26 de marzo de 2017
 

 
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INICIO > MONOGRÁFICOS > El reportero Sebastián Cuevas
 
  Antonio Ramos Espejo
  Medios de Comunicación (Córdoba)
  El reportero Sebastián Cuevas
  “Andalucía, vertedero atómico”. Un titular de impacto. Hay momentos excepcionales en la vida de un periodista cuando convierte su oficio de reportero en un servicio público. Sebastián Cuevas lo consiguió con este reportaje sobre el cementerio atómico de El Cabril. Apenas si se hablaba entonces de periodismo de investigación, un año antes de la democracia, con Franco ya muerto, y un Arias Navarro de cuerpo presente con un Gobierno que respiraba las últimas bocanadas de la dictadura y que podía ser, en esas circunstancias, implacable ante cualquier desafío. Sebastián se echó al monte. En 1949 lo había hecho Gerald Brenan al desplazarse en un viaje solitario y atrevido a los barrancos de Víznar y Alfacar para descubrir que en estos parajes granadinos es donde fue asesinado Federico García Lorca. El vertedero oculto dio con la horma de su secreto. El reportero le sacó la plantilla adecuada. Desde entonces, octubre de 1976, El Cabril, con toda su crudeza y gravedad, quedó al descubierto para la opinión pública.

Su mejor reportaje.
No era Sebastián un periodista al uso. Tenía el colega más pinta de intrépido aventurero de viajes, de buscador de oro en un río de Texas o en el Darro granadino, de capitán de barco, de héroe contra los filibusteros, de misionero en el Amazonas o de un Che en Sierra Morena. De haber terminado la carrera de Derecho, abandonada por una sola asignatura, se hubiera convertido Sebastián en un defensor del pueblo con todas las de la ley, vestido con todos los atributos y mirando de frente a los jueces de su tiempo. Pero prefirió el riesgo y se embarcó, sin turbantes contra las arenas del desierto ni flotadores para vencer las mareas, en una vida de tumbos e incertidumbres. Dice Piki, su compañera, mientras me enseña con nostalgia el santuario del reportero, dejado tal cual, como se dejan los símbolos de un santón, que le escribía poemas de amor cada vez paseaban a la orilla del río, como Almutamid hacía con la Rumaykilla de su alma, pero que, cuando se encerraba en la oscuridad, golpeaba los teclados contra los atentados de la injusticia y él mismo se sentía una víctima en nombre de todas las víctimas por esa faceta suya de defensor del cordobés sin más título. Poeta para soñar. Látigo contra la opresión, que en más de una ocasión se volvía contra sí mismo. Ya lo recuerda Piki, quién mejor que esta adorable mujer, que sigue fiel al aire de reportero rebelde y romántico, que respira esta casa.

Pero la casa, como dice Piki, se fue llenando de hijos, hasta ocho, “el mejor reportaje que hemos hecho juntos”. Días atropellados, sin tregua. Sebastián se echó a la calle cual reportero a la intemperie buscando los trabajos del pan de cada día, con una agencia de transportes, que fue al final un desastre. Y luego, al compás, Sebastián y Piki, vendiendo libros, enciclopedias para salir del túnel económico, hasta que se presentó la ocasión. Al margen del sistema, que imponía el carné de prensa, Sebastián se lanzó al ruedo para enmendar su propio rumbo de estrecheces y contratiempos. Y Sebastián se hizo periodista porque se sintió capaz. Y lo consiguió. Este reportaje que recordamos sobre El Cabril lo consagró como periodista de primera página.

El reportaje. Para cualquier reportero, como éste que recuerda la hazaña de un compañero, encontrar ese filón periodístico, descubrir sus entrañas y rematar la faena con su firma en la primera página de periódico o revista es una satisfacción. Y ahí están esas páginas, ya históricas, que dejan constancia de la personalidad de un reportero. Sebastián tenía instinto y fuentes para descubrir temas ocultos, además de valentía y oficio para sacarlos a flote. Y así, cumpliendo todos los cánones que marcan los teóricos del periodismo de investigación, el reportero dio a conocer ante la opinión pública un secreto de estado, que se ocultaba al pueblo, sobre todo, a la gente que se sentía más directamente afectada por los residuos radiactivos que se les ocultaba. El reportero Sebastián se adentró en la sierra, saltó alambradas, se pasó los carteles de prohibido el paso... Y siguió a piñón fijo en busca de su objetivo. Tuvo además la suerte de recrearse fugazmente en aquel impresionante paisaje, por donde los venados corren libres hasta que son presa de cazadores furtivos o con licencia para matar. También el reportero se sintió allí mismo cazador; y precisamente de caza mayor. Cazó la presa codiciada en silencio, habló, en lenguaje de camaradería y sencillez, como un excursionista dominguero, con los protagonistas y a su vez víctimas del peligroso vertedero. Con la presa en el zurrón, siguió todos los cánones del manual de un cazador furtivo o de un periodista de investigación. La prudencia en el retorno, los atajos para evitar a la Guardia Civil, hasta ese momento mágico en que encuentra una cabina telefónica y llama al director del periódico y le dice lo tengo. Y el director –como el ama de casa al que el furtivo le pone en la mesa de la cocina tres liebres cazadas en la finca alambrada del señor duque y se le alegra el corazón porque sabe que hay carne para la cena– respira con satisfacción porque tiene noticia de primera categoría para salvar la portada.

