29 de junio de 2017
 

 
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  Antonio Gala
  Gala (Córdoba)
  Asunción Andaluza
  Acabo de vivir eso que se llama una experiencia inolvidable –de las que de verdad hay tan pocas– en la Mezquita de Córdoba. A uno suelen caberle siempre ciertas dudas legítimas sobre si ha hecho bien haciendo lo que ha hecho. De haber prologado el Congreso de Cultura Andaluza en las circunstancias en las que lo he prologado, yo estoy enteramente satisfecho. Desconozco qué será de sus actividades, en el futuro –largo futuro para un Congreso al uso–; no formo parte de su comisión gestora; tengo una conciencia bastante clara de los riesgos que corre y de las enemistades, externas e internas, con que cuenta; sólo he anunciado su primer vagido a la intemperie. Sin embargo, poseo la certeza de que su planteamiento era necesario y de que el modo de su planteamiento ha sido el conveniente. Eso, de momento, me tranquiliza. Y, por si fuera poco, desde un punto de vista particular, creo que en mi vida –suficientemente azacaneada por emociones públicas– habrá escasas ocasiones que me produzcan otra emoción más fuerte.
Sin ser un obispo, ni aun canónigo, no es fácil dirigirse a un auditorio de cinco mil personas en una catedral. Ni ser almuédano ni ulema, no es fácil dirigirse a un auditorio, más o menos cristiano, en una mezquita. Impresiona verificar que la propia voz es la primera profana que se ha levantado. Cien veces ampliada por la microfonía, en un lugar –entre la Sierra y la Campiña, a la vera del Río Grande– cien veces sagrado y venerable, cien veces materializador de distintas culturas. (O quizá tal día la voz de uno no era una voz profana porque no era de uno, sino una voz prestada de garganta prestada, cuyo propietario auténtico era el tiempo destinatario del mensaje: el pueblo. Y la voz del pueblo se ha profesado siempre como voz de Dios).
En una encrucijada de naves, bajo los multiplicados arcos de herradura, entre el congelado palmeral de la columna cordobesa, teniendo a las espaldas los muslos de Emperador que Carlos V le implantó a la Sultana, un domingo de abril, a las cinco de la tarde, con el sol fuera y el hervor por dentro, comenzó la experiencia. El ámbito estaba tan hermoso que cortaba la voz. Tan caldeado el ambiente que, añadido a la coincidencia de la hora, correspondía más a una plaza de toros. Para cuarenta minutos preví mi intervención; duró sesenta. Los puntos y aparte de mi texto los fue poniendo el público con largas ovaciones, cuyos ecos ascendían como un sahumerio por los fustes y se enredaban como una espesa dama de noche en los capiteles. Ovaciones que no escuchaba yo como aclamación a mis palabras, ni como estímulo siquiera, sino como fusión, espejo y cumplimiento. Yo hablaba en una especie de trance, igual que un medium. Y el pueblo se identificaba como origen y fuente de lo oído y consentía aplaudiendo. Jamás he comprendido de una manera tan transparente algo que repito con frecuencia y había comprobado hasta ahora sólo en parte: que yo pertenezco al pueblo y que él me asume.
En ser y cosa del pueblo fui yo el día 2 de abril. Mi voluntad era ésa, pero habría dado igual que hubiese sido la opuesta: la enorme ola de su voluntad me manejaba y me rendía. Mimándome, exaltándome, pero ya apenas individuo, ya personificación de ideas y de anhelos, consagración colectiva, menudencia levantada a hombros por una real gana. De ahí que el brevísimo fragmento de mi alma que persistía lúcido y en frío entonara –anonadado, débil– su Magnificat. Nunca he podido hablar menos de éxito personal y, no obstante, nunca me he sentido tan realizado. (En una realidad, además irreal a fuerza de enardecimiento, de confraternidad, de coincidente amor, de ósmosis, de cordón umbilical por el que circulaba un vaivén de efusiones misterioso y alegre: alta cima imposible de alcanzar por un político).
Al concluir mi mandato (insisto en que los pronombres del singular aquí son inexactos) no fueron los autógrafos, ni los convencionales saludos. Fue un rotundo empujón. Fue la encarnación del sentimiento, el contagio de una fiebre creciente. Yo me vi navegando entre facciones, lágrimas, abrazos, sonrisas, niños alzados para que los tocara, besos... Yo me vi navegando no sobre, sino dentro de un mar que también era yo. Mi salud, especialmente mala esa fecha, me compelía –el último reducto de mí mismo– a bracear camino de la salida, a sacar la cabeza sobre la mar que jugaba conmigo: en ser yo, cosa suya. Llegué al patio de los naranjos. Allí me esperaba otra mar de agua dulce. Bajo el sol y el azahar, el mismo pueblo, reconocido, se reconocía en mí y me reconocía. Yo me supe su niño, su criatura. No cabía humildad. Muy al contrario, yo tenía que estar orgulloso por su orgullo de mí: era un simple reflejo de su gran luz. Si no hubiese brillado, habría roto mi deber primero. Así ha de ser la visión beatífica, el abandono de la eternidad, la pervivencia tras la anulación, la ignorante sabiduría de los místicos.
Es intrincado cuanto digo y, a pesar de ello, llano de verificarse y dulce de vivir. Como el de cualquier dios, el yugo del pueblo que somos, cuando tal yugo se nos impone con la implacable suavidad del destino, es leve, y su carga, ligera. Porque no existe ya yugo, ni carga, ni cuello que soporte; no hay límites, ni de entes, ni de fuerzas; no hay deseos personales, sino el descanso de la seguridad, el reposo del ardor común en la almohada común, el sosiego del triunfo inapelable. Y el borroso recuerdo subjetivo –diluido en la salobre grandeza de la marca de un nombre, de un proyecto, de una mano escribiendo enamoradamente unas cuartillas.


* Artículo publicado en Sábado Gráfico (15-IV-1978), después del Congreso de Cultura.
   
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