29 de junio de 2017
 

 
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  Vicente Quiroga
  La Cultura (Huelva)
  El nacimiento del Festival de Cine Iberoamericano
  No se puede hablar del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, inaugurado en diciembre de 1975, en fechas tan inmediatas al trascendental cambio político de España, sin mencionar de manera destacada al Cine Club Huelva, en cuyo seno nació y se gestó. Este grupo o asociación, mantenido con notable actividad por un grupo de grandes aficionados al cine, encabezados por José María Roldán, Antonio Farré y José Luis Ruiz, surgió en los últimos cincuenta y primeros sesenta, siendo en esta década donde registró su mayor apogeo, con una intensa programación y otras actividades culturales, donde era frecuente la presencia de realizadores cinematográficos españoles que participaban en las sesiones donde se  proyectaban sus películas.

Origen.
La idea de su creación surgió de esa proyección polifacética del Cine-Club que auspiciaba actos culturales, conferencias sobre temas diversos, exposiciones y conciertos de jazz, algo insólito en la Huelva de aquel tiempo. Era el espíritu cultural e intelectual nacido de muchas reuniones de gran creatividad y continuas iniciativas en el orden cultural. Fue, sin embargo, la actividad semanal de la entidad y la creación del Día de la Cinematografía lo que auspició el proyecto del Festival, ya que era el público el que concedía premios a las mejores películas del año, consiguiendo que algunos directores, guionistas, etc. vinieran a Huelva para recoger sus galardones. El Colón de Oro, fue su más significativo precedente.

Aquel grupo integrado entre otros por José Luis Ruiz, que había liderado proyectos tan fructíferos como el Festival de Música Iberoamericano y los Salones de Otoño de Pintura, como director del Cine Club Huelva, Juan José Domínguez, Fernando Romero, Ricardo García Quintana, Rafael Galán, Vicente Quiroga, Salud de Silva… iniciaron en 19972 las primeras gestiones para poner en marcha la organización de un Certamen de carácter iberoamericano, siguiendo una tradición hispanista vigente desde muchos años en la ciudad y llamada a contribuir a la divulgación de la cultura latinoamericana en una manifestación tan emergente entonces y tan influyente en los públicos de todo el mundo como el cine. Precisamente dar a conocer una cinematografía que, salvo muy raras excepciones, era poco difundida en España, que ignoraba prácticamente las nuevas creaciones cinematográficas de expresión hispanoportuguesa.

Cine iberoamericano.
El Cine Club Huelva ya había dedicado en el curso de sus sesiones semanales muy completos ciclos al nuevo cine iberoamericano, dándose a conocer los títulos más significativos que por los primeros setenta estaba dando conocer un cine muy prometedor en algunos países latinoamericanos, como era el cine militante de Cuba, Chile, Argentina, México y la pujante cinematografía brasileña con su decisivo e innovador novo cinema, con nombres tan esplendorosos como Nelson Pereira dos Santos, Glauber Rocha, Rui Guerra, Carlos Diegues, Roberto Farias… Aquellas sesiones que permitieron conocer a los espectadores del Cine-Club un cine distinto, de concepciones diversas e innovadoras, fueron un auspicio favorable al proyecto del Festival.

Pero cuantas solicitudes se formularon a Madrid y a otras altas instancias de la Administración central para conseguir la realización del Certamen fueron inútiles, siendo denegadas una tras otra durante tres años. El entonces Ministerio de Información y Turismo se oponía a la organización de la proyectada Semana Cinematográfica onubense, que era la denominación elegida para dar nombre al Festival. Alegaba que “eran ya demasiados los festivales que se celebraban en España”. Sin embargo, como resulta obvio comprobar, surgieron por aquel tiempo otros festivales.

Había también, es digno recordarlo, un cierto temor a dar difusión a unos movimientos cinematográficos que habían surgido por aquel tiempo en Latinoamérica poco acordes con el régimen que gobernaba España y de un inquietante signo político para las ideas conservadoras, inmovilistas y restrictivas que regían el país y la dictadura gobernante. No faltaban cazadores de brujas de la época, que los había a puñados, recelosos de contubernios, agoreros de maldades sobre cualquier novedad, autoritarios de a dedo que enseñaban sus dientes ante cualquier primicia de la que no tenían ni idea. Con el tiempo también los ha tenido por aquellos que piensan que cualquier tutela requiere facturas que pagar, injustificados intervencionismos y otros impedimentos burocráticos. Por otra parte las autoridades provinciales y locales, así como otras instancias tampoco apoyaron con demasiado interés la creación de un certamen como éste que tanto iba a beneficiar a Huelva como se ha demostrado después.

