17 de diciembre de 2017
 

 
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  Juana Castro
  Cántico (Córdoba)
  Cántico de Córdoba
  El Grupo Cántico fue una excepción de riqueza creativa, de atrevimiento y desafío. A través de su arma más poderosa, la cultura, lograron frente a todos los poderes establecidos imponer sus propios cánones estéticos, romper barreras de libertad, aunque en ese intento, que llena una amplia etapa de posguerra y Transición, a algunos de ellos les supusiera el exilio interior y a otros la salida de Córdoba. Cántico, desde sus orígenes hasta que queda conformado el grupo en años sucesivos, lo componen: Ricardo Molina, Juan Bernier, Pablo García Baena, Ginés Liébana, Mario López, Miguel del Moral y Julio Aumente, al que se les suma Vicente Núñez. Todos ellos han hecho su aportación a Cántico y cada uno de ellos de forma individual ha seguido sus propios pasos, su propia identidad. Lo que el grupo Cántico trajo a la poesía española de posguerra, y siguió luego en la época de la Transición, fue su individualismo humanista. Una poesía que unía en sus tradiciones al modernismo y a Luis Cernuda, pero también a la Generación del 27, a san Juan de la Cruz y a otros poetas no españoles, como Auden, Paul Claudel, Gide, Florbela Espanca, T.S. Eliot o Francis James.


Antiguo muchacho.
Fue en los Colegios Mayores, en una sala de estudio, con cristales y de formas geométricas y limpias. Los poetas del grupo Zubia, yo entre ellos, habíamos acudido allí aquella tarde con mucho tiempo: Francisco Carrasco, Mercedes Castro, Manuel de César, Carlos Rivera, Heliodoro Díaz. Un recital hacia la tarde, en aquellos últimos años setenta del pasado siglo, después de la muerte de Franco y con Antonio Alarcón en el Ayuntamiento de Córdoba. No recuerdo a otros poetas. Sí a Carlos Castilla del Pino, a la hermana de Ginés, Josefina Liébana, a Rafael Cantueso y a su hermana Conchita. El poeta entró desde atrás, cuando estábamos sentados, y avanzó por el pasillo del centro. Con su andar pausado, con su afable gravedad y con esa elegancia romana que a Ignacio Sánchez Mejías le decían los versos de Federico García Lorca:
   
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza

Era Pablo García Baena, el poeta, que había venido desde su retiro de Torremolinos en Málaga a aquel recital que no sé quién organizaba. Recuerdo su voz y recuerdo cómo me emocionó y me conmocionó verlo y oírlo por primera vez:

Ella eligió, como siempre, aquel canapé rojo
que oprimía su cuerpo con turbios terciopelos de deseos no dichos
y su espalda desnuda, azul bajo el reflejo de lámparas azules,
era un mármol cercado de ensangrentadas dalias.
Ella tenía en sus labios el sabor corrompido de las hojas caídas
y subía por sus venas ardientes, como savia,
la humedad del jardín, los muros derribados coronados de yedra
y el selvático canto del árbol elevando en la tarde sumisa su arpa sollozante.

Era ‘Ágata’, cambiando el ambiente de la sala por otro, suntuoso, y modernista y triste. Aquel poema se había publicado 30 años antes, abriendo el número 1 de la revista Cántico, en un octubre de 1947. Pablo tenía entonces, cuando lo conocí, 54 años. Vivía en Torremolinos, adonde se fue en 1965, y allí trabajaba en una tienda de antigüedades, leía, escribía y creaba tapices reposteros. Pero no publicaba; si exceptuamos Almoneda. Doce viejos sonetos de ocasión, aparecido en 1971, llevaba 20 años sin publicar, cosa que sucedió al año siguiente, en 1978, con Antes que el tiempo acabe. Pablo ha sido siempre, lo sigue siendo, un hombre amable, educado, cortés, afable. Lo cual no quita para que su fina ironía dé el contrapunto a cualquier tema y deje a su interlocutor con los cueros al aire.

