29 de junio de 2017
 

 
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INICIO > MONOGRÁFICOS > En el nombre de Jarcha, libertad sin ira
 
  Jesús Chacón
  La Cultura (Huelva)
  En el nombre de Jarcha, libertad sin ira
  En medio de un territorio político de nadie y una difícil encrucijada para la historia de España, el año 1976 cobijó, entre fuertes tensiones sociolaborales, exigencia de amnistía y represión policial, una llamada a la cordura y al sentido común que se resumía en sólo tres palabras: libertad sin ira. La aparentemente cándida canción de Jarcha, aquel grupo musical de la lejana Huelva que ya sonaba por toda la geografía española, fue telón de fondo en la hora en que la Transición se enfrentaba a la verdad, y Diario 16 hacía suyo el estribillo para su lanzamiento en este año crucial. Sin comerlo ni beberlo, unos jóvenes onubenses a los que les gustaba la música y la poesía pasan a vivir el cambio político desde dentro, y hacen algunos de los himnos más emblemáticos de una época en la que el sueño colectivo de la mayoría de españoles acaba siendo realidad. Pero entonces, con Franco recién enterrado, nada se sabía y la batalla por la libertad sin ira aún había que ganarla.

Nuestra Andalucía.
Corre el otoño de 1972. Un grupo de amigos unidos por la música, y más bien por ese sentido arqueológico y antropológico que impulsa a la recuperación de aquellas canciones del folclore que empieza a llevarse el viento de la historia, se compromete a formar un grupo de corte coral que actualice las canciones populares en peligro de extinción. Solían reunirse en el Colegio Menor Santa María de La Rábida, bajo el alto descampado de La Morana de la calle Marchena Colombo, donde era educador el conquense Ángel Corpa, uno de los promotores de Jarcha. En este núcleo original del grupo están, además de Corpa, Rafael Castizo, Crisanto Martín, Gabriel (Gabi) Travé, Maribel Martín, la gallega Lola Bon y Antonio Ángel Ligero. Poco más tarde iban a entrar Juan José Oña, que dirigía un grupo de teatro, y la futura periodista Inés Romero (que sustituye a Lola Bon). Había en todos ellos una sensibilidad social y un cultivado regusto por la tradición musical de las culturas españolas de al-Ándalus, y por la tradición oral de la Andalucía profunda, que había quedado al margen de la explotación del nacionalfolclorismo centralista que había reducido las tierras del Sur a ser la sal gorda de España. Así, el primer nombre del grupo, Escorpión, que dura unos meses, se cambiará a sugerencia de César Corpa –hermano de Ángel– por el más apropiado de Jarcha, en homenaje a los poemas mozárabes que estos jóvenes onubenses gustaban de musicar.

El grupo tiene un trabajo previo en silencio, recorriendo pueblos de la Sierra y de todas las comarcas, incluso de fuera de Huelva, buscando al calor del vino y con el magnetofón la memoria más antigua de los lugareños. Del folclore de Huelva rescatan del olvido composiciones oscurecidas por el franquismo como las Jotillas de Aroche, las Coplas de San Benito de El Cerro de Andévalo o los Fandangos de Encinasola. Luego, hay que armonizar y arreglar los temas, para reinterpretarlos con los mismos instrumentos tradicionales: guitarra, pandereta y almirez. Hay también canciones del resto de Andalucía, como ‘Los cuatro muleros’ o las ‘Tres Morillas’ de Jaén, y un aire flamenco como sello propio en la base de los arreglos. “Dentro de nuestra obra hay cantidad de canciones hechas sobre estructuras musicales claramente flamencas”, recuerda Ángel Corpa.

