Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
28 de febrero de 2017
 

 
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  Antonio Ramos Espejo
  Dejad el balcón abierto
  Angelina. Sólo con pronunciar su nombre bastaría para definir nuestra propia crónica del alma. Angelina. Pues me dice Angelina que sufrió tanto aquel día que vio por última vez al señorito Federico que se le agarró “un dolor de madre” ante la escena triste que le lleva a interpretar el papel de principio a fin, en la esta historia de nosotros mismos, como guía en las horas más oscuras del auxilio necesario. Pues dice Angelina, por más identificación, Angelina Cordobilla González, mujer que hizo de madre, hermana y abuela de Federico García Lorca en las vísperas eternas de la muerte, que lo vio con aquel desamparo último, madre adoptiva, madre de todos nosotros, transmitiendo el resquicio de esperanza, que enseñó el poeta que la había mirado con desamparo: Dejad el balcón abierto.

La criada fiel se asoma por aquel resquicio, y algo alcanza a ver en la oscuridad más absoluta, para transmitir el último suspiro, ese hilo de vida que se agarra al asidero cuando ya lo único que queda es la esperanza. Y me dice, todavía la veo con el roetico blanco de nieve, iluminada por la dulzura de los pobres honrados, que desde aquellos días de la tragedia no ha dejado de sufrir. “¿Sabe usted lo que es un dolor de madre? Es un pellizco que se agarra en el estómago. Dolor de vientre, descomposición... Así estuve muchos días después, de tanto pasar. Y así se puso don Federico. ¡Qué lástima de familia!”. Eje venerable del testimonio sentimental y directo, a la manera que los pueblos desgranan su memoria, que recuerda al señorito Manolo, hecho un zagalón grande, cuando se llegó  a verla a la Virgencica, con unas botas altas, sorteando charcas por las calles embarradas, que venía de Alemania, y ay Dios mío, qué dolor de familia, contemplando la foto diminuta en la que aparece ella con los niños de Manuel Fernández-Montesinos Lustau y Concha García Lorca, lástima de criaturas, Vicenta (Tica), Manolo y Conchita, fusilaron a su padre, alcalde de Granada, días antes que a su cuñado Federico. Y qué miedo le da todavía, con Franco campando por sus respetos, que el niño después del exilio de Nueva York con los abuelos don Francisco y doña Vicenta, y su madre, la viuda del alcalde, siga las inclinaciones de su padre y se meta en líos, que Dios sabe si nos vamos a tener otra desgracia más con este niño en la cárcel de Carabanchel, ya estudiante en Madrid, muchacho rebelde, que cae en la redada de febrero de 1956 con otros revoltosos, de los que Angelina no sabe decir su nombre, pero que se llaman Dionisio Ridruejo, Javier Pradera, Enrique Múgica, José María Ruiz Gallardón, Ramón Tamames, Miguel Sánchez Mazas, Gabriel Elorriaga... , qué miedo, siempre tuvo miedo Angelina, mientras se le van las lágrimas contemplando la foto minúscula de los hijos de la familia que más quería y pensando en los tiempos que siguieron, “muerto el perro se acabó la rabia”, que fue la excusa para echar a su marido del trabajo que tenía en San Lázaro, que ya no tuvo más tiempo sino para enfermar y morir, mientras ella afronta la andadura de la posguerra del hambre.
Han pasado los años del racionamiento y de los arbitrios por cualquier producto o animal, una gallina, un pavo, dos costales de harina, una cántara de aceite, actividad de comisarios en la que tantos sinvergüenzas del régimen se enriquecieron, lo mismo que lo harán más tarde con los silos, en los que se pesaba con trampa el trigo o con los repartos de leche en polvo y el queso, que mandaban los americanos. La guerra fue dejando huellas y jirones. La gente sufre en silencio la lenta y terrible remontada, el cansancio del hambre, el recorrido de las calles de arriba abajo, cabizbajos, en busca, como diría Ángel Ganivet, muchos años antes de esta pesadumbre, del albañil que busca un sobrejornal para “dar una vuelta de ropa a su gente”. A Granada le falta la sabia de los intelectuales que, como Francisco Ayala, reconstruyen su futuro; o el amigo de Federico y Picasso, Manuel Ángeles Ortiz, que se ha llevado el color y la alegría de la Alhambra a una buhardilla de París. En las cárceles se hacinan indistintamente los rateros del hambre, con los presos políticos, de aquellos que bebieron del aceite de ricino y se les rapó al cero; y todavía quedan, como recordaba Angelina, los últimos esperando una clemencia, cuando entran de relevo los que son ya los presos de la nueva represión de Granada, que coinciden con los últimos de la guerra civil, con los últimos de los años del hambre, con los últimos del maquis...