“A Juana Castro, mi tocaya, con gran abrazo en la poesía y en la amistad. Juan Bernier”. Ésa es la dedicatoria que el mayor, en edad, de los poetas de Cántico me escribió en el volumen de la edición facsimilar que de las revistas del grupo hiciera la Diputación Provincial en 1983. Con mi volumen en la mano, uno a uno los poetas y los pintores de Cántico me fueron dejando su dedicatoria aquel día de la presentación, arropada también con una exposición de libros y documentos del grupo. Habían acudido Mario López desde Bujalance, Pablo desde Málaga, Ginés Liébana y Julio Aumente desde Madrid, y había acudido también Vicente Núñez desde Aguilar, desde siempre vinculado al grupo, por afinidad estética, desde la malagueña revista Caracola hasta su amistad con Pablo y su afecto por todos los demás. Fue el primer reconocimiento de la ciudad de Córdoba a sus poetas. Y estaban todos, recogiendo la admiración y la dedicación de que en otro tiempo carecieron. Sólo faltaba Ricardo Molina. En ese momento la transición democrática y la transición política ya se habían asentado, y Córdoba era la única ciudad española con un alcalde comunista. En ese año de 1983, además del homenaje al grupo, Pablo García Baena es nombrado Hijo Predilecto de la ciudad, el mismo año en que el Partido Comunista obtiene mayoría absoluta en las elecciones municipales y Julio Anguita revalida su mandato.

Príncipe de Asturias.
Al año siguiente a Pablo se le otorga el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, y su ciudad le concede la Medalla de Oro. Es la consagración oficial de un poeta “de los más altos del siglo XX español, de su propio yo”, según Guillermo Carnero, e indirectamente también de la consagración del Grupo Cántico. Estamos en 1984.  Pablo había vivido los últimos años del franquismo en Málaga, llena de viajeros, mezcolanza de formas de vida y de cultura, y abierta al mar Mediterráneo. Cuando viene a recoger su medalla gobierna en España el partido socialista y en Madrid son los años de “la movida”. Movida que tuvo también en Córdoba su exponente, pues en 1987, siendo ya alcalde Herminio Trigo, se celebró en Córdoba el III Encuentro de Poetas Andaluces, presidido por Pablo García Baena, y coordinado por Luis García Montero, Antonio Rodríguez Jiménez, Pedro Roso, Mila Ramos y quien esto escribe. Era concejal de Cultura José Luis Villegas y asesor-coordinador quien fuera luego director de la Fundación Gran Teatro, Paco López.

Pero estábamos en el Salón de Mosaicos, en el Alcázar de los Reyes Cristianos. Habían venido poetas de Málaga, de Madrid, de Cádiz. Fue una sesión solemne, con el duque y la duquesa de Alba ejerciendo desde aquel altar laico. Pablo dedicó a Córdoba su ‘Letanía de las glorias de Córdoba’. Yo había escrito un artículo en el diario: “Viene Pablo a la última cosecha primaveral de Córdoba y trae abierta la camisa, abierto el pecho, ácido o cobre, de las uvas de Málaga. (...) Eterno Pablo tímido, recogiéndose siempre el manto por si arrastra.” Alguien lo había comentado, cómo era posible que un ayuntamiento comunista homenajeara a un poeta que escribía de santos y de vírgenes. Una reducción pésima y simplista de lo que es la poesía de Pablo. Porque cuando Pablo escribe de santos y de vírgenes escribe mucho más que de santos y de vírgenes. Y por parte de aquel ayuntamiento, parece que sabía leer, y había leído mejor y más allá; más todavía: Córdoba es también eso, y lejanamente Pablo había intervenido, junto con Rafael Medina y Rafael Cantueso, en la reorganización de la hermandad del Remedio de Ánimas, al final de los años cuarenta, hermandad de la parroquia de su barrio, San Lorenzo, pues Pablo vivió en la calle Parras y luego en López Diéguez. Hoy podemos ver, en el colegio público Hermanos López Diéguez, dos placas; en una dice: “En este colegio aprendió sus primeras letras el poeta Pablo García Baena”, y en la otra “En este colegio fue maestro el poeta Juan Bernier”.

