29 de junio de 2017
 

 
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INICIO > MONOGRÁFICOS > Alfonso Grosso, entre balas y merengues
 
  Antonio Ramos Espejo
  La Cultura (Sevilla)
  Alfonso Grosso, entre balas y merengues
  Las primeras páginas de Vivir para contarlo, en las que Gabriel García Márquez narra el viaje desde Barranquilla a Aracataca en compañía de su madre, recuerdan las descripciones de Alfonso Grosso en el Germinal de sus primeros años de novelista. A Grosso, aparte de los escritores, los periodistas andaluces le debemos sus aportaciones como reportero literario tan pegado a la realidad por esos pueblos que recorre en su juventud, impresiones que conserva de los primeros años de la dictadura, de los comportamientos de las gentes de su época, cuya máxima preocupación era sobrevivir a las adversidades, aprender a salir de la miseria a toda costa. Tal es el consejo que Germinal recibe de su madre: “Es menester que aprendas de dónde llegan las balas y de dónde los merengues”. El Germinal de Grosso está publicado en 1962, años todavía de desafíos y riesgos, de pisar de puntillas sobre la censura franquista sin que las balas anularan el ingenio del escritor. En su largo y finalmente malogrado viaje del gran Grosso, fueron fundamentales esos primeros pasos, que responden a unas inquietudes literarias y sociales. Su escritura es compromiso y estética. En 1975, le pregunté al escritor sobre su preocupación ante la Andalucía de su tiempo. Ésta fue su respuesta:
“La mía personal se mueve en dos niveles: uno, inevitablemente estético de proclamar su belleza, y otro crítico, en razón de sus condiciones económicas, de su feudalismo y de su subdesarrollo, el cual estoy obligado a denunciar” (Ideal, 20-II-1975).

Su consagración como novelista miró siempre a la realidad andaluza, tanto en sus textos más sublimes (Un cielo infinitamente azul, Guarnición de silla...), como en aquellos otros en los que recrea su inspiración de la fuente inagotable de la realidad de su tiempo: Con flores a María, Los invitados, El crimen de las estanqueras... En otras ocasiones aparece su compromiso abierto y firme cuando expresa la voz de su conciencia andaluza:
“Lleva así más de cuatrocientos años, pero se observan ya muchos síntomas e innumerables signos inequívocos de que no está dispuesta a seguir filosóficamente resignada a guardar sentada como un árabe a la puerta de su aduar el día de la redención. Poco a poco, lentamente, Andalucía comienza a perder su desconcierto y a tener plena conciencia de las infinitas posibilidades que representan las riquezas, sin aprovechar –o mal aprovechadas–, de sus recursos naturales”.

Así sonaba la voz de Grosso en su Andalucía, un mundo colonial, en 1972. Un aldabonazo. Uno más de los que necesitaría Andalucía para romper el desconcierto secular en la que andaba sumida. Años después, en la entrevista ya mencionada de Ideal, Grosso respondía también en esa línea:
"¿Qué sucede, pues? Algo, sin lugar a duda, muy grave, extraordinariamente grave, tan grave como corresponde a los resultados de un pasado digamos colonial, a los problemas que plantea el monocultivo en ciertas provincias y a los resultados de una estructura agraria latifundista de origen feudal, donde los cortijos continúan siendo la unidad básica de explotación, a los que se suman las pequeñas ciudades y villas campesinas, de veinte a treinta mil habitantes (de los que son típicos ejemplos, entre otros, Écija, Morón y Utrera, en la provincia de Sevilla; Arcos de la Frontera, Sanlúcar de Barrameda y Algeciras, en Cádiz, y Antequera, en Málaga), donde residen el proletariado rural –los braceros– en completa decadencia como estrato social y en constante y progresiva (progresión geométrica cada año) emigración definitiva hacia Cataluña, Asturias y el País Vasco y los países europeos –especialmente Francia– que necesitan –y admiten– una mano de obra campesina y sin especializar".

Para poner orden en el desconcierto andaluz, Alfonso Grosso contribuyó con sus propias aportaciones a sembrar ese campo apenas rotulado, por el que invitaba a caminar a las nuevas generaciones de escritores y periodistas. Ése es el Grosso reportero, que viajó a lo García Márquez en trenes de tercera, en camionetas destartalas, para producir páginas maravillosas y de denuncia, propias de andaluz comprometido y ahogado, a la vez, por las miserias de un creador, sometido a las servidumbres de la vida. El tiempo ha borrado su última y ruinosa singladura para dejarnos su herencia literaria y su servicio a una causa, aunque en Andalucía cueste aún distinguir de dónde vienen las balas y de dónde los merengues.
   
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