28 de febrero de 2017
 

 
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INICIO > MONOGRÁFICOS > ¡Viva Andalucía viva!
 
  Antonio Gala
  Gala (Córdoba)
  ¡Viva Andalucía viva!
  En 1883, Machado Álvarez, Demófilo, definió el pueblo como la nebulosa de la que se desprende, por diferencias inapreciables, esos astros que se llaman individuos. Y llamó pueblo al “conjunto” de hombres y mujeres que por las condiciones especiales de su vida, se diferencian entre sí lo menos posible y tienen el “mayor número de notas comunes”. Son pobres y consumen su energía, decía, en trabajos principalmente físicos y tiene, por la escasez de su cultura, horizontes menos amplios en que desenvolverse que los hombres ya más adelantados. En ellos, agregaba, predominan el sentimiento y la fantasía, siendo en este sentido más poetas que los hombres cultos y eruditos, por estar más cerca de la niñez que los otros.

De todas las regiones españolas, Andalucía, acaso sea la que tiene más pueblo, la que, con arreglo a las palabras del padre del inagotable Antonio Machado, junto a los astros individuales más visibles, posee la nebulosa más extensa. Pero ¿estamos seguros de que exista algo a que pueda llamarse “lo andaluz”, algo que sustente la variedad tan extremada de las Andalucías, desde sus formas de pronunciación hasta sus formas de lidiar la vida?... Prescindo de las diferencias sociales. Hablo de un pueblo. Pero, aún suponiendo que los habitantes de cada Andalucía fuesen idénticos, hagamos unas cuantas preguntas esta tarde.

¿Qué relación cabe entre los naturales del Santo Reino, de Jaén, (que son casi como manchegos exhaustos por el esfuerzo de atravesar Despeñaperros, para llegar a Andalucía, hasta el punto de que su ronquío podría atribuirse a la dificultad respiratoria originada por esa enorme fatiga histórica?), ¿qué relación cabe entre esos jiennenses y los lúdicos chirigoteros gaditanos, por el contrario, continuos desobedientes a la exigencia centrípeta de Castilla la Vieja? y, ya de paso. ¿quién además, y a partir de qué momento se ha atrevido a llamar vieja a Castilla cuando el pueblo andaluz es el más antiguo del Mediterráneo, más aún que el romano y el griego? Castilla la Vieja será vieja comparada con Castilla la Nueva, pero eso, en el fondo, es cosa de ellas dos.

Y Málaga ¿es tradicionalmente liberal por marinera y por muy de vuelta o más que liberal será una distraída? Málaga, esa mezcla gloriosa de gesto y cochambre, en cuyo censo íntimo, como en el de Jerez, tanto abundan los apellidos extranjeros, sin siquiera esa acomodación a una lengua más aterciopelada que endulzó los apellidos alemanes y suizos en La Carolina o en La Parrilla, donde se asentaron los emigrantes de países que dos siglos después están dando trabajo a nuestros emigrantes. Porque todo el mundo sabe que la vida da muchas vueltas, pero hay algunas que son verdaderamente vueltas de campana.

¿Ha heredado Málaga de Sevilla la conciencia de ser un ballet en el que todos los sevillanos debían participar? (eso pensaba Ortega y Gasset, para el agrado de sus visitantes), ¿o en realidad a Málaga le trae al fresco los espectadores de los que más o menos vive y es ella la que a sí misma se divierte? ¿Hasta qué punto un flamenco, ya metido en harinas, baila o canta para quien le pagó? ¿Puede un turismo, ni demasiado rico ni demasiado largo, mudar idiosincrasias milenarias?, ¿hacer más confortable una silla de aneas, o aliviarse en una soleá? ¿Diluirán la actitud transcendental de un pueblo o la agudizarán por reacción?

Sevilla, una de las ciudades más ultrajadas por la sociedad de consumo, ¿ha sido ya vencida? Esa cabeza de las Indias tan cantada, ¿habrá dejado de cantar? ¿Era en serio tan superficial como se dijo? ¿En el señorito, la guasa, las eses resbaladas y las palmas, se acababa Sevilla? ¿No había, ante la más evidente representación, una oscura mirada de repulsa hacia los que esa representación encandilaba? Cuando marchando hacia el destierro francés y hacia la muerte le pregunta la anciana y desvivida y atónica Ana Ruiz a su desvivido hijo Antonio Machado, “¿llegaremos pronto a Sevilla?”, ¿acaso no le estaría preguntando por el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz, como la Iglesia católica define al último paraíso?
¿Y Granada?... Esa Granada que se parece a Toledo no por lo árabe, sino por lo hebrea, ¿es que se la inventaron como a Calderón de la Barca los románticos? ¿Es que el diálogo del Albaicín y de la Alhambra está montado por Pepe Tamayo? ¿Qué es Mariana Pineda?, ¿un personaje bastante flojo de García Lorca?.. Entonces las Cortes de Cádiz serían sólo una comedia de Pemán y la historia de nuestras agitaciones campesinas una broma de Díaz del Moral, el notario de Bujalance. Y nada que se asemeje menos a la bandeja ofrecida de Granada que la recóndita de Córdoba y el mutismo de ojos vociferantes de su pueblo (...)

