19 de agosto de 2017
 

 
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INICIO > MONOGRÁFICOS > La Transición de los periodistas
 
  Juan Ojeda
  Medios de Comunicación (Córdoba)
  La Transición de los periodistas
  Faltaba poco para que amaneciese, cuando el repiqueteo de la campanilla del teletipo en la redacción del periódico Córdoba –por entonces diario regional del Movimiento– nos sacó del sopor de las últimas horas de aquellas guardias permanentes, que cubríamos desde que comenzó la larga agonía de Franco. Era el 20 de noviembre de 1975. Franco había muerto. A estas alturas quedaría muy bien escribir que, en aquellos momentos, uno fue consciente de la dimensión histórica que encerraba aquella noticia que leíamos en la cinta saltarina del teletipo. Pero no fue así, eso vendría luego. En aquellos instantes, la urgencia de sacar a la calle una edición extraordinaria del periódico, aunque ya había mucho trabajo adelantado, se impuso sobre todo lo demás. Como tantas veces en la vida las necesidades de la intendencia imposibilitan la reflexión. Pero hubiese sido bonito.

Con el paso cambiado.
También, digamos la verdad, no nos cogía con el paso cambiado, porque hacia ya tiempo que estabamos hechos a la idea. A la idea de que Franco iba a morir y a la idea de que nuestras vidas iban a cambiar. Lo que no sabíamos era, cómo iban a cambiar. Había comenzado lo que luego se llamaría la Transición, pero en aquel amanecer nosotros intuíamos la meta aunque ignorábamos el camino. Aunque quizás la Transición había comenzado antes. Hacía dos años que ETA había asesinado en Madrid al recién nombrado Presidente del Gobierno, Carrero Blanco, a quien se le suponía el papel de “ controlador” del régimen, una vez desaparecido Franco y esto había sembrado dudas, temores y también esperanzas sobre lo que podría ocurrir “el día después”. Se podían interpretar las cosas de muchas maneras y los que por aquella época nos movíamos en lo que podríamos llamar el periodismo oficial, de obligado ejercicio en un diario del movimiento, con el yugo y las flechas en su cabecera, teníamos la intuición necesaria, o el espíritu de supervivencia obligado, como para saber que en la interpretación de las cosas es donde está el riesgo para el artista.

Por ejemplo el mismo día y a la misma hora en el que fue asesinado Carrero Blanco, yo estaba cubriendo la información de un acto organizado por la jefatura provincial del Movimiento. Cuando se supo la noticia de la muerte, que primero se dio como una explosión fortuita de gas y después se confirmó que había sido un atentado, se oyeron voces entre la concurrencia que gritaba “a por las pistolas”, entre expresiones de rabia y rostros congestionados. También hubo voces que recomendaban, calma y serenidad. Hubiese sido una buena crónica que nunca se hizo. No se habría publicado. Eso sí, se cubrió el acto de la jefatura del Movimiento y se cubrió extensamente la muerte de Carrero, pero por separado.

En La Torrecilla. Los más jóvenes, los que nos habíamos incorporado a las redacciones en los primeros años de la década de los setenta –la prensa del Movimiento, con cincuenta cabeceras, se llevó los dos tercios de mi promoción de periodismo– sabíamos que para sobrevivir en aquella empresa, que editaba en muchas provincias el único diario, como era el caso de Córdoba, se podía tensar la cuerda pero sin llegar a romperla. Existía todavía la censura oficial de prensa, de forma que antes de distribuir el periódico era obligatorio depositar unos cuantos ejemplares en la delegación provincial de Información y Turismo, donde radicaba el órgano censor. Pero esto, en realidad era un mero trámite, porque funcionaba, más o menos bien la autocensura. Es decir, que todos sabíamos, aproximadamente, hasta donde podíamos llegar.

La verdad es que en el diario Córdoba, desde que, en 1973, Federico Miráz sustituyó a Pedro Álvarez en la dirección, las cosas habían cambiado, no sólo porque impulsó el traslado, desde una sede antigua e insuficiente, a las instalaciones de La Torrecilla, aunque perdimos el encanto y de situación privilegiada de la Plaza de las Dueñas, sino, sobre todo porque nos dio a los redactores algo que resultó muy importante para lo que nos esperaba después: la sensación de tener las espaldas cubiertas, lo que no era poco en aquella época. Antes de la muerte de Franco ya habíamos empezado a entrenarnos en el “pluralismo político”, haciendo información sobre las opciones surgidas al calor del llamado “espíritu de febrero” que impulsó Arias Navarro, con la Ley de Asociaciones Políticas, una más que tibia operación de apertura del régimen, pero que nada o poco significó desde el punto de vista de la normalización democrática. Sin embargo, periodísticamente abrió el juego a un tipo de información, que se apartaba de la aburrida referencia, obligada hasta entonces, de la familia, el municipio y el sindicato. Sabíamos que aquello era una milonga, pero resultaba más entretenido.

