Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
19 de agosto de 2017
 

 
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  Antonio Checa
  La Huelva del franquismo, la provincia aislada
  En los confines de España, Huelva es durante el franquismo una provincia aislada, delimitada a Este y Oeste por dos anchos ríos sin puentes, al Norte una sierra surcada por escasas y precarias carreteras y al Sur un mar, un océano sin líneas marítimas. Tampoco los ríos interiores, el Tinto y el Odiel, tienen puentes en su desembocadura hasta los años sesenta. Una provincia atrasada desde cualquier perspectiva. Lejana, desde luego, pero no al margen. Por eso hasta ella llegará la guerra mundial, la vivirá con cierta intensidad, con barcos hundidos en sus orillas, enfrentamientos entre las colonias inglesa y alemana, y ese singular episodio hoy tan conocido de William Martín, “el hombre que nunca existió”, sólo explicable en ese contexto de periferia del gran conflicto.

La posguerra.
La otra contienda, la civil, la nuestra, dejará larga huella en toda la provincia, sobre todo en la cuenca minera, la más afectada por la represión. El maquis, silenciado por la Huelva oficial, presente en conversaciones familiares, sigue en el interior –Sierra del Buitre, localidades como Valdelamusa y tantos otros lugares– hasta principios de los años cincuenta. Hoy, después de estudios sistemáticos como los de Francisco Espinosa, conocemos bien la dureza de la posguerra en la provincia, donde perdieron la vida tras la sublevación militar por encima de las 5.500 personas.

No, no es una arcadia feliz. Hay casi un mito, una persistente visión nostálgica de la Huelva anterior al Polo Industrial, sobre todo en la capital, la Huelva chiquita y optimista, con blancas casas de una planta, donde todos se conocen, pobre y alegre. Alegre desde luego, pero sin horizonte. Si la emigración es menos voluminosa que en provincias vecinas, es sencillamente porque la presión demográfica es mucho menor y porque Huelva carece de esas ciudades de braceros con más de 20.000 habitantes abundantes en las campiñas del Guadalquivir. Con todo, en los años sesenta, los del desarrollismo, 40.000 onubenses marchan a otros puntos de España, 16.000 de ellos a Barcelona y provincia, y otros 10.000 toman el camino del extranjero, 7.000 de ellos a Alemania.

Madera
. En el inmenso Andévalo, en la Sierra, una agricultura atrasada que no se renueva, con propietarios que residen en buen porcentaje lejos de sus tierras, no da trabajo para los brazos que lo demandan. Su futuro parece muy claro, la madera, que exige muy pocos empleos: durante el franquismo Huelva es la provincia  española con más superficie repoblada, 139.000 hectáreas entre 1940 y 1975, inclusive. Es una de las provincias con más producción de madera y esa producción va al alza, y aunque se trata de una madera de bajo valor, con el eucalipto dominante, en el último año de la dictadura el valor de la madera onubense, 665 millones de pesetas, la sitúa como la primera provincia maderera de España.

Sólo en la costa, la pesca y la industria conservera conocen buenos años y Ayamonte, por ejemplo, mantiene mediados los cincuenta su docena de empresas conserveras. Todavía ese año final de franquismo, 1975, la flota pesquera de Huelva, con 792 embarcaciones  y 7.350 tripulantes, es por potencia la quinta de España y la primera andaluza.

La Huelva lejana tiene en la posguerra Universidad iberoamericana en La Rábida y un día del verano de 1953, por fin, obispo y catedral. Pero sigue siendo la bella durmiente. No hay un solo onubense entre el centenar de ministros del franquismo, y pocos, muy pocos, altos cargos. La provincia carece de políticos verdaderamente influyentes. Y ve además como, pese a disponer de tan buenas playas,  el turismo comienza a crecer en otros litorales españoles, mientras ella sólo cuenta con el descontrolado turismo casi local de Matalascañas. Por eso en 1975, entre los 100 primeros enclaves turísticos españoles, medidos en plazas hoteleras, no aparece ninguno en la provincia de Huelva. Dicho de otra forma: es la provincia con menor oferta turística de todo el litoral mediterráneo español. Y salvo Lugo, de toda la España litoral.