Sin embargo, los denodados esfuerzos del grupo no se dieron por vencidos y firmes en su empeño continuaron con sus gestiones y numerosas solicitudes. Por fin la proyectada Semana de Cine Iberoamericano de Huelva recibió de Madrid la luz verde para disponer todos los preparativos de la que sería su primera edición. La organización se puso en marcha de inmediata para disponer lo que habría de ser un primer encuentro en el que la producción cinematográfica iberoamericana habría de ser principal protagonista.

Suspense.
Como afán cinematográfico que era, la organización tuvo en su puesta en marcha un claro signo de suspense. Por aquellos meses de octubre y noviembre, inmediatos a la celebración del Certamen, que se había programado para la primera semana de Diciembre de 1975, se produjo la enfermedad del general Franco, Jefe del Estado. La incertidumbre que creaba el proceso que había  de seguir el estado de salud del mandatario se trasladó a la organización del Festival al agravarse la situación que se anunciaba ya como irreversible y prolongarse lentamente la inexorable agonía, aproximándose las jornadas de celebración de la ya inminente I Semana de Cine Iberoamericano.

Los organizadores temían que si se prolongaba excesivamente aquella dramática situación, era previsible un aplazamiento de la fecha inaugural prevista para el 1º de diciembre. La fecha se acercaba y las perspectivas no hacían adivinar un desenlace inmediato, dadas las circunstancias, lo cual creaba una creciente zozobra. Porque tampoco se descartaba que, de producirse la muerte de Franco, era imprevisible lo que podría ocurrir después. Todas estas circunstancias provocaban un cierto desasosiego si bien ello no detuvo en ningún momento los preparativos y gestiones que se llevaban a cabo en la preparación de un acontecimiento sin precedentes en Huelva y de cuya importancia eran plenamente conscientes los organizadores.

Aquel noviembre tan decisivo llegó a una jornada histórica: la madrugada del 20 de noviembre y precisamente ese día se produjo una anécdota protagonizada por el propio director del Festival. José Luis Ruiz tenía previsto dirigirse ese día a Madrid para gestionar en el Ministerio de Industria la importación de las películas iberoamericanas que habrían de participar en el Certamen. Muy temprano esa madrugada emprendió el viaje, llegando a la capital de Epaña a primera hora de la mañana. Se había enterado de la muerte del Jefe del Estado pero ello no le arredró para continuar su desplazamiento.

A las nueve en punto estaba ante la ventanilla del departamento correspondiente para realizar los trámites  reglamentarios para obtener el permiso. La pesada maquinaria administrativa y burocrática, como de costumbre, aún no había sabido o podido reaccionar ante el luctuoso acontecimiento que habría de parar, prácticamente, la vida del país, especialmente por lo que se refería a la Administración Pública. La gestión se realizó con toda normalidad y el director del Certamen onubense retiró el permiso necesario para la importación de las películas que integrarían la programación cinematográfica del Festival. A continuación se cerró la ventanilla. La que sería I Semana de Cine Iberoamericano, según su primera denominación, había logrado superar por los pelos otro posible obstáculo. José Luis Ruiz regresó inmediatamente a Huelva para proseguir los preparativos de tan importante acontecimiento en la vida cultural onubense.

Contenidos.
A pesar de que la situación que se vivía aquellos días en España y por ende en Huelva, donde la incertidumbre y toda suerte de interrogantes sobre la propia situación y el futuro del país se habían adueñado de los ciudadanos, los organizadores del Festival continuaban sin tregua su trabajo, conscientes del reto planteado y expectantes ante la posible respuesta del público, que habría de sentirse afectado, indudablemente, por las circunstancias políticas del país. Era otra de las incógnitas que planteaban aquellos días tensos y en cierto modo imprevisibles sobre los más inmediatos acontecimientos. Pero todo se iba ultimando con celeridad, contándose, además, con la prometida participación de cineastas españoles e iberoamericanos interesados por el Certamen.

