Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
30 de abril de 2017
 

 
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  Antonio Checa
  La herencia de una Dictadura
  El franquismo fue para Jaén una larga noche. Con la perspectiva que dan los años y los datos que aportan muchos estudios, puede asegurarse que aquí la represión fue la más dura y la más larga de toda Andalucía, acaso -proporcionalmente a la población- de toda España.  Y la huella, mucho mas duradera. Todavía en el 2001, cuando la Junta de Andalucía estableció ayudas para represaliados de la Dictadura o familiares, Jaén fue en términos absolutos y mucho más en términos relativos, la que más peticiones presentó.

Los cuarenta, los de la autarquía, fueron años de pobreza sin paliativos, sin la espita siquiera de la emigración. Y consecuentemente años de hambre, incluso las estadísticas oficiales, discretamente, registran todos los años varias decenas de muertos por inanición. En algún año, como 1946, son centenares. En otros diezman las  epidemias, como en 1941, la del piojo verde. La provincia, sin otro horizonte que una buena cosecha de aceituna -que no se prodigan- , va quedándose más y más atrás y a finales de esa década Jaén suele ocupar el último lugar en  renta, y en muchos otros indicadores, alternándose algún año con las provincias extremeñas o de la Galicia interior. En 1944 se terminan las obras del pantano del Tranco, iniciadas casi veinte años antes. En las sierras sobrevive en esos años cuarenta el maquis.

Servil y con escasa influencia, incluso la clase política del franquismo es en Jaén pura caricatura. Ni un sólo ministro jiennense entre 1939 y 1970 -sólo en 1974 León Herrera Esteban- y pocos altos cargos, quizá el más relevante Antonio García Rodríguez-Acosta, Director General de Promoción del Turismo. Dato elocuente, no será ningún político local sino un hombre llegado de Alicante, Felipe Arche Hermosa, gobernador civil de la provincia entre 1950 y 1963,  quien ponga más empeño en impulsar el desarrollo provincial.  De más cerca, Cabra la cordobesa, llegará Domingo Solís Ruiz, sin duda la personalidad más controvertida en la provincia en los últimos años del franquismo, impulsor de la Caja rural provincia y del cooperativismo aceitero en la provincia. A veces, el informe de algún funcionario honesto -como el ingeniero jefe de minas Mayböll Alemán en 1955-, pone de relieve  las múltiples carencias de la provincia,  el abandono en que está sumida por la Administración, la gravedad de la situación sanitaria, lo obsoleta que ha quedado la industria principal, la aceitera.

En los receptores de radio o en las pantallas de los cines de verano, un niño jiennense, de la Sierra de Segura, ‘Joselito’, el pequeño ruiseñor, encandila a España con su voz en tanto el torrecampeño Juanito Valderrama llena los programas de discos dedicados con una canción más que simbólica, “El emigrante”. No todo es nostalgia y pobreza. El Real Jaén CF va a conocer, por tres temporadas, lo que es militar en la primera división y la afición tendrá su ídolo muchos años en aquel vasco,  Arregui, que jugaba con pañuelo en la frente y moría en un accidente de tráfico. 

Al inicio de esos años cincuenta la situación de la provincia es tan precaria que el propio régimen creará -1953- el Plan Jaén, cuyo principales frutos, Metalúrgica Santa Ana o la fábrica de cemento de Torredonjimeno, llegan dos años después. La empresa linarense llegará a estar en 1970 entre las 50 primeras empresas españolas, con 2.500 empleados. El plan, de muy limitada influencia, no contendrá el éxodo que se inicia caudaloso. Se prorroga una década después y sigue en vigor cuando el franquismo agoniza. Entre 1955 y 1975, apenas 20 años, emigraron más de 300.000  jiennenses, la cifra más alta de España. Todavía hoy la pirámide demográfica jiennense acusa la emigración intensa, brutal de su juventud en esa época. Pese a emigración tan intensa, el paro nunca alcanza cifras bajas: a finales de 1974, con 17.800 parados oficiales, es la provincia española con más desempleo, tras Cádiz.  Otras estadísticas son, si cabe, más elocuentes. En las postrimerías de la dictadura mantiene Jaén 3.648 chabolas; es, pues, una de las diez provincias españolas con más chabolismo en términos absolutos, pero en términos relativos y teniendo en cuenta la ausencia de grandes ciudades, la cifra es si cabe más dura.

