19 de agosto de 2017
 

 
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INICIO > MONOGRÁFICOS > Nadie sabía nada
 
  Pepe Fernández
  El golpe de Estado (Sevilla)
  Nadie sabía nada
  El golpe pasa por Sevilla de puntillas. Un cúmulo de circunstancias, entre las que destaca la personalidad variopinta del capitán general de la II Región Militar, Pedro Merry Gordon, que tiene un mal despertar de la siesta el 23 de febrero de 1981. No estaba bien dormido el general para atender las llamadas de los golpistas. Lo que ocurre después, con la resaca de la noche de autor, es la adaptación a la realidad de los militares que tuvieron la fortuna de no hacer ruido con sus propios sables. El relato que sigue es un capítulo de la reciente historia de Sevilla, cuyos lados oscuros merecen una más profunda y detallada investigación. Y eso que a primera vista parecía que aquí nadie sabía nada. Algunos disimularon espléndidamente, tanto militares como civiles.

A mis hijos, Luis y Mar, esta crónica del último túnel de la democracia en Sevilla. Democracia en la que nacieron y crecen en Libertad.



El páter de Radio Sevilla.
El 24 de febrero de 1981, a mediodía, el periodista llega a su casa tras una larga tarde noche en la sede de la histórica Radio Sevilla, la emisora que 45 años antes utilizara el general Gonzalo Queipo de Llano en sus diatribas contra la República, a la que, tiempo atrás, había jurado defender. Está agotado el joven reportero, 25 años, a la sazón jefe de los Servicios Informativos de la SER en Andalucía, deseando descansar de la tensión acumulada durante una larga noche en vela. Mientras llena la bañera con agua caliente, escucha los mensajes acumulados en su contestador automático: Piiii. “Pepe, soy Gabriel. Te llamo para que indagues en tus fuentes militares. Me han dicho que van a pasar cosas y gordas, de hecho algunos hijos de militares en el colegio donde doy clase no vendrán esta tarde y eso es mosqueante. Llámame si sabes algo..., Dios te guarde...” Clic...

Gabriel Ramos es el páter de Radio Sevilla, alguien que, sin estar en plantilla, es considerado como uno más. Un cura excepcional que, partiendo de posiciones conservadoras, acaba rozando el larguero de la Teología de la Liberación tras su trabajo junto a los más humildes trianeros. Es también un sevillista radical, casi un biri, y en algunas de sus homilías se refiere al equipo de sus amores, con el consiguiente mosqueo de los fieles béticos. Odiar al Betis, ironiza, no es pecado. Ramos es un hombre con olfato, íntegro y cabal en su trabajo pastoral. Sus comentarios de cada amanecer en las antenas decanas de la radio alimentan las ansias de libertad desde la fe. No soporta al Opus Dei. No es amante de la frivolidad ni del chisme inútil.
Aquel mensaje, grabado en la mañana del 23-F, adquirirá al día siguiente de los acontecimientos en el Congreso un valor especial. Y en efecto, Ramos ha pillado onda sobre venideros sucesos militares en círculos de la familia castrense muy cerrados, ya en su parroquia o en el colegio donde el padre Gabriel imparte clases de religión. El periodista, que a esa hora es incapaz de valorar en toda su dimensión lo que acaba de vivir la noche anterior, sólo lamenta ingenuamente ante el cura, “Jó Gabriel, pedazo de exclusiva me he perdido por no haber ido a comer ayer a casa”.


Ruido de sables.
No es la primera vez que escucha ruido de sables el periodista. Meses antes, a primeros de noviembre de 1980, entrevista a través de la SER a Alejandro Rojas Marcos, quien se encuentra de viaje en Barcelona. El dirigente del PSA efectúa una declaración exclusiva e inquietante: “Quiero denunciar que los socialistas están hablando con militares de alta graduación para buscar una salida anticonstitucional a la situación de crisis en la que se encuentra el país”.