Se había programado una I Semana de Cine Iberoamericano, aunque todos hablaban de Festival, con carácter no competitivo, empeñado en que representara la realidad de la cinematografía latinoamericana de la época: un cine muy comprometido, de enorme trasfondo socio-político y de grandes contenidos étnicos. Se enmarcaba en prinncipio en una Sección Informativa con títulos tan significativos como La Raulito, de Lautaro Murúa; Los siete locos, de Leopoldo Torre Nilsson, una noble referencia en la cinematografía argentina; Las sorpresas, de Luis Puenzo, y Quebracho, de Ricardo Wulicher, todas ellas de Argentina; Sao Bernardo, de León Hirszman, Joanna la Francesa, de Carlos Diegues; Toda nudez será castigada, de Arnaldo Jabor y Vete a trabajar vagabundo, de Hugo Carvana, brasileñas; la cubana Los días del agua, de Manuel Octavio Gómez; las chilenas La tierra prometida, de Miguel Littin, y Ya no basta con rezar, de Aldo Francia; las españolas Yo creo que…, de Antonio Artero; Augusto Pérez (Niebla), de José Jara, y Las bodas de Blanca, de Francisco Regueiro, Chariaje (Batalla ritual), de Luis Figueroa Yábar; Juan Vicente Gómez y su época, de Manuel de Pedro y Si quiero llorar no lloro, de Mauricio Wallerstein, ambas de Venezuela.

En otros apartados se programaron títulos tan emblemáticos como El chacal de Nahueltoro, del chileno Littin; Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea; Lucía y Manuela, de Humberto Solas, lo más representativo del cine cubano de la época, una amplia sección monográfica dedicada al emergente Cinema Novo de Brasil con títulos imprescindibles de Glauber Rocha, Roberto Farias, Ruy Guerra, Gustavo Dahl y Walter Lima Jr, entre otros, además de una sección para los cortometrajes, por los que el Festival de Huelva había apostado como firme embrión de futuros ralizadores.

Inauguración.
En la tarde del día 1 de diciembre se inauguraba la I Semana de Cine Iberoamericano de Huelva. A las ocho de la tarde en el Cine Emperador, repleto de público, se abrió el acto con unas palabras del director del certamen, José Luis Ruiz, quien tras expresar su personal alegría y el de toda la organización por haber conseguido este importante acontecimiento para la ciudad, afirmó que esta primera semana de cine “será lo que los onubenses quieran que sea. El hecho de haberse iniciado este año con un lote de 40 películas, entre las cuales hay títulos muy interesantes, es algo que coloca a nuestra ciudad en un buen nivel cinematográfico”. Añadió: “Aún no nos parece cierto vernos en el desarrollo de la Semana los que un día soñamos con ella y durante mucho tiempo hemos venido trabajando para conseguir hacer realidad aquel lejano sueño en el que tanto empeño hemos puesto”. Se refirió después al gran esfuerzo desplegado por el Cine-Club Huelva y el comité organizador, cuyo propósito inicial era que Huelva pudiera proyectar la cinematografía iberoamericana hacia Europa y a nuestro propio país, donde era una gran desconocida.

Un sonoro aplauso cerró su intervención, señal inequívoca de que los onubenses habían acogido con el mayor optimismo e ilusión este acontecimiento. Para esta sesión inicial se había programado una película que venía precedida de cierta fama y había despertado una gran expectación. Se trataba de La Raulito, del actor y director argentino Lautaro Murúa, con una magnífica interpretación de la joven actriz Marilina Ros, que fue del agrado del público. Como también lo fueron la mayoría del resto de las proyecciones que abrieron al público de Huelva y al cinéfilo en particular las nuevas perspectivas de un cine inédito y de una cinematografía seriamemnte comprometida con la realidad económica, cultural, social y política de sus respetivos paises. En ocasiones con unas expresiones fílmicas y un lenguaje absolutamente innovador.

Éxito y clausura. Tanto fue así que la Semana fue aumentando su éxito a medida que corrieron los días y la expectción fue creciente por parte de un público atraído por la entidad del acontecimiento, lo que llegó a sorprender, eso sí, muy gratamente a los organizadores. El diario Odiel, como única referencia periodística local, daba cumplida cuenta aquellos días de la programación, reseña de las películas y comentarios en torno a su desarrollo. Y cuando llegó a su conclusión se destacaba en una de sus crónicas que la celebración era obra de un hombre, José Luis Ruiz Díaz, creador, artífice, mentor y realizador de tan plausible proyecto: “Un hombre incasable, ocupado y preocupado por las cosas de Huelva. Los que con él trabajamos –escribía Alberto Laverón– no hacemos más que secundar su incontenible impulso organizador y creativo y es justo que lo hagamos cuando se cuenta con un afán tan ferviente, tan intenso, tan desinteresado y, sobre todo, esto hay que enfatizarlo como se merece y como es, por su amor a todo lo que supone fomento de la cultura en Huelva. Esto había que decirlo y dicho queda”.

