28 de febrero de 2017
 

 
  botón inicio botón contacta botón mapa web
foto cabecera
titulo cabecera
 
 
menu
PROVINCIAS
MONOGRÁFICOS
- Adiós al Hollywood europeo
- A donde habite el olvido
- Alfonso Canales, cronista cultural de Málaga
- Alfonso Grosso, entre balas y merengues
- Almería en tres miradas
- Antonio Gala no ha sido asesinado en Murcia
- Antonio Mozo, el innovador
- Asunción Andaluza
-
TROFEOS DISPUTADOS ENTRE 1973 Y 1983

- Caídas y más que caídas
- Caídos sin nombre
- Campo de sangre
- Cántico de Córdoba
- Centenario del nacimiento de Juan Ramón Jiménez
- Cerrado ante la justicia, abierto ante la historia
- Del olvido a la gloria
- Deporte, de la jerarquía a la democracia
- Despiertan los medios de comunicación
- Domínguez Ortiz, cita con la historia
- "Donde se vive y se muere fuera"
- Eduardo Chinarro, el periodismo laboral
- El arte al alba
- El Centenario de Vázquez Díaz
- El Correo de Andalucía en Huelva
- El fin de los monopolios
- El flamenco en la Transición
- El islote de Saltés
- El nacimiento del Festival de Cine Iberoamericano
- El reportero Sebastián Cuevas
- El torero que revolucionó las masas
- En el nombre de Jarcha, libertad sin ira
- En homenaje al maestro Ladis
- Entrevista a Antonio Gala

Diálogo del desamor

- ¿Estamos preparados para el cambio?
- Huelva canta libertad
- Huelva y la música
- José Gálvez Manzano populariza el billar
- José Prieto Escaso, arquero olímpico
- Juan Diego borda su venganza
- La creación nunca duerme
- La década gloriosa del Trofeo colombino
- La esquina de Pepe Jiménez
- La herida de Federico Villagrán
- La mirada de Ricardo
- La princesa comunista
- La radio del transistor
- Las voces prohibidas
- La Transición acelera el reciclaje de los periodistas
- La Transición de los periodistas
- La Transición en las librerías malagueñas
- Los interrogantes de Antonio Burgos
- Medios: la renovación inconclusa
- Nadie sabía nada
- Noche de guardia
- Pedro y Pablo en la Tasca del Matías
- Picasso, principio y fin
- Pudo ser un sueño, pero fue realidad
- ¡Que vienen, que vienen!
- "Se hace talento al andar"
- Semblanza/ Manuel Benítez 'El Cordobés'

Un flequillo le leyenda en la España de los 'seìllas'

- Távora en esencia
- Tránsitos
- Una irrepetible complicidad
- Un festival "rojo" en el franquismo
- Un lienzo pendiente
- ¡Viva Andalucía viva!
CIUDADES RELEVANTES
 

INICIO > MONOGRÁFICOS > El torero que revolucionó las masas
 
  José Luis Córdoba
  Manolete (Córdoba)
  El torero que revolucionó las masas
  El albero de la plaza de toros de Linares selló en directo el final de los grandes mitos de la tauromaquia. Allí está incrustada la marca de su muerte. De Córdoba había salido para convertirse en el más universal de los toreros y Córdoba lo recuperó para darle la alternativa de leyenda en una tarde de lluvia, multitudinaria, de silencios y lágrimas. Manolete no es el torero de una época de convulsiones, no es un invento para alimentar a las masas en tiempos de hambres. Manolete es la estampa, el genio, la autenticidad, que se hace acreditar en cualquier tiempo. Hoy es estatua, mito, leyenda. Y más que nunca historia anclada en las raíces de su pueblo.

Multitudinaria despedida.
El siglo XIX se despidió en Córdoba con un entierro multitudinario, el del célebre Rafael Molina Sánchez Lagartijo, que tuvo lugar el 2 de agosto de 1900 en la parroquial de San Miguel Arcángel, a cuya feligresía pertenecía el domicilio del torero, en la cercana calle de Osario.

