo hay que decir/o, era guapísimo. Tenía un cuerpo precioso. Y cuando yo vi aquel charco de sangre... Eso sí que lo vi yo con mis propios ojos. ¡Virgen Santísima, qué lástima de muchacho! Se escaparon, por lo que dicen, por lo alto del corral. La mula la tenía preparada con su salea, sus aguaeras, y, por lo que contaron, Paca había advertido a su primo que cambiaran de camino. Seguro que algo se estaba maliciando. Pero no torcieron. Era su sino”.

El cortijo de El Fraile, donde ocurrieron los hechos, es un enorme caserón aislado con torre de campanario, que recuerda aquellos tiempos cuando el amo hacía sonar la campana para que los obreros rezaran el ángelus. La casa, el mayor cortijo de aquellos alrededores, está situada entre Los Albaricoques y Los Martínez, muy cerca también de Rodalquilar. En aquel lugar se atenúa el desierto y la proximidad del mar y las montañas dota a la tierra de más humedad para la labranza. El tío Frasco Cañadas se había hecho rico labrando las tierras de los Acosta, que se lo habían dejado en régimen de aparcería. “A mí me han dicho que el tío Frasco guardaba una espuerta llena de monedas debajo de la cama”, me dice un hombre de Los Albaricoques. Detrás de la fachada principal están situados los corrales y dos eras. La habitación, desde la que saltó la novia, se encuentra en un segundo piso y da a un tejado de terrizo, desde el que se baja por una rampa hasta las cuadras. Por un lateral del cortijo, en dirección norte, hacia el interior del desierto, salieron los novios a lomos de una mula parda. Los novios tomaron la dirección de Los Pipaces. La madre de Paco Montes esperaba a los primos amantes, a la nueva pareja, en su casa de Los Montes de Arriba, donde celebraría la boda, en Cortijo Hermoso.
A una legua de viaje, en la llamada Haza de la Capellanía, en el camino de La Serrata fueron sorprendidos los novios. En el lugar del suceso, junto a la palmera que permitió el escondite de José Pérez Pino y Carmen Cañadas Morales, se colocó una cruz. Todos los caminantes que transitaban por aquel sitio se detenían al pasar por la cruz, le echaban una piedra blanca y le rezaban un padrenuestro como exigía la tradición. La cruz de hierro desapareció hace años cuando se arregló el camino. Los olivos viejos que hay junto a la palma de la muerte recuerdan el olivar de la Fuente Grande, en el camino entre Víznar y Alfacar, donde cayó muerto Federico.

“Y yo muerta”.
Hasta el último momento de su vida, Paca la Coja vivió recluida en su casa. En enero de 1987 –aunque desde la primera visita de 1974, mi compañero Ricardo Martín ya había captado su imagen, como la Casimiro y los que iban a ser los padrinos de la boda– hice la última visita a Paca. Volví a llamar a la puerta de su casa. Estaba cerrada. Su sobrina seguía ejerciendo el papel de guardiana de la intimidad más estricta de su tía.
–¿Puedo hablar con Paca? -le pregunto. Encuentro un muro de silencio. Insisto: –¿Usted es la sobrina de Paca...?
–Sí ––contesta cortante.
–¿Puedo hablar con ella?
–No.
–Es sólo para saludada.
–No. Y márchese.
–¿Cómo está?
–Mal.

La soledad de El Hualí había quedado rota por la instalación, cerca de la casa de Paca, de un pequeño taller de jarapa. Algún que otro mirón, con el pretexto de visitar los telares, intentaba asomarse a la casa prisión de la novia. Carmen, la hermana, con la cabeza ida. Un día, después de tantos años sin hablarse, Carmen se atrevió a abrir la puerta de la casa de su hermana, a la que la noche de la fuga intentó ahogar en el camino de La Serrata, donde su marido había dejado muerto a Paco Montes, y se arrojó de rodillas a los pies de la cama de Paca implorando su perdón.