La semana transcurrió dentro de ese gran clima de animación y con la presencia de muchos famosos del cine español e iberoamericano, que dieron más lucimiento al certamen. A la clausura celebrada, con la presencia de un gran número de espectadores que llenaba las localidades del cine Emperador, acudió el subdirector general de Cinematografía, Ramón Cercós. En el curso del acto y aunque esta primera semana no tuvo carácter competitivo, se dio a conocer cuales habían sido las películas que habían contado con el mayor favor el público, situándose en primer lugar la película chilena, de Aldo Francia, Ya no basta con rezar, seguida de la argentina Quebracho, de Ricardo Wulicher y la también chilena La tierra prometida, de Miguel Littin, elogiándose la gran calidad de las películas participantes.
Los medios informativos destacaban que el Festival de Cine de Huelva estaba en marcha, los comienzos no podían haber resultado más halagueños y prometedores y la Semana había empezado a echar raíces. En el periódico Odiel se podía leer con la mejor ilusión: “Queda ahora que la ayudemos y se consolide”.

Segunda edición.
Conservando su denominación original la segunda edición del Certamen Iberoamericano se celebró entre el 6 y 13 de diciembre de 1976. Prueba del interés en la participación de los países del otro lado del océano Atlántico, aumentó el número de paises que se inscribieron en la Semana: Argentina, Brasil, Colombia, Cuba, Chile, España, México, Perú y Venezuela a los que se unió el vecino Portugal, una cinematografía muy poco conocida en nuestro país. Tres países más que en la primera edición. Nuevamente tres secciones integraron la celebración cinematográfica. La gran novedad es que había adquirido un carácter abiertamente competitivo.

La gran novedad y, a la vez, la gran noticia que le daría un relieve de más acusado interés internacional a la Semana, fue el homenaje que se rendía al excepcional realizador español Luis Buñuel, residente en México. Hasta allí viajó el director José Luis Ruiz para entrevistarse con el prestigioso director, con fama de huraño y poco proclive a participar en festivales. Hasta ese momento sólo había acudido al de Venecia y fue para recoger un galardón. El poder de convicción de José Luis Ruiz logró de Buñuel su firme promesa de que acudiría a Huelva, cordialmente agradecido por el homenaje que se le brindaba y porque en el fondo se sentía atraído por un Festival sin más ambiciones que las puramente cinematográficas, lejos de la frivolidad y el glamour de otros certámenes.

Y efectivamente Luis Buñuel asistió a la Semana en loor de multitudes, porque la mesa redonda donde se le tributaba el homenaje, y en la que participaron ilustres hombres del cine que habían trabajado con él o le habían dedicado sus obras y estudios, constituyó una rotunda manifestación de admiración al realizador que se vio colmada de público que abarrotaba el salón de actos de la Casa de Cultura de Huelva, entre los que se encontraban directores, actores, actrices, productores, guionistas, escritores, deseosos de ver de cerca al venerado cineasta y poder conocer sus opiniones y en suma de disfrutar de su presencia en España.

Tras la intervención de los participantes de la mesa redonda, el guionista habitual de sus últimas películas, Jean-Claude Carriere, sugirió a los asistentes que hicieran algunas preguntas al maestro. Se produjo un respetuoso y sepulcral silencio y a los pocos segundos se prorrumpió en un sonoro aplauso que se alargó durante bastantes minutos. El gesto resultó elocuentemente significativo y Buñuel lo agradeció sensiblemente emocionado. El homenaje incluyó la proyección de películas tan ilustrativas del cine de Luis Buñuel como L´Age d´or, Simón del desierto y La vía láctea.

