17 de octubre de 2017
 

 
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INICIO > MONOGRÁFICOS > ¿Estamos preparados para el cambio?
 
  José Aumemte Baena
  Medios de Comunicación (Córdoba)
  ¿Estamos preparados para el cambio?
  Sólo es preciso un mínimo de conciencia política para darse cuenta de que el cambio es inevitable. Si “el sistema político español es por esencia inmodificable” (Cuadernos para el Diálogo, núm. 138, marzo 1975) también es verdad que su capacidad evolutiva resulta prácticamente nula. Y ello porque el franquismo es, mucho más que una ideología, una técnica peculiar de poder –cuyas características habrán de ser descritas en su día– que no puede sobrevivir más allá de la persona que la ha ejercido y de unas circunstancias muy específicas que la hicieron posible. Nos encontramos, pues, como señalaba el famoso artículo de Cambio 16, en el umbral del cambio. Aunque sólo fuera por simples razones biológicas, además de otras muchas históricas y bastantes más de índole socio-económica, el país se encuentra en la dramática tesis de hacer frente a la necesidad de cambiar sus estructuras de poder. El Régimen, o es fiel a sí mismo, o ya es otra cosa, deja de ser lo que es. De aquí la tremenda coherencia –la profunda verdad– de los “ultras” del mismo, como son, por ejemplo, los “blaspiñaristas”, “gironistas” o “fernández-demoristas”. No se pueden hacer concesiones sin reconocer que se están modificando “esencias” inmutables del sistema.

Si la ruptura, por lo tanto, es inevitable, la primera y gran pregunta que cabe plantearse es la de saber hasta qué punto la población española es consciente de ello y, sobre todo, está preparada para afrontarlo. Han sido muchos años de despolitización, abandono o dejación de la “cosa pública” por parte de la gran masa de los españoles, para justificar que ahora nos encontremos con una gran incógnita. No creemos en los famosos “demonios familiares”, y como tales raciales e ineluctables. Lo que sí aceptamos es cómo los condicionamientos socioculturales y económicos pueden hacer germinar y desarrollarse una serie de características psicológicas de los pueblos que les doten de cierta peculiaridad nacional. Como es sabido, Franco, en su memorable discurso de presentación de la Ley Orgánica, enumeró tales demonios familiares corno “espíritu anárquico, crítica negativa, insolidaridad, extremismo y enemistad mutua”, considerándolos lo suficientemente peligrosos como para que, además, fuesen fomentados por los partidos políticos (que son “intrínsecamente malos”, en la tajante expresión del fallecido profesor Adolfo Muñoz Alonso). Sin negar o no la justeza de aquel diagnóstico de nuestros defectos como españoles, lo que sí es evidente es que, a lo largo de los últimos treinta y tantos años, se han propiciado, fortalecido y ampliado otros muchos “demonios familiares”. Vamos a enumerarlos rápidamente:

–El desinterés por los problemas colectivos y el retraimiento a un egoísta individualismo, con su secuela de alienación consumista.
–El favoritismo, compadreo o el medro, como mecanismos más eficaces de ascender o arreglar las cosas (la recomendación, el telefonazo, los amigos, la familia).
–La corrupción, la especulación, las “leyes aprovechables”, como procedimientos idóneos para ganar rápidamente en los negocios.
–El triunfalismo de ir “arrollando” sin demasiados escrúpulos, y en cuanto esto es socialmente rentable.