A Casimiro lo recuerdo sentado en una mecedora frente al mar al atardecer en la puerta de su cortijo en San José de Cabo de Gata, como años más tarde lo vería también el periodista Antonio Torres. Fue, me decía, “un mal sino” y que salvo pena y lástima no sentía nada más. Viva imagen de la resignación, el novio de las auténticas bodas de sangre, fue el único protagonista que reconstruyó su vida. Eso significa, casarse, tener descendencia, tener el calor de sus hijos, sentir el amor.

Muchos vecinos de los campos de Níjar, que recordaban la historia, directamente o a través de sus familiares, presenciaron con escalofrío la versión literaria de Lorca, realizada por José Luis Gómez en Almería. “Algunos de los protagonistas directos de aquellos hechos viven todavía, y anteayer, terminada la función, me contaban en Almería que dos de los   miembros de las dos familias enfrentadas en los hechos y en la obra asistieron al estreno del montaje de Gómez, con la condición de que se les colocase en butacas espaciadas la una de la otra y que no se informase a la Prensa de su presencia. Al parecer, los miembros de ambas familias no se hablan desde 1928”. (Joan de Segarra, El País, 7 de octubre de 1985).

El 9 de julio de 1987, casi al cumplirse el 59 aniversario del crimen, Francisca Cañadas Morales, a los 84 años, cerró para siempre sus ojos en El Hualí. Coincidencias del destino, Casimiro, a sus 89 años, se enteró de la muerte de Paca por la radio. Por un instante, con los ojos en la oscuridad pensaría en aquel girón de desamor que Paca le hizo sufrir. El tiempo le permitió decirle adiós sin ira.

Hasta después de muerta, Paca hubo de sufrir la soledad, el anonimato. Como si la familia creyera todavía que alguien la estuviera buscando para dar explicaciones. Y Paca había dejado ya de existir como la Coja de El Fraile. Como le había ocurrido a su primo al convertirse en Leonardo, ella abandonaba allí, entre quienes tanto la condenaron, su papel de mártir de una sociedad intransigente, para pasar a la historia como la novia en la fuga lorquiana:

Leonardo. –Cállate. Ya suben.
Novia. –¡Vete!
Leonardo. –Silencio. Que no nos sientan.
Tú delante. ¡Vamos, digo!
(vacila la novia)
Novia. –¡Los dos juntos!
Leonardo. –(Abrazándola). ¡Como quieras!
Si nos separan, será porque esté muerto.
Novia. –Y yo muerta.

Cuando el cortejo fúnebre entró en el cementerio de Níjar, pasó forzosamente delante de la tumba de Paco Montes. Qué mirada. Cincuenta y nueve años ya. Qué larga espera. Ni Lorca podía haber imaginado aquella puesta en escena para el encuentro definitivo. Siguió el cortejo adelante, giró a la izquierda, al final de la calle principal, y a pocos metros el cuerpo de Paca recibió sepultura en el más maldito de los silencios. Así cayó el telón del último acto del drama de Paca la Coja, la siemprenovia de Níjar, en el día luminoso que acudió a la última llamada de su amante.

Aunque el telón del drama habría de alzarse levemente para un último responso. Tres años después, en San José, mirando serenamente los azules intensos de su mar, Casimiro Pérez se despedía de su público a los noventa y tres años. El día que en el luminoso desierto de Níjar dejaron de sonar a duelo las campanas por los novios del cortijo de El Fraile, la tragedia entró definitivamente a formar parte de la inmortalidad del autor.