Pero hay, sobre todo, un compromiso con el sueño de un futuro mejor, que exige muchos cambios. Para empezar, Jarcha quiere poner voz a una Andalucía distinta a la de las batas de cola y los requiebros de galán en ventanas de cartón piedra, imagen que tanta fortuna había tenido desde los montajes de Quintero, León y Quiroga. Algo que ya había iniciado Carlos Cano en solitario “Más que andalucismo –asegura Juan José Oña–, aquello era una reivindicación de Andalucía, de un cambio en los terrenos de la mar, los campos, las relaciones entre hombre y mujer...  Buscábamos también retratar con carácter de denuncia la Andalucía que estábamos viviendo”. Uno de aquellos retratos lo hacían con el tema ‘Andalucía y olé’ –que ellos llamaban “el tanguillo”–, en un sketch con el que cerraban las actuaciones y donde se parodiaba el señoritismo andaluz. Era la época en que recorrían la provincia respaldados por la Obra Social de la Caja de Ahorros de Huelva, antes de ser seleccionados en un casting, a través de Pablo Herrero de la Cope, para la compañía discográfica Zafiro. Es el año 1974, y Jarcha graba en Madrid su primer disco, Nuestra Andalucía, en esa línea de denuncia de la injusta realidad del Sur, cuyo tema principal –que da el nombre al disco– estará prohibido durante algún tiempo.

Nuestra Andalucía.
Corre el otoño de 1972. Un grupo de amigos unidos por la música, y más bien por ese sentido arqueológico y antropológico que impulsa a la recuperación de aquellas canciones del folclore que empieza a llevarse el viento de la historia, se compromete a formar un grupo de corte coral que actualice las canciones populares en peligro de extinción. Solían reunirse en el Colegio Menor Santa María de La Rábida, bajo el alto descampado de La Morana de la calle Marchena Colombo, donde era educador el conquense Ángel Corpa, uno de los promotores de Jarcha. En este núcleo original del grupo están, además de Corpa, Rafael Castizo, Crisanto Martín, Gabriel (Gabi) Travé, Maribel Martín, la gallega Lola Bon y Antonio Ángel Ligero. Poco más tarde iban a entrar Juan José Oña, que dirigía un grupo de teatro, y la futura periodista Inés Romero (que sustituye a Lola Bon). Había en todos ellos una sensibilidad social y un cultivado regusto por la tradición musical de las culturas españolas de al-Ándalus, y por la tradición oral de la Andalucía profunda, que había quedado al margen de la explotación del nacionalfolclorismo centralista que había reducido las tierras del Sur a ser la sal gorda de España. Así, el primer nombre del grupo, Escorpión, que dura unos meses, se cambiará a sugerencia de César Corpa hermano de Ángel– por el más apropiado de Jarcha, en homenaje a los poemas mozárabes que estos jóvenes onubenses gustaban de musicar.

El grupo tiene un trabajo previo en silencio, recorriendo pueblos de la Sierra y de todas las comarcas, incluso de fuera de Huelva, buscando al calor del vino y con el magnetofón la memoria más antigua de los lugareños. Del folclore de Huelva rescatan del olvido composiciones oscurecidas por el franquismo como las Jotillas de Aroche, las Coplas de San Benito de El Cerro de Andévalo o los Fandangos de Encinasola. Luego, hay que armonizar y arreglar los temas, para reinterpretarlos con los mismos instrumentos tradicionales: guitarra, pandereta y almirez. Hay también canciones del resto de Andalucía, como ‘Los cuatro muleros’ o las ‘Tres Morillas’ de Jaén, y un aire flamenco como sello propio en la base de los arreglos. “Dentro de nuestra obra hay cantidad de canciones hechas sobre estructuras musicales claramente flamencas”, recuerda Ángel Corpa.
Pero hay, sobre todo, un compromiso con el sueño de un futuro mejor, que exige muchos cambios. Para empezar, Jarcha quiere poner voz a una Andalucía distinta a la de las batas de cola y los requiebros de galán en ventanas de cartón piedra, imagen que tanta fortuna había tenido desde los montajes de Quintero, León y Quiroga. “Más que andalucismo –asegura Juan José Oña–, aquello era una reivindicación de Andalucía, de un cambio en los terrenos de la mar, los campos, las relaciones entre hombre y mujer...  Buscábamos también retratar con carácter de denuncia la Andalucía que estábamos viviendo”. Uno de aquellos retratos lo hacían con el tema ‘Andalucía y olé’ –que ellos llamaban “el tanguillo”–, en un sketch con el que cerraban las actuaciones y donde se parodiaba el señoritismo andaluz. Era la época en que recorrían la provincia respaldados por la Obra Social de la Caja de Ahorros de Huelva, antes de ser seleccionados en un casting, a través de Pablo Herrero de la Cope, para la compañía discográfica Zafiro. Es el año 1974, y Jarcha graba en Madrid su primer disco, Nuestra Andalucía, en esa línea de denuncia de la injusta realidad del Sur, cuyo tema principal –que da el nombre al disco– estará prohibido durante algún tiempo.