Al otro lado del teléfono, el reportero sólo podía encontrar para culminar su trabajo con un director valiente que se atreviera a publicar aquel material explosivo sin dejarse amilanar por la autoridad gubernativa ni chantajear a cambia del silencio. El reportero encontró en José María Javierre a ese modelo de director que requerían las circunstancias y la revista Tierras del Sur para plasmar la denuncia en su número 22, del 11 de octubre de 1976:

 “Andalucía, vertedero atómico”, titular del reportaje, al que seguía el siguiente texto en la portada:

“Cerca del pueblo cordobés de Fuente Obejuna, en una de las zonas más depauperadas del país, está el “basurero” atómico, donde se depositan los residuos radiactivos del combustible utilizado por las centrales nucleares catalanas y castellanas. En el reportaje de Sebastián Cuevas, páginas centrales, se analizan los riesgos que supone la ubicación de estas instalaciones en esa zona concreta. Una vez más, la región andaluza sufre las consecuencias de la riqueza de los demás; como siempre, los andaluces tienen que soportar las trabajaderas del desarrollo. Y gratis...”

Y en la segunda entrega, 25 de octubre de 1976, también como noticia de portada: “El vertedero atómico de Córdoba. Historia de una imposición”:
“En páginas 14 y 15, en un espléndido y oportuno reportaje de Sebastián Cuevas, se cuenta la historia de una imposición: Andalucía ha sido convertida en basurero atómico sin que se le pregunte. El expediente administrativo que ha posibilitado la existencia del vertedero en la sierra de Hornachuelos se ha iniciado al cabo de varios años de acumulación de residuos. A pesar de la oposición de los ayuntamientos, ahí sigue el ¿peligroso? basurero”.

Desde entonces. Los reportajes-denuncia de Sebastián causaron sensación. Desde entonces, lentamente, a golpe de las primeras noticias y de la concienciación de la opinión pública y de algún que otro político, de los alcaldes de la zona, las medidas de seguridad se fueron incrementando en El Cabril. Muchos años después de que Sebastián Cuevas descubriera aquella herida abierta en el corazón de Andalucía, sin su consentimiento, como se habían establecido las bases de Rota y Morón, ya no hace falta que un reportero se arriesgue a adentrarse en el bosque de la sierra La Albarrana. Hoy Enresa, empresa estatal, organiza visitas al cementerio atómico para que periodistas locales y nacionales comprueben las medidas de seguridad de El Cabril, con las tecnologías más avanzadas y los controles más exigentes para evitar cualquier contagio radiactivo.

El reportero, en su caso, siguió su rumbo. Sus colaboraciones en El Correo de Andalucía, su corresponsalía de El País, donde publica otro reportaje de interés nacional sobre la estancia de El Lute (Eleuterio Sánchez) en la cárcel de Córdoba, en El Periódico de Cataluña, donde firma otra noticia de apertura de portada (num. 262): “Cargas y pelotazos de goma contra parados andaluces”. Después forma parte, aunque fugazmente, de la Redacción fundacional de La Voz de Córdoba, porque debió ser demasiado para su cuerpo acomodarse a la disciplina de una redacción joven. Porque Sebastián es por naturaleza reportero indisciplinado, que necesita espacios de libertad. Con los años, no deja de dar tumbos en busca de noticias y con los años también se torna más exigente con su espíritu socialista. Forma pareja en esa función con el senador Joaquín Martínez Bjorkman hasta el punto que a veces la función de periodista y militante trabajan para una misma causa. En los últimos años, su rostro se hace más popular en Córdoba a través de la televisión local Procono. Sin desfallecer, incómodo con el poder, siguió sin aliento hasta un día de mañana de 1991. Allí dejó su impronta de reportero. Piki guarda celosamente todo su legado con un halo de romanticismo que le mantiene unido a su memoria. En sus archivos no aparece, sin embargo, su título de periodista. Su certificado de garantía, su propio carné de reportero, se lo llevó Sebastián incrustado en la piel.
   
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