La declaración de Rojas Marcos con tan sonora y grave denuncia pasa inadvertida en plenas vacaciones veraniegas, aquello suena extraño e inconcebible, pero tiene su fondo de verdad. En efecto, en aquel viaje a la capital catalana coincide en el avión con el alcalde de Lérida, el socialista Antoni Ciurana, quien le comenta que volvía para un importante almuerzo en su casa con Alfonso Armada, Enrique Múgica y Joan Reventós para hablar de la situación política española. Alfonso Armada Comyn, gobernador militar de Lérida, es considerado como uno de los generales próximos al Rey ya que había sido preceptor del Príncipe. Tras el 23-F es considerado como “El elefante blanco” que llegaría al Congreso para presidir un Gobierno de “salvación nacional”. Él es quien urde, usando el nombre del Rey en vano, parte de la trama del intento de golpe de Estado de febrero de 1981.

El mundo de Merry.
La sede de la Capitanía General de la II Región Militar, justo en el edificio central de la Plaza de España, obra del arquitecto Aníbal González (muerto, cuentan, en extrañas circunstancias en 1929), es el inmueble mejor cuidado del enclave monumental de la Feria Iberoamericana del 29. Una brigada de soldados/operarios, que se renueva con los reemplazos trimestrales que llegan procedentes de los Centros de Instrucción de Reclutas (CIR) de Cerro Muriano, Campo Soto u Ovejo, mantienen en perfectas condiciones de revista unas dependencias que incluso han servido de plató de cine a principios de los sesenta para que David Lean rodara escenas de su siete veces nominada película Lawrence de Arabia. En la primera planta del edificio, en el ala derecha vista desde la plaza, están el despacho y las dependencias privadas del capitán general Pedro Merry Gordon. Jerezano de nacimiento, es uno de los tenientes generales con mando en plaza más respetado por sus compañeros de armas en la Junta de Jefes del Estado Mayor del Ejército (JEME). Ha llegado joven al generalato y esa circunstancia, con el paso del tiempo, se le volverá en contra al limitar el Gobierno de Calvo Sotelo, tras el 23-F, los años de permanencia en el empleo de los generales con mando en plaza.

Merry vive en su mundo, su región militar, la segunda, que abarca desde Extremadura al Cabo de Gata, pasando por Melilla, Chafarinas, Ceuta y Perejil. No hace excesiva vida social el capitán general de Sevilla, un legionario curtido en la Guerra Civil, después en la División Azul. Se refugia Pedro Merry en la residencia oficial de Ceuta largas temporadas, alejado del mundo. En su rostro arrugas de sufrimiento, mirada noble y altanera, herencia de la familia jerezana de la que procede.

En la planta baja de Capitanía, a la izquierda del edificio militar de Plaza España, tiene sus instalaciones el Gobierno Militar de Sevilla, cuyo titular, un general de División, permanece prácticamente en el anonimato de un segundo plano social y militar al compartir sede con el Capitán General y la División. El gobernador se ocupa fundamentalmente de tareas administrativas, de servicios como la Policía Militar y poco más. La tropa, los regimientos Soria 9, Sagunto, Raca 14, la impresionante fuerza militar ubicada entonces en Sevilla depende del general jefe de la División Mecanizada Guzmán El Bueno.

En los húmedos y sórdidos sótanos del edificio, los soldados destinados en los distintos servicios de la sede militar, duermen en viejas literas y comen un rancho que deja mucho que desear. Pedir una taza de caldo en el bar, significa que te sirvan agua caliente en una taza y media pastilla disuelta de Avecrem que cuesta diez pesetas. Muy cerca de aquellos sótanos donde duermen los soldados del reemplazo de los años 1979-1980, en unas dependencias con acceso restringido y con severos controles de seguridad, se llega al corazón de la RTM (Red Territorial de Mando), a cuyo frente está desde su creación el entonces comandante Juan Carlos Fernández Loaysa, siendo su segundo el capitán Gabino Fiz, quien concluiría su carrera militar siendo coronel jefe de la oficina sevillana del CESID a finales de los noventa. Sin estar España formalmente en la OTAN, oficiales americanos procedentes de la base naval de Rota trabajan casi a diario en aquellas instalaciones, desde las que se controlan todas las comunicaciones que puedan interesar en el sur de Europa desde el punto de vista militar. En la segunda mitad de la década de los setenta, el ejército americano moderniza discretamente las tecnologías de la Defensa en los sótanos del cuartel general de Sevilla.