Aquí en la tierra.
Juan Bernier fue la presencia de Córdoba: en la galería de Pepe Jiménez, en el bar Siroco con el pintor Rafael Aguilera, con Rogelio Luque, con Carlos Clementson, su cigarro y su copa de vino en la mano, pateándose la provincia entera para entregarnos su Catálogo Artístico y Monumental, en el patio de la Diputación leyendo su soneto a Córdoba, en su departir llano y silencioso, en su mirada penetrante y en su cuerpo entre desmadejado y huraño. Juan Bernier formó parte durante mucho tiempo del paisaje de Córdoba, y el Ateneo cordobés tomó su nombre para fundar un premio de poesía ya en vida del maestro, y la galería de Pepe Jiménez se llama ahora Studio 52 Juan Bernier. Lo recuerdo un día en la sala de plenos de la Diputación, que era una prolongación de su casa, un día en que un grupo de poetas hicimos un audiovisual con sus poemas y nuestras voces, acompañados por música y por diapositivas del paisaje urbano, artístico y humano de Córdoba: un mendigo en la escalinata de san Cayetano, un Cristo desvelado en su parcialidad, que se iba mostrando lentamente:

Que no te complique a ti, me dicen todos,
porque tu nombre en cualquier vaso de vino escurre como una gota de hiel amarga.
Tu nombre, ¡oh Dios, Padre mío!, está siempre en mis labios,
en los labios rojos de un hombre a quien llaman borracho,
que tiene siempre sed de vino dorado y otra sed acuciante y no satisfecha
de exprimir el jugo de una interrogación viva.

Con Juan Bernier anduvimos por todas partes, fue un poco padre de todos. Lo visité algún día en su piso de Ciudad Jardín –algo tenía yo que entregarle– y lo visité luego en la residencia de la sierra, por la Carretera del Calasancio, con su oxígeno y su difícil respirar, y luego en la otra residencia de la plaza de la Compañía. Cuando besé su frente de muerto la experiencia de la muerte llevaba también otra experiencia, la de la finitud y la inmortalidad de los artistas: era el primer poeta que se me moría:

El muchacho era tan bello, que no era de este mundo,
era otro mundo él solo, de flor y un manojo de venas.
Lo mirabas y era aparte, lejos de ti, como un bello animal suelto
en un universo verde de agua y de praderas.
Ponías la mirada en él y lo encontrabas vivo, igual que tú,
pero pensabas que era una flor, una gacela, un junco, un lirio.

En Juan Bernier hay una poesía sensual, y a la vez comprometida; es poesía social en el sentido en que toda buena poesía debe serlo, si se engarza a su tiempo. Poesía de latido ancho como el mundo, y donde caben Dios y la carne, el humanismo con el placer y el gozo. Juan Bernier había nacido en 1911 y murió en 1989. También estuvo sin publicar durante 18 años, desde 1959 en que apareció Una voz cualquiera, hasta 1977 con Poesía en seis tiempos, al que le siguieron En el pozo del yo (1982) y Los muertos en 1986. Su primer libro, Aquí en la tierra, había aparecido como tercer número extraordinario de la revista Cántico, en 1948. Del Diario de Juan Bernier, ahora en posesión de su sobrino Juan Antonio Bernier, se han publicado algunos fragmentos.

Elegías de Sandua.
Pero antes que Juan Bernier había muerto Ricardo Molina, en 1968, cuando los estudiantes de Europa eran protagonistas de lo que luego se llamó “mayo del 68». En la revista Cántico aparece como domicilio de Dirección y Administración la calle Coronel Cascajo –o calle Lineros– el domicilio de sus padres, en los tiempos en los que Ricardo era profesor de la Academia Hispana, que estaba en la calle Gran Capitán, en parte de lo que es ahora el edificio de Cajasur. Pero luego Ricardo se mudó al número 5 de la avenida de Granada. Francisco Carrasco me contaba cómo visitó al poeta durante un año, los domingos por la mañana, en esa casa en la que él vivía con su hermana. Hablaban de literatura, y Ricardo le mostraba a Paco Carrasco sus papeles, lo que tenía entre manos, que era, entre otras cosas, La función social de la poesía, el ensayo que quedó sin terminar y que finalizó luego Pablo: “Mira cuánto me queda por hacer, y no me va a dar tiempo”. Ricardo “sabía”, porque los médicos se lo habían dicho, y ya no salía, no podía salir. “Lo único que ya tengo son las puestas de sol en la Colina de los Quemaos”, la colina que se levanta desde el instituto Séneca cuesta arriba, la parte alta de lo que hoy es parque, por detrás del zoológico. Ricardo, con su aire de cantaor de flamenco o de gitano señorito, fue el que llevó el peso del espíritu y la organización del grupo. Era un intelectual y a la vez un buen relaciones públicas, tanto dentro como fuera de Córdoba. Curioso, su interés por todas las manifestaciones del arte lo llevó a traducir, a escribir ensayos sobre Córdoba, y a estudiar y profundizar en el flamenco: fue el inspirador del Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, que se celebró por primera vez en 1956, siendo alcalde Antonio Cruz Conde, junto con el Festival de los Patios Cordobeses, y tuvo una gran amistad con el cantaor Antonio Mairena. Ricardo Molina había nacido en Puente Genil en 1917. A su muerte había publicado cinco poemarios: El río de los ángeles (1945), Elegías de Sandua (1948), Corimbo, que fue Premio Adonais en 1949, Elegía de Medina Azahara (1957) y A la luz de cada día en 1967. Publica también los libros de ensayo Mundo y formas del flamenco, Tierra y espíritu o Córdoba en sus plazas.
 