Música para los poetas.
Junto al componente de folclore y de sensibilidad social, Jarcha atiende a la poesía desde la convicción de que “es un referente cultural de primer orden”, apunta Ángel Corpa. Esto no surge de la nada. A comienzos de los setenta, Aguaviva y otros grupos en esa onda como Nuestro Pequeño Mundo le ponían música a los grandes poetas nuevos y a los de siempre, incluidos los proscritos, y en especial a los andaluces, porque los grandes poetas andaluces son poetas universales. Uno de los temas emblemáticos en esa línea será su adaptación del poema ‘Andaluces de Jaén’ de Miguel Hernández, hasta el punto de que, en algún concierto de aquellos años de la Transición por el norte de España, alguien llega a gritar desde el público “¡Viva Jaén!”, ignorando el origen onubense del grupo.

Jarcha armoniza también a Federico García Lorca (‘Adenda’, ‘Son de negros en Cuba’, ‘Casida de las palomas oscuras’), Rafael Alberti (‘A galopar’), Blas de Otero (‘En el nombre de España, paz’, cuya radiación es prohibida en todo el Estado), Antonio Machado en los estremecedores versos de su elegía a Lorca (“Se le vio caminando entre fusiles...”) y al alemán Bertold Brecht en piezas de su Ópera de los tres peniques. Hay también poetas vivos que incluso estuvieron implicados en las creaciones de Jarcha, como el sevillano Eduardo Álvarez Héyer, autor del texto del célebre ‘Cadenas’, otro de los temas prohibidos entonces a Jarcha. Pero es en los temas de creación propia donde Jarcha va a ser capaz de catalizar los sentimientos, las reivindicaciones, las esperanzas y los sueños de la mayoría de los españoles ante el incierto futuro que se plantea a la muerte de Franco. “Estábamos preocupados por la situación política, como casi todo el mundo –señala Rafael Castizo–, pero lo hacíamos todo de manera inconsciente. Nos dejamos llevar por el ritmo vertiginoso de los acontecimientos y casi todo salía más de las tripas y el corazón que de la mente”. Así es como surgen canciones que se convierten en himnos de la Transición española: ‘Segaores’, ‘Esclavo de la tierra’, ‘Andalucía vive’, ‘Polución’ (uno de los primeros gritos contra la contaminación, muy presente en la Huelva de los setenta), ‘Amanece’, ‘¡Ay, pueblo que grita, grita!’ o ‘¿Quién fabrica las pistolas?’ (temprana canción protesta contra el terrorismo, en aquellos años durísimos de ETA). “Queríamos ser un grupo popular –apunta Ángel Corpa–, de música cercana a la realidad y tratar de llegar al mayor número de gente con la música, igual que otros con el teatro”.

Libertad sin ira.
En 1976, Jarcha ya ha grabado tres discos (Nuestra Andalucía, Andalucía vive y Cadenas) y se dispone a grabar uno nuevo con el título de una canción, ‘Libertad sin ira’, que, a la vez que supone la consagración definitiva de Jarcha en todo el país, se convierte en el mensaje que planea sobre toda la sociedad que entre el miedo y la ira se enfrenta a la incertidumbre: “Libertad, sin ira, / libertad, / guárdate tu miedo y tu ira / porque hay libertad, sin ira, / y si no la hay / sin duda la habrá”. ‘Libertad sin ira’ será para siempre el tema de Jarcha por antonomasia, aunque desde dentro se vio de otra forma. “Para nosotros entonces –rememora Juan José Oña– no pasaba de ser un tema más, en la línea de una llamada a la convivencia”.

