17 de diciembre de 2017
 

 
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  Antonio Gala
  Gala (Córdoba)
  Antonio Gala no ha sido asesinado en Murcia
  (...)
Al franquismo casi póstumo le habíamos cogido el tranquillo, por fin, la mayor parte de los creadores. Para mí, no obstante, faltaba lo peor por llegar. Del artículo «Viudas», todavía en Sábado Gráfico, se hicieron más fotocopias de lo que puede imaginarsenadie. Yo estaba fuera de Madrid, que se había puesto políticamente incómodo para mí. Me concedieron entonces el primer Premio César González Ruano, por un artículo titulado «Los ojos de Troylo». Debía entregárseme en una gran cena en el Ritz. Se me entregó, por miedo, en un almuerzo de seis personas. Arias Navarro, Carnicerito de Málaga, pregonó su odio visceral hacia mí, e insinuó que era el momento de levantar la veda. Como en las novelas del XIX, se precipitaron los acontecimientos. “Antonio Gala, serás ejecutado” se convirtió en una pintada demasiado frecuente. Tuve que pedir asilo fuera de mi casa, en cuya puerta aparecían clavadas estremecedoras navajas de barbero. Nunca he sabido elegir refugio, quizá porque no sirvo para refugiarme. Me trasladé, con Troylo, a casa de un amigo que vivía nada menos que en el corazón del barrio de Salamanca. Allí resistí cuatro días: era la zona nacional, imbécil de mí. Regresé a El Viso.

Tenía de servicio a un mozo muy fiel y algo mayor, que acababa de salir –yo lo ignoraba– del penal de El Puerto. Ponderé en la prensa su comportamiento conmigo dando su nombre y apellido. Él se hundió.
–Ahora vendrán a buscarme. Hay gente que tiene mucho contra mí. Me confesó entonces que había cometido una muerte.
–Pero ¿por qué? ¿Qué pasó? –le pregunté: me parecía tan inofensivo como buen bebedor. (Él se esforzaba en excusarse diciendo que lo que tomaba eran optalidones. ¿Y qué necesidad tiene usted de tomárselos con vasos de ginebra?)-

–Que vinieron a buscarme, señor.
–Sí, pero a mí me encontraron.

Se acostumbró a abrir la puerta con un pistolón de regulares proporciones. Alguna amiga encopetada que venía a visitarme se sintió apuntada por aquello y tardó en volver. Yendo el mozo un día con el perrillo por la calle, les atizaron unos ladrillazos: el hombre sangraba por detrás de la oreja, y a Troylo le acertaron en un anca. La cosa ardía. Cuando se citó el episodio de Elcano por televisión (Paisajes con figuras) Luis María Anson, en una revista que dirigía, escribió un editorial, titulado Un petardista, contra mí. Se prohibió la serie. Y otro Anson, Rafael, bastante más tarde, quien la reanudó. Me propuso seguirla, pero sin mis presentaciones: yo me había señalado en exceso; era mejor que el actor que yo eligiese recitara mi texto. Me negué. Le di cuarenta y ocho horas de plazo para reflexionar. Reflexionó y aceptó: yo era el responsable de lo mío y quería dar la cara.

En aquel primer gabinete posfranquista había dos personas que sentían, creo, vivo afecto por mí. Eran consuegros: José María de Areilza y Antonio Garrigues Díaz Cañabate, respectivamente ministros de Exteriores y de Justicia. Andaban preocupados con el asunto Gala, que se había mandado por torpeza y maldad de Arias y su gente. Yo había escrito, sin velar el tema, sobre la contradicción que suponía hacer presidente del Consejo de Ministros al que, siéndolo de Interior, no había impedido el atentado que llevó a Carrero a los cielos. Los ministros amigos querían suavizarlo todo. La verdad es que tenían además bastantes problemas. Garrigues aspiraba, sobre todo, a librarme de la pila de procesos que me agobiaban. Me dio un número de teléfono y me dijo que tres minutos de conversación con el titular serían suficientes. El titular era Guerrero Burgos, presidente del Club Siglo XXI, jurídico no sé si de la Armada o del Aire y, algo que lo enorgullecía mucho, duque consorte de Cardona. Su solución fue fabulosa.

–Mándame medio folio arrepintiéndote y desdiciéndote de todo lo que has escrito contra la situación y los protagonistas. Yo me encargo de hacerlo llegar a los periódicos y de que todo acabe en agua de borrajas: no olvides que las circunstancias se han puesto muy negras para ti. Colgué el teléfono sin despedirme.