En esta edición en la que era evidente una gran entidad cinematográfica en la sección competitiva, se contemplaba también una monográfica dedicada al nuevo cine mexicano con importantes realizaciones de Felipe Cazals, Arturo Ripstein, Luis Alcoriza y Alejandro Jodorowsky, entre otros. Hubo una sección retrospectiva que permitió conocer títulos tan sugestivos como La primera carga al machete, del cubano Manuel Octavio Gómez y Voto más fusil, del chileno Helvio Soto. A lo largo de su celebración se pudo comprobar, además de la multitudinaria acogida del público y la brillante participación, que supuso una gran edición que, sobre todo, se consolidaba el Festival adquiriendo el relieve internacional que merecía.

A las doce de la noche del 13 de diciembre se celebraba la clausura de la II Semana de Cine Iberoamericano. Ante la presencia en el escenario del Cine Emperador del presidente del jurado, el escritor Antonio Gala, del director del Certamen, José Luis Ruiz y de Carlos García, en representación del Cine-Club Huelva, entidad organizadora del evento, se dio lectura al acta de los respectivos jurados: El Colón de Oro a la mejor película de la Semana, según el jurado, se otorgó a las películas Los traidores, del Grupo Cine de la Base, Argentina, y a La última cena, de Tomás Gutiérrez Alea (Cuba), ex-aequo. El Colón de Oro al mejor cortometraje, correspondió a Gamín I: Los Chinches, de Ciro Durán, Colombia. El público, que también participaba en la votación depositando sus calificaciones a la salida de las salas, tras las proyecciones de las películas a concurso, se inclinó a favor de la película chilena de Miguel Littin, exiliado en México, Actas de Marusia. El premio al mejor cortometraje fue para Universidad comprometida, de Carlos Velo, México.

¡Por fin Festival!
Con la denominación ya definitiva de Festival de Cine Iberoamericano la tercera edición, celebrada del 5 al 11 de diciembre de 1977, se vio sorprendida y hasta diezmada en su concepción artística y cultural con un día de suspensión, como consecuencia de los acontecimientos ocurridos, lógicamente ajenos al certamen, con motivo del que entonces se denominó Día de Andalucía y la víctima mortal que se produjo en Málaga, cuyas repercusiones y protestas afectaron considerablemente a Huelva, donde también se celebraron manifestaciones. La segunda jornada del Festival se convirtió en un “martes negro”, ya que ese día quedó en blanco por la obligada suspensión, lo que alteró consiguientemente el programa y las proyecciones previstas. Lógicamente perjudicó notablemente su proceso, aunque luego continuó con creciente animación y asistencia de público.

Esta edición del certamen estuvo precedida de una presemana, ya que la semana anterior algunas películas participantes, fuera de la Sección Oficial, se proyectaron en algunos barrios onubenses, pueblos de la provincia y centros culturales. Un vez más aumentaba el número de países participantes, que fueron Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Cuba, Chile, Ecuador, España, México, Panamá, Perú, Portugal, Uruguay y Venezuela, lo que era todo un logro para la corta producción cinematográfica de algunas de estas naciones.

El homenajeado en esta ocasión fue otro gran director español exiliado en México, Luis Alcoriza, un realizador que había conseguido dirigir toda una filmografía llena de talento, ingenio y popularidad en el país azteca y, en muchos casos, desconocida en España, lo que permitió visionar algunos de sus títulos más significativos. Se celebró, además, una mesa redonda con brillante participación, que resultó altamente interesante. La Sección Monográfica estuvo dedicada a Cuba con filmes muy representativos de la cinematografía de este país.

El público muy sensibilizado y positivamente predispuesto por los acontecimientos que se vivieron aquellas jornadas tan decisivas para la vida española dedicó su atención y su apoyo al Festival. Fue muy significativa la presencia de un título que concitó la gran expectación de los espectadores y se convirtió en su película favorita: Cantata de Chile, del realizador cubano Humberto Solas. Tanto es así que el publicó le otorgó por mayoría el Colón de Oro. En ello coincidió con el jurado que, unánimemente, le concedía el mismo título. Curiosamente ambos jurados, el popular y el oficial, coincidían también en la elección del mejor cortometraje que fue para El quinto jinete, de Alfredo Gurrola (México). Sólo una vez más en la historia del Festival se daría esta doble coincidencia.

