29 de junio de 2017
 

 
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INICIO > MONOGRÁFICOS > "Donde se vive y se muere fuera"
 
  Antonio Ramos Espejo
  La Cultura (Huelva)
  "Donde se vive y se muere fuera"
  “Este mar que me trae y que me lleva” (Juan Ramón Jiménez)

La emigración y el exilio rompieron el corazón de Juan Ramón Jiménez, fuera de su Moguer, sin oír a la niña que vende los piñones. “¡Qué grito de niña elegíaco y doliente!”. Ahora, un hombre, con una carretilla, vende piñones tostados por las calles del pueblo. Juan Ramón se convierte en un “obligado desertor de Andalucía”. Después querrá que todos los mares lo devuelvan a la Ribera. Y los mares cumplieron trágicamente el deseo del poeta, sólo que se lo llevaron en vida y se lo trajeron en muerte. Fue eternamente navegante: “El mar, otra vez el mar conmigo…”

Sueños de retorno. El andaluz universal había dejado de ver “Por el cristal amarillo” (título que pondría a uno de sus libros, crónica de Moguer y de Andalucía) de su casa de la calle Nueva. Detesta Madrid porque se considera un emigrante con sueños de retorno: “Obligado desertor de Andalucía, por eso, y nostálgico habitante simultáneo de toda mi eterna España, detesto más cada día nuestra ridícula necesidad madrileña. En mi movimiento interno, toda idea de capitalidad la relaciono con una Sevilla posible o con una imposible generalidad”.
“En todo caso puedo asegurar que muchas veces no escribo en Madrid cuando escribo en Madrid”.

Años más tarde, miles y miles de andaluces, trabajadores de dentro y fuera de España, también “desertores obligados”, sentirían los mismos sueños de retorno del niñodios de Moguer. Para Juan Ramón vivir fuera significaba alejarse de las flores, los barcos, Fuentepiña, la Plaza del Marqués, la iglesia que le parece a la Giralda, las bodegas de la calle del Castillo… Y la casa, la familia…
“…De niño, mi madre, bellísima, buenísima, perfecta, me reñía cariñosamente con pintorescos nombres, exactos como todas las palabras de ella, gráfica maravilla que son las de mi léxico: impertinente, exijentito, Juanito el preguntón, el caprichoso, el inventor, antojado, cansadito, tentón, loco, fastidioso, mareón, exajerado, majaderito, pesadito y…príncipe”

Madrid ahogaba al poeta con el mal de la melancolía. Y una de esas veces tiene que volver al pueblo:
“Me sentí muy enfermo y tuve que volver a mi casa; la muerte de mi padre inundó mi alma de una preocupación sombría; de pronto, una noche, sentí que me ahogaba y caí al suelo; este ataque se repitió en los siguientes días; tuve un profundo temor a una muerte repentina; sólo me tranquilizaba la presencia de un médico –¡qué paradoja!–. Me llené de un misticismo inquieto y avasallador, fui a las procesiones, rompí todo un libro –Besos de oro– de versos profanos…”

Siente la obsesión de la muerte y la ruina económica de su familia, que ha tenido que abandonar la casa de los cristales amarillos, para vivir en otra de la calle de la Aceña, luego, de nuevo, en otra de la calle Nueva –donde vive el abogado y propulsor de la memoria de Juan Ramón, Juan Gorostidi–, donde moriría su madre. Corazón errante, ya no encontrará más consuelo que en Zenobia Camprubí con la que contraería matrimonio. Y serán, no uno, sino dos navegantes de sueños, que quieren saltar el mar con el cielo cuando se sienten lejos.


Camino del exilio. Verano de 1935. Juan Ramón y Zenobia visitan por última vez Moguer. Sólo volverían, muchos años después, muertos desde el exilio.
“En agosto de 1936 el presidente de la República Española, don Manuel Azaña –escribe Aurora de Albornoz–, ofreció a Juan Ramón el cargo de agregado cultural honorario en la Embajada de Washington. Con pasaporte diplomático Juan Ramón, acompañado siempre por Zenobia, emprende su segundo viaje –que habría de ser el último– a Norteamérica.