Oh qué dulzura
qué extraña y admirable dulzura,
descender abrazados, desnudos, al fondo oscuro del río,
desnudos y abrazados para siempre,
y así, gozosos, líquidos, disolvernos en ondas,
en claras ondas plateadas, verdes...

De los príncipes.
A Julio Aumente lo conocí en Córdoba, algún día en un recital o quizás el día de la presentación de Cántico en Diputación. Una vez vino para formar parte del jurado del Premio Ricardo Molina. Lo acompañaba un joven al que nos presentó como italiano y príncipe, de la casa Colonna Orsini. Era un muchacho moreno y nervioso, delgado, que volvió al final de nuestra reunión con un alfanje comprado en las tiendas de la Judería y que a Julio Aumente no le hizo mucha gracia. La ironía de que hacen gala todos los miembros de Cántico es en Julio Aumente mucho más punzante y tantas veces casi sarcástica. Pero hay algo por lo que Julio Aumente da cualquier cosa: por tener a su lado la belleza. Por ese tiempo debió de publicar De los príncipes:

Un cuerpo que se entrega no es difícil hallarlo.
Eso eras tú, un hermoso cuerpo divino y vivo.
Una breve cintura, un racimo dorado
En tus ojos brillando entre los ríos de Agosto.

Pero es fácil que un cuerpo fulja como una gema
si con amor se mira, con verdadero amor.
Amor y no esa débil pasión que muere a un tiempo
con el último goce de los cuerpos vencidos.

Vivió en Córdoba hasta 1961, en que se estableció en Madrid. Su inquietud le hizo dedicarse también a la pintura, de manera autodidacta. Fue el último del grupo en publicar y su primer libro, El aire que no vuelve, apareció en 1955. Después vinieron Los silencios (1958) y Por la pendiente oscura y La Antesala, ambos en 1983.

Universo de pueblo.
Era académico numerario de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes. Fue allí, en la Academia, donde se publicó su estudio La poesía cordobesa contemporánea, además del volumen Córdoba en la poesía. Y es que Mario López alentó siempre y atendió amorosamente la obra de los jóvenes poetas que empezaban. Mario vivía en Bujalance, era un abogado que siempre ejerció de agricultor, y su vida como su poesía carece de conflicto, va del canto a la descripción. El conflicto existencial que late en la obra de los demás poetas del grupo no existe en Mario. Alguien lo presentó a Ricardo Molina estando una vez en Córdoba, y este lo invitó a participar en la revista. Lo que hace importante a la poesía de Mario es su innata sabiduría poética, que eleva a categoría de universal lo que de otra manera no habría pasado de folclorista y cancioneril. Pero en Mario, como en todos, está presente el latido vital, junto con la sinceridad y el uso intuitivo y sabio del lenguaje, del ritmo y de la forma. Su localismo se transforma en universal y su aparente sencillez en humanismo y diafanidad clásicas. Sus primeros títulos fueron Garganta y corazón del Sur (1951) y Universo de pueblo (1960). Mario López, que murió en la primavera del 2003, no buscó la fama; en verdad ninguno de ellos la buscó. Excepto Ricardo Molina, ninguno de ellos dedicó tiempo a las relaciones sociales ni literarias en los primeros tiempos de Cántico.