Cuarta edición.
Merece destacarse esta cuarta edición del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva por sus importantes innovaciones, que daban idea de una cierta solidez y confianza en sí mismo. Una de ellas, la más notable, la inclusión de cinematografías no inmersas en la órbita tradicional del cine de expresión hispano-portuguesa, como Francia, Italia, Estados Unidos, Alemania del Este y Canadá, que, por unas y otras razones, se consideró oportuno incluir en el Certamen, dentro de una amplitud de índole más bien latinoamericana ya que en estos países se habían tratado temas genuinamente iberoamericanos por algunos de sus realizadores o los propios directores latinoamericanos exiliados en algunas de estas naciones habían dirigido sus películas en ellas.

Otra novedad importante fue auspiciar un “encuentro” con una polémica figura de la literatura, el teatro y el cine del exilio, el discutido y famoso escritor Fernando Arrabal, concebido en forma de mesa redonda, que resultó, además de muy interesante, intensamente reveladora de su personalidad y de la peculiaridad de su obra famosa en el mundo entero y proscrita en España. Se complementó con la proyección de sus películas ¡Viva la muerte! e Iré como un caballo loco, imaginativas, alucinantes, tiernas, poéticas, provocativas, expuestas como un apasionante revulsivo, que resultaron del mayor interés y fueron gratamente acogidas por el público.

El homenaje en esta edición se rindió a uno de los grandes directores del cine español: Luis García Berlanga. El propio realizador, sus colaboradores, actores, actrices y amigos, participaron en la mesa redonda celebrada en su honor, que resultó del mayor interés y animación. La proyección de seis de sus películas complementó la perspectiva de su genial personalidad, la medida de su ingenio y la dimensión de su valiosa aportación al cine español. Acontecimiento importante en este capítulo lo constituyó el estreno de su última película La escopeta nacional.

El Festival dedicó un memorial al director argentino Leopoldo Torre Nilsson, fallecido ese año, en recuerdo al inolvidable realizador y que integraron la publicación de un libro, una mesa redonda sobre su obra y la proyección de seis películas suyas realmente notables.

La Sección a Concurso no deparó títulos muy destacados. Agradó, especialmente, Serenata a la luz de la luna, de los realizadores catalanes Josep A. Salgot y Carlos Jover, que también pareció complacer al jurado, muy generoso por cierto ese año, ya que también otorgó el Colón de Oro y otras distinciones a Chuvas de verao, del brasileño Carlos Diegues; La empresa perdona un momento de locura, del venezolano Mauricio Wallerstein; Gamín, del colombiano Ciro Durán e Historia de un soldado sin ejército, del panameño Sergio Cambefort. El público también se decidió por La empresa perdona un momento de locura, Colón de Oro al mejor largometraje y el del cortometraje fue para Hasta cuándo, de Bella Ventura (Colombia).

Trayectoria de superación.
La quinta edición, celebrada entre el 3 y 9 de diciembre de 1979, se distinguió por el aumento del número de cortometrajes participantes, que era notable para la cantidad de estas producciones que se hacían entonces y que venía a reafirmar esa vocación por la potenciación de este formato que se había impuesto el Festival. La sección monográfica estuvo dedicado al nuevo cine de Brasil, se mantuvo la Sección que ampliaba la participación internacional con películas realizadas en Suiza, Italia y Estados Unidos y el homenaje se dedicó a otro gran director español, Carlos Saura, con la celebración de una mesa redonda y la proyección de sus mejores películas.

Una importante innovación fue la incorporación de la Sección Cine y Literatura, proyectándose películas basadas en novelas de Mario Benedetti, José María Vaz de Soto, Juan Marsé, Camilo José Cela, Miguel Delibes, Mario Vargas Llosa… En la sección titulada Nicaragua, cine de la resistencia, se proyectaron varios documentales en torno a los acontecimientos que se habían producido en ese país a lo largo del año. En el capítulo de galardones el jurado otorgó el Colón de Oro a la película chilena de Silvio Caiozzi, Julio comienza en julio, una ópera prima que fue toda una revelación y permitió al Festival dar su espaldarazo a un joven realizador que debutaba con éxito en una competición cinematográfica internacional. Por su parte el público premió a la película argentina La isla, de Alejandro Doria, un film recio, maduro y altamente interesante.