Están preparando la intendencia de comunicaciones para el día que entrásemos en la OTAN. De la misma forma que jóvenes oficiales preparan a los coroneles y generales de la II Región en su acicalamiento profesional con charlas y seminarios sobre la NATO, reuniones que acaban convertidas en mítines de extrema derecha, con la revista de Blas Piñar, Fuerza Nueva, como guión ideológico y anticonstitucional sobre la mesa. Los entonces comandantes Antonio Troncoso Castro (auditor del proceso de Burgos, siempre de paisano por ser un objetivo buscado por ETA) y Luis García Mauriño (implicado en un extraño suceso en el que las capitanías, a través de sus Estados Mayores, se pusieron de acuerdo elaborando un código cifrado de comunicación por télex entre ellas al margen de Madrid, y que acabará como gerente del rancio y selecto Club Pineda) son ambos profesores destacados de las charlas de finales de los setenta que enseñan a “Vuecencia” las líneas generales de la Defensa occidental y, de paso, durante el café, discuten acaloradamente sobre la alarmante escalada terrorista en España, “el cáncer separatista” y las negras perspectivas que, según los generales del tardofranquismo, traería la democracia con los comunistas legalizados y tantos “rojos que debemos vigilar y controlar”.

“El hombre de la CIA”.
En los agitados y tumultuosos años de la transición política en Sevilla, figura un personaje inevitable en cualquier acto de carácter político. Es Frederic Purdy, cónsul general de los EE UU en Sevilla. Purdy, amable y educado en sus formas, siempre va provisto de una libreta en la que toma muchas notas de forma ostensible de todo cuanto escucha en los actos. Muchos le considerarían siempre “el hombre de la CIA en Sevilla”. No en vano, su trayectoria en el Departamento de Estado, y particularmente su estancia en la embajada de Santiago de Chile antes, durante y después del cruento golpe militar de Augusto Pinochet contra Salvador Allende, le convierten en sospechoso de ser agente de la Agencia americana. En la película Missing, de Constantin Costa Gavras, aparece un personaje encargado de negocios de la embajada santiagueña, que todos han identificado siempre con Purdy.

En qué mala hora.
Pasadas las cinco de la tarde del 23-F, en las dependencias privadas del capitán general de la II Región Militar, Pedro Merry Gordon, suena el teléfono. Mala hora para pasar llamadas a don Pedro, pensó su ayudante, pero el carácter urgente que le da quien llama le obliga a interrumpir la siesta del capitán general. Un hombre con una delicada salud de hierro y que ahoga su pena en whisquy, por dos hijos perdidos poco tiempo atrás en la flor de la juventud. Al otro lado del teléfono, el ayudante de Jaime Milans del Bosch en la Capitanía de Valencia, teniente coronel Pedro Más Oliver, insiste en que es “urgente e importante” que hablen en ese momento ambos tenientes generales, a la sazón capitanes generales de Valencia y Sevilla. “Dime Jaime, soy Pedro”. Milans del Bosch le cuenta a Merry Gordon los detalles de la operación militar que en hora y cuarto va a ponerse en marcha en el Congreso de los Diputados, con el teniente coronel Antonio Tejero Molina al frente. Le dice, además, que todo se hace en nombre del Rey y que personas de su entorno, la Reina por ejemplo, están al corriente de todo y lo aprueban.
Merry Gordon, teniente en la Cruzada de Liberación (así llama a la guerra civil española del 36) y destacado oficial en la División Azul, segundo en el escalafón del generalato tras el vallisoletano Ángel Campano López, se irrita en lo más íntimo al comprobar que Milans ha asumido una jefatura militar que no le corresponde por escalafón. “Mira Jaime, a mí esto no se me hace. Informarme una hora antes de un asunto así, eso sí que no. Por ahí no paso. No cuentes conmigo Jaime. Quedo enterado y tomo nota. Además, te adelanto que eso está condenado al fracaso”.