Que éstas son las “virtudes” más propiciadas en los últimos años, bajo la capa protectora de una casi absoluta impunidad para cualquier “anomalía” económica, es algo que no necesita de una muy concienzuda demostración. Tampoco hay que olvidar que esta “burguesía triunfalista” –cuyos “valores” han hecho suyos incluso sectores de trabajadores– es la más dada a las soluciones de fuerza, a las salidas “fascistas”. Ahora bien, el problema que ello plantea es realmente grave de cara al futuro político del país. Porque se ha hablado mucho, con indudable fundamento, del divorcio existente entre la España oficial y la España real. Pero también habría que plantearse la misma posible diferencia entre la España politizada minoritariamente, la España de los grupos políticos, los círculos concienciados, democráticos, y esa otra inmensa mayoría de población española que lleva treinta y tantos años entregada a unos valores y unos intereses que ni siquiera rozan la problemática política del país. ¿Hasta qué punto será posible incidir en ella, movilizarla, encauzarla en un proceso realmente democrático y pacífico?

Hay una tesis de Marx, la cual importaría ahora señalar: me refiero a su observación de que ninguna sociedad se plantea tareas para cuya solución no existen ya las condiciones necesarias y suficientes, o no están al menos en vías de aparición o desarrollo. La opción democrática que hoy se plantean las fuerzas políticas más concienciadas del país es una opción para cuya realización existen, evidentemente, las condiciones objetivas necesarias. Hasta qué grado las subjetivas están presentes es algo que, sin embargo, está por demostrar. Es decir, tanto en la estructura como en la superestructura se están produciendo unas contradicciones no superables –contradicciones que han llegado a su madurez–, y que por tanto hacen factible que determinadas tareas puedan ser resueltas hoy históricamente. Y, sin embargo, en la correlación de fuerzas democráticas organizadas no existe en algunas de ellas –y a mi modo de ver– el suficiente grado de homogeneidad y autoconciencia como para estar a la altura que las circunstancias reclaman; como si no quisieran o no pudieran darse cuenta de en dónde están los correctos planteamientos.

La pregunta surge de nuevo: ¿Estamos preparados –insisto– para el cambio? Unas cuantas consideraciones elementales pero realistas serían muy necesarias que se hiciesen. La primera, que en estas situaciones históricas en que el cambio se hace inevitable –en que las contradicciones del sistema son insuperables–, lo más lógico y natural sería prepararse, entrenarse, tener previsto aquel momento en que se habría de actuar. Como afirma Gramsci (Pequeña antología política, página 88, E. Fontanella, Barcelona, 1974): “El elemento decisivo de toda situación es la fuerza permanentemente organizada y predispuesta desde antes”. La situación es favorable solamente cuando se cuenta con la fuerza necesaria para aprovecharla. “Por esto –insiste Gramsci– la tarea esencial es preocuparse sistemática y pacientemente de formar, desarrollar y hacer cada vez más homogénea, compacta y consciente de sí misma esta fuerza”. Es decir, que lo importante consiste en estar preparados, entrenados, como los buenos ejércitos, para poder contar en cualquier momento con la posibilidad concreta de intervenir eficazmente. Mientras tanto, una “provocación” prematura, cualquier gesto más o menos espectacular pero aislado, no serían otra cosa que darles armas ocasionales a las fuerzas que intentan mantener la estructura reaccionaria. Así, pues, las acciones que se hagan –no hay organización sin praxis– habrían de ser de entrenamiento y no de hostigamiento.

La segunda consideración es que esta preparación de la fuerza democrática ha de partir desde abajo, desde la base, y a todos los niveles y en todos los sectores, movilizando a esos grupos, cada día más numerosos, de españoles que están tomando conciencia de esa “opción de alternativas”. En este sentido, hay indicios de que se está avanzando seriamente. La mejor prueba de que un planteamiento es correcto consiste en comprobar cómo en la práctica se muestra eficaz, progresa, encuentra fáciles difusión y acogida. A veces, incluso, sorprende de que así sea. “Preparar y prepararse para el cambio» debiera ser hoy la gran consigna de los españoles responsables, a fin de que éste fuese pacífico y democrático.


Triunfo, nº 656,26–1V–1975. Artículo que provocó el secuestro de la revista por orden gubernativa, la suspensión de la misma durante cuatro meses y el procesamiento del autor y del director de la publicación
   
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