Siempre quedan los últimos y ya se mezclan con las remesas de los nuevos para transmitirse sus penas, para darse consuelo y contarse las historietas de dentro y de fuera, la batallas de los más utópicos, que nunca llegaron a hacer su revolución pendiente. En la calle, los niños se cuentan las andanzas de aquellos héroes perdidos por los montes, bandoleros en nuestras sierras, de aquellos que lo mismo respondían a la llamada de comunistas, socialistas o anarquistas, o que se echaban al monte para eludir la paliza en el cuartelillo, simplemente porque habían robado una gallina o un saco de garbanzos y luego se convertían en guerrilleros o seguían actuando por libre hasta que eran detenidos y se les aplicaba, como mínimo, la ley e fugas. En los pueblos no se deja de hablar de sus proezas y desafíos; y en la capital son los hermanos Quero los que habían despertado más interés y miedo. Aquellos cuatro hermanos de la carnicería del Albaycín, que fueron cayendo, uno a uno, y de los que el periódico Ideal del 25 de mayo de 1947 informaba en su portada que “Los dos malhechores que permanecían en la casa del Camino de Ronda –a la salida del callejón de Gracia– sitiados por la Policía y fuerzas de la Guardia Civil, Antonio Benito Quero (a) “El Quero” y José Mérida Robles (a) “El Catalán”, resultaron muertos en las primeras horas de la mañana de ayer...” 

Recuerdo de mi infancia de Alhama de Granada esas mismas leyendas de los hombres de la Sierra y años más tarde conocería directamente a uno de aquellos pobres hombres, Francisco Medioquilo, que había pagado ya su pena de cárcel, y bajaba la cabeza cuando se le preguntaba por aquel legendario personaje que se llamaba Roberto, el gran Roberto, del que se contaba y no se paraba de elogiar sus hazañas o tropelías, según quien fuera el narrador, pero se le retrataba como un galán de cine, un estratega que el Partido Comunista de España había enviado desde Francia para dirigir la agrupación de Málaga-Granada, la partida que operaba entre las sierras granadinas y malagueñas de Loja, Salar, Alhama, Nerja, Frigiliana... Se hablaba de sus andanzas con un inmenso respeto. Y me he llevado una tremenda decepción cuando mi buen amigo Salvador  Fernández, apodado Marín,  vecino zapatero, comunista que a la sazón había sido además portero de las monjas clarisas, en  el Convento de San Diego, donde un día supe en mis recuerdos de niño que la muchacha que nos vendía las tortas y bollos, María Vinuesa había entrado, de por vida en el convento; pues bien, es Marín quien  me enseña el libro de José María Azuaga Rico sobre la guerrilla, publicado por la agrupación comunista de Nerja, en el que, además de tener subrayado el nombre del paisano Armando Castillo, que cruzaba los Pirineos para conectar con los camaradas granadinos, me señala el  porqué había bajado la mirada Frasquito Medioquilo, porque no resultó trigo limpio el gran Roberto. Tendría ocasión de corrobolarlo en otra obra, Maquis, de Secundino Serrano: “Roberto, que respondía a la identidad del madrileño José Muñoz Lozano, resultó ser el hombre que mereció el título de “el traidor de los traidores”. Traicionó a los últimos de su partida en la sierra de Frigiliana, creyendo que iba a salvarse se dispuso a colaborar activamente con el teniente coronel de la Guardia Civil, Eulogio Limia Pérez. Pero de nada le sirvió, porque fue también fusilado el 22 de enero de 1952 en el cementerio de Granada”.