“Colgué el teléfono bastante molesto con Jaime”, me confesará dos o tres meses después en su despacho oficial, al darme noticia directa y off the record sobre su papel en la asonada de febrero de 1981. Lo hace en presencia de un ayudante y del entonces comandante de Estado Mayor Jerónimo Delgado Losada, encargado de las relaciones con los medios. Destacados sectores del fascismo sevillano nunca le perdonarán la borrachera que supuestamente le habría llevado “a dormirla” la noche del 23-F, mientras Antonio Tejero, Pardo Zancada, Torres Rojas, Jaime Milans del Bosch y sus carros por las calles de Valencia le reclaman “para salvar a la Patria”.

Aquella tarde noche del día 23 su general de Estado Mayor, Gustavo Urrutia, el primer oficial de la Academia General ascendido al generalato y que al final de su carrera ocupa la Capitanía General de Madrid, es quien en realidad se hace en aquellas horas decisivas con el control de la Capitanía de Sevilla, con el Rey y con la Constitución. Desde luego sin encontrar resistencia en su jefe inmediato, Pedro Merry, que deambula por el pabellón con tambaleante marcialidad legionaria.

Merry Gordon no quiere esa tarde del 23 de febrero seguir con la siesta tras su breve charla con Jaime Milans, conversación que le incomoda y le amarga la tarde en pocas palabras; busca un traje de campaña, elige uno de legionario en su armario de uniformes, se cala una gorra de tanquista y se planta en su despacho. A esa hora ya han asaltado el Congreso los guardias de Tráfico con el malagueño Tejero al frente.

Corre el escocés y la ginebra por algunos vasos de la Capitanía. Hay caras de satisfacción y de preocupación, ambiente de sabor agridulce en distintas dependencias castrenses, donde algunos militares de edad avanzada viven el horror del 36 siendo unos chavales. Poco antes de las siete de la tarde suena el teléfono rojo. Es el Rey desde el Palacio de la Zarzuela.
–Perico, buenas tardes. ¿Cómo está la cosa por ahí?
–Buenas tardes Señor, a sus órdenes. Aquí no hay novedad ni la habrá.
–¡Cuento contigo, Perico! Un abrazo.
–Así es Señor, a sus órdenes.

El Rey, Comandante General de los Ejércitos, no volvería a hablar con su jefe militar del Sur hasta la primera hora del día siguiente, 24 de febrero. No obstante, hay línea caliente toda la noche entre La Zarzuela y el general Urrutia, “el único del que se fiaba el Rey aquella noche en Sevilla” afirma un coronel destinado en la segunda actividad. “Se limitó a darme las gracias por mi comportamiento. Yo le repetí: Señor, ya le dije que no habría novedades en esta Región Militar y no las ha habido”, me comentaba Merry aquella mañana en su despacho oficial.

Ante la Justicia Militar.
Pedro Merry, como el resto de capitanes generales y numerosos mandos militares, se ven obligados, tras los sucesos de febrero, a comparecer ante la Justicia Militar y explicar de forma oficial y por escrito cual había sido su comportamiento y el de las unidades bajo su mando. Se trata, como podrá observarse, de una declaración medida, ajustada, supervisada por su Estado Mayor y por el coronel auditor Gómez Calero. La declaración judicial lleva fecha del 17 de marzo de 1981.

“Don Pedro Merry Gordon, teniente general del Ejército y Capitán General de la II Región Militar, de 63 años de edad, casado, natural de Jerez de la Frontera y vecino de Sevilla, con domicilio en Plaza de España s/n, evacuando las preguntas formuladas por el Juzgado Militar Especial que instruye la Causa s/n, con motivo de los hechos acaecidos los pasados días 23 y 24 de febrero en ocasión del asalto al Congreso de Diputados:

CERTIFICO:
Que la primera noticia, sobre los sucesos en cuestión la recibí a través de mi jefe de Estado Mayor, el general Urrutia, cuando me encontraba en mi residencia particular dedicado a la lectura, serían las 18,30 horas.
Que inmediatamente me incorporé a mi despacho oficial para hacerme cargo de la situación, dándose la circunstancia en aquellos primeros momentos, de que las unidades, centros y dependencias de la Región sólo se encontraba el personal de servicio, y de acuerdo con el calendario previsto, las unidades a las que correspondía efectuar ejercicios y maniobras fuera de sus respectivas plazas, así lo hacían.
A partir de las 18, 45, los cuadros de mando, teniendo conocimiento de los sucesos a través de los medios de difusión, se van presentando sucesiva y espontáneamente en los respectivos lugares de destino, cosa que así mismo hace todo el personal perteneciente al Cuartel General de esta Capitanía General.
Que sobre las 20,00 horas, se recibe en esta Capitanía llamada telefónica de la Sección II de la DI, anticipando la decisión de la superioridad en el sentido de que debería adoptarse por la región la situación de Alerta 2, si bien, queda condicionada en su ejecución a que se reciba la correspondiente comunicación del JEME por vía telex.
Que sobre las 21,15 horas se recibe por la Red TAC telex Nº 169 del jefe del Estado Mayor del Ejercito en el que se ordenaba “ Poner en marcha BERTA 2. Acuartelamiento de unidades”.
Que en cumplimiento de dicha orden, mi Estado Mayor dio traslado de la misma a las distintas guarniciones de la Región, incluidas la Capitanía General de la Zona Marítima del Estrecho, Capitanía General de la II Región Aérea, Coronel Jefe de la 2ª Circunscripción de la Policía Nacional y General Jefe de la 2ª Zona de la Guardia Civil.
Que sobre las 21,40, di la orden, que cumplimentó mi Estado Mayor, de comunicar a las distintas unidades, de que las disposiciones logísticas que contempla la Alerta 2 se realizarán durante la noche del 23 al 24 solo por lo que respecta a los niveles existentes en el interior de los acuartelamientos, y que a partir de las primeras horas de la mañana se cumplimentarán cuantas disposiciones logísticas dicta el Anexo 3 de la Operación Diana, según las instrucciones que al respecto dictarían las Jefaturas de Armas y Servicios de coordinación con mi Estado Mayor.
Que sobre las 23,41 horas recibí un teletipo de S.M. el Rey en el que literalmente se me ordenaba lo siguiente: “Ante situación creada por sucesos desarrollados Palacio Congreso y para evitar cualquier posible confusión, confirmo he ordenado autoridades civiles y Junta Jefes Estado Mayor tome todas medidas necesarias para mantener orden constitucional dentro de la legalidad vigente. Cualquier medida de carácter militar que en su caso hubieran de tomarse, deberá contar con la aprobación de la JUJEM.
Ruego me confirme que se retransmiten a todas las autoridades del Ejercito”.
Que sobre las 9,30 horas del día 24, y como continuación a la orden remitida a las distintas unidades de esta Región, a las 21,40 horas del día anterior – a que antes se hace referencia -, dispuse que aquellas que estaban afectadas por la Operación Diana se municionasen en los centros de entrega correspondientes, hasta completar la dotación permanente que figura en ficha aprobada por mi autoridad, y solamente en lo que respectaba a las armas señaladas en el apartado 1.2 Anexo 3 de la citada Operación.
Al mismo tiempo ordenaba a los distintos gobernadores militares me dieran cuenta de las necesidades de carburante y medio de transportes para completar los niveles señalados en dicha operación.
Que por último el día 25 a las 15,50 horas, recibí un telegrama del jefe del Estado Mayor del Ejercito ordenándome de que a partir de las 18,00 horas de dicho día, se suspendieran las medidas adoptadas en relación con la Operación BERTA 2, orden que fue inmediatamente transmitida a los distintos gobernadores militares, por mi Estado mayor.