Ocaso en Poley
. Vicente Núñez estaba en la primavera granadina, en el II Encuentro de Poetas Andaluces, en 1983. Y estaba sobre todo en Aguilar, crecido y locuaz en las distancias cortas de las tertulias, con la copa de Montilla y el cigarro, y aquella inolvidable voz de barítono herido y apuesto. También Vicente vivió el bello tiempo de los homenajes. Después de 23 años sin publicar recibió, por Ocaso en Poley, el Premio de la Crítica y a partir de entonces se convirtió en un poeta de culto a quien visitaban damas de la política, profesoras, jóvenes admiradores y poetas de todas partes. Pero murió un año antes que Mario López, en junio de 2002. Antes de Ocaso en Poley había publicado Elegía a un amigo muerto (1954), Los días terrestres (1957) y Poemas ancestrales (1980), y posteriormente Cinco epístolas a los ipagrenses (1984), Teselas para un mosaico (1985) e Himnos a los árboles (1989).

Calle de la Hoguera.
Tenía ojos de siena, manos sabias y una sonrisa burlona en el bigote. De Miguel del Moral recuerdo, vivas, las tertulias de los domingos en su casa-estudio de la calle de la Hoguera, siempre con el cuadro en el caballete o con las manos de un San Juan a medio restaurar, aquellos domingos con Rafael Benítez o con Pablo García Baena, si estaba por Córdoba, y lo recuerdo cuando luego subíamos juntos la cuesta de la calle Blanco Belmonte, hasta la casa en la que vivía, frente a la Academia Británica. Cada Navidad, Miguel hacía su belén, que colocaba sobre la chimenea del estudio, sin que nunca faltaran el lentisco y los brezos. Y cada 24 de diciembre, Del Moral recibía a amigos, artistas y escritores. Era una conversación y era un encuentro y era una copa y era la tradición de Córdoba, expuestos también los christmas de navidad que el maestro había ido recibiendo. A veces casi no cabíamos, pero era un alegre centelleo de cristales, abrigos, periodistas, nobles, artistas que pasaban por Córdoba o a los que traían otros amigos... Los últimos dos años la confección del belén le suponía un esfuerzo, del que se quejaba, pero de lo que no podía o no quería prescindir. Miguel del Moral admiraba a los poetas y los poetas lo admiraban a él. Siempre tenía un libro a mano que quería leer, que leía, que nos mostraba y del que quería nuestra opinión. Y su balcón se abría a la visión de Córdoba, y el timbre que le avisaba era una campana que resonaba en la escalera. El patio umbrío, con las yedras y el mármol, y Miguel regando sus macetas y recorriendo el toldo, y Miguel también con la ironía a flor de piel, con la ironía fina de los sabios de Cántico, y Miguel ya garganta herida. Hasta su muerte.

La pintura de Miguel del Moral era como la puesta a punto de Velázquez. La belleza de las muchachas y de los adolescentes están en sus cuadros, la belleza de Córdoba, con sus caras casi descarnadas en los pómulos altos y los labios carnosos y encendidos, caras triangulares de vértice impar hacia la boca. Un algo entre Velázquez y El Greco, pero también unas formas que sabían del cubismo, una pintura sabia y poderosa, que cobraba vida lenta y armoniosamente, siempre sin prisa. Miguel del Moral admiraba a Pablo, y cada vez que Pablo venía a Córdoba el paseo de los domingos era en el estudio de Miguel. Y Pablo venía por la Fuensanta, en septiembre, por San Rafael en octubre, por Navidad, por Semana Santa, por el Corpus... Y había un año litúrgico para recorrer y reencontrarse con Córdoba, con sus celebraciones y su dolor por el destrozo y el olvido, sus visitas a la Fuensanta, sus recorridos por los belenes clásicos, la Virgen de los Dolores, la hermandad del Remedio de  Ánimas... El ángel que Miguel del Moral dibujó en el primer número de Cántico inauguró ya la presencia clara de los ángeles en la revista y en la poesía, con los puntos cardinales. Miguel del Moral viajó por Europa y estuvo un tiempo en Madrid, pero volvió a Córdoba y en ella vivió ya hasta su muerte, en 1998.