Sin embargo, y llegados a este punto, no podemos de perder de vista, en nuestro tiempo, dos cuestiones importantes. La primera hace referencia a los lugares del crimen y la segunda más directamente al papel que le tocó vivir a Paca. En cuanto a los lugares: el cortijo de El Fraile está abandonado, incomprensiblemente, por más llamamientos que, desde distintos colectivos culturales, se ha insistido en su rehabilitación y uso para la memoria histórica; y aún más incomprensible es el comportamiento de la familia de Paca, cuya lápida en el cementerio permanece en el anonimato. Y en cuanto a esta mujer, la víctima que sobrevivió a la tragedia, la siemprenovia, vivió muerta en vida. Su vida no tuvo el final deseado de la novela de Colombine, como señala Miguel Naveros, con el triunfo de la fuga con el hombre que ama. Maltratada por la prensa de la época y por la sociedad que le imponía sus rigurosos códigos de honor, venganza y casta, el nombre de Paca Cañadas Morales debe quedar inscrito como el de una heroína de su tiempo en la historia de la liberación de la mujer andaluza.

Brenan frente al mar.
Desde Yegen donde vivía el autor de Al sur de Granada, convertido en un excursionista trotamundos, subía hasta las cumbres de Sierra Nevada para dominar, como Teófilo Gautier, “la región de las águilas” y dormir junto a la laguna de Vacares; o se asomaba por el puerto de la Ragua a los dominios del Marquesado del Zenete, donde podía contemplar el castillo de La Calahorra y el trenecillo que circulaba por la inmensa llanura; o, las más de las veces, sentía necesidad de bajar a Almería, casi siempre andando. Así fue como, después de una larga caminata, cansado, sediento, con los pies destrozados, bajo un sol implacable y azul, por caminos de arenas, tan inhóspitos del Campo de Dalías, por los que sólo veía por compañía su sombra aplastada en el secano, se encontró de repente con la sorpresa a su pies:


…las montañas caían desnudas y a pico sobre el mar y la carretera se recortaba entre ellas. Pronto rodeé un escarpado y vi ante mí la ciudad blanca, de tejados planos, de Almería. Los barcos de pesca estaban saliendo para las faenas de la noche y el sonido de los remos y de una voz cantando me llegó a través del agua tranquila.

De Almería, como de Cádiz, Brenan decía que eran  “demasiado puras, demasiado intensas con sus aires de ciudades de coral blanco surgidas repentinamente del fondo del mar...” Almería fue donde Brenan captó la grandeza del paisaje andaluz. Fue su puerto de mar para entrar y salir de España. Cada vez que venía de Yegen a la ciudad, la veía “como un cubo de cal arrojado al pie de una montaña desnuda”. Almería era el refugio urbano del escritor solitario. Bajaba de la Alpujarra al mar, y se pasaba una hora en la peluquería, de donde salía pelado, afeitado y perfumado, para sentarse después en una terraza del paseo. A Almería volvía con sus amigos ingleses a enseñarles sus maravillas, incluso para adentrarse hacia el interior a recoger plantas salvajes, visitar la comarca del Almanzora y los Vélez, atraído por su historia, su arqueología y la figura del ingeniero y arqueólogo belga Luis Siret.

Para Brenan, Almería es mar. Tanto le gustó que se asomaba desde la Alcazaba para mirar el Cabo de gata. Desde las colinas de la Alpujarra se asomaba a la costa de Adra; y áun más lejos, divisaba la orilla africana. O desde la colina de la exótica Mojácar reflexionar sobre los orígenes del misterioso Indalo. Un mar que disfrutó en solitario o en compañía de las personas que más quería, cuando bajaba con sus amigos Ralph Partridge y Dora Carrington y cuando llevó hasta la orilla a su criada María por el placer de verla sorprendida ante esa inmensidad de agua que ni siquiera se podía beber. Y hasta la playa de Adra llevó en 1929 a Juliana –que fue después madre de su única hija–, su joven sirvienta y amante, para sentirse el galán de una sirena sumergida en el mar.