De aquel entierro, que constituyó una auténtica manifestación de duelo popular, no fuimos testigos presenciales por razones de edad. Solo tenemos noticias a través de hemerotecas y de los biógrafos del Califa. Igualmente podemos decir del entierro de un torero comprovinciano, Fermín Muñoz Corchaíto, muerto en agosto de 1914, víctima de una cornada sufrida en la plaza murciana de Cartagena.

Pero en los años que van transcurridos a partir de la década de los cuarenta del pasado siglo XX, hemos tenido ocasión de asistir a los entierros de otros famosos del toreo cordobés. Recordemos los de Rafael Guerra Guerrita, en 1941; Manuel Rodríguez Manolete en 1947; Antonio Cañero Baena en 1952; Rafael González Machaquito en 1955; Manuel Calero Calerito en 1960; José Flores González Camará en 1960; José María Martorell en 1955…

De todos ellos fue Manolete el único cuya muerte había acaecido a consecuencia de un percance profesional. Y podemos asegurar que el acto de su entierro superó con mucho en asistencia a los del resto de los enumerados. Puestos a establecer comparaciones, podríamos decir que fue una manifestación popular semejante a la que se produjo en Córdoba con motivo de la muerte del pintor Julio Romero de Torres, en la primavera del año 1930.

Incesante había sido el desfile de personas por el chalé de la Avenida de Cervantes desde que el cadáver de Manolete fue traído de Linares y se colocó en la capilla ardiente, en la tarde del 29 de agosto de 1947. Aquella misma noche los escultores Amadeo Ruiz Olmos y José Manuel Rodríguez obtuvieron la mascarilla del diestro, de la que existen contados ejemplares. Sobre las cuatro de la tarde, había llegado a nuestra ciudad, procedente de San Sebastián, donde se encontraba pasando temporada, doña Angustias Sánchez Martínez, madre de Manolete, desarrollándose las consiguientes escenas de dolor. Venía acompañada del empresario don Pablo Martínez Elizondo Chopera, que había blindado su coche para el viaje a Córdoba, en unión de su nieta Encarnación.

De España y América se recibían numerosos testimonios de pésame de políticos, literatos, toreros, ganaderos, empresas y de toda clase de personas relacionadas con el mundo de la fiesta taurina. En edición especial del periódico Córdoba se publicaba una esquela a toda plana de la familia de Manolete y se anunciaba el funeral para las diez y media de la mañana del siguiente día, en la parroquial de San Nicolás de la Villa, pero posteriormente dicha hora fue rectificada y el acto religiosos se efectuó a las cinco y media de la tarde.

Impresionante silencio.
La del sábado 30 de agosto de 1947 fue una jornada que Córdoba dedicó por entero a honrar la memoria de Manolete. Miles de personas visitaron la capilla ardiente, en la que permaneció el féretro que contenía los restos mortales del torero, mientras se celebraban los funerales en la parroquial de San Nicolás de la Villa, que se encontraba abarrotada de público y aún en la calle se congregaba un gran gentío que no había tenido acceso a las naves del templo.

Presidieron todas las autoridades y representaciones oficiales, con los miembros de la familia del torero muerto. Ofició el clero de San Nicolás, juntamente con el de otras parroquias y el acto se prolongó hasta las siete de la tarde, hora en que la representación eclesiástica con cruz alzada, se personó en el domicilio mortuorio para hacerse cargo del cadáver, que fue portado a hombros de familiares, compañeros y amigos. El cielo aparecía plomizo, amenazando lluvia. En el momento de ser sacado el féretro, el marqués de la Valdavia, presidente de la Diputación de Madrid, en medio de un impresionante silencio colocó sobre el ataúd las insignias de la Cruz de Beneficencia, de primera clase, con distintivo blanco, que el Gobierno acaba de conceder a Manolete, en atención a sus muchas actuaciones desinteresadas, “con la prestación de su maestría y su valor”, según rezaba el decreto, firmado por Blas Pérez González. Precedía una carroza fúnebre tirada por cuatro caballos y totalmente cubierta de coronas de flores. Tal era el número de éstas, que otras muchas tuvieron que ser llevadas por determinadas personas, en su mayoría toreros retirados y en activo.