Por ejemplo, causó una cierta sensación la llegada a Córdoba, de un recién entrado en la cuarentena Adolfo Suárez, como cabeza visible de la Unión del Pueblo Español, para reunirse con un grupo de notables, con aspiraciones participativas, entre los que se encontraba Cecilio Valverde, que luego sería Presidente del Senado, y que junto a Rodríguez Alcaide, Delgado de Jesús y Carmelo Casaño configurarían el núcleo de la UCD. A aquella reunión celebrada en el Parador de la Arruzafa no pudimos entrar los periodistas pero Suárez, conocido por su etapa como director general de Televisión Española, me concedió una entrevista publicada luego sin grandes alardes. Pero lo importante de lo que  dijo se quedó en la cinta magnetofónica. Y es que a la pregunta de por qué, en lugar de asociaciones, que ni siquiera podrían ser opciones electorales, no íbamos a un sistema de partidos políticos, como en el resto de Europa. Adolfo Suárez contestó que, precisamente la mala experiencia europea en el sistema de partidos políticos, no hacía aconsejable que adoptáramos ese modelo en España. O sea, que nosotros estabamos escarmentados en cabeza ajena. Luego vimos la diferencia entre lo que se dice y lo que se hace que, en el caso de Suárez, con quien luego trabajé en el CDS, es lo que vale. ¿O no?

A partir de 1975, los acontecimientos se precipitan en España y Córdoba no se queda atrás. El Rey impulsa el proceso democrático, nombra Presidente a Adolfo Suarez, comienza el camino hacia la legalización de los Partidos políticos, la Organización Sindical y el Movimiento Nacional eran conscientes de su corto horizonte temporal, CC OO y UGT comienzan a salir a luz, la ultraderecha da dentelladas alguna de ellas sangrienta, que, junto a los atentados de ETA, Grapo y FRAP, crean un cierto ambiente de miedo físico, dando alas a las voces de la nostalgia reaccionaria que pide la involución. Pero íbamos avanzando, demasiado deprisa o demasiado despacio, según quien hiciera el análisis, pero sabíamos, más o menos a donde íbamos y, sobre todo, sabíamos a donde no queríamos volver.

Desconcierto y euforia.
Los periodistas cordobeses que hacíamos información política, en el diario Córdoba Paco Solano y yo, la delegación de El Correo de Andalucía, que dirigía en Sevilla el cura Javierre, Sebastián Cuevas, que luego sería el primer corresponsal de El País, y algunas voces nuevas en las emisoras íbamos de rueda de prensa en rueda de prensa, de entrevista en entrevista, y algunos días de encierro en encierro o de manifestación en manifestación. Había un cierto desorden, bastante inexperiencia, algo de desconcierto y un cierto temor a lo desconocido en algunos sectores, pero también se palpaba la euforia de poder avanzar por terrenos que antes estaban vedados. Los periodistas, en medio de todo esto, nos sentíamos no sólo narradores de lo que ocurría, sino que también teníamos la sensación de que éramos protagonistas.

Hay que tener en cuenta que, hasta casi un año después de la muerte de Franco, cuando se aprueba la Ley de Reforma Política, los partidos se movían en una ilegalidad tolerada y esto, como es natural, desde el punto de vista periodístico le da un cierto morbo a nuestro trabajo. Se hacían contactos en la semiclandestinidad, se daban noticias entre líneas, se asistía a reuniones de las que luego había que tener cuidado al informar, porque las cosas no estaban claras y no se sabía exactamente cuáles eran los límites de la permisividad, que en algunas ocasiones era la voluntad de la autoridad competente. Por ejemplo recuerdo la prohibición de quien por aquella época era gobernador civil y todavía jefe provincial del Movimiento, Isidro Pérez-Beneito, personaje con encanto por otra parte, a que se publicase una entrevista con Pepe Aumente, en la que el ideólogo del andalucismo abogaba por el no en el referéndum para la reforma política. La entrevista no se publicó.