SEGUNDO:
Que quiere hacer constar el declarante, con independencia de lo que anteriormente relata, que sobre las 18,40 horas del día 23, recibí una llamada telefónica del General Milans del Bosch, Capitán General de la III Región Militar, en la que me relató las medidas que había pensado adoptar en el ámbito de su Jurisdicción, a lo que yo contesté que quedaba enterado de ello.
Que pocos momentos después, sobre las 18,45 horas del mismo día, recibí una llamada telefónica de S.M. el Rey, preguntándome si en esta Región ocurría alguna novedad, a lo que contesté, que en absoluto y que estaba a sus incondicionales órdenes.
Que sobre la 1,30 hora del día 24, recibí nueva llamada telefónica, esta vez de un ayudante de S.M., desde la Casa Real, quien me manifestó, en nombre del Rey el agradecimiento de éste por el comportamiento de esta Región Militar.
Y que por último, S.M. el Rey, en persona, me llamó a las 8,30 horas del día 24, dándome las más expresivas gracias por el comportamiento de las fuerzas a mis órdenes.
Y para que conste en el procedimiento de referencia conforme a lo prevenido en los artículos 581, 583 y concordantes del Código de Justicia Militar y oficio de dicho Juzgado del 9 del corriente, extiendo y firmo el presente en Sevilla a 17 de marzo de 1981. Firmado y rubricado”.

Un dato para el olvido.
La lectura de la declaración escrita del general Merry Gordon ofrece un curioso detalle que no debe pasar desapercibido a la hora de la narración en la cronología de cómo sucedieron los acontecimientos por él vividos. Dice que “sobre las 18.40” recibe la llamada de Milans del Bosch avisándole de las medidas por él adoptadas en la tercera región militar. Realmente esa llamada se produce antes incluso de las 18.21, hora en que fue asaltado el Congreso. Así lo confiesa Merry al periodista ante testigos y también lo confirman diversas fuentes militares presentes aquella tarde del 23 en Capitanía. Merry elude ante la Justicia Militar este dato sencillamente para no verse imputado en el procedimiento judicial en curso ya que, tras la llamada de Miláns sobre las cinco de la tarde, Merry no da cuenta de la operación al Jefe de Estado Mayor del Ejército e incluso al Rey dada la gravedad de lo que se avecina.

“El Parte, ¿dónde está el Parte?”
La centralita de la Capitanía de Sevilla echa humo avanzada la tarde del 23-F. El soldado que aquella jornada atiende las llamadas del exterior no sale de su asombro ante el contenido de algunos mensajes y comentarios espontáneos de supuestos patriotas anónimos. “Oiga, los rojos de nuestro pueblo han escondido los archivos y ellos se largan, tenemos escopetas ¿vamos a por ellos?” Entre las decenas de llamadas de aquella noche, una voz muy conocida en las ondas sevillanas, llama a Capitanía para ofrecerse a ocupar Radio Sevilla con el apoyo de un comando militar, e incluso ser la voz que leyera el parte de guerra o la declaración del “Estado de Sitio” en Sevilla y su provincia. El Parte, ¿dónde está el Parte?, ¿quién coño sabe cómo redactar un Parte de Guerra? Inquietante pregunta la que se hace esta tarde el gobernador militar de la plaza.

En las dependencias más administrativas de la Capitanía General, en la sede del Gobierno Militar, su titular es un sevillano llamado en el futuro a grandes destinos en la política militar española. capitán general de Galicia (VIII Región Militar), presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar tras el juicio de Campamento donde se juzga a los protagonistas visibles de la intentona del 23-F, y capitán general de la II Región Militar, empleos todos por designación política de la UCD y, sobre todo, del PSOE, como colofón a su carrera en el Ejercito de Tierra. Un breve artículo mío en Diario 16 Andalucía sobre el general, tras su toma de posesión como capitán general, empleo que cierra su brillante carrera en la ciudad donde empieza como teniente, anima al alcalde socialista Manuel del Valle a nombrarle “Hijo Predilecto” de Sevilla. Su silencio sobre los sucesos del golpe y su relevante posición en el escalafón político castrense, le dotan durante dos décadas de una aureola de “héroe liberal” entre los militares de la democracia. En efecto, Manuel Esquivias Franco es otro de los generales de la noche del 23-F en Sevilla. Sin embargo, su protagonismo público será mínimo, alterado tan solo dos décadas después con un cruce de polémicas declaraciones con el entonces gobernador civil José María Sanz Pastor a cuenta de lo que uno y otro habían hecho y se habían dicho en aquellos momentos dramáticos para la democracia española.