Abría marcha al cortejo la Policía Municipal, montada, en traje de gala. Puesta en marcha la comitiva, la primera parada fue frente a la plaza de toros de Los Tejares, escenario de tantas tardes de gloria del maestro. Rezado por el clero un responso, enfiló su marcha el cortejo hacia el barrio torero de la Merced, pasando bajo la Torre de la Malmuerta –junto a aquella inolvidable taberna de Almoguera– y ya en la Avenida de Obispo Pérez Muñoz, torció a la derecha para adentrarse en la calle Mayor de Santa Marina y penetrar en la Plaza de La Lagunilla, en aquella casita que supo de los inicios toreros de Manolete y también de sus primeros éxitos. Colgaduras de luto lucían en los balcones. Y los negros vestidos de las mocitas denotaban su dolor por la muerte de quien tantas veces había recorrido las calles de aquel barrio para él tan querido, tan entrañable…

Por motivo de horario, el féretro, que hasta aquel momento había sido portado a hombros, hubo necesidad de colocarlo en el coche-estufa. Y así, entre el gentío aglomerado en las calles del centro de la ciudad, pasó la comitiva fúnebre hasta el cementerio de Nuestra Señora de la Salud, donde ya anochecido, el cadáver de Manuel Rodríguez Sánchez recibía sepultura en el panteón familiar de sus íntimos amigos, la familia de Sánchez de Puerta, hasta tanto se construyera el mausoleo que posteriormente sería encargado al escultor valenciano, residente en Córdoba, Amadeo Ruiz Olmos, que se asentaría sobre terrenos cedidos por el Ayuntamiento.

Notas al margen. El lunes 2 de septiembre de 1947 se reunió, por vez primera después de la muerte de Manolete, la comisión Municipal Permanente, bajo la presidencia del alcalde, don Antonio Luna Fernández. Se adoptaron varios acuerdos de interés, que vamos a compendiar en las siguientes notas.

Constó en acta, en primer lugar, el sentimiento de la Corporación por la muerte del gran torero cordobés que –se dijo textualmente– “ha llevado en triunfo el nombre de su ciudad natal por España y América”. Se nombró una comisión presidida por el teniente de alcalde Francisco Cabrera Perales para llevar a cabo el estudio y propuesta de los actos de homenaje que ha de organizar el Ayuntamiento en memoria del genial torero. Propuso también el alcalde que se manifestara la gratitud de la Corporación hacia cuantas entidades y personas han expresado al ayuntamiento testimonios de pesar, con tan triste efeméride.
También se acordó dirigir un escrito a don Álvaro Domecq y Díez como gratitud por su ejemplar comportamiento para con Manolete, su íntimo amigo, en las últimas horas de su vida.
Fue aprobada una moción del capitular Francisco Cabrera Perales, con la propuesta de que el Ayuntamiento abra una suscripción popular para que todos los cordobeses y cuantas personas lo deseen pueda contribuir a costear un mausoleo que recuerde la figura del torero desparecido; y que en la Plaza de La Lagunilla se construya un pequeño jardincito que sirva de marco a un busto de Manolete.

Manolete único. Durante el corto periodo de tiempo en que Manolete ejerció la profesión taurina, supo, merced a su tesón, a su valor y a su capacidad técnica, erigirse en el único torero capaz de interesar a los públicos, por el difícil procedimiento de hacerles faena –su faena personal e intransferible– a casi todos los toros que salían por los chiqueros. Así, sin que nadie le regalara nada, consiguió hacerse el amo del toreo, sin que ninguno de los diestros entonces en activo le plantase cara como competidor. Incluido el nombre prestigioso del Domingo Ortega, que alternó con Manolete durante varios años, manteniendo su categoría magistral. Los restantes toreros del escalafón, terminada la guerra de 1936 –el “joven maestro” Marcial Lalanda; el desgarbado Nicanor Villalta; el dominador Vicente Barrera– apuraban sus últimos años de vigencia profesional. Y en cuanto a Pepote Bienvenida, Gitanillo de Triana (Rafael) y El Estudiante, no parecían dispuestos a presentar batalla a quien llegaba a la fiesta poseído de un ímpetu arrollador y de unas cualidades innatas.
En cuanto a los nuevos valores bastan unos datos para darse idea del panorama que ofrecía el escalafón de diestros alternativados. Durante el periodo comprendido entre los años 1939 y 1947 –precisamente la época de Manolete– ascendió al número setenta y cinco los novilleros que se hicieron matadores de toros. Pues bien, repasando el escalafón superior nos daremos cuenta que la mayor parte de ellos fracasaron en su intento de ser no sólo las figuras de la fiesta, sino toreros de mediana cotización. Recordemos, por poner dos ejemplos, los casos de Rafael Ortega Gallito y Paquito Casado. Podemos citar también los nombres de Antonio Bienvenida, Morenito de Talavera, El Andaluz, Manolo Martín Vázquez y su hermano Pepín, buenos toreros todos e incluso Agustín Parra Parrita, discípulo aventajado del torero de Córdoba.