En nuestro propio laberinto.
Aquel laberinto nuestro español quedaba por escudriñar. Secretos de la historia son los que Gerald Brenan, como otros investigadores extranjeros (Claude Couffon, Huhg Thomas, Gabriel Jackson....), nos ayudan a desvelar e interpretar por más ocultos que estuvieran los hechos. El inglés, que había vivido en Yegen, y después había publicado El laberinto español, una obra que los más osados libreros de Granada, vendían clandestinamente, tiene el atrevimiento de volver a España en 1949 para averiguar dónde habían matado a Federico García Lorca, cómo era nuestro propio laberinto, y es el primero en publicar que no fue en las tapias del cementerio, como había sucedido con otros infelices, entre ellos Manuel Fernández-Montesinos, sino en los barrancos de Víznar y Alfacar, donde había sido asesinato el señorito Federico, sólo días después de que Angelina, qué dolor, le llevara la comida al Gobierno Civil. No dejarían de subir ciudadanos anónimos silenciosos y tristes a depositar flores, o colocar crucecitas de palo en aquellos parajes en los que se apreciaban los montículos de las fosas comunes con las víctimas de la represión... Escritores, artistas, de los más atrevidos suben al enterarse, comunicación clandestina boa a boca, que el cadáver del poeta está en algún punto de aquel lugar, junto a un olivo, quizá, cerca de la fuente Aynadamar, a dedicarle su homenaje de silencio. Así lo hacen, por ejemplo, Pilar López y el cantaor de Aznalcóllar (Sevilla), Luis Caballero; o desde Santa Cruz la Real, el dominico Rafael María Cantueso y su amigo cordobés de Cántico, Pablo García Baena.

Granada vive encomendada a su suerte, o a la Virgen de las Angustias. Granada está orgullosísima de haber acogido el Congreso Eucarístico Nacional para gloria de la cristiandad y mérito del superarzobispo García y García de Castro, evento que le da tal vitalidad interior,  que, por más que pasara años postrado en cama, se resiste a que el Ideal de don Santiago Lozano, insigne director (había sustituido al granadino Aquilino  Morcillo, elevado a la dirección del YA), publique la biografía enlatada de su muerte. Crece el fervor por la Virgen de Fátima, cuyas imágenes llegan a los pueblos, con muchedumbres enloquecidas esperando algún milagro, con las tres criaturas del pueblo de turno que colocan a los pies de Nuestra Señora representando a los pastorcillos, Jacinta, Francisco y Lucía. Para consumo interno, los granadinos veneran a la niña Conchita Barreche-guren, en el Carmen de la cuesta del Caidero o de la Cremallera, que había muerto, se decía, como una santa y se le adora con la misma con la misma fe que se le reza y lee a Santa Rita y El pueblo cristiano, con sede en Monachil, y se le profesa a Fray Leopoldo de Alpandeire, que todavía, tan bueno y sencillo, con la barba blanca y el sayón riguroso de capuchino, pide limosna para los pobres de Granada –Fray Leopoldo nació en Alpandeire, Serranía de Ronda, en 1864; murió en Granada, en 1856 y pocos años después se inicia su proceso de beatificación–, como lo hace también Fray Bonifacio, que viene de Córdoba a recorrer los cortijos para llevarse el impuesto limosnero de costales de trigo o de garbanzos para la obra de San Juan de Dios, que buena falta le hace.

Al alcalde Antonio Gallego Burín, que nos deja una guía para contemplar los tesoros de Granada, le sustituye en la casa grande de la Plaza del Carmen, Manuel Sola Rodríguez Bolívar, que cuenta con el madrinazgo directo de doña Carmen Polo de Franco, la señorísima, y no necesita presumir de falangista, sino de granadino, y no se sabe qué es mejor o peor si ese desprecio por los flechas locales o los favores que pudiera lograr de la esposa del Generalísimo. Pero es un alcalde de los que imprime carácter y hace esa definición ontológica del “ser granadino”, que Nicolás María López Calera (El ser granadino) atribuye a unas minorías para determinar e imponer su dominio sobre la ciudad. Hay por lo tanto muchas Granadas, como la del “ser granadino”, tan variopinta que se hace notar, de forma conjunta o aislada, en el cortejo del Corpus, en la procesión de la Virgen de Las Angustias, en el Rey Chico, asomada al Carmen de los Mártires o en el Festival Internacional de Música, que tanto prestigio y esplendor sigue dando para gloria de esa Granada, que ama la huella imborrable de don Manuel de Falla. Todo es posible en Granada, la película de José Luis Sáenz de Heredia, con Paco Rabal, deja el hijo de las esperanzas frustradas, pero el acierto del título no sólo le valdrá una calle de reconocimiento al cineasta; también servirá de eslogan épico para aquella hazaña que el Granada Club de Fútbol soñó con realizar si vencía en la final de la Copa del Generalísimo contra el F.C. Barcelona en Madrid; pero un contundente 4-1 hizo declinar la estrella de la emblemática referencia cinematográfica. En el Instituto Padre Suárez sienta cátedra el gran historiador sevillano Antonio Domínguez Ortiz –medio siglo después se le nombraría hijo adoptivo de Granada–; lo mismo hace un profesor tan atípico (porque ni cobraba) como brillante, Pepe Martín Recuerda, director del TEU, teatro universitario, granadino de farándula, como Pepe Tamayo, a los que aguardaría el reconocimiento de la escena española, el primero como dramaturgo y el segundo como director. No faltan los autos sacramentales, grandiosos, junto a películas enternecedoras, Marcelino Pan y Vino, y otras no tan cándidas, que están tachadas con la prohibición del pecado mortal y levantan incendiarias condenas en los púlpitos domingueros para incitar aún más a ver Arroz amargo a la italiana.