El Polo.
El año 1964, el de la concesión del Polo de Promoción Industrial, es una fecha decisiva en la evolución de Huelva durante el franquismo. Hay un antes y un después. Huelva, que ha conocido un capitalismo depredador, colonialista, en su interior minero, que tiene una agricultura muy atrasada –en vísperas de ese 1964 sólo un 26 % de la superficie provincial es tierra cultivada y de ella apenas un 2% es regadío–, va a conocer ahora una rápida expansión industrial, e industria pesada, a las puertas mismas de la capital provincial. Ésta va a pasar, fruto de ese crecimiento industrial, en una transición muy rápida, de pequeña ciudad a urbe, se construyen rascacielos y se frena la emigración, pero es un desarrollo atropellado, con escasa planificación y tiene por ello muy altos costes, que sólo comienzan a percibirse en toda su gravedad una década después, cuando la contaminación, en fase ascendente, se torna poco a poco en preocupación seria, mal neutralizada por unas autoridades en parte –gobernadores civiles– ajenas a la ciudad y a espaldas de esa preocupación colectiva. Con todo, el empleo generado por el Polo es inferior a la pérdida de trabajo en el campo onubense, y eso explica que si en 1964 Huelva tenía 137.000 personas con trabajo efectivo, en 1973 habían bajado a 133.000.

Hacia finales de la Dictadura se alcanzan los cien cines en exhibición entre capital y provincia –terrazas veraniegas incluidas-, todo un récord, pero desde 1972 ese número comienza a descender conforme aumenta el de onubenses con televisión, pese a las continuas quejas sobre su deficiente recepción. Si un tercio escaso de familias onubenses tienen coche, son ya mas del 80% las que, hacia 1970-1972, disponen de pequeña pantalla. La provincia tiene 27.000 líneas telefónicas en 1975, es decir, sólo en uno de cada cuatro hogares hay teléfono.

La ciudad va a conocer la inmigración y el rápido crecimiento demográfico, con los problemas de viviendas –chabolas de las Marismas del Pinar y del hotel Suárez– y tantos otros que conlleva esa expansión, pero la mayoría de la extensa provincia no despegará. Ese polo trae otras novedades, una nueva conciencia social, el crecimiento de los sindicatos clandestinos, humos y sirenas. Y aunque a finales de la Dictadura, da sus primeros síntomas de agotamiento, cuando llega la crisis energética del invierno de 1973-1974, abre un tiempo nuevo para Huelva que culmina con la consecución de la democracia.





PROLOGO.

La vieja memoria

Víctor Márquez Reviriego

En aquellos tiempos de la Transición no existían los móviles y el pásalo-pásalo se hacía de manera artesanal. O sea, de boca a oreja. Cuando la cosa llegaba a mayores y lo espontáneo trataba de encuadrarse en algo organizado funcionaban las multicopistas, que muy pronto serían conocidas como vietnamitas, creo recordar. Porque en estos asuntos de la vieja memoria hemos de rebajar lo seguro hasta lo aproximado. No siempre lo que recordamos es lo que pasó realmente y las versiones del pasado vienen a ser como un trasunto de aquella película de Akira Kurosova, Rashomom, donde se entremezclan el subjetivismo de cada narrador particular e individual y la mentira social y careta encubridora de la realidad. Así lo vio mucho antes el abuelo Kant, y ustedes perdonen, cuando hablaba de la ilusión trascendental, ese fenómeno natural e inevitable que nos hace formular los intereses subjetivos propios bajo la apariencia de una necesidad objetiva.

Entonces podemos preguntar ¿es imposible llegar a la verdad? A la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, seguramente lo es. Pero aproximarnos a ella –a la verdad, digo– o a parte de ella, acaso no lo sea tanto. Un método de los menos malos, casi bueno (y el casi es necesario, por lo imposible en estos casos y cosas de la verdad absoluta), pues un método aceptable, digo, es el aquí seguido, en este libro, de acumular muchas opiniones diversas y permitir así que el lector de todas ellas pueda formarse su opinión personal.

Hablé al principio de las multicopistas y no fue por capricho o adorno literario. No. Lo hice porque aquellos primeros años de la transición huelvana, aquella de los tiempos prohibidos, yo la viví de lejos, desde Madrid y por multicopista. Por alguna carpeta inencontrable (pongamos también el casi para no ser pesimistas) tendré guardados los boletines ciclostilados, una hoja o poco más, de Opinión obrera, que así se llamaba, y que me enviaba mi más que amigo Juan Manuel Seisdedos, y los de Andalucía Socialista, que me hacían llegar acaso anónimos amigos.

Eran esos años el de la muerte de Carrero, 1973, que yo viví en un lugar especialmente incómodo, en las Salesas, donde era testigo de Nicolás Sartorius en el célebre Proceso 1.001. O el año de la primera muerte de Francisco Franco, en 1974 con la famosa flebitis, cuando aquel verano se constituyó “de manera formal la Mesa Democrática de Huelva”, según leo en Andalucía Socialista (número 104 de septiembre).