¿Entusiasmará a Córdoba alguien con un plan de desarrollo o una autopista del sol?, ¿a una ciudad que fue, literalmente, el ombligo de un orbe y cuya aportación a la cultura sólo con la de Atenas puede parangonarse? ¿Se boquiabrirá Córdoba bajo qué rascacielos, si tuvo a su vez a Medina Azahara ante cuya belleza todos los palacios reales posteriores no han sido más que alcobas realquiladas con derecho a cocina?

Almería deshidratada de sus hombres, ¿es que de veras se ha maquillado para rodar bajo los focos de un plató o para ser rodada, que es peor?, ¿la luz de esos focos ha amortecido el sol de Almería? ¿La Alcazaba ya no mira a la Chanca, ni la Chanca con sus ojos sin tracoma, por fin, mira ya a la Alcazaba? Huelva que es La Rábida, Punta Umbría, y ver a los barcos venir; Huelva que es Juan Ramón, y el Rocío y la sierra y la playa y la marisma, ¿es sólo todo eso?

Para ser andaluz universal, ¿no habría que elegir antes que nada una concreta Andalucía? Porque si tan distintos son sus rostros y sus talentos y sus ademanes, una idéntica savia ha alimentado a estas ocho provincias en los mismos manteles, sabiduría, austeridad, parsimonia y desdén; y en esa savia es donde hay que investigar, para eso se inaugura este Congreso.

(...)
Andalucía hoy, esta misma tarde, se está poniendo en pie para que sus reivindicaciones no sean más postergadas ni sea desatendida su agonía. Para que cuanto dio a España, no ya en su historia, lo que es inconmensurable, sino ayer mismo, se tase con justicia. Para demostrar que su destino no es suplicar que la desarrollen sino conseguir que la dejan desarrollarse sola. Andalucía hoy se está poniendo en pie no para reclamar atrasos de cuentas impagadas ni esperar que le abonen intereses de préstamos, sino para comparecer con voz y voto en la reestructuración completa de la patria, en la mudanza de posiciones desiguales entre regiones que tantos siglos juntas han conformado este cajón de sastre que se llama España. Porque, a pesar de todo, Andalucía no es partidaria de los separatismos sino de las recíprocamente respetadas y respetables autonomías. Aquella unidad española de que tan pronto se alardeó a finales del siglo XV fue imaginaria siempre; una unidad impuesta sobre la base de una religión también impuesta, en Andalucía sobre todo. Tal unidad religiosa –estamos en un local que expresamente lo comprueba– era la más fácil de lograr por imposición para las apariencias. Mucho más que la unidad de lenguas, de culturas, de aspiraciones, de orígenes, de geografías o de razas, y sobre esa fantasmagórica unidad se edificó y se arruinó un imperio sin que en los tres siglos que se mantuvo surgiera un verdadero Estado Nacional. Y sin que la auténtica unidad la obtuvieran después tampoco ni la cerrazón absorta del 98 ni la huera fraseología posterior a 1939. Y es que la definitiva unidad de España ha de alcanzarse ahora precisamente a través de las autonomías que fijen, clarifiquen y enlacen los distintos retazos de la gran piel de toro. Así las cosas, es preciso que Andalucía construya un frente común. Es preciso que se unan todas las Andalucías en una autónoma, más alegre, más alta, más ensimismada. Es preciso que los partidos y las ideologías den un compás de espera a sus propios proyectos y trabajen reunidos en el más urgente y fervoroso de todos: Andalucía.

Es preciso que se inventaríen nuestras realidades desde aquí mismo, sin atender datos de fuera, ni soluciones, ni consejos, ni más buenas palabras, ni más paños calientes. Es preciso que Andalucía yerga su frente y mire sus cultivos, sus industrias, sus campos y sus mares. Así las cosas, es preciso que recuerde otros tiempos. Sus hijos de otros tiempos a los que nadie compró ni apabulló. Que recuerde la vereda de la plata, las rebeldías de las Alpujarras, Sierra Morena, los garrochistas y los aceituneros de Bailén, los liberales antifernandinos, la Junta Soberana de Andújar en 1835, la Internacional Socialista de Málaga en 1870, la Constitución Federalista de Antequera en 1883, las agitaciones campesinas en el primer cuarto de este siglo contra oligarcas que ni siquiera vivían aquí. Que recuerde a los promotores de sus ideales y de su libertad: a Guzmán Sertorio, a Fermín Salvochea, al maestro Escosura, a Picavea, a Álvarez de Salamanca, a Díaz del Moral, a Ferrnín Requena, a Méndez Bejarano, a Isidoro de las Cagigas, a BIas Infante, a todos sus héroes sobre cuya muerte ya ondea la bandera que ellos mismos soñaron. Es preciso que Andalucía recuerde tantas luchas y vidas por seguir siendo ella y vuelva en sí de su desdén histórico que la hizo siempre ser la malentendida.