 
El enviado de París.
Corre el año 1957 cuando Francisco Portillo Villena, un muchacho fortote de Moraleda de Zafayona, hijo del socialista Plácido, al que la familia Nieto había ayudado a sacar de la cárcel para hacerlo encargado del cortijo de Santa Isabel, y de la comunista Deogracia, de la que el joven heredaría más directamente la rebeldía contenida y la idelogía. En Francia, no tendrá que oír más clandestinamente la emisora Pirenaica, porque tiene la fortuna, recuerda con alegría, de conocer directamente a Dolores Ibárruri, La Pasionaria, en París. De aquella escuela comunista sale en 1963 el campesino de Moraleda, de vuelta a Granada, con la misión de organizar el Partido Comunista de España. Portillo, con el alias de Luis,  forma el primer núcleo o célula comunista con José López Avila (El Abuelito), Juan Martín, José Cid de la Rosa, los ferroviarios de Guadix y se van sumando pueblos que constituyen el bloque comunista de la Vega: Atarfe, Pinos Puente, Albolote, Peligros... Dos años antes del enviado de París, se había registrado, en 1961, la mayor caída de comunistas, más de seiscientos, todos los nombres que aparecieron en una lista de los militantes y simpatizantes que habían abonado una colaboración económica para pagar una corona para recordar la memoria de  Beneito, dirigente guerrillero de Andalucía. Paco, que ya es Luis, secretario general de los primeros y activos comunistas después de la guerra, contrae matrimonio en su pueblo y por la Iglesia con su paisana Piedad Guerrero Rodríguez. Se camufla de vendedor de libros para conectar, desde las fuerzas del trabajo, con las fuerzas de la cultura, como también hará Piedad, vendiendo de casa en casa el plan Pons belleza en siete días para maquillar su propia situación clandestina.
Por aquellos años aparece en Granada un gitano singular. Antonio Lozano Heredia viene de Benalúa de Guadix, después de dar muchos tumbos, voluntario miliciano a los catorce años en la guerra, prisionero en campos de concentración, recuerda que le decían los miembros de la guardia mora de Franco: “Gitano, nosotros cortar cabeza”; y le parecía un milagro estar vivo y haber sufrido las secuelas del hambre, carne carcelaria por un ajuste de pasiones, errante bajo puentes y a la luz de la luna, hasta recalar en la Virgencica. Ya era La Virgencica un refugio de damnificados que llegaron dando tretas desde las inundaciones de 1962, la desgracia que se cebó con los granadinos que vivían en las casas más humildes, o en las cuevas, hacinados en viviendas insalubres, pero tenían un techo que se llevó la ira de la lluvia, el temporal que irrumpió como un ciclón bíblico para que los más pobres quedaran tirados con más mala leche, a la intemperie, luego en los barracones de Santa Juliana, El Chinarral, entrada de La Chana por la carretera de Málaga, Los Frigoríficos, donde se cansaron de esperar, donde nacieron los hijos que recordarían siempre aquel tormento, pues no se conocía desgracia más grande desde la guerra, que parecía otra vez la corría, huyendo en busca de un refugio, como si el Sacromonte se hubiera caído sobre el Darro y hubiera convertido a sus gitanos en más náufragos todavía. Sacromonte de fraguas y de María la Canastera. El Sacromonte de las zambras y de los artesanos de la mimbre y del hierro. Porque de hierro y de mimbre había que ser para componer una Granada de postal, de exhibición obligada, pero con un  anverso de sufrimiento. De este territorio horadado, se llega a la Abadía y al internado sacromontano, donde se educan niños con más o menos posibles, que se desplazan de los pueblos. De Loja, por ejemplo, llega Juan García Pérez, en adelante Juan de Loxa, que tiene la osada inspiración de hacer entre bachilleres un homenaje a Federico García Lorca.