Mientras que los partidos que se situaban en el centro y la derecha se movían con bastante soltura y pocos miedos, en la izquierda se conservaban todavía unos ciertos hábitos de clandestinidad, porque con ellos la tolerancia era menor. Teníamos reuniones con dirigentes políticos en el anonimato de cafeterías o en el Círculo Juan XXIII. Y se dan situaciones un tanto rocambolescas como aquel almuerzo organizado por el no legalizado todavía PC, en un restaurante de Trassierra. Para llegar al lugar del acto, que no nos dijeron donde se iba a celebrar, había que ir recibiendo información, por etapas de algunos militantes apostados a lo largo del camino que nos indicaban el siguiente tramo a recorrer hasta llegar a la meta donde nos encontramos con el histórico dirigente comunista Ignacio Gallego, cuya presencia tampoco nos había sido comunicada. Y lo que son las cosas, allí me encontré con Julio Priego que había sido profesor mío de francés durante muchos años y del que ni siquiera había sospechado su militancia comunista.

Primera campaña electoral.
De todas formas, y a pesar de las precauciones, se hacían ya públicos adscripciones políticas que muchos conocíamos ya, como era el caso de Castilla del Pino, Martínez Bjorkmam, Ernesto Caballero, Matías Camacho, José Miguel Salinas, Rafael Vallejo, Ángeles Aparicio, Emilio Fernández Cruz, Ildefonso Giménez, Manolo Rubio, y un largo etcétera de nombres algunos de los cuales ocuparon luego un papel destacado entre los partidos de izquierdas. Así fuimos recorriendo el trayecto que faltaba hasta la celebración de las primeras elecciones democráticas el 15 de junio de 1977. La información política resultaba un tanto atropellada porque era difícil cubrir aquel incesante flujo de noticias. Se habían abierto las compuertas de un pantano y el agua circulaba con tal fuerza que era complicado remar en ella. Se dejaban caer por Córdoba los líderes de las grandes formaciones, desde Felipe González, a quien recuerdo haber visto sentado en la terraza del bar Siena en las Tendillas sin que nadie lo conociese, hasta el proverista Maysounave, pasando por Tierno Galván, Santiago Carrillo, Joaquín Garriges, Manuel Fraga, Fernández Ordoñez, Licinio de la Fuente, Ruiz Giménez, Sánchez Montero, Rojas Marcos, Clavero Arévalo y muchos más.

Era cansado aquello, la verdad sea dicha, pero nos sumergíamos en esa vorágine con el entusiasmo de los veinteañeros y el deslumbramiento de quien ha estado años a base de pan seco y, de pronto, le ponen delante una fuente de pasteles. Porque, además de la atención al continuo desfile de primeros espadas, había que seguir los movimientos que se producían a nivel local y provincial. Mientras que en los partidos clásicos de la izquierda PSOE y PC, a los que la clandestinidad, sobre todo a los comunistas, había dotado de una estructura interna poderosa y algunas figuras históricas de referencia, en el centro y la derecha las cosas estaban menos claras. Así, algunos que habían empezado juntos el camino, se dividían luego entre lo que iba a ser la opción encabezada por Fraga y sus “siete magníficos” y los que se nucleaban alrededor de Adolfo Suarez y su proyecto todavía no definido. Luego, tras la aparición de Unión de Centro Democrático y la clara apuesta del presidente del Gobierno, las cosas quedaron más claras. O casi.

Digo casi, porque resultaba obvio que, desde las instancias del poder, se apoyaba claramente al que, tras las elecciones generales iba a ser partido de Gobierno que, en Córdoba, tenía como cabezas visibles a Rodríguez Alcaide, Cecilio Valverde, Carmelo Casaño y Delgado de Jesús y alguna no tan visible pero potente, como Pepe Muñiz, por entonces Director General de Carbonell, quien desempañaba en el campo del centrismo el mismo papel estratégico que en la derecha asumía el abogado Antonio de la Riva, padrino político del futuro presidente nacional de Alianza Popular, Antonio Hernández Mancha, en aquella época un jovencísimo desconocido abogado del Estado.

Cese inmediato.
Pero a pesar de la clarísima apuesta por la UCD de los círculos gubernamentales y gran parte de los que habían pertenecido a los sectores más aperturistas del Movimiento, hubo quien no se enteró. Fue el caso de quien ocupaba el puesto de gobernador civil, Eugenio de Herrera, quien aconsejado por lo más recalcitrante y despistado de la jefatura provincial del Movimiento, promovió, o consintió, una reunión en su propio despacho oficial, para promover la creación de una candidatura de centro, que luego se llamó candidatura independiente, y que obtuvo 1.600 votos en las elecciones. A aquella reunión fueron convocados Cecilio Valverde y Carmelo Casaño, que tenían los avales del presidente del Gobierno, para pedirles que “al servicio de los más altos intereses de la Patria” se olvidasen de la UCD y volcasen sus esfuerzos en la recién inventada candidatura de centro independiente. Eugenio de Herrera, que sólo estuvo cinco meses en Córdoba fue cesado inmediatamente después de las elecciones.