“¿Quiénes vamos ganando?
”. Esquivias es en estas largas horas uno de los sevillanos mejor informados de la situación y, para algunos, como su compañero del Arma de Artillería coronel Manuel Ruiz Mateos, es esta noche un distinguido miembro de un club bautizado como “¿Quiénes vamos ganando?”. No en vano tiene línea directa con el general Fernando Esquivias, hermano suyo y máxima autoridad de la fuerza artillera española, al frente de su Estado Mayor.  Veinte años después, en un magnífico suplemento periodístico de Juan José Téllez en Diario de Sevilla, con motivo del redondo aniversario de la intentona, Manuel Esquivias recupera la voz y la memoria perdida sobre “su 23-F”. Habla el general Esquivias y arremete con especial crueldad contra la máxima autoridad civil aquella noche en el Gobierno Civil de Sevilla. Y, de paso, también escribe a sus nietos una larga carta donde les describe un cuento real, vivido por el abuelo siendo gobernador militar un día en el que España había estado dividida más que nunca entre malos y buenos, las eternas dos Españas que habrían de helarnos el corazón una vez más. Un día, una noche, en la que muchos uniformes habían podido tranquilizar a los demócratas, pero no lo habían hecho.

Miedos y recompensas.
En efecto, los militares en Sevilla obedecen esta tarde noche del 23-F, pero unos más que otros, de una manera o de otra. Algunos entorchados incluso se permiten tranquilizar a los demócratas y ofrecerles cobijo seguro. Tal es el caso del capitán general del Aire, Fernando de Querol Müller, quien desde Madrid llama ofreciendo protección al gobernador civil José María Sanz Pastor Mellado. En el libro de memorias que escribe en la actualidad el embajador de España y ex delegado del Gobierno en Andalucía con la UCD, el capítulo referido al 23-F en Sevilla ya está redactado. El diplomático responde a la provocación pública del general Esquivias, acusando al militar de mantener una ambigua actitud pro golpista frente a quienes defienden la libertad y la Constitución en horas difíciles. Le llama incluso “provocador” por hacer desfilar una columna de la División Mecanizada por el centro de Sevilla en la mañana del 24-F, en contra del criterio del poder civil, tras haber quedado desalojado el Congreso de Madrid.

Pero aquella tarde noche en Sevilla hay otros escenarios donde jóvenes políticos comprometidos de la izquierda ven por momentos que la noche, la larga noche del franquismo, vuelve inexorablemente. Jóvenes periodistas que, formados en los finales de la dictadura y conociendo, padeciendo la censura y la falta de libertad, temen por un cruento final de la primavera nacida en noviembre del 75. Soldados de reemplazo pillados en el bando contrario y con el traje caqui, o altos mandos militares medrando, dudando, jugando y buscando subir en el escalafón, sin escrúpulos y sin importarles una vaina la democracia y la Constitución.
Siendo muchos los escenarios vitales del 23-F en Sevilla –consulado americano, sede del PCE, del PSOE, Junta preautonómica, delegaciones ministeriales, Pineda, ayuntamiento, diputación, emisoras de radio, periódicos locales, escondites de la izquierda o los locales de la camada negra de la extrema derecha– de todos esos escenarios la Capitanía General es, sin duda, el más decisivo. Allí se concentra el poder militar de media España, con una poderosa División Mecanizada Guzmán El Bueno, con un viejo y enfermo teniente general al frente. El olvido de Milans de meter a Pedro Merry en la conspiración del 23-F es para Sevilla providencial. Los demás generales juegan de diferente forma. Gustavo Urrutia, jefe del Estado Mayor, hombre clave en Capitanía, es el hombre del Rey en el Sur. Tras el 23-F es nombrado capitan general de Madrid. Es quien controla en persona los movimientos esta tarde noche de Pedro Merry Gordon. Manuel Saavedra Palmeyro, general de la Guzmán, “el hombre de Milans en Sevilla”, sería ascendido después del 23-F a capitán general. Y Manuel Esquivias Franco, gobernador militar el 23-F, ascendería a presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar y a varias capitanías, incluida Sevilla en su último tramo en activo. Esquivias dice que obedece, pero le acusa quien esta noche representa al Gobierno constitucional de la nación en Sevilla de mantener un doble juego, lo mismo que otro general de uniforme verde, el de la Guardia Civil en Eritaña, que se traslada a Capitanía a ponerse a las órdenes de la autoridad militar.