De aquellos cerros horadados salen a comer de su arte  de casta los componentes de aquel grupo, que encuentro años más tarde en El Jaleo de Torremolinos, el tablao que montan los hijos del reputado Dr. Garrido, que ya habían tenido éxito con la Neptuno, la más moderna sala de fiestas de Granada. En El Jaleo se da cita La Mami, portento de gitana, con su  Mariquilla, que por entonces iba a protagonizar una película frustrada de Carmen Amaya y se casa con Luis Javier Garrido, emparentando a familia de alto copete con la chiquilla humilde, que llevaba el tesoro de la caja fuerte en sus piernas. Granadinos de tribu, entre los que están los hermanos Habichuela, Juan y Manuel, prodigiosos guitarristas que lanzarán desde allí a la nueva generación, conocida décadas después como los Ketama; y el más salvaje y heterodoxo de los bailaores gitanos, Carrete, que declara haber nacido bajo un puente de Zafarraya, pero tampoco lo tenía muy seguro; y entre todos ellos resalta por su tez blanca y el ritmo de su voz, marcando el compás para el cuadro flamenco, un cantaor malagueño, conocido ya como Chiquito de la Calzada, que acompaña a los artistas granadinos al incipiente mercado flamenco de Japón, fingiendo que habla en todos los idiomas del mundo.


La Granada del silencio.
Siempre con carácter de provisionalidad, se van entregando las casitas prefabricadas a los que proceden de los barracones, hasta que queda formada  La Virgencica como un barrio prefabricado, con sus techos de uralita, y sus frágiles tabiques, su iglesia y su escuela para la lenta salida de la pobreza, hasta conseguir, con esfuerzos inhumanos que fueran uniéndose los vecinos, como su mejor arma para construir su propio régimen, de donde saldrán algunos de los líderes más representativos de la izquierda granadina. Es en la Virgencica donde se crea en 1968 la primera Asociación de Vecinos de Granada, promovida por miembros de los movimientos cristianos, sobre todo de las Hermandades Obreras Católicas (HOAC) y Juventudes Obreras Católicas (JOC), que tendrán un gran peso específico en la historia sociopolítica de Granada, con los curas obreros de la parroquia, Antonio Quitián, párroco desde 1966, después le acompañarán los hermanos Ganivet, Ángel Aguado, con los militantes cristianos Francisco Lara, Juan Fernández., Daniel Maldonado, Mari Paz Millán, Mari Ángeles Manterola... y las Hijas de la Caridad, sor Barranco y sor Encarnación Olmedo, aunque ésta procedía de otros barracones de damnificados,  además de los militantes comunistas. Más tarde aparecerán otras asociaciones, provocadas por la necesidad y como cobertura de incipientes células políticas, sindicales y sociales,  como las de La Chana, Zaidín, Haza Grande, El Realejo, Los Vergeles... La Virgencica, con Rafael Castilla de presidente, es la primera, con todos sus experimentos.
Ahí aprende Antonio Lozano a ver su faca de otra manera, a sentarse con los pies entrelazados como los nuevos profetas de la no violencia y a amar intensamente a un ser maravilloso, su Cuca, su mujer, que vende en su puesto, consistente en un cajón con frutas y verduras, con sus poquitas papas, sus poquitas naranjas, y la manos heladas de frío y de espera, metidas en la faltriquera. De allí sale Angelina, cuando encuentra otra vivienda, en compañía de su hija, en El Cerrillo de Maracena; y de allí surge esa fuerza imparable que arrastra la semilla de los pueblos que quieren hacer cosas por sí mismos.

