26 de marzo de 2017
 

 
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  Jesús Chacón
  La Cultura (Huelva)
  El islote de Saltés
  Cuando las afinidades progresistas de todo tipo y perfil, no necesariamente militantes, se empiezan a congregar en colectivos y círculos inquietos dentro de la sociedad capitalina, cuando la afluencia de población de orígenes dispares al calor del Polo industrial hace de Huelva una ciudad abierta y en plena expansión, se abre la librería Saltés como una ventana desde la que se podía leer, comentar, debatir y compartir lo que estaba prohibido en la vida oficial.

Un chalé del Conquero.
Llegados desde Madrid con aureola de pesos pesados en la progresía intelectual de filiación comunista, sin salir de la clandestinidad pero bajo la amenazadora mirada de Fuerza Nueva, el matrimonio formado por Mariano Lamuedra y María José Zafra fundan la librería Saltés y revolucionan el panorama de la callada disidencia contra el régimen. Por su chalé del Paseo de los Naranjos, entre la espesura del silencio del Conquero, desfilaba todo el partido comunista que, en realidad, como cuenta Encarna Gómez –entonces guardiana de los archivos del partido–, se trataba más de filocomunistas que de militantes aguerridos. De hecho, cuando se legaliza el PSOE, un 90% de los visitadores de la casa de los Lamuedra se pasa al socialismo, con vistas a la confección de listas de cara a las elecciones municipales de 1977.
Saltés era algo más que una librería, fue un proyecto apoyado en la obligada clandestinidad y en el firme compromiso por la democracia. En los años de la Transición hará honor a su nombre de isla y acogerá a todo náufrago –anónimo o no–, que tuvo claro que para alcanzar la costa de la democracia era necesario nadar contra la corriente de un régimen que estaba ya flebítico y contra las cuerdas. El objetivo del matrimonio Lamuedra estaba claro: fundar una librería con trastienda, un punto de encuentro donde se pudiera reconocer la progresía de la capital. Con la implicación de, entre otros, el socialista Jaime Montaner o Miguel Ángel Rubira –su actual propietario– en el año 1974 se abre aquella isla ideológica de Saltés en el número 1 de la céntrica calle Ciudad de Aracena, donde aún continúa su actividad, aunque ahora es ya estrictamente una librería. Conserva todavía algún vestigio de su apuesta firme desde Huelva por las libertades –de prensa, de lectura, de asociaciones... de todas–, símbolos que hoy pasan desapercibidos pero que entonces fueron carta de presentación y declaración de principios, además de una temeridad frente a la censura. El más vistoso es la gran fotografía de Federico García Lorca –dedicada por el granadino a su amigo José Caballero, tío de Miguel Ángel Rubira–, que aún sigue alumbrando el zaguán de la librería como una “luna de pergamino”.

Debates a puerta cerrada.
A Huelva había venido entonces gente de Cuenca, de Palencia, de Albacete, de otras provincias andaluzas, de muchos rincones de España para empezar una nueva vida al calor del Polo Químico, y las inquietudes y las ganas de cambio, las lecturas censuradas y las conferencias y debates sobre materias prohibidas los unía a todos, forasteros y onubenses, en las reuniones de la librería Saltés cuando acababa el horario comercial de la tarde. Profesionales liberales, escritores y poetas, músicos, gente aficionada al teatro y muchos maestros tuvieron un claro referente y un común punto de encuentro en aquella trastienda de la librería, donde se podía ya respirar, aunque todavía a puerta cerrada, apertura y signos de un cambio político que estaba a punto de caer como un fruto maduro.
La periodista Inés Romero, entonces estudiante de COU y luego componente de Jarcha cuando el boom de ‘Libertad sin ira’, recuerda que salía del colegio y acudía, como si fuera a un módulo de actividades extraescolares, a “los debates de Saltés” organizados por María José Zafra. Recuerda también un grupo de teatro progre de entonces, que se llamaba La Garrocha y que estaba compuesto por aficionados, “en el que se hacía teatro griego de tipo coral”, cuyos componentes, entre los que se encontraba una jovencísima Maribel Quiñones –la futura cantante Martirio–, se dejaban ver también por aquella isla de Saltés. Por la librería pasaban pintores como Juan Manuel Seisdedos, docentes que dejaron huella liberal en las jóvenes generaciones de estudiantes como Julia Manzano, gente de la cultura en general, profesionales liberales como el psiquiatra Ladislao –Laíto– Lara y militantes políticos obligados todavía a mantenerse en la oscuridad, como el mismo Jaime Montaner.
Mariano Lamuedra era técnico industrial en Riotinto, y era su esposa quien regentaba el negocio, tanto la parte legal como la parte clandestina. Ésta estaba en la trastienda, donde se podían conseguir los libros prohibidos de la editorial Progreso, traídos a todo riesgo desde Madrid. Gracias a los contactos del matrimonio Lamuedra en la capital de España, por la librería pasarán luego, constituída ya la democracia, el poeta Rafael Alberti o el escritor chiclanero Fernando Quiñones, que fue presentado en Huelva por su amiga Encarna Gómez, empleada de la caja de ahorros a quien fueron a buscar –recuerda su hija Rocío– personajes de la extrema derecha la noche del 23-F (1981), porque sabían que era ella quien custodiaba en su casa los archivos de los comunistas onubenses.

En aquel islote de Saltés todo ocurría bajo la hospitalidad de la anfitriona, María José, quien, fiel al espíritu lorquiano del ‘5 a las 5’ que se organizaría en Fuente Vaqueros (Granada) el 5 de junio de 1976, personaliza en aquellos años onubenses, con aquellos hapenings y con la gran foto de Lorca al frente de la librería, la fuerza de la palabra ante el silencio, el empuje imparable y pujante de la libertad, simbolizado –qué mejor metáfora– en la libre circulación de libros.
   
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