La experiencia vino, sin duda, a reafirmar la madurez del Festival que se apreciaba en las últimas ediciones y que marcaba una constante trayectoria de superación. Desde sus comienzos no hizo más que abrirse a otras perspectivas, a otros lenguajes y a un público mayoritario, jamás se cayó en la rutina. Terminaba una edición y se planeaba de inmediato la siguiente. Su dedicación a Latinoamérica fue constante. Otros festivales lo intentaron pero fracasaron. Huelva era una puerta abierta de par en par a los nuevos realizadores que acababan de dirigir sus primeras películas –algunos las traían debajo del brazo– y acudían con su mejor ilusión. Muchos de esos debutantes de ayer son hoy realizadores prestigiosos y encumbrados, que han triunfado en la producción internacional.

Este ha sido un logro del Festival de Huelva que desde sus primeros años se esforzó en dar a conocer lo más granado de la cinematografía latinoamericana, la difusión de unos valores, de unas manifestaciones, de unos conceptos, de una forma de entender el arte y la cultura, que, a través del cine, ha permitido difundir toda una impresionante muestra del devenir social, político, cultural, costumbrista y dinámico de la totalidad de los países que integran la gigantesca comunidad latina. Un fresco mural de incalculables proporciones que ha iluminado la mágica pantalla del cine para brindar al público la presencia caliente y viva de todo un continente vibrante, expectante y transido de emociones humanas de toda índole.
Producto de todo esto es su espectacular bagaje en el que, además de los aspectos genuinamente cinematográficos, se han cultivado a través de encuentros y mesas redondas, seminarios y estudios donde se ha analizado la relación cine-literatura con la participación a lo largo de diversas ediciones, de famosos autores de expresión hispano-portuguesa, entre los que podemos recordar los españoles Camilo José Cela, Joan Benet, José María Vaz de Soto, Juan Marsé, Fernando Arrabal, Rafael Alberti, José Manuel Caballero Bonald, Antonio Gala, Luis Rosales, Fernando Quiñones, Jaime de Armiñán, Fernando Sánchez Dragó, Román Gubern… los argentinos Manuel Puig y Beatriz Guido; los cubanos Guillermo Cabrera Infante y Miguel Barnet; el colombiano Álvaro Mutis, el portugués José Saramago, los peruanos Mario Vargas Llosa y Alfredo Brice Echenique, los uruguayos Juan Carlos Onetti y Mario Benedetti, el mexicano Arturo Azuela y el chileno José Donoso entre otros. Esta iniciativa del Festival onubense que se remonta a sus primeras ediciones ha tenido réplicas en otros festivales, sin que en ninguno de ellos se hayan alcanzado las perspectivas, el relieve y la profundidad que ha logrado el de Huelva.

Lo mismo podría decirse con respecto a los directores que por razón de homenajes, secciones monográficas, estrenos de sus películas y otros motivos pasaron por Huelva: Luis Buñuel, Luis Alcoriza, Carlos Saura, Luis García Berlanga, Juan Antonio Bardem, Fernando Fernán Gómez, Fernando Solanas, Nelson Pereira dos Santos, Fernando Ayala, Héctor Olivera, Raúl de la Torre, Miguel Littin, Helvio Soto, Humberto Solas, Ciro Durán, Silvio Caiozzi, Adolfo Aristaraín, Juan José Jusid, Mauricio Wallerstein, Gerardo Vallejo, Roberto Farias, Jose Fonseca e Costa, Jorge Grau, Basilio Martín Patino, Arturo Ripstein, Jorge Polaco, Zelito Viana, Vicente Aranda y tantos otros que harían muy larga la relación.
E igualmente la amplia lista de actores y actrices a los que habría que unir los nombres de muchas personalidades del mundo del cine internacional y especialmente de América Latina, productores, intérpretes, guionistas, técnicos, etc. que han pasado por el Festival de Huelva y con ellos críticos especializados, periodistas, articulistas, etc., representantes de importantes medios informativos, prensa, radio y televisión, de América, Europa y Extremo Oriente, así como gentes ralcionadas con el mundo del cine, de nacionalidades diversas, algunas de ellas bien distantes de la órbita latinoamericana, interesadas por una cinematografía poco desarrollada en algunas latitudes, conscientes de que esta convención cinematográfica de Huelva les ha brindado la mejor referencia, la más actualizada muestra del cine de expresión hispano-portuguesa, con la posibilidad de abrir mercados hasta ahora inéditos e imprevisibles. De ahí han salido provechosos encuentros de amplia participación que han contribuido a estrechar lazos entre cinematografías de Europa y América y el establecimiento de coproducciones que han hecho posible la realización de numerosas películas.
   
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