Fuente Vaqueros no sólo es el pueblo de Federico, donde aún permanece su casa cerrada a cal y canto. Fuente Vaqueros es también el destino definitivo de los seguidores de José Castillo Bravo, natural de Bérchules, el Padre Pastor, un santón popular que había creado una especie de secta religiosa. Siguen las leyendas de Espartaco y basan su vida en el trabajo, el retiro espiritual y en normas estrictas y tradicionales de obediencia, castidad y pobreza. Las mujeres son identificadas cuando se desplazan a Granada por sus vestidos largos y su pelo recogido en un moño. Su fe en el trabajo, en la necesidad de sobrevivir, les hace crecer, comprar tierras en la Vega y formar la Cooperativa Santiago Apóstol, que se convierte en la más importante de Andalucía, en la época en que estaba dirigida por Manuel Robles que, a la vez, era también el jefe espiritual de estos místicos populares, que practican la no violencia.

Los pastoreros, que reciben visitas de mucha gente de España, interesada por su modelo espiritual y económico, son una pieza clave en el despertar de la memoria de García Lorca en su pueblo y en refugio de activistas políticos y sindicales. En sus filas hay muchos simpatizantes socialistas y comunistas, gentes que se refugiaron en el grupo del Padre Pastor para liberarse de las represalias de la postguerra. Es el caso de la familia de José García Puente, que aún vive su felicidad interior de pastorero, de esa opción a la que se acogió su familia. Su madre, Francisca Puente García, me cuenta su historia. Nacida en Güéjar Sierra, vivió una biografía de madre coraje. Le fusilaron a su marido en la guerra; se vio sola, con sus tres hijos, perseguida. Pasó años de cárcel, condenada a muerte, acusada de todo tipo de actividades contra el régimen de Franco. Salió en libertad por el decreto de 1945 y a partir de ahí, después de haber pasado toda suerte de  calamidades, una familia de Güéjar le dijo “mira que nos hemos enterado que hay una gente muy buena, que se ayudan unos a otros, que predican el bien de todos”, y ella recuerda que preguntó si iban a misa y le contestaron que no, “pues entonces eso me convence a mí más”, y así fue cómo la comunista Francisca, con su hijo Pepe, y sus dos hijas, se refugiaron en los pastoreros, tuvieron la oportunidad de trabajar la tierra, de tener su casa familiar y de entregarse a la causa del Padre Pastor, sin renunciar jamás a sus convicciones políticas de hoja perenne.
 

Vuelvo a Granada.
Socialistas como Pedro Fornell, aguardan esperando su oportunidad, que les llegara un líder, un buzón o enlace, que lo conectara con el partido en el exilio. Lo mismo le ocurre a un joven rubio y despistado, Antonio García Rodelas (en adelante Antonio Rodelas), que siente la llamarada del anarquismo, pero no sabe ni dónde pedir una muestra de la bandera negra y roja, que enarbolaba en el extranjero Federica Montseny con los restos del naufragio.