Era el exilio del poeta navegante. “España sale de España. Lo que significa espíritu, idealidad, esfuerzo, cultura mejor  deja ¿por qué, por quién? a España sin ello, sin ellos, sin ella, para trabajar sobre el suelo distendido, en lo normal de España y de ellos que es, por ellos, la vida de España. ¡Ay de mi España!”
Juan Ramón se siente exiliado. Y lo explica al poco tiempo de llegar a Puerto Rico en unas declaraciones a la prensa (recogidas por Campoamor González en Vida y poesía de Juan Ramón Jiménez):
“Yo no soy político. Soy un poeta, pero mis simpatías están con las personas que representan la cultura, el espíritu español, que son las que trajeron a España la República… El Gobierno que existía cuando he salido de España tenía derecho a gobernar y ser respetado y ayudado. Era un Gobierno votado legalmente por la voluntad popular en las urnas electorales”.

Alimentado su pensamiento con los hombres de la Institución Libre de Enseñanza -sintió gran respeto y admiración por Francisco Giner de los Ríos- y por la residencia de Estudiantes, Juan Ramón no tuvo militancia política, la detestaba, pero estuvo de parte de los hombres que defendían ideas políticas liberales y avanzadas. Desde su exilio americano, el poeta se duele de la muerte de García Lorca, Antonio Machado y Unamuno:

“En la eternidad de esta mala guerra de España, que tuvo comunicada a España de modo grande y terrible con la otra eternidad, Antonio Machado, con Miguel de Unamuno y Federico García Lorca, tan vivos de la muerte los tres, cada uno a su manera se ha ido de diversa manera lamentable y hermosa también, a mirarle a Dios la cara. Grande de ver sería cómo da la cara de Dios, sol o luna principales, en la cara de los tres caídos, más afortunados quizá que los otros, y cómo ellos le están viendo la cara a Dios”


En el otro costado. Está Juan Ramón en el otro costado, al otro lado del mar que me lleva y que me trae: Nueva York, Puerto Rico, su segunda patria, Moguer americano, Cuba… Los primeros años de exilio, entre 1936 y 1942, escribe ‘En el otro costado’: Mar sin camino, Canciones de la Florida, Espacio, Romances de Coral Gables y Caminos sin mar.

Busca rincones, casas, ríos, pinos, que lo acerquen a Andalucía:

    “Qué amigo un árbol, aquel
    pino, verde, grande
    pino redondo, verde,
    junto a la casa de mi Fuentepiña;
    pino de la Corona, ¿dónde estás?
    ¿Estas más lejos que si yo estuviera lejos?
    Y qué canto me arrulla tu copa milenaria
    que cobijaba pueblos y alumbraba de su forma
    rotunda y vigilante al marinero…

Juan Ramón busca el refugio de los recuerdos para sentir Moguer por todas partes:

    “Infancia, niño vuelvo a ser y soy,
    perdido, tan mayor en lo más grande.
    Leyenda inesperada:
    dulce como la luz es el amor,
    y esta New York es igual que Moguer,
    es igual que Sevilla y que Madrid.
    Puede el viento, en la esquina de Broadway,
como en la esquina de las Pulmonías
    de mi calle Bascón, conmigo, y tengo
    la puerta donde vivo, con sol dentro”.
El niñodios quería volver a las raíces. Y veía que el tiempo se le escapaba, viejo como él, con el exilio, y que no podía ni vivir, ni morir. Pero sí soñar:

    “¡Qué tiempo con el tiempo! ¿Se fue con el niñodios huyendo?
    ¡Y quién pudiera ser siempre lo que fue con lo primero!
    ¡Quién pudiera no caer, no, no, no caer de viejo;
    ser de nuevo al alba pura, vivir con el tiempo entero,
    morir siendo el niñodios en mi Moguer, este pueblo!”

Navegante, prisionero… Donde se vive y muere fuera.


*Antonio Ramos Espejo es periodista

 
   
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