Tampoco compensará el definitivo declive de la minería en la provincia, aunque el uranio de Sierra Morena permita inaugurar en 1960 la fábrica de uranio de Andújar. El Plan, con poca planificación y parcas dotaciones, no pudo impulsar en la medida necesaria la economía provincial. En vísperas del Plan Jaén, el empleo industrial en la provincia -empresas de materiales de construcción incluidas- era de 11.173. En 1973, veinte años después, apenas había ascendido a 14.832, eventuales incluidos, con pocas variaciones de fondo en el problema del minifundismo empresarial. Muchos proyectos iniciales, sobre todos los vinculados a transformaciones agrarias, no llegarán a concretarse y sólo en obras hidráulicas se acometen algunas reformas importantes. En 1976, el Consejo Económico Provincial en su IV pleno -algo así como un congreso socioeconómico sobre la provincia-, reconoce en su introducción: ‘Jaén fue la única provincia española que experimentó una regresión económica en el periodo 1962-1964 por la excepcionalmente baja producción de su sector agrario’. Algún tiempo después, el prestigioso estudio sobre la renta provincial del Banco de Bilbao subraya que Jaén se centra entre las provincias con menor crecimiento económico en el bienio 1974-1975.

Éxodo y exilio, no sólo emigran braceros desde tierras de secano donde sobran; emigran artistas y escritores y la lista de los mejores jiennenses de estos años están llenas de los que hubieron de desarrollar su arte lejos de la provincia, de Andrés Segovia a Fanny Rubio, de Manuel Ángeles Ortiz a Manuel Andújar, o Cristóbal Ruiz Pulido, uno de los que mueren en el exilio.

El Plan crea una cierta mentalidad industrial en la provincia, y algún dinamismo en varios municipios, como La Carolina o Mengíbar, pero veinte años después de su creación y prórrogas, la provincia sigue siendo la última de España en renta y la primera en emigración, tan intensa que hasta las minas linarenses quedan sin brazos y muchos años antes de que se hablase de inmigración en España, llegarán desde la lejana Pakistán a cubrir huecos. Por entonces, el regadío, el gran objetivo agrario del Plan, apenas representa una décima parte de lo que supone el secano en la provincia.

    Golpeada por la emigración, invertebrada, la provincia tiene escasa capacidad reivindicativa. Problemas que duran años, por ejemplo, la lucha de vecinos de la Sierra de Cazorla con ICONA, que paga precios irrisorios por terrenos que acaban en cotos de caza, apenas afloran en unos medios dominados por el oficialismo. Los datos del ministerio de Trabajo incluyen a la provincia entre las menos conflictivas de España, sólo dos paros -y parciales- por ejemplo en el bienio 1972-1973 (en comparación: 40 en Sevilla, 23 en Cádiz, 19 en Málaga...). Aunque ya en las postrimerías del régimen una huelga de la construcción genera fuerte tensión y detenidos.  La emigración no impide el mantenimiento de una natalidad muy alta. Todavía en 1973 el premio nacional de natalidad, clásica institución del franquismo, se otorga a una familia linarense con 19 hijos.
 