Tras el agotador periplo de mítines electorales por la capital y provincia, sólo socialistas y comunistas se atrevieron con  la plaza de toros, llegó el amanecer mágico del 15-J, que comenzó con dos explosiones en el edificio de servicios múltiples y en la Audiencia Provincial, sin que se descubriese a los autores. A pesar de esto, la jornada electoral tuvo un cierto ambiente festivo y una gran participación, más del 80%. En Córdoba ganó el PSOE con 5.000 votos más que la UCD, seguido a mucha distancia por el Partido Comunista y Alianza Popular, que fueron los cuatro partidos que encabezaron el ránking de las trece formaciones que acudieron a esas primeras elecciones.

Normalización informativa. A partir de aquí todo fue más fácil. El Córdoba había dejado de ser el diario del Movimiento y pertenecía ya a la recién bautizada cadena Medios de Comunicación Social del Estado, sobre la que ya aparecían las primeras amenazas de desaparición. La información se iba normalizando, aunque aún quedaban muchos frentes por cubrir: aprobación de la Constitución en 1978, primeros pasos hacia la autonomía regional, elecciones sindicales libres, las elecciones generales del 1979 y ese mismo año las primeras municipales democráticas. Todo esto, reunido en un espacio temporal muy corto se unía a una creciente conflictividad laboral y social que ya podía manifestarse con más libertad en la calle, lo que hacía que la información siguiese atropellada y un tanto a salto de mata.
Hay que reconocer que fue una época de libertad profesional, y no quiero decir que fuese perfecta, ni simplemente buena, desde los parámetros que hoy sirven para valorar el ejercicio del periodismo. Posiblemente fuésemos los que entonces estábamos comprometidos con la información, más arriesgados excesivamente subjetivos, escasamente imparciales y en más de una ocasión confundíamos opinión con información y plasmábamos en lo que escribíamos nuestras filias y nuestras fobias. Todo eso es cierto pero nos sentíamos razonablemente libres y quizás por eso nos equivocábamos. Nos equivocábamos y disfrutábamos.

Volviendo la vista atrás, quedan algunas cosas que destacan sobre las demás, como aquella entrevista en mitad  de la madrugada a un Felipe González en plena efervescencia con Matías Camacho como testigo, o la crónica de la última clase de Julio Anguita en un colegio de Carlos III, el día antes de su toma de posesión como alcalde. También la entrevista con Santiago Carrillo en aquella sede de la calle Leiva Aguilar, situada junto a un conocido prostíbulo, de forma que se producían curiosas confusiones y las borrascosas ruedas de prensa de Manuel Fraga o las deslumbrantes conversaciones con Joaquín Garrigues.

No todo era divertido. También pasamos momentos difíciles e incluso algunos de ellos poco aconsejables para la salud, como la manifestación de carácter pro autonomísta, que se celebró el 2 de diciembre del 79, y que acabó a tiros y cuchilladas en la esquina de Gondomar con las Tendillas cuando los disparos que hizo el ultraderechista Miguel Quintana pasaron a una cuarta de mi cabeza e hirieron en la mano al fotógrafo Rafael Rodríguez Aparicio, que fue a curarse y volvió a seguir haciendo fotos, mientras Juan “El cojo”, militante de Fuerza Nueva, que había intentado entrar con una bandera española en la manifestación para compensar la enseña republicana que ondeaba en cabeza, se sujetaba las tripas con la mano por el machetazo que había recibido. Eran cosas que pasaban.

Nueva información local. Poniendo límites temporales a la transición es evidente que, con las elecciones municipales de 1979, se completó un capitulo importante. La verdad es que pocos nos imaginábamos que aquel desconocido Julio Anguita que encabezaba la lista del PC por Córdoba iba a ser el primer Alcalde comunista, en virtud del pacto de la izquierda. Pero a pesar de la extrañeza, Julio Anguita, no sólo lo consiguió sino que, en el año 1983, consiguió una aplastante mayoría absoluta. La personalidad de Julio Anguita también hizo que la información municipal dejase de  ser aburrida y oficialista, sus gestos, sus desplantes, también su brillantez, nos dio a los periodistas la oportunidad de escribir de una forma que antes no habíamos hecho. Apareció por entonces el semanario Tendillas 7, donde redactores del Córdoba hacíamos un periodismo local diferente a lo que nos dejaba el más encorsetado y todavía diario único. ¿Cuándo terminó la Transición? Tal vez aquella tarde del 23 de febrero de 1981, mientras que Tejero tenía secuestrados al Gobierno y las Cortes en la Carrera de San Jerónimo. Pero esa es otra historia.


* Juan Ojeda Sanz, ex director del diario Córdoba, diputado al Parlamento Europeo por el PP
   
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