19 de agosto de 2017
 

 
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INICIO > MONOGRÁFICOS > El Correo de Andalucía en Huelva
 
  Francscio Pérez y Rafal J. terán
  Medios de Comunicación (Huelva)
  El Correo de Andalucía en Huelva
  Transición, ir de un lado a otro, palabra hija de verbo de movimiento, movimiento mismo de un sitio a otro sitio, de una época a otra época. Y en esta frontera histórica –cómo no– mezcla de aduaneros que revisan todo equipaje, de funcionarios que le dan su visado, de factores que dan paso a la nueva mercancía, estaban los cronistas del momento, paparazzis de la trascendental ocasión, los chicos de la prensa, la prensa, levantando acta de todo ello.

Nueva época.
Tuve la suerte de ser llamado a dirigir las páginas provinciales de El Correo de Andalucía en su edición de Huelva en aquella coyuntura. Desde el primer momento supe que la tarea no era la continuación de una etapa previa sin más, sino el compromiso de una nueva manera de decir cosas de cosas nuevas en una nueva época de cosas. Las noticias no tenían solamente que ser frescas, como toda noticia periodística, sino que además tenían que ser de otra sustancia, otro modelo de gafas para ver la realidad y otro modelo de pluma para contarla. Era un alto piso en un piso alto en la calle Concepción. Estilo modernista y moqueta azul. Hoy tienda de modas. Era una delegación de la Casa Madre en Sevilla, con un gran director central llamado José María Requena, un nada grande y sí más grueso consejero delegado llamado Antonio Uceda, y un supertodos llamado cardenal de Sevilla. Después de besar el anillo del último pasé a dirigir las cuatro o así páginas de la edición de El Correo para Huelva y provincia.

Nuestro equipo era corto y bien avenido. El inefable Ricardo Díaz Alejo era pieza fundamental. Ni cobraba ni quería cobrar, pero todo lo sabía y de ello informaba. Por lo de Alejo siempre se sintió convencidamente ligado genéticamente a Las Rusias, por lo que no dudo de que su alma se mueve ahora entre ángeles que tañen balalaicas y beben vodka como él en Zalamea. Jorge Mancheño garrapateaba las informaciones deportivas. Pepe Romax les ponía fotos para pie. Se fueron agregando nueva gente. Corresponsales en pueblos de la provincia, Reposo Neble, Antonio Espina, Juan Bautista Mojarro, Juan Bautista Cartes, Paco Sánchez Borrallo, y colaboradores de Huelva, Vicente (Tente), Antonio Delay... y la colaboración directa, casi inter pares, de Juan Luengo Pato, un elemento muy eficaz en la buena marcha de aquel periódico. Después se unió al equipo Félix Morales y su hermosa y díscola pluma.

La única competencia local era el diario Odiel. Su perfil había cambiado muy poco por no decir nada desde sus orígenes del Pleistoceno informativo. Era el epílogo de una larga época anterior a su cabecera actual con la que nada tenía que ver. De modo que en El Correo de Andalucía me encontraba con la posibilidad de contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. No sólo eso; había que intentar desmontar escandalosas mentiras de nuestra realidad local y provincial. Era preciso poner luz y orden en una óptica triunfalista y cateta de Huelva, su provincia y sus circunstancias.

Desde el principio, nuestras páginas abordaron el asunto de la Huelva industrial sin las interesadas complacencias anteriores, denunciando incontables atropellos y agresiones medioambientales hasta entonces disfrazados de “progreso”. Aquel barco de cloro líquido que atracaba como una gran bomba en nuestro puerto, los escandalosos índices de contaminación, los fosfoyesos, la falta de control de las empresas industriales, y un largo etcétera.