En 1971 Jaén pone de moda en España la parasicología, gracias a las “caras de Bélmez” en Sierra Mágina. En ese mismo año una jiennense, Karina -Maribel Llaudes, de nombre- que se ha dado a conocer en un programa musical de TVE de larga trayectoria, Escala en hi-fi, obtiene un honroso segundo puesto en el festival de Eurovisión con la canción En un mundo nuevo. Linares, que se va quedando sin mineros y que pasa injustamente a la historia como la ciudad donde encuentra la muerte un torero mítico, Manolete, aporta  toreros: en 1964 toma la alternativa José Fuentes, dos años después lo hace Sebastián Palomo “Linares”, que el 22 de mayo de 1972 consigue las dos orejas y rabo del toro Cigarrón en Las Ventas. También aporta cantantes, como Raphael. Y hasta llegan -1966- misses. Paquita Torres, de Bailén, será Miss España en ese año.

Pese a todo, en las postrimerías del franquismo, los datos son tan elocuentes que comienza a arraigar el concepto de “cenicienta de Andalucía”; para entonces Paco Ibáñez  ha popularizado y ha emocionado con sus “Andaluces de Jaén” poema de Miguel Hernández, mientras la revista de la Cámara de Comercio, aunque con el envoltorio del lenguaje economicista, ofrece datos demoledores sobre la realidad de la evolución provincial y asoman algunas campañas de protesta aunque puramente  defensivas, como la desarrollada -sin éxito, por cierto- para que no desaparezca el ferrocarril Jaén-Campo Real, el tren del aceite. Algo se está moviendo en esta provincia sufrida, que desde 1970 tiene Colegio Universitario, pronto fermento de inquietudes políticas y culturales. Se inicia la transición y por contraste con lustros de silencio se va a vivir intensamente.


Un ayer tan cercano

Antonio Muñoz Molina

La medida del paso del tiempo no nos la dan nuestros recuerdos, sino justo las cosas que habíamos olvidado, o casi, lo que nos sorprende al mirar las fotografías: aquella manera de vestir, de llevar los hombres la barba y el pelo, las melenas y los zapatones de las mujeres, aquella manera que teníamos de ser modernos y que ahora resulta tan increíblemente arcaica, hasta el punto de que ya hay películas que se ambientan en aquella época, como las que tienen lugar en los años cuarenta o en la época victoriana. La memoria nos dice que en realidad no ha pasado tanto tiempo, porque los recuerdos, ciertos recuerdos, permanecen muy frescos, porque somos capaces de revivir con toda intensidad ciertas emociones: la incertidumbre, por ejemplo, las rachas sucesivas de pavor o de entusiasmo; pero la memoria engaña, borra y selecciona sobre todo, y para saber cómo era el mundo, cómo éramos nosotros, hay que recurrir a las fuentes objetivas, a las crónicas del presente de entonces, fotos y periódicos.

El periódico, como la foto, es la pura instantaneidad del presente, es el retrato y la enciclopedia de un solo día. El disparo seco, el flash de la cámara, apresan un momento sin porvenir ni pasado. El periódico, como todas las cosas cotidianas, se usa y se olvida, acaba en la papelera, en la basura, igual que una entrada de cine o que el programa de un concierto. Pero es precisamente esa fugacidad lo que les da a las cosas, al cabo de un poco tiempo, su extrema rareza, su calidad de reliquias de un presente que se ha ido volviendo pasado lejano sin que lo advirtiera nadie. Se han escrito ensayos muy serios sobre lo que fue la transición en España, y nosotros mismos sabemos, sin grandilocuencia, que vivimos una época histórica, pero esas construcciones intelectuales no son capaces de apresar el color y la sustancia de aquel tiempo, igual que una mano, por mucho que apriete, no puede evitar que el agua o la arena se le escurran entre los dedos.

Hay que ver las fotos, sobre todo, hay que leer los titulares de los periódicos. De pronto descubrimos, en aquel mundo tan rancio, que de verdad éramos mucho más jóvenes, que gastábamos patillas absurdamente largas, chocantes proliferaciones capilares, pantalones demasiado anchos, jerseys demasiado estrechos. Aquel era un mundo, según se ve en las fotos, en el que se fumaba continuamente y en todas partes, y uno se acuerda de lo que no creo que nadie cuente de entonces, que todas nuestras reuniones, asambleas, comités, sucedían entre densas nubes de humo, de humo de Ducados, sobre todo, porque aunque parezca mentira el tabaco rubio no había llegado de verdad en aquella época remota, ni tampoco la idea que fumar en ciertas circunstancias fuera de mala educación.