En resumen: que de los matadores de toros de la época de Manolete, sólo uno, llamado Pepe Luis Vázquez Garcés, podía, si hubiese querido, ofrecer noble pero rotunda rivalidad al Califa cordobés. Pero Pepe Luis, torero de inspiración artística y de técnica eficaz, consideró que era preferible la “comodidad” a la exposición constante que conlleva una competencia encarnizada. Manolete fue el primero en reconocer que si el “rubio de San Bernardo” hubiera querido, acaso aquella época inolvidable hubiera pasado a la historia como la de Manolete-Pepe Luis. Porque lo de Carlos Arruza fue otra cosa bien distinta.

Fama de torero serio tuvo Manolete, pero contamos con motivos sobrados para pensar que tal seriedad sólo solía exteriorizarla mientras tanto duraban sus actuaciones en las plazas de toros. En el terreno particular era una persona normal, que gustaba reírse con los amigos y hasta apuntarse algún que otro cantecillo. Muchas veces los periodistas le preguntábamos por el motivo de dicha seriedad. Y siempre contestaba con humor: “¿Qué yo estoy muy serio toreando? ¡Pues más serio está el toro!” También es suya esta contundente explicación acerca de la seriedad: “Me parece que el toreo es una cosa demasiado seria como para tomarla a broma. Porque es que puede darse el caso de que a las cinco de la tarde esté uno en la plaza delante del toro y a las cinco y cinco minutos se encuentre en presencia del Altísimo”. Esta declaración, más que una anécdota, parece un presagio.

Antes de abandonar México, en el año 1947, Manolete dejó grabadas para una emisora de radio del país unas declaraciones que conviene recordar ahora porque dan idea de la excepcional talla que como torero y como hombre tenía el espada cordobés:
–Guardo al público mexicano un gran afecto por la forma en que me ha tratado siempre. Yo me llevo a México muy en lo hondo.
–En España se habla mucho de lo que llaman mi seriedad y mi indiferencia ante el público. Me critican que no esté en la plaza sonriendo y haciendo carantoñas.
–Pero es que yo no puedo hacer eso. Me daría vergüenza al arrancar aplausos a cambio de sonrisas y zalemas.
–El día que yo hiciera eso, el día que mendigara una ovación, me retiraría del toreo por vergüenza de mí mismo.
–Y es que me va a perdonar la inmodestia. Pero yo soy verdad en el toreo o no soy nada.

La temporada de 1947. En los días finales del mes de marzo de 1947 regresó a Córdoba en automóvil el matador de toros Manuel Rodríguez Manolete, el cual, a su vuelta de México, no quiso detenerse en Madrid procedente de Lisboa para evitar invitaciones y preguntas, más o menos indiscretas, ya que del famoso torero de Córdoba estaban pendientes los empresarios, los toreros, y en general, toda la afición taurina española.