“¿Y tú, abuelo, gobernador militar de Sevilla que eras, qué hiciste aquella noche?, podríais preguntarme, y no cabe duda que sería una buena pregunta. Pues mi actuación personal aquella noche, –os contestaría, queridos nietos– pudiera resumirla diciéndoos que me limité a hacer algo que para los militares resulta muy sencillo, pues lo venimos practicando desde que por primera vez nos ponemos el uniforme: obedecer; eso es lo que hice y así quedó reflejado en la declaración por escrito que unos días después hube de hacer a requerimiento del Juez Togado designado como instructor de la Causa a que estos acontecimientos dieron lugar.”

Epílogo con charla cuartelera.
“¿Y qué me dices del guaperas ligón de los ricitos?” Junto a la pequeña barra de madera oscura, al fondo a la izquierda del elitista bar de oficiales de Capitanía en la primera planta, dos coroneles con mando en sendos regimientos sevillanos charlan en voz alta, con dicción norteña, mientras toman la habitual cerveza del mediodía junto a dos paisanos.
–Mi coronel, ¿a quién se refiere con lo de “guaperas ligón de los ricitos”?
–Hombre, el Escudero ese que habéis colocado los andaluces de presidente de la Junta, ese socialista que tiene pinta de artista de cine.
En las Salas de Banderas o en las abanderadas barras de la segunda región militar el asunto de la autonomía andaluza se toma con frivolidad y cierta guasa. Tendrán que pasar muchos años hasta que un militar uniformado salude reglamentariamente a la blanquiverde, considerada despectivamente en esta época por altos mandos castrenses como “la bandera del Betis”.

Por entonces, los símbolos pre constitucionales siguen ocupando sitios relevantes de las estancias de la Capitanía General y otras instituciones del Estado. Por ejemplo, en la fachada principal de la Audiencia, en el cercano Prado de San Sebastián, donde cuelga durante años el escudo preconstitucional, hasta que el magistrado y presidente de la Audiencia Provincial, Claudio Movilla, ordena retirarlo a finales de los ochenta, ¡diez años después de haberse aprobado la Constitución! Preside el despacho del capitán general Merry Gordon una gran pintura ecuestre de Francisco Franco, uno de los últimos símbolos en desaparecer de ese lugar en la época de su sucesor en el cargo Manuel Saavedra Palmeyro. Un general que llega a mandar en esta época la poderosa División Mecanizada Guzmán El Bueno y que, de la mano del socialismo, es elevado a teniente general y primer capitán general de Sevilla tras ganar el PSOE el Gobierno de España.

El presidente de la Diputación, Manuel del Valle, y Enrique Múgica, entre otros, serán sus principales valedores ante Narcís Serra, vicepresidente y ministro de Defensa en 1982. Saavedra, por cierto, es “el hombre” de Jaime Milans del Bosch en Sevilla, según le confesaría a finales del año 1980 el propio Milans a José María Sanz-Pastor, al despedirse de él en Valencia como gobernador de Alicante, tras ser nombrado para el mismo cargo en Sevilla. Pero en la tarde del 23-F Saavedra Palmeyro estaría en el cine viendo Casablanca en compañía de una distinguida dama de la sociedad sevillana que asiduamente le acompaña en sus salidas privadas por la ciudad. De ahí las pintadas que sus enemigos, dentro del propio Ejército, plasman por las tapias cercanas a Capitanía tras su toma de posesión: “A la Nato con la Nati”. Natividad es el nombre de tan distinguida y vistosa viuda sevillana.
   
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