La última lucha, la última vuelta en sí que se propone, es el Congreso de Cultura Andaluza que inauguramos hoy en este nuevo Domingo de la Resurrección. La Reina Descalza, la hermosura reina, todavía harapienta, se incorpora en su duermevela, levanta con sus manos encallecidas el espejo mágico casi olvidado ya, reconoce sus iluminadas facciones, empuña la bandera de su dominio, una bandera en la que no se sabe si a la esperanza la representa el verde como suele, o el blanco, que es lo que está por hacer todavía. La reina se levanta ágilmente y rompe a cantar con la voz hecha júbilo. Las ocho bellas hermanas y sus hijos, dondequiera que se encuentren, vuelven hoy atrás los ojos un momento, apenas un momento, lo suficiente para rememorar el tiempo en el que fueron la primera irradiación cultural de Occidente, antes de que las expulsiones de árabes, moriscos y judíos echaran un tenebroso velo sobre el brillo y la gloria de sus mil y una noches de sabiduría. El tiempo en que los nombres andaluces «tanto por plumas cuanto por espadas» colmaron la historia de ese anhelo denominado España, el tiempo en que los caballeros del sur arrebataron allí donde estuvieran «en la sortija el premio de la gala, en el torneo el de la valentía». El tiempo desde las Cortes de Cádiz hasta el asesinato de Cánovas y la exaltación de Silvela, andaluces los dos, en que España vivió bajo la hegemonía andaluza y en el que las ideas se pronunciaban con acento andaluz. Rememore el tiempo más reciente, en que la poesía levantó sus claros surtidores en los patios sureños y fueron poetas andaluces los dos últimos premios Nobel españoles. Un momento su mirada hacia atrás las ocho hermanas, un momento hoy porque ni el verde ni el blanco de su enseña consienten en recordar las injusticias. Un momento hoy para enseguida dirigirse adelante a un futuro difícil y espléndido a la vez. El futuro en que cada hijo suyo tenga trabajo sin precisar salir de su paisaje, en que cada hijo suyo sea y se sienta dueño de su trabajo y de su pan, y de su destino, el jubiloso destino de haber nacido andaluz hasta la muerte, andaluz otra vez con la ilusión de serlo.

(...)
La mejor forma de resolver un problema es investigar sus causas y sus interrelaciones con los otros problemas. Y así, con la intachable y eterna voluntad andaluza de belleza a la que agrega la actualizada aspiración a un compartido bienestar, el Congreso de Cultura podría ofrecer a nuestro pueblo, es decir, podrá ofrecernos, su primitiva imagen, eliminando los infames retoques y la propuesta de unas conclusiones que este pueblo, nosotros, pueda asimilar como propias para cumplir su porvenir, de acuerdo con su historia. Porque la historia no es simétrica, pero en ella, de una manera sutil, coinciden siempre memoria y profecía. Vivamos pues, a partir de este instante, una hora de esperanzas y recuperaciones; no de iras y de pérdidas. Una hora de corregir lo que otros no supieron ni quisieron hacer. Una hora de exigir de cada uno, rotunda y solidariamente, bajo juramento, erigirse cada uno en responsable de su conciencia, de su casa, de su oficio, de su trozo de acera, de su trozo de la ciudad en que vive, de su trozo de Andalucía. Quienes quieran lo mejor para su patria conózcanla antes a fondo porque es el conocimiento quien engendra el amor y el amor quien multiplica y perfila el conocimiento. Eso es lo que aspira a demostrar este Congreso. Y naciendo en el sitio en que nace, en este reducto tantas veces sagrado y venerable y materializador de cultura, no es posible que fracase. Para fortificar tal seguridad, yo pido por amor, sólo por amor, que es una obligación devota, que es un trabajo liviano, que es un jocundo esfuerzo, yo pido la apasionada colaboración de todos, que para todos hay tarea en la larga marcha que hoy iniciamos hacia la Andalucía de la provisión. Hermanos andaluces, para que desde ahora podamos serlo con más orgullo, con más seguridad, con más ilusión, con más gozo que nunca, ¡viva Andalucía viva!

Discurso de apertura del Congreso de Cultura Andaluza pronunciado en la Mezquita-Catedral de Córdoba el 2 de abril de 1978.
   
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