Serafines, Querubines y Tronos. Y Ginés Liébana, el poeta de los ángeles, desde la Biblia a Rilke, continuó la tradición y se convirtió en el pintor de los mensajeros. A Ginés lo veo nervioso, risueño, inquieto siempre, joven siempre, reinando en los círculos de Madrid y a la vez en los de Córdoba. Si Miguel del Moral era hacia dentro, Ginés Liébana es hacia fuera, buscando con la mirada y creando tesis tanto como formas y colores. La pintura de Liébana es detallista y simbólica, colorista y vital, en movimiento y éxtasis. Sus ángeles han crecido en posturas y detalles, en alas y vestiduras. Y sus retratos son mágicos, penetran en la luz. Desde hace algún tiempo también Ginés escribe. Lo recuerdo en los recuerdos de Josefina Liébana, una de las mujeres que más tuvo que ver en el nacimiento y la gestación de Cántico. Porque Josefina es mayor que Ginés, le gustaba leer y le gustaba la poesía, y siempre hizo un poco de hermana mayor de su hermano, pero también de Pablo, amigo y compañero de Ginés. Josefina leía poesía o hacía que la leyeran para ella los dos amigos, y así fue contribuyendo a formar el gusto literario de los dos amigos. Siempre le tuvieron un gran respeto, y Pablo le dedicó un poema, ‘A solas con tu lámpara’, poema carta que la recrea a ella y a su mundo, cuando se casa y se va a vivir a un pueblo:

Al pasar por las calles hoy he dicho tu nombre:
Amiga. Y sin saberlo inauguré la tarde
con un perfume nuevo, como un árbol de aromas
que entregara sus ramas al hacha del otoño.
....
Hay un banco en mi vida solitario y umbrío
donde el amor dos veces me ciñó con su dicha:
el estío... No sabes... Me llamaba el estío.
Hoy me siento enlutado con las manos vacías.

Josefina guarda bastantes recuerdos de los futuros miembros de Cántico, porque ha conservado esos recuerdos con amor. Pablo, entonces Rafael, entraba y salía por su casa, y hay cuadernos de poemas que ellos “editaban”, como aquel de Don Carlos.
“Sólo un símbolo es este álbum del homenaje que dentro de nosotros se rinde constante a la liberalidad magnífica y espiritual de nuestro amigo y maestro don Carlos López de Rozas; en cuya casa, rincón propicio y cálido, aprendimos a sentir un mundo mejor y a elevarnos con las alas espléndidas y triunfantes de la música a un ideal de perfección ya fácil por el empuje de su espaldarazo cariñoso y alentador.” Estas son las palabras que los futuros miembros del grupo Cántico, y sobre todo Ginés Liébana, que realiza los dibujos, escriben en la portada del libro artesanal que los jovencísimos poetas dedican al profesor y músico López de Rozas en el año 1940, y cuya edición facsímil corrió a cargo de la Diputación Provincial de Córdoba en 1993. ¿Cómo llegan allí los que luego fundarían el grupo Cántico? Por Puerta Nueva, en la taberna de Pedro Ruiz, por el Realejo, en la bodega de Pepe Diéguez, por el Campo de la Verdad, por el Molino de Martos y sus baños de verano en el río, con el periodista Gabriel García-Gil...

