Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
29 de junio de 2017
 

 
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  Juan Teba
  Un acercamiento de puntillas
  Sevilla es para vivirla, no para trabajar en ella. Porque si trabajas aquí la pierna de la ciudad que se mantiene en el siglo XIX te golpeará con saña en cada ocasión que se presente. Y serán muchas, desde luego. La ciudad tiene su otra pierna en el espacio de lo inabarcable, de lo inabordable, de lo intangible, en el mismísimo núcleo duro de lo mágico; es decir, una segunda pierna instalada en el agujero negro de nuestra necesidad de fantasear y hermosear la realidad. Dos ciudades, en suma, que se miran a hurtadillas entre sentimientos encontrados pero condenadas a soportarse y a ser una misma cosa en la propia estima. Así se explica la pasmosa facilidad que posee la ciudad para traspasar en un instante el espacio que media entre lo sublime y lo ridículo. Lo que le viene bien a los hijos y ciudadanos de esta tierra que necesitan para sobrevivir herramientas muy concretas y poderosas que espanten la mugre de lo cotidiano.

Cinco centurias. Este libro escrito por unas cuantas criaturas periodistas más o menos insolventes en lo erudito pero veteranos/as en saborear sentimientos y en interpretar los cambiantes guiños de una ciudad que suele presentarse ante propios y extraños con rostros diversos, es el último, de momento, de una larguísima serie de libros sobre la inaprensible ciudad de Sevilla que arranca en 1535. Más de cinco centurias, pues, de variantes impresas sobre un mismo tema que nunca podrá considerarse cerrado.

Escribir de Sevilla equivale por lo general a hacerlo desde la sorda irritación del amante jamás satisfecho. Así, pues, el que busque aquí objetividad y datos historicistas se encuentra, cuando menos, en un espacio equivocado. Aún más: a mayores experiencias sentimentales vividas a lo largo y ancho del sorprendente tejido local y de su espacio físico, más capacidad de discernimiento ante las incógnitas que plantea esta ciudad que en principio se antoja fácil y que inevitablemente acaba perturbándole la razón a su observador de turno. Como en el amor, por lo general, donde el más sublime  y pasional suele convertirse en un penoso peregrinar por los caminos de lo imposible. Y es que son los sentidos los que siempre se alzan vencedores en este espacio urbano y dentro de la eterna controversia raciocinio/sentimientos. Quizá suceda algo semejante en ciudades que se derrumban sobre sí mismas entre la fatiga de su peso histórico y el halo mágico de sus leyendas y el peso del ego que brota de su belleza formal. Ciudades como Venecia, Florencia, Pekín o Cartagena de Indias, por citar algunas. Una circunstancia inmaterial que como un virus agresivo se introduce con velocidad sorprendente en los corazones y la sangre de recién llegados a la ciudad. Se lo oímos decir a una ciudadana argentina antes de cumplir sus primeras veinticuatro horas de estancia en la ciudad: “Ya conozco la ciudad en la que desearía morir”; o la joven francesa que quedó embarazada en un verano africano de la ciudad en los tiempos anteriores a la legalización del aborto: “Si mi hijo no puede nacer aquí, no nacerá”. Y así fue. Abortó y jamás volvió por estos espacios.


Un valor esencial.
Todo envuelto, además, en una dejadez interesada del presente real, de lo cotidiano, que suele desembocar en pura abstracción. Y llegado a este punto es donde se estrella hasta el observador más advertido y metódico: interesa el pasado, se debate sobre él generalmente, se engrandece y mitifica en perjuicio del presente, salvo alguna polémica puntual sobre un aspecto que afecte a la fisonomía o naturaleza de la ciudad. Ahí, en ese punto concreto, el debate se desarrolla con gran vitalidad entrando todas las Sevillas existentes, la de los extrarradios construidos en los períodos desarrollistas de la autarquía, la de los gremios, las de los barrios históricos, las de aluvión, la del quietismo, la que clama por lo evolutivo, etcétera. En la ciudad, lo antiguo, la pátina del tiempo,  tiene un valor esencial. Y así, en las cancelas de las casas antiguas aparece el año de la construcción de la vivienda como un signo definitivo de distinción.

