29 de junio de 2017
 

 
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  Paco Cuadrado
  La Cultura (Sevilla)
  Un lienzo pendiente
  Fueron muchos los artistas que jugaron un papel importante en la Transición, pero en la memoria de Sevilla y en la mía propia brillan especialmente Paco Cortijo, Paco Molina y Rolando Campos. Mis cómplices, mis amigos. Paco Molina llegó de Madrid en 1965 y, desde el principio, pisó fuerte, revolucionó modos y métodos, costumbres y formas de entender y atender el mundo de la cultura artística. De él se ha dicho mucho y todo justo, desde su capacidad para montar exposiciones ajenas, su intervención providencial en los primeros balbuceos del Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla, a su enorme capacidad innovadora. Pero si, en lo artístico, fue tan valioso, sobre todo para los jóvenes, yo le agradezco sobre todo su contribución en la Asociación Sindical de Artistas Plásticos, una manera de resistencia en esa Sevilla, en esa España oscura. Planteó Paco la contradicción entre el arte y la lucha sindical, entre la libertad y la disciplina. Aunque el Ayuntamiento le haya puesto una calle a Paco, tan cerca de donde se partía el alma y el corazón, en Villasís, aunque lo recordemos, nunca dejaremos de estar en deuda con ese artista lúcido y crítico, ácido hasta la ternura.

Creo que el olvido y el silencio han sido mas implacables, en cambio, con Paco Cortijo y Rolando Campos. El primero ha sido, sin ninguna duda, el artista más significativo y polémico del arte sevillano, militante del Partido Comunista en la época más siniestra de la Dictadura, fue el fundador de la Estampa Popular en Sevilla, una manera de ejercer el magisterio fuera de los circuitos de lo académico. Porque, siendo como era un maestro vocacional, en la intención de enseñar sobre todo el arte del grabado y la cerámica no pudo ejercer al fin en su ciudad. Fue Madrid la que lo acogió en la cátedra de Pintura de Bellas Artes.

Así es la ciudad y así es la historia, que, a veces, pasa de puntillas por hombres clave que ayudaron a cambiarla, para convocar más tarde su memoria como talismanes ante el peligro. Éste, creo sinceramente, que sería el caso del tercer gran artista, gran amigo, Rolando Campos. Todavía espero ver una obra suya en la plaza de Mairena, pueblo con el que se implicó hasta el punto de ser concejal de Urbanismo, por poco tiempo, que la burocracia y los artistas tienden a no entenderse. Su espléndido Mozart, junto a la Torre del Oro de Sevilla, espera el pedestal prometido que no llegó a ver Rolando en vida, o que le devuelvan la partitura que algún desaprensivo le rompió. No merece tal trato quien jamás escatimó un gesto generoso, quien ponía a los demás por encima de su ego, ¡siendo artista!, quien se comprometió con la libertad y la justicia.

No pretendo glorificaciones ni santificaciones en el recuerdo, eso lo dejo a otros, sólo sé que honrar como patrimonio moral y artístico a los tres es una manera de hacer real la dignidad que, todos ellos, le dieron a la ciudad. Sevilla sin los tres no sería un buen cuadro.


*Paco Cuadrado es pintor
   
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