Pan, amor y poesía. El mayor de todos, Juan Bernier, era ya amigo de Ricardo Molina desde sus tiempos de estudiantes; por su parte, Ginés Liébana y Rafael García Baena, que en algún momento cambia su nombre por Pablo, su segundo nombre, eran también compañeros y amigos por la Escuela de Artes y Oficios. En 1940, recién venido Juan Bernier del servicio militar, ve un día a Pablo en la Biblioteca Provincial y, al dirigirse a él, Pablo le responde: “Sí, yo escribo poesía”. Así es como Juan Bernier presenta a Ricardo Molina y a Pablo, que a su vez les presenta a su amigo Ginés, y todos asisten a la tertulia de don Carlos, llamada “de la gramola”, donde hablaban de arte y escuchaban música a la que no hubiesen tenido acceso a no ser por el profesor; al poco se incorpora también Julio Aumente, que procedía de otra tertulia, ‘La de la pianola’. En 1942 se une el pintor Miguel del Moral, y en 1943 Mario López es presentado a Ricardo Molina. Desde esa fecha el Grupo Cántico está ya formado, y todos comparten intereses literarios, artísticos y vitales. Ricardo Molina publica su primer libro, El río de los ángeles, en 1945, y Pablo García Baena en 1946, Rumor oculto. En 1947 todos los miembros del grupo deciden presentarse al Premio “Adonais”; pero gana José Hierro, con su título Alegría. Y a partir de entonces, se gesta la revista que daría nombre al grupo, y cuyo primer número aparece en 1947. Son ocho números desde 1947 hasta 1949, impresos en Córdoba y sostenidos por suscriptores. En la última página se podía leer: “Hojas de Poesía. Dirigidas por Ricardo Molina, Pablo García Baena, Juan Bernier”. A la par, como separatas de Cántico y fuera de la revista, los poetas siguen publicando. Pablo Mientras cantan los pájaros (1948), Antiguo muchacho (1950), Junio (1957) y Óleo (1958). Ricardo Elegías de Sandua (1948), Corimbo (1949) y Elegía de Medina Azahara (1957).
La revista interrumpe en 1949 su publicación, y no vuelve a salir hasta 1954, en una llamada “segunda época”, que dura hasta 1957, con 13 números, dos de ellos dobles. En una ciudad cerrada, silenciosa, y a un tiempo llena de arte y de historia, una ciudad en penumbra y en unos tiempos de penuria, cnco poetas y dos pintores viven su propia ciudad y viven mirando a los creadores del mundo, en una visión tan sincrónica como diacrónica, porque los poetas y los pintores de Cántico son cordobeses por encima de todo pero son también artistas universales por encima de todo. Lo cual no quita para que la revista, como los artistas que la publican, pasen casi desapercibidos, en su ciudad como uera de ella, en un tiempo en el que tantos poetas escribían en España. Cántico es una revista más, igual que los artistas de Cántico forman una tertulia casi de espaldas a la realidad social del momento y casi de espaldas a la poesía que en ese momento triunfa y se recita por España. Por eso también la mayoría de sus componentes enmudece durante un largo periodo. Y Ricardo Molina, el impulsor y el editor de la revista, hubo de dejar la tarea cuando acusó el cansancio y quizás la indiferencia; después vino la muerte. Y la muerte no le dejó ver cómo en los años setenta los poetas españoles leen y rescatan a los poetas de Cántico, eligiéndolos como sus maestros y salvándolos de entre la maraña de la poesía de su tiempo. En 1976, un año después de la muerte de Franco, Guillermo Carnero publica su estudio El Grupo Cántico de Córdoba. Un episodio clave de la historia de la poesía española de posguerra. Estudio y Antología. A partir de entonces empieza la rehabilitación de sus poetas, y llegan los premios y los homenajes.
   
‘Antes que el tiempo acabe’. En los años de la transición democrática, todos los poetas de Cántico publican nuevos libros; parece como si, alentados y espoleados por el reconocimiento de los jóvenes poetas y del público, se lanzaran otra vez, y con más entusiasmo, hacia la llamada de la poesía. De Ricardo Molina, se publican póstumamente Cancionero y Regalo de amante en 1975, y en 1982 Salmos y Homenaje. Pablo García Baena publica Antes que el tiempo acabe en 1978 y Tres voces del verano en 1980; más tarde Fieles guirnaldas fugitivas. Juan Bernier publica En el pozo del yo en 1982 y Los muertos en 1986. Julio Aumente publica La Antesala y Por la pendiente oscura en 1983; Mario López Nostalgiario andaluz en 1979, Museo simbólico en 1982 y posteriormente Versos a María del Valle. De todos ellos, además, se ha editado su Poesía completa y diferentes antologías. Los pintores del grupo, Miguel del Moral y Ginés Liébana, ven reconocida su obra en Córdoba y fuera de ella, y realizan diferentes exposiciones.
Lo que el grupo Cántico trajo a la poesía española de posguerra, y siguió luego en la época de la transición, fue su individualismo humanista. Una poesía que unía en sus tradiciones al modernismo y a Luis Cernuda, pero también a la generación del 27, a san Juan de la Cruz y a otros poetas no españoles, como Auden, Paul Claudel, Gide, Florbela Espanca, T.S. Eliot o Francis James. Una poesía que cuida el lenguaje, preciso, pero noble y recamado a un tiempo, y una poesía que parte de sí, por la que el poeta se coloca en el centro del mundo; una poesía del amor, de la naturaleza, de las mitologías pagana y religiosa de Córdoba, una poesía con anécdota, con corazón, intrincada en la propia biografía y en el propio tiempo. Ya había señalado Guillermo Carnero las notas de la poesía de Cántico como “intimismo culturalista”, “refinamiento formal” y “tratamiento vitalista del tema amoroso”. Algo que los distingue como grupo aunque cada uno de ellos difiera de los demás.