Llegó la muerte de Franco definitiva y en enero de 1975 estuve yo en la librería Saltés dando una conferencia de cuyo título no logro acordarme, pero sí sé que algo traté sobre la figura de nuestro paisano el periodista de Zalamea la Real Antonio Ramos-Oliveira. Y aquella primavera organizamos con otro futuro periodista de allí, de Zalamea, y entonces estudiante que solía visitarme en la redacción de la revista Triunfo, Manuel Jesús Florencio, un homenaje a nuestro histórico colega en su pueblo. Yo iba a ir con Luis Gómez-Llorente que al final tuvo que acudir solo pues yo fui enviado fuera de España por mi semanario, creo que a Portugal, entonces muy movida todavía con los coletazos de la Revolución de los Claveles de dos años antes.

En fin, que todo se movía en la península, después de tantos años de aparente calma. Recuerdo de ellos un 'poncio' gubernativo, ya difunto y cuyo nombre no hace al caso, que unos años antes en un discurso político dijo tal que así: “... porque yo soy el Gobernador Civil y el Jefe Provincial del Movimiento, y como gobernador civil soy el representante del Estado ante el pueblo, y como jefe provincial del Movimiento soy el representante del pueblo ante el Estado”... Ciertamente, ni Rousseau, Montesquieu y Torqueville (los tres juntos y en unión) habrían logrado resolver el problema de la política con mayor facilidad y simpleza. Seguramente, como estábamos en los lugares colombinos, aquí apareció el huevo de Colón. El otro, claro.

Muy otros fueron luego varios gobernadores de la transición. Por ejemplo, el padre del futuro ministro doble Juan Alberto Belloch, al que en Huelva llamaban ‘Búfalo Bill’ (o sea, al gobernador que no al futuro biministro) por llevar mucho un zamarra de cuero vuelto con flecos y el pelo gris largo con barba puntiaguda y bigotes enhiestos. Se ve que cultivaba adrede el parecido. Me contó Belloch, hijo, que su padre, de tendencia demócratacristiana, había consultado la aceptación con otro padre, pero éste de la clerecía: el muy renombrado Arzallus, que por cierto estuvo en Riotinto.

O Jesús Posada, entonces en UCD, que se enamoró de Huelva (él es de Soria) y en Punta compró una vivienda en una casa proyectada por Alfonso Aramburu o por Jaime Montaner (no puedo precisar ahora el vacilante recuerdo). Posada pasó luego a la derecha popular y llegó a ministro de Agricultura. En una radio me preguntaron a mí –por ser yo de Huelva– si el antiguo gobernador sabía mucho del campo. Y yo contesté que más que nadie, siempre que el campo fuera de golf.

Y otro más, es Pedro Núñez Morgades, hoy Defensor del Menor en la Comunidad de Madrid, un hombre que, como Posada, tampoco falta nunca a las celebraciones huelvanas en la capital de España.
Volviendo a la memoria, hablé no hace mucho con mi viejo amigo Carlos Navarrete y no recordaba bien los avatares, y fallo final, de la candidatura de Senadores por la Democracia en Huelva, abortada por las desmedidas ilusiones de un como partido... que al parecer no llegó a los mil votos, o menos. Pero es historia para una memorias.

Este libro –espero a leerlo completo y con calma– podrá servir para fijar datos y momentos, y de éstos no puedo olvidar la presentación que hice yo en el polideportivo del Conquero del Congreso de Cultura Andaluza en una primavera que ya no sé si sería la de 1979 o 1980. De pronto cae uno en la cuenta de que han pasado treinta años del comienzo transitivo y que ha desaparecido mucha gente desde entonces acá. De ese mismo año 1979 rememoro el café que me tomé con Curro López Real en Castillejos cuando pasó por allí en la campaña electoral. Iba tercero en la lista y no salió. Curro murió en la primavera de 2004. Y también murió, antes, otro huelvano de la Sierra, el legendario Francisco Romero Marín, con el que alguna vez hablé de Huelva en un local de la madrileña calle Peligros, nombre muy apropiado para una sede comunista. Bastante más que el de su piso –en la calle de Hermanos Miralles, que después volvería al antiguo nombre de Porlier...

Salen las historias como cerezas enredadas del canasto memorioso. Un nombre trae a nosotros la evocación de otro y de recuerdo en recuerdo o de olvido en olvido podríamos llenar un libro (o dos) de aquella década de la Huelva transitiva. No me perdonaría yo la omisión de los primeros parlamentarios nuestros, los elegidos en 1977, cinco diputados y cuatro senadores que por orden alfabético escribo: Fernando González Vila, Agustín Jiménez Puente, Carlos Navarrete, Félix Pérez Miyares, José Rodríguez Núñez, Miguel Esteban, José Luis García Palacios, José González Gaztañaga y Antonio Hernández Caire. Nueve historias políticas muy diferentes y diversas, como lo fue la propia transición, a la que pondré con mayúsculas por ser ya una época de nuestra historia, la Transición.
   
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