Pero volviendo a los testimonios sobre la ciudad, suelen ser los propios más críticos que los foráneos. Una sevillana escribió tiempo atrás, con 15 años de edad: “Nací en una ciudad hermosa llena de rincones ocultos, callejones perdidos, rumores de un pasado que persiste en el presente y se niega a ser olvidado. Es una ciudad que eternamente se busca a sí misma y se interroga, empeñada en descubrirse a pesar de su ceguera que nunca admite. Sevilla está en el Sur, y el Sur siempre es un lugar desolado por el aislamiento y el desamparo, donde invariablemente hay hambre de afecto, pero la ciudad es de una hermosura que clama al cielo, imposible de amarla sin dejar de odiarla al mismo tiempo”.


Entre el amor y el odio. O este otro testimonio de una periodista hija del área de influencia de la ciudad y de la precariedad laboral y la inexistencia de un mercado informativo estrictamente local. Rubia como la cerveza, como en la vieja copla, y con el nombre femenino más antiguo de la Creación, escribió: “Sevilla comienza en mi padre, de pie en la estación, cuando chirrió mi primer tren.

Es la única vez que le he visto llorar, mientras yo me desvestía del sol rumbo al Norte. Nunca me llevé mi ciudad a donde iba. Me iba para huir de la inocencia, de la ignorancia, de la linealidad, de allí donde únicamente era espectadora anónima de mis ruinas. (…) Sevilla lo estanca todo, y presumir de pertenecer al Sur siempre es más fácil desde lejos, cuando los defectos se convierten en virtudes y las rutinas en nostalgia” Y abunda la periodista en su testimonio afirmando que “es difícil dormir Sevilla para despertarla en otro sitio, explicar cómo nace y muere el cielo en su horizonte”, para finalizar confesando que “he regresado a terminar el principio en esta ciudad que tantos recortes míos colecciona. En esta ciudad que me quita mientras me da, que me aparta del mundo para que no sufra y poder seguir viviendo, que sólo me permite pensar cuando me despojo de su magia y que nunca tiene respuestas para todo. Entre el amor y el odio, de pie en una estación”.

En cualquier caso, este libro se centra en un período muy concreto de la vieja Híspalis. Un período cambiante, transformador, o al menos así se vivió desde la levedad de aquel presente que comienza a resultarnos lejano.

Protagonistas y testigos apasionados

por Luis Uruñuela

Pilar del Río, en su colaboración en esta Crónica, se pregunta: “¿Las cosas son como las cuentan los anuarios o como las guarda nuestra memoria?”. Más directo aún Juan Teba afirma: “…el que busque aquí objetividad y datos históricos se encuentra, cuando menos, en un espacio equivocado”. Y es que el título de la obra que el lector tiene en sus manos no es irrelevante; muy al contrario responde a la finalidad que se pretende: ofrecer una crónica vivida y en su mayor parte apasionada de unos años de nuestra historia próxima que podemos calificar sin exageración de irrepetibles. Cada uno de los colaboradores, la mayoría profesionales –buenos profesionales– del mundo de la información, nos presenta su relato desde su propia perspectiva personal. Así alguno pondrá su acento en la participación en los hechos relatados del mundo universitario y profesional, otro se detendrá más en el papel destacado que el mundo obrero tuvo, otro nos desvelará la participación de los medios y profesionales de la comunicación, o la del mundo del arte y la cultura, incluso habrá quien se detenga en los avatares del deporte.

En principio, y dado que la obra está estructurada en periodos de tiempo, cada uno de los cuáles ha sido confiado a uno de los colaboradores, pudiera pensarse que aquélla carece de la aconsejable unidad y que puede mover a confusión al lector. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. A pesar del distinto tratamiento que cada autor da al periodo que le ha sido confiado, cuando terminamos su lectura nos damos cuenta de que ha habido un íntimo hilo conductor y que el resultado no puede ser más homogéneo. Pero, sobre todo, advertimos la riqueza que ha supuesto el testimonio personal de los autores, porque fácilmente se aprecia que quienes escriben no sólo han sido testigos, sino, en muchos casos, protagonistas de los hechos que relatan. De aquí que se nos presente el relato con una forma poliédrica de gran riqueza de perspectiva, en torno a un núcleo unitario de la experiencia vivida.