La buena voluntad de Garrigues no dio plausibles resultados. Un 15 de noviembre me llamó para decirme que me quitara de en medio: el día 20, Día del Dolor, no era aconsejable que anduviese por Madrid ni que me quedase en mi casa. En efecto, como no sirvo para refugiarme, me fui a Toledo –coño, hace falta ser idiota–, y si no me dejé el pellejo allí fue porque Dios no quiso. Insistió el ministro en que desapareciera, y me fui a corregir unas galeradas nada menos que a Guadarrama, otro nido de aguiluchos derechistas. Estaba en el Arcipreste de Hita, sentado a la sombra de una pineda, por la mañana, cuando vi unas sombras acercarse. Debían de ser cuatro. No vi más. Cuando volví en mí tenía puesto un zapato solo: el otro, sin desabrochar, había salido despedido, y el reloj también. El zarandeo debió de ser de abrigo. Me había llevado al campo un bastón de caña de Malaca y puño de asta que, inexplicablemente, pesaba mucho. A costa de mis huesos supe la causa del peso. Me lo rompieron encima y salió su ánima, a punto estuvo de salir la mía: una barra de hierro de un centímetro de diámetro. Conservo todavía ese memento: el hierro está doblado de chocar contra mí. Estuve algún tiempo en un hospital y, al salir, todavía llevaba morados los ojos y hematomas por todas partes.

Se acercaba un desfile de la victoria. Iba a celebrarse el 30 de mayo. Volvió a rogarme Garrigues, a través de uno de sus hijos, que me fuera. Lo llamé.
–¿Adónde me voy? Yo no sé irme.
–Vete a Murcia.
–Pero si no he matado al rey, ¿por qué he de irme a Murcia?
–No lo sé, Antonio. Porque yo soy de allí...

Era el 15 de mayo. Alguien de Cultura organizó, para que mi salida pasase inadvertida, o paliada al menos, una mesa redonda en Murcia sobre televisión anunciada para el 24. Además de mí estaban convocados Martín Ferrand, Tico Medina y José Luis Balbín. Los tres, amigos. (José Luis fue mi primer entrevistador serio para la revista universitaria La Hora, y era corresponsal de Televisión en París en uno de mis viajes, y en Praga, en otro). Poco antes del acto se recibió un telegrama acusándome de rojo y advirtiendo de que había una bomba puesta en el salón por mi causa: no podía celebrarse nada en tales condiciones. Los tres amigos regresaron a Madrid. Yo me quedé en el Hotel Siete Coronas.

Antes de salir hacia Murcia, había escrito, junto con Eugenio Suárez, una carta a Fraga, ministro de Gobernación, haciéndole responsable de lo que me sucediera en unos días que para mí se volvieron de color de hormiga. Telefoneó el ministro tornadizo avisando que sólo si yo no provocaba la atención de nadie y no me exhibía podía garantizarme la seguridad. Decidí ver los museos de Murcia, sospechando con razón que es donde menos gente encontraría y por menos sería visto. Iba a aguardar un par de días más para hacer un viaje instructivo sobre el barroco murciano con el que más sabe de él, Alfonso Emilio Pérez Sánchez, que habría de venir con un clavicordista amigo suyo. El día 26 de mayo pasé la mañana en el Museo Salcillo en compañia de un escultor muy de mi intimidad. Disfrutamos en el museo enormemente. De vuelta al hotel, lo vimos abarrotado de gente, que abrió un pasillo para dejamos atravesar el vestíbulo. Un conserje me rogó que pasase al despacho del director. Sobre una mesa, un gran montón de telegramas. Enfrente, en un sillón, el comisario Conesa.

–Sus amigos –dijo éste– han dado la noticia de que nosotros lo hemos asesinado.
Las posturas no podían estar más claramente definidas.
–¿Cuándo? –pregunté.
–Esta mañana temprano, hacia las nueve.

Mi amigo el escultor, que era el qué sabía más de cierto mi indemnidad, resbaló por los azulejos de aquel despacho, y se cayó al suelo. Los telegramas procedían de toda España. Según me contaron, Fraga recibió la noticia por un flash emitido desde San Sebastián.

–Joder, otro Lorca –dijo, y vomitó el desayuno. Algo es algo–.

Murcia organizó una salve en acción de gracias ante la Virgen de la Fuensanta porque yo no había sido asesinado allí. No lo olvidaré. Ni olvidaré el titular de La verdad, en primera plana, a toda orquesta, “Antonio Gala no ha sido asesinado en Murcia”.


*Ahora hablaré de mí. Planeta, 2000
   
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