En 1967 Juan de Loxa funda Poesía 70, en el treinta aniversario de la muerte de García Lorca y publica en esa revista la partida de bautismo del poeta, en el 70 aniversario de su nacimiento. Ese es el año de la revelación literaria del accitano José Asenjo Sedano, que obtiene el “Premio Eugenio Nadal”, con la novela Conversaciones sobre la guerra. Un año después, los estudiantes de Ciencias organizan otro homenaje al poeta de Fuente Vaqueros. La Universidad, que es ya un foco de rebeldía a punto de estallar, no se conforma con el prestigio de algunos de sus prohombres, catedráticos y profesionales, Buenaventura Carreras o Luis Sánchez Agesta, quiere dar un paso más por aquel 68. Pero España es otro mayo, tan distinto al francés; aunque Joan Manuel Serrat hace sus pinitos lanzando un órdago al gobierno de Franco para cantar el Lalalá en catalán, la canción con la que España gana el Festival de Eurovisión, pero con la sustituta Massiel. Nace el príncipe Felipe de Borbón, muere León Felipe, López Rodó niega al Sur los polos de desarrollo, manteniendo a los andaluces como reserva de mano de obra y alegres palmeros para el turismo, y Franco cierra la verja de Gibraltar. Desde Granada cantan Los Ángeles y Miguel Ríos, que ha dejado de ser Mike, se convierte en el joven prodigio que triunfa en su tierra, que exalta la patria común del ser granadino sin exclusiones: Vuelvo a Granada...
Y así llegamos a los umbrales de la España de los setenta. Los sindicatos clandestinos, en realidad las incipientes CC OO, nacidas en torno al PCE, pero con un alto porcentaje de independientes y cristianos, además de socialistas que todavía no han empezado a reagruparse, se infiltran en el Sindicato Vertical para aprovecharse de sus infraestruturas y para dinamitarlo desde dentro. Resulta decisiva entonces la alianza entre curas, frailes de toda condición, en los conventos, en las iglesias y sacristías de San Isidro, San Ildefonso, La Virgencica...; con los jesuitas del padre José María Castillo y sus inclinaciones por la teología de la liberación en la Facultad de Cartuja, entre estudiantes de familias bien, alianzas buscadas o casuales, que se fomentan igualmente en  pueblos como Motril, Baza, Guadix, Loja, Montefrío... Un documento de la represión en la Universidad de Granada (curso 1969-70), editado por el Departamento de Estudios Universitarios, refleja la brutal represión no sólo de estudiantes dentro y fuera de las aulas sino también de obreros, que trabajaban conjuntamente en la clandestinidad. Entre los nombres que aparecen en este informe, figuran estudiantes de los que fueron detenidos, procesados, encarcelados y en algunos casos maltratados. Como José Guerrero, Joaquín Bosque, Pilar Bustamante, José María Alfaya, Vicente Ramos, Antonio María Claret García, Pedro Limiñana, Juan Bullejos, Arturo González Arcas, Antonio Ayllón, Emilio Martín Cortés, Juan de la Cruz Bellón Carlos Martín Rubí, Luis Revellés, Miguel Ángel Linares, Juan José Sánchez Esteva, Daniel Torres, Carlos Teillefer, Guijarro, Alfonso Carmona, Antonio Aragón, Eliseo Fernández, entre otros.


Tres albañiles muertos. Granada.
21 de julio de 1970. Nunca se había conocido en la época del franquismo una represión tan fuerte. Con tres muertos sobre el asfalto: Antonio Huertas Remigio, de Maracena, Cristóbal Ibáñez Encinas, de Granada, y Manuel Sánchez Mesa, de Armilla, además de numerosos heridos entre miembros de la policía y trabajadores. Como respuesta a tan desmesurada y violenta respuesta, los trabajadores deciden encerrarse en la Catedral. No sería la última vez que monseñor Emilio Benavent Escuín tendría de inquilinos a trabajadores granadinos, cercados por las fuerzas del orden, por los grises, que es su nombre popular por el color de sus uniformes. Además de los tres albañiles muertos, convertidos a su pesar en héroes silenciosos de una causa, asesinados en la vía pública, como podían haber caído a balazos otros muchos más,  aquellas fechas registran nombres históricos para la clase obrera granadina como Luis Afán de Ribera, Juan Gálvez Lozano, Pedro Girón Torres, Juan Verdejo Cantero, Emilio y Luis Cervilla..., además de destacados miembros de la HOAC, como el cura Antonio Quitián y Adolfo Chércoles y con ellos dos futuros líderes sindicales de UGT, Daniel Maldonado y un jovencísimo Juan Cuenca, también el jesuita José Godoy (Pope Godoy) y otros sacerdotes que intervienen a su manera, como el padre dominico Antonio García del Moral, que sufre cárcel como otros tantos detenidos. Una noche antes, Paco Portillo, con los hombres más activos de su organización, algunos de los líderes ya citados de los que intervienen en primera línea, además de José Cid de la Rosa y El Abuelito, habían estado en casa de Cándido Capilla preparando los últimos detalles de la manifestación.
   
Salvo algunas tímidas excepciones, es indignante el tratamiento que se le da en la prensa a los sucesos de Granada. Los periódicos locales se limitan a publicar las versiones oficiales del Gobierno Civil, en las que se antepone siempre la justificación de los policía para restarle importante a las tres muertes causadas por la represión. Los hechos no pueden ocultarse; aunque sí manipularse. Pueblo, órgano oficial del sindicato del Movimien-to, dirigido por Emilio Romero, se obstina en responsabilizar y satanizar a la Iglesia progresista de