Los poetas y los pintores de Cántico son un ejemplo vivo de cómo se puede sobrevivir a una época oscura, la de la posguerra española, anteponiendo a todo otro valor la vida y la palabra. No es que hiciesen literatura en lugar de vida, es que ellos tuvieron la osadía, y la valentía, de tomar la vida, la suya, y vivir y escribir conforme a su deseo. Mientras la gran poesía del momento se dedicaba por un lado a denunciar y por otro a repetir formas y temas almibarados, ellos toman por la calle de enmedio. Desde Córdoba miran al mundo, y desde la amistad y la afinidad estética dibujan su universo como quien ni teme ni le importan los otros. Hasta que la poesía y la memoria de Cántico se transforman en la memoria y la realidad de Córdoba, hasta convertirla, una vez más, en una ciudad mítica.

En el Charco de la Pava, en el Jardín del Alpargate,
en los chozos de barro y de taraje
que azotan las tormentas al lado de la Cárcel,
en los tugurios ásperos de riñas y blasfemias,
igual que bajo lámparas de plata
y arcángeles, y vírgenes y santos,
pasea Juan Bernier interminablemente

‘Celeste Córdoba Enjuta’.
El grupo Cántico de Córdoba, mirado ahora desde la perspectiva de estos años, tuvo la virtud de convertir a la Córdoba provinciana, apática y oscura, en un lugar para el goce de los sentidos, y en continuar la rica tradición que desde la poesía romana continúa con la árabe y sigue con Juan de Mena y don Luis de Góngora, de quienes los poetas de Córdoba siempre fueron devotos, como dignos herederos de la generación que lo revitalizó, la generación del 27. El lema de Cántico, repetido en la última página desde el segundo número, es un capitel de una columna con el texto “Celeste Córdoba Enjuta”, el último verso del poema ‘A San Rafael’ de García Lorca. La Córdoba amada, pero intransigente y dura, fue la misma que en los últimos años cuarenta y los primeros cincuenta podía ver la poesía que en el escaparate de la librería Luque, en la calle Gondomar, había dispuesto Miguel del del Moral y no sólo con la revista Cántico, también con otros elementos que su espíritu creador disponía, dando así colorido e importancia a la presencia de unos poetas que veían en ese escaparate el reflejo de su ilusión; escaparates-montajes que tenían, también, un punto de surrealismo, aspecto éste que ha estudiado el pintor José María Báez.

Ahora, el depositario del grupo es el más joven, Pablo García Baena, presidente del Centro Andaluz de las Letras y en el que la vocación se hace una con la estampa de su estilo de intelectual y poeta consecuente y honesto, que pone las miras de su interés en ese algo más por el que su poesía y su quehacer humano se proyectan en la estela histórica que recorre el pasado y se proyectan hacia el futuro, como digno heredero, o mejor depositario, de una tradición que él siente y respeta como sagrada.

Cántico fue una isla separada voluntariamente de la sociedad provinciana de su época y de la sociedad literaria de su época. Pero, curiosamente, y una vez más en la historia de la literatura, ese apartamento es lo que les hizo primero ser originales entre la poesía de su tiempo, y segundo ser luego elegidos como maestros por los jóvenes poetas novísimos, que vieron en ellos el ejemplo que andabqn buscando: la poesía como forma de vida, como exaltación vital y como exaltación amorosa, una isla en aquellos años de penuria cultural y económica, pero donde unos artistas, amigos sobre todo. intercambiaron su pasión sobre el lenguaje y la belleza y la vida, y así se salvaron y salvaron a Córdoba. Para sabero tuvimos que conquistar la democracia.
   
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