Poco después de su llegada y cuando acudían a su domicilio numerosos amigos para darle la bienvenida, tuvo la gentileza de hacer paréntesis en su conversación y pasar con nosotros a un despacho para celebrar una breve entrevista, que entonces los periódicos esperaban con singular interés. Le preguntamos, naturalmente, su opinión sobre el pleito hispano-mexicano. Y contestó categóricamente:

–De este asunto no quiero hablar aún. Ése ha sido el motivo de no haber querido detenerme en Madrid a mi regreso. Estoy cansado de entrevistas, de reportajes, de fotografías. Pero los periodistas están en todos los sitios...
–¿Pero tú opinas que debe arreglarse el pleito?
–Opino que sí. Porque tengo la firme creencia de que en España y en México, que es donde está más desarrollada la afición al toreo, debe de existir el intercambio de toreros, aunque existe la posibilidad de que determinados diestros puedan perjudicarse. Yo me enteraría bien de cómo están las cosas y procedería en consecuencia.
–Al pasar por Madrid te han hecho en el aeropuerto un recibimiento sensacional. ¿Qué opinas de ello?
–Mi impresión es que a los toreros –y no digamos nada de los subalternos– les interesa que cuanto antes queden restablecidas las relaciones taurinas con México. La solución del problema nos interesa a todos, excepto a un determinado grupito de profesionales”.
–Por el momento, ¿cuáles son tus proyectos?
–Descansar. Descansar en Córdoba. Estar tranquilo en mi casa. Aquí pasaré la Semana Santa. Aunque es posible que antes tenga que desplazarme dos o tres días a Madrid, precisamente por el problema de que acabamos de hablar.
–Hablemos ahora de tu temporada. ¿Empezarás en la Feria de Abril de Sevilla?
-–No. No pienso ir a Sevilla ni como torero, ni acaso, como espectador.

Manolete, el ídolo. Manuel Rodríguez Sánchez, medio siglo largo ya separado de nosotros. Y parece que fue ayer mismo, cuando departíamos con él en su modesta casa de la Plaza de La Lagunilla o en su suntuoso chalé de la Avenida de Cervantes o le veíamos actuar en los ruedos taurinos con esa apostura inconfundible, con esa personalidad arrolladora que le distinguió siempre de entre los demás toreros. Porque Manolete fue punto y aparte y aún sigue siéndolo, pese al tiempo que ya nos separa de él.

Manolete, nombre de lidiador de estirpe que pasará de generación en generación, por encima de todos los que después han sido, describiendo a modo de una arco triunfal, cuya huella no logra borrar el paso inexorable de los años.

Renovamos hoy la emoción profunda, infinita, al volver la vista hacia atrás y contemplar como un sueño tantos episodios gratos e ingratos, vividos junto al espada famoso y en torno al amigo entrañable. Porque Manolete fue amigo nuestro antes que torero de fama.

Manolete era un ejemplo de sencillez y de modestia. Ante todo era un hombre bueno, comprensivo, generoso, cordial. No le daba la menor importancia a su categoría de matador de toros de primerísima fila. Ni a los halagos de la multitud enardecida, ni a las lisonjas de los “agradaores” de oficio, de los amigos de traje de luces, que tanto proliferan. Tenía, eso sí, un reducido grupo de íntimos amigos a los que apreciaba de verdad y por los que se sabía respondido.
Éste era, sencillamente, Manolete, el hombre. Del torero ya se ha hablado en muchas ocasiones, para exaltarlo y también para denostarlo, que ya se sabe a qué están expuestas las auténticas figuras. De cualquier forma podemos decir que supo realizar fiel y honradamente el arte de lidiar y matar reses bravas. No empleó nunca engaños ni subterfugios. Dio por el público su valor sereno y consciente y la pureza exquisita de su arte sin par. Hizo vibrar a las multitudes al conjuro de su manera de interpretar el juego, gallardo y trágico, del hombre y la fiera. Fue, en definitiva, un revolucionario que elevó el toro a alturas insospechadas. Llevó con orgullo y autenticidad el honroso título de matador de toros. Ejecutó la estocada al estilo clásico. Y –veleidades del destino– en esa suerte definitiva, que los críticos solemos llamar suprema, encontró Manolete el epílogo de su vida. Ella le abrió también las puertas de la gloria eterna, en una tarde de agosto, en la plaza minera de Linares.
   
  pagina anterior pagina siguiente
 
 
   
 
  Inicio | contacto | mapa web   Transición