Goytisolo en los Campos de Níjar. Crónica...
El de Juan Goytosolo fue un viaje de desafío. Como Brenan había hecho en La faz de España, el escritor catalán, quiso también mostrar la cara oculta de España cuando baja a Andalucía para dejarse llevar de autobús en autobús, en camionetas y furgones, por los caminos polvorientos y solitarios de una tierra que convertir en su obra los Campos de Níjar, un libro literario-periodístico, convertido en documental de denuncia sobre la vida misma que discurría ante sus ojos; una crónica de actualidad narrada y vivida en la primera persona de un reportero. Y describe lo que ve cuando descorre la cortina labrada por el polvo del desierto y la neblina del mar es el discurrir de la vida sencilla, rutinaria, pero fieramente trágica y miserable, como la que traquetea en la camioneta que transporta a los mineros del oro de Rodalquilar:

Me lleva por un camino de carros. En lo alto de la curva, a un centenar de metros de nosotros, hay un grupo de hombres sentados al borde de la cuneta.
–Pué ir usté con ellos, en la caja.
–¿Van a Níjar?
–No. La mayor parte son de Aguas Amargas y Fernán Pérez. Pero paramos en Los Pipaces.
–¿Dónde queda?
–Ná... A cuatro kilómetros del pueblo.
Hemos llegado junto a los hombres y nos sentamos en el corro. Son ocho o nueve, sucios y mal afeitados, con las camisas raídas y los pantalones llenos de remiendos. Uno asoma los dedos de los pies por la punta de las alpargatas; otro se ciñe el pantalón con una cuerda. El sol da todavía duro y llevan los sombreros de paja echados sobre la frente. Casi todos tienen morral o talego. Mi vecino va con una tartera envuelta en un pañuelo granate.

Tanto en Campos de Níjar, como hará en La Chanca, Goytisolo describe situaciones de pobreza a su paso por Andalucía. He recorrido estos escenarios, que permanecen tan fieles a la descripción de Goytisolo, en busca de los protagonistas de aquel crimen de Níjar y por el placer de sentirme inmerso en ellos. Paisajes duros, tierras pobres que han sido dominadas por la mano del hombre para convertirlas en un emporio de riqueza con los invernaderos que se extienden por todo el Campo de Níjar. Las áridas montañas de Rodalquilar, horadadas por minas de oro abandonadas, se asoman al mar intensamente azul del Playazo. Luminoso mediterráneo de pacientes pescadores, un panorama de belleza natural, inconfundible desde el Cabo de Gata hasta las más lejanas poblaciones de Carboneras, Mojácar, Garrucha y la aldea hortelana de Palomares, donde Fraga, entonces flamante ministro de Información y Turismo de Franco, se bañó ante las cámaras de la televisión y el Nodo para decir a los españoles que aquellas aguas, donde habían caído bombas de hidrógeno de los americanos, no estaban contaminadas.

Goytisolo, como Brenan, se queda prendido del alma y del paisaje de Almería. Años después de visitar y escribir sobre los Campos de Níjar, el viajero catalán, retoma de nuevo sus armas de reportero radical e inconformista, para enseñar la imagen desgarradora de “La Chanca”, la barriada de Almería, soleada frente al mar y coronada por la Alcazaba árabe. El escritor entra directamente en el pueblo, se sienta a la mesa de la gente sencilla y deja, como hizo Azorín en aquel ya mítico viaje a Lebrija a comienzos del siglo XX, que hablen sus anfitriones mientras él escucha y anota:

María sirve la cena en el lebrillo y la conversación del mediodía se repite: cómo prefiero comer ¿con plato? ¿o sin plato? Yo digo que me gusta el sistema de los cuarteles y los convenzo al fin.–Mi marío nunca se metió en política –prosigue la abuela después de una pausa. Aunque rodeada de los suyos parece tener la mente muy lejos y me vigila con el rabillo del ojo, como para cerciorarse de que la sigo: -En el treinta y seis los del pueblo formaron un comité y vinieron a buscarle, pero él no tenía ná contra los curas y dijo que no quería hacé mal a nadie. Y cuando entraron los militares y afusilaron a los del Comité, también fueron a verle pa que se hiciese falangista y él no quiso y, encima, les puso de criminales ¿os acordáis?
–Sí, madre.
–De habé querío se fuera encumbrao como tantos y prefirió seguí porteando el mineral de la mañana a la noche y llegá a casa rendío y cobrá una semaná de miseria.
–¿Estaba usted en España cuando hubo la sequía? -pregunta María.
–Sí, señora..
–¿En qué sitio vivía usté?
–En Barcelona.
–¡Ah!, en Barcelona... Allí llueve y los patrone dan trabajo. En Almería los pobres reventábamos de hambre.
–Fueron años muy duros –dice la Isabel–. El aceite iba a sesenta el litro y el arroz a veintitantos... En el pueblo, la mitá del personal se mantenía con hierbas.
–Vuestro padre subía a la sierra con un hocico y un saco ¿os acordáis?   
–Sí, madre.
–Cogía esparto, chumbos, palmitos, lo que se cría acá por la montaña... El día en que mi Juan se puso malo entró en la huerta de don Armando y esquilmó dos arrobas de patatas. ¿De dónde las has sacao?, le dije. Las he robao, me dijo. Y aquella fue la única vez que le he visto llorá.
–En mi vía he comío tanto y tan engustá -dice María-. Llenamos un caldero de diez kilos y no quearon ni las mondas.
–Luego, mi Juan sanó y nos fuimos a buscá los garbanzos a otro lao -dice la Isabel-. Nos marchamos sin preví a la familia y anduvimos quince días por los cortijos, durmiendo al raso y mendigando pa comé. Muchos patrones, al vernos pedí limosna nos gritaban: “Fuera, aquí no queremos haraganes”, y les ofrecíamos trabajá por la comía, se callaban y nos echaban un mendrugo de pan.
–Mi marío y yo sufríamos por vosotros. El pobre se había sacrificao toa la vía y, por la noche, no paraba de moverse y salía a la carretera por si os veía llegá... Mientras corrieron por esos mundos creo que no durmió ni un minuto, ¿verdad, María?
–No, Madre.
–El día que volvísteis, ¡Jesús, qué alegrón! Ni tu padre ni yo hacíamos cosa a derechas. Os dábamos por perdíos o muertos y nos parecía que Dios os había resucitado de milagro...

Goytisolo nos sitúa en Níjar en 1959 y, en La Chanca en 1962, años de publicación de sus obras. El atrevido escritor, no sólo ponía carne en el asador para mostrarla al rojo vivo de los censores franquistas, sino, además, mostraba la belleza literaria de su pluma, que fue volando cada vez a más altura, siempre orientada, desde entonces, hacia el Sur.

Colofón.
Las tres miradas de Lorca, Brenan y Goytosolo se han multiplicado con las centenares de fotógrafos, reporteros, sociólogos, escritores, antropólogos, buscadores de paisajes y leyendas. Almería es una tierra con imán. Quien se asoma a ella queda atrapado por las arenas del desierto, encallado como un velero en sus rocas marinas, zarandeado por sus vientos, cegado por su luz, alimentado con la lluvia que la gente recibe como el mejor maná del cielo. Como todos los paraísos, Almería está en su sitio. Como todos los paraísos, Almería no está lejos. Hay que buscarla, encontrarla y sentir que te deslumbra los ojos como un rayo divino hasta que te permite abrir los ojos y exclamar como el viajero Jean Sermet: “¡Oh Almería de polvo y de sal, de agua amarga y de roca pelada, helénica y africana, desierto en contacto con el mar!” De ese deslumbramiento saben los ojos de Carlos Pérez Siquier, Manuel Falces, en su Almería, de Ricardo Martín o de Pablo Juliá, que se han sumergido en el corazón del paraíso, allí donde los almerienses comenzaron a vivir en rebeldía, desafiando desiertos y mares, hasta dominar y hacer un pacto con la naturaleza con la magia del Indalo.
   
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