La salida del disco coincide con la de Diario 16, y un acuerdo de la discográfica y la editora hace de ‘Libertad sin ira’ el himno también de aquel nuevo diario que tantas ventanas se encargará de abrir para las ideas de cambio. La censura actúa rápido y se apresura a prohibir la canción a pesar de todo. Inés Romero, que entra en el grupo en este momento, recuerda de entre los momentos más vibrantes de aquel año intenso un festival de la canción que presentó en Málaga María Teresa Campos. “Como la canción estaba prohibida, la gente la cantó mientras nosotros hacíamos la melodía con los labios cerrados”. Después de Libertad sin ira vendrán los discos Por las pisadas y En el nombre de España, paz, título de un poema de Blas de Otero, discos que, junto con los anteriores, son quizá los más definitorios del estilo Jarcha.

Tiempos convulsos.
Los vaivenes de la censura la mayoría de las veces difieren de una provincia a otra. Algunas canciones que estaban prohibidas por el Gobierno Civil de Jaén no lo estaban por el de Lugo o el de Zamora. Los conciertos los tenían que hacer escoltados por grises, y a veces, como alguna ocasión en Valladolid, llegan a recibir amenazas de muerte. ‘Andaluces de Jaén’ era por supuesto un tema prohibido en Jaén, porque en los últimos años de Franco en la capital jiennense aún nadie podía preguntar –y menos incitar a ello– “¿de quién son esos olivos?” Un episodio inolvidable para todos los componentes de Jarcha, aunque hay muchos sucesos así, es la aparición de un joven del público enarbolando la bandera andaluza la primera vez que pudieron cantar en Jaén la letra de Miguel Hernández. “La policía –recuerda Oña–, que rodeaba literalmente el escenario, nos conminaba continuamente a que lo echásemos de allí. Claro que a nosotros no nos estorbaba, y les decíamos que eran ellos quienes le tenían que echar”.

Con Franco ya muerto, en tierra política de nadie, cuando los provocadores de la extrema derecha se revuelven en las calles como gatos panza arriba, Rafael Castizo recuerda “como si fuera hoy” a un individuo –sin duda, uno de los “reventadores de siempre”– que aparece con una pistola en pleno concierto en Leganés. “Se oyó un tiro y apareció con la pistola en el escenario. Hubo confusión. Nosotros seguimos cantando”. En Galicia, el comité de una huelga de obreros de la construcción en una pequeña ciudad les pedirá salir en el descanso del recital para leer sus rivindicaciones. “Dijimos que sí –recuerda Ángel Corpa–, y cuando salieron la policía mandó cargar. Luego la situación se calmó y continuamos”.

Jarcha ha cumplido ya las bodas de plata, y tras sucesivas transformaciones –pasan también por ahí Pepe Roca, de Alameda, Toñi García y Maribel Quiñones, antes de convertirse en Martirio– todavía sigue a principios del siglo XXI fiel a su espíritu original, aunque ya sólo con dos miembros, Rafael Castizo y Maribel Martín. A lo largo de los años de democracia, el bagaje de Jarcha queda como una de las voces más destacadas de las inquietudes de una generación, la de los jóvenes de la Transición que a golpe de valentía y cordura hicieron posible el cambio. “Fuimos un grupo –afirma Juan José Oña– que se sumó desde el Sur a una corriente reivindicativa (en Cataluña, quizá el único sitio, ya tenía sus exponentes) y que en Andalucía hacía Salvador Távora con su teatro”. Para Ángel Corpa, “estuvimos en primera línea de fuego por que las libertades se ganaran y para que la imagen típica y tópica de Andalucía se dignificara”. Incluso de cara al proceso autonómico, Jarcha tuvo la virtud de captar la complicidad de muchos andaluces. Como dice Inés Romero, “dimos voz a mucha gente que sintió la autonomía en parte a través nuestra y de otros artistas”.

En Huelva, aquellos amigos que compartían casa en el 18 de la calle Fray Juan Pérez, en el Cabezo de la Joya, comuna por la que pasaban a menudo Eduardo Álvarez Héyer y Salvador Távora en las preparaciones de los discos, eran considerados por muchos onubenses inquietos como unos ídolos, por haber llegado tan lejos de sus fronteras y, lo que les define, por conseguir que calasen en aquellos años difíciles para una sociedad en transición consignas cruciales como ‘Libertad sin ira’ y, con el verso del bilbaíno fieramente humano Blas de Otero, ‘En el nombre de España, paz’.
   
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