Lugares llenos de gente que fuma mucho, que tiene mucho pelo: aulas, cuartos de pisos de alquiler donde nos reuníamos para debatir el leñoso catecismo de Marta Harnecker, vestíbulos de facultades. Lo nuevo, como suele decirse, no acababa de nacer, y lo viejo se resistía a morir, y de qué manera. En mi ciudad, en Úbeda, la asociación cultural Aznaitín organizaba las primeras Semanas de Andalucía, a medias entre la reivindicación política y la verbena callejera, y en una taberna flamenca y conspiratoria de la calle Ancha se celebraba improvisadamente la legalización del Partido Comunista. En una antigua sede del Movimiento, en la calle Gradas, un grupo de profesores y de estudiantes le hicimos un homenaje público a la generación del 27, y aquel acto tan cándido, tan hecho de literatura y de entusiasmo, tenía un arrebato profundo de rebelión política. En el instituto San Juan de la Cruz, donde muchos habíamos estudiado el bachillerato, Joaquín Sabina cantó un día de otoño su balada sarcástica del entierro de Franco: reírse del tirano, hacer burla de su cadáver, también era un acto temerariamente político, dado que tantos de sus herederos se mantenían aún bien aguerridos, como se comprobó tan sólo unos años más tarde.

Jaén era una ciudad de llegadas con sueño a la estación de autobuses y de pensiones con lavabos de agua helada y olor a cañería y a calcetín por los pasillos. El día en que murió el general Franco, yo viajé de Granada a Jaén en un autobús rojo de la Alsina Graells, pero no encontré ninguno que me llevara a Úbeda, porque se había producido como una migración universal, y anduve por la ciudad, en la noche fría y deshabitada de noviembre, buscando un sitio donde dormir. En una pensión encontré una cama, pero me advirtieron que tenía que compartir el cuarto con otro huésped. Me acosté pronto, junto a la cama vacía e inquietante donde iba a dormir un desconocido, apagué la luz, y mientras me iba durmiendo escuchaba las músicas fúnebres de un televisor en el que se rendía homenaje al tirano muerto. Me desperté en la oscuridad: alguien se acomodaba en la cama contigua, una brasa de cigarro alumbraba apenas una cara. Aquel desconocido al que no llegué a ver, porque se había marchado cuando me levanté por la mañana, forma parte de mis recuerdos más precisos de ese tiempo tan rato, los primeros días que siguieron a la muerte de Franco.

El porvenir estaba poblado entonces de expectativas y de sueños, de planes más o menos utópicos, y también era un territorio oscuro en el que nadie podía vislumbrar lo que iba a suceder al día siguiente. Las cosas, cuando ocurren, parece que estaban destinadas a ocurrir precisamente del modo en que lo han hecho, pero esa es una falacia inducida por nuestra incapacidad de aceptar lo inseguro de todo, por nuestra necesidad de inventar leyes que pongan orden en el transcurso indiferente y azaroso del tiempo. Cuando ha pasado un cuarto de siglo desde entonces, cuando lo que estamos recordando son acontecimientos, literalmente, “del siglo pasado”, yo no siento nostalgia, pero sí la satisfacción de haber vivido una época rica y convulsa en la que me fui haciendo adulto al mismo tiempo que mi país salía de una siniestra dictadura. El porvenir incierto de aquellos días ya es pasado. Conmemorar es sobre todo una manera de cobrar conciencia del valor de las cosas que ganamos, de lo raro y lo difícil que fue el tránsito hacia una libertad que nunca se tiene del todo, que hay que seguir ganando cada día.
   
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