Otro de los grandes bloques que ocupaba nuestra atención de modo primordial era la tercermundista situación de la red viaria y urbana de Huelva y provincia. Del mismo modo que apostamos con fuerza por un nuevo panorama  cultural que asomaba con los tiempos del cambio más allá de los juegos florales, los pregones y las chocheces a las que el nacionalcolombinismo nos tenía acostumbrados. Surgía Jarcha, nuevos grupos culturales (Club 75, Club de Escritores Onubenses, Ateneo –nueva versión–, el Grupo Saltés, etc.) Todos tuvieron en nuestras páginas espacio y acogida. Del mismo modo que desde ellas se pudieron abortar con su denuncia sinrazones que podrían haber sido de consecuencias irreversibles. Por ejemplo, la solapada decisión del Ayuntamiento de demoler el Barrio Reina Victoria, nuestro popular Barrio Obrero, para construir pisos.

Como era lógico, –supongo que ahora pasará lo mismo cuando la verdad no se somete a los falsos intereses–, me intentaron comprar más de una y más de dos veces personajes y personajillos de entonces. Nunca lo consiguieron porque no creo que haya mejor gratificación que epatar a quien lo merece y luego sentir toda tu vida el orgullo de haberlo podido hacer.

Aquel nuevo estilo de ver y decir las cosas nos hizo superar ampliamente en ventas al diario Odiel. Nuestras páginas eran pocas y nuestros medios precarios (no teníamos ni fax. Sólo el sobre que cada noche enviábamos mediante el repartidor con el trabajo de cada día). Huelva estaba en el cambio y como tal nos recibió.

El relevo de mi gestión lo tomó Rafael Terán (RJT), metido ya en una carrera que lo llevaría por todos los caminos del periodismo. Prensa, radio, televisión y docencia de tan dura ciencia esa de la información. Fue una época de intensos y hermosos recuerdos. Volvería a firmar aquel tiempo que nunca volverá. Lo haría como hacía entonces: Paper, y también Paco Pérez o ya empezaba a usar el seudónimo que me puso un amigo: El Capitán de las Dunas, y que todavía uso para servir a mis amigos y fastidiar a mis enemigos. Amén.

Segunda época.
Sin superar aún las intensas emociones de una forma de hacer periodismo, más directa, casi nada oficialista, bastante más abierta al acceso de todo el espectro social de Huelva, la actividad de los partidos políticos y el nuevo impulso que daba la negociación de la Constitución, el Estatuto de Autonomía y las primeras elecciones democráticas, tuvieron en las páginas de El Correo de Andalucía en Huelva un lugar predominante. Todos. Partidos de mayor o menor implantación, sindicatos, colectivos sociales (ecologistas, culturales, asociaciones ciudadanas...) que antes no habían tenido un talante absolutamente abierto con los medios de comunicación impresos, tuvieron siempre abierta una puerta para contar sus cosas, para dar su opinión.

El Correo paliaba también una indisimulada sensación de aislamiento, que hacía a los onubenses desear que “las cosas de la provincia” se conocieran fuera. Las páginas de la edición local de Huelva se complementaban con el espacio que los temas más destacados de la actualidad tenían también en las páginas generales del diario, que tenían en las centrales sus temas de mayor relieve informativo. En la cortraportada, siendo Pepe Álvarez redactor Jefe, una columna, ‘El Fotomatón’, con breves tomando el pulso a la actividad política andaluza (precursora de otras posteriores como ‘Espejo Municipal’ o ‘La Mirilla’), era frecuente sitio para que conociéramos detalles bien informados sobre los movimientos de los políticos andaluces, también los de Huelva.

Haciendo honor a una tradición bien ganada en los años del franquismo, El Correo prestó también mucha atención a la actividad laboral y no había huelga, convenio colectivo o inversión que no tuviese su espacio en una páginas que día a día iban evolucionando hacia un cada vez más completo ejercicio de la democracia, incluso a un ritmo más rápido del que los propios ciudadanos iban. Las instituciones eran diaria fuente informativa. Había que tomar el pulso al Ayuntamiento de Huelva, a la Diputación, al Gobierno Civil... había que ayudar a darlos a conocer a la vez que se colaboraba en su reconstrucción democrática. El trabajo de periodistas como Diego Caballero, Manolo Fernández y otros era la puerta por la que –sin vetos, sin folias y sin filias– entraban bocanadas de libertad, dando su sitio a todos los que tenían algo que contar o tenían algo que ver en ello. La provincia siempre estuvo bien presente con sus hechos, gracias a un grupo de entusiastas y siempre mal pagados corresponsales, que las más de las veces se consideraban recompensados viendo que los temas importantes de “su pueblo” salían en el periódico.

En las páginas de El Correo de Andalucía en Huelva nunca hubo vetos durante aquellos años. Nunca se puso o impuso a los que allí teníamos responsabilidades informativas imposición ideológica alguna. Cierto es que la Iglesia tenía un protagonismo en la propiedad del diario, pero nunca influyó esta circunstancia en el trabajo de redacción que, día a día, se valoraba en equipo, sin presiones externas y sin más límite que el del espacio del que se disponía, los contenidos que eran enviados “por el sobre” a Sevilla para ser publicados en la edición del día siguiente.

Recuerdo aún con frecuencia una de las muchas entrevistas que hicimos en aquellos años para las páginas centrales. Huelva celebraba las Fiestas Colombinas y las dedicaba a Nicaragua en plena revolución sandinista. Las buenas relaciones del alcalde José Antonio Marín con los concejales de la ORT, Juan Ceada y Malena García Hierro, hicieron posible que viniese a la ciudad un joven comandante revolucionario. Venía cargado de pins, banderas y libros sobre su país. Cuando le pregunté sobre qué iba a pasar con los dirigentes del dictatorial gobierno de Somoza, con toda naturalidad, mientras tomaba un café junto al magnetofón, sentado en un escuálido sofá de la redacción, me respondió: “Todos serán pasados por las armas por traición a la Patria”. Aquella frase fue titular de la entrevista. Aún hoy recuerdo el frío que sentí ante la naturalidad con la que lo dijo, a la vez que se alegraba de estar participando en una Fiesta absolutamente lúdica a miles de kilómetros de su país.

Si algún problema teníamos era el tener que hacer diarios equilibrios para poder dar a todos –sobre todo a los partidos políticos– el espacio que merecía su actividad (frenética en aquellos años) y convencerles de que, si no se publicaba un tema de interés, era porque ante la acumulación de información había que seleccionar contenidos .

Ni la derecha, ni la izquierda vieron en El Correo de Andalucía un periódico adversario. Todos entendieron el papel integrador y de cierta docencia democrática de sus páginas. Ésas que, cuando el Recreativo subió a Primera División por primera vez en su historia, se agruparon en una edición especial y gratuita que se repartió de mano en mano –y se agotó– mientras el equipo viajaba, acompañado por miles de personas, desde Niebla a Huelva.

Aquél era un periodismo heroico, sin medios, sin horas, sin sectarismos, sin pensar en el diario de la competencia. Un periodismo que cada día, más o menos conscientemente, trataba de cumplir la misión de servicio público que teóricamente se atribuye a los medios de comunicación. De esa forma ayudó a Huelva a hacer la Transición y, asimismo, hizo su propia Transición. Fueron años en los que las páginas de Huelva estaban cargadas de una ilusión que no era más que la de miles de ciudadanos por la nueva época que se abría. Ilusión que muchas veces estuvo cargada de incertidumbres y no pocas dificultades. Conflictos como los de la pesca, con los “curas de Stella Maris” denunciando todas las injusticias de las que tenían constancia; la eterna crisis de la minería, los problemas del medio ambiente; los encuentros y desencuentros de políticos, alcaldes y ecologistas sobre Doñana; la constante presencia de la cultura como vehículo para “romper el cascarón” de la democracia que se construía, eran ingredientes para el plato de noticias con que Huelva y parte de Andalucía se levantaban cada mañana al abrir las páginas de este diario.

Comenzados los años ochenta, el periódico entre en una nueva y tercera fase editorial. Fernando Merchán asumía la responsabilidad de su edición en Huelva. Era también el último ciclo de la Transición española y con ella termina la presencia de El Correo como periódico de Huelva. Su autoinmolación habría de dar lugar al nacimiento en 1983 de un nuevo medio de comunicación absolutamente provincial: el diario Huelva Información.
   
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