El propio autor de estas líneas ha sido testigo de estos años y protagonista de primera fila de muchos de los acontecimientos que se nos recuerdan. Personalmente he vivido la gestación y nacimiento del hoy Partido Andalucista, primer partido andaluz de nuestra historia, la constitución de la Junta Democrática de España y de Andalucía, las primeras elecciones al Congreso de los Diputados y al Parlamento de Andalucía, la aprobación de la Constitución y del Estatuto de Autonomía, la constitución de la Junta de Andalucía y, sobre todo, el advenimiento de los Ayuntamientos democráticos, como primer alcalde constitucional de Sevilla. Por ello, la tentación de convertir este prólogo en otra aportación más a la Crónica de un sueño en Sevilla ha sido grande. A cada párrafo que he leído me han venido a la mente adiciones, ampliaciones o matizaciones de los hechos tratados. Pero he debido contener esta tendencia porque, a mi entender, un prólogo no puede ser una alternativa a la obra prologada, sino una presentación de la misma o, quizás mejor, una introducción del lector en su contenido.

Así pues, insisto en señalar que estamos en presencia de una crónica vivida apasionadamente por quienes la escriben y que tiene por tanto el valor y el atractivo del testimonio cálido, donde los datos y las fechas están envueltos en los pliegues de corazones y voluntades llenos de aspiración a la libertad y a los valores democráticos. El libro será de gran utilidad y de indiscutible deleite tanto para aquellos que vivimos los años que comprenden los relatos en esta Sevilla, a la que tanto hemos amado y en la que no pocos disgustos hemos cosechado, como, y quizás principalmente, para las nuevas generaciones que han nacido y han vivido ya en democracia. A estos últimos les ayudará no sólo a conocer su pasado próximo, sino a valorar el esfuerzo y la entrega de una generación que dio lo mejor de su vida en la lucha por cancelar el régimen autoritario y dictatorial, en el que se habían visto obligados a crecer, y por la consecución de la democracia, legado que, orgullosos, dejamos a quienes nos sucedan con el ruego vehemente de que lo mantengan a toda costa.

El desarrollo de las distintas colaboraciones que integran este libro se extiende como ya hemos anticipado a los amplios aspectos de la vida social, política, económica y cultural de nuestra ciudad, Sevilla, durante una década que abarca de 1973 a 1983, dentro del contexto que marcan dos áreas fundamentales: Andalucía y España. Se nos habla de políticos, de escritores, de artistas, de periodistas, de obreros, de profesionales, de catedráticos, de jerarquías eclesiásticas, de cofradías…Y todo ello en torno a tres experiencias fundamentales que constituyen, a mi juicio, los hitos más importantes y que dan sentido a todo lo demás. Me refiero a la lucha por las libertades, a la conquista de la autonomía andaluza y al advenimiento de los ayuntamientos democráticos.

La lucha por las libertades.
El inicio de las manifestaciones de los movimientos políticos en su lucha por la libertad se sitúa en esta Crónica en la década de los sesenta, no sin reconocer la que había mantenido ininterrumpidamente el Partido Comunista de España. Es correcto, a mi juicio, el dato, si bien sería de justicia recordar los jóvenes inquietos y disconformes con la situación creada por la Dictadura, que, ya en la década de los cincuenta, se agruparon en torno a los movimientos especializados como la JOC y la HOAC, de carácter obrero, y la JEC y los Graduados de AC, de carácter universitario, que tuvieron acciones de naturaleza prepolítica y que fueron semillero de militantes en partidos políticos democráticos. Por limitarnos a Sevilla recordaré a Juan Carlos Aguilar, uno de los redactores de Estatuto de Andalucía, a Rafael Escuredo, primer presidente de la Junta de Andalucía, y el que esto escribe, primer alcalde de la Sevilla en democracia.

La lucha contra la Dictadura y por la democracia fue dura y a nosotros nos pareció muy larga. Me remito a los relatos de esta Crónica que refleja en los años 1973 a 1977 sus últimos capítulos. Que el éxito culminara esa lucha se debió en buena parte a la presencia de dos factores afortunadamente coincidentes: la existencia de un sector del franquismo dispuesto sinceramente a transitar a la democracia y, sobre todo, la de una oposición a la Dictadura que, desde la derecha hasta la extrema izquierda, estuvo dispuesta a ceder cuanto fue necesario. La legalización del Partido Comunista de España por el Gobierno Suárez y la aceptación de la Monarquía por los partidos políticos republicanos son exponentes claros de ello. Desde esta racionalidad de los unos y los otros y de la actitud inequívoca del rey Don Juan Carlos, la transición democrática se hizo posible y pudo llegarse a la aprobación de la Constitución española y a la normalización de nuestra vida política.

La conquista de la autonomía andaluza. La historia de la autonomía andaluza da comienzo cuando en la segunda mitad de los años sesenta, los andalucistas, hoy agrupados en el Partido Andalucista (PA), afirman la existencia de un pueblo andaluz diferenciado y con identidad propia, que debe aspirar a un gobierno autonómico, en el marco de la futura democracia en España por la que estábamos luchando. Pronto se encontrarían con la figura de Blas Infante, que la Dictadura nos había ocultado, y sacaron a la luz los símbolos de Andalucía: el escudo, el himno y la bandera. Por aquel entonces ninguna fuerza política reconocía a Andalucía y para muchos el pueblo andaluz era un invento de los andalucistas y la blanca y verde la bandera del club deportivo Betis. Cuando se recuerda todo ello parece mentira que años más tarde todas las fuerzas políticas hayan admitido la autonomía plena, en igualdad con el País Vasco, Cataluña y Galicia, que Andalucía goce de un Estatuto de Autonomía, que Blas Infante haya sido reconocido como Padre de la Patria andaluza y que el Parlamento, el Gobierno y el Tribunal de Justicia andaluces tengan un funcionamiento normal y plenamente aceptado.

El camino ha sido corto en el tiempo, pero duro en las trabas y en los obstáculos que el pueblo andaluz ha tenido que remontar. Su voluntad de autonomía quedó bien patente el 4 de diciembre de 1977 y fue ratificada el 28 de febrero de 1980, día del Referéndum, que una fatídica Ley pactada por UCD y PSOE convirtió en un inmerecido fracaso. Pocos saben que si estas fuerzas políticas mayoritarias hubieran aceptado la propuesta de los andalucistas en el Congreso de celebrar un único referéndum en toda Andalucía, como demarcación única, en vez de los ocho, uno por cada provincia, que nos hicieron superar, nos hubiéramos ahorrado tanto sinsabor y tanta desilusión.

Pero en fin, todo esto es historia, como lo fue el episodio del desbloqueo de la autonomía, una auténtica página negra de nuestra reciente democracia. Aunque, en realidad, la historia está para conocerla y no para olvidarla, en lo bueno y en lo malo.

El advenimiento de los Ayuntamientos democráticos. La democratización de los Ayuntamientos hubo de esperar cinco años desde la muerte del Dictador, hasta que en 1978 se aprobó la Constitución y en 1979 se convocaron las primeras elecciones municipales. Estos cinco años en que los municipios vivieron en situación de provisionalidad determinó que, salvo excepciones, fueran recibidos por las corporaciones democráticas en condiciones de bancarrota y paralización. No obstante, el calor participativo y la ilusión con que los nuevos alcaldes y concejales fuimos acogidos por el pueblo contagió a quienes habíamos llegado, y nos dio fuerzas para superar las muchas dificultades con las que nos encontramos.

Cuando esto escribimos, la faz de Andalucía ha cambiado por completo, porque ha cambiado la de sus ciudades y pueblos, merced al trabajo de sus Ayuntamientos democráticos. Por muchas críticas que puedan formularse a su acción del día a día, la más elemental justicia nos obliga a reconocer que el saldo es positivo y que la democracia en España ha tenido un eficaz colaborador en sus ayuntamientos.

En todos estos acontecimientos a los que hemos aludido, Sevilla ha tenido un papel principal y preponderante. No sólo en los que afectan a nuestra ciudad, sino en aquellos que han tenido lugar en Andalucía y en España. Baste recordar nombres como Manuel Clavero, Felipe González o Alejandro Rojas Marcos (PA) para comprobar que es cierto.

Les invito a leer esta Crónica de un sueño, Memoria de la transición democrática en Sevilla 19737/83, donde encontrarán más datos, más nombres y, sobre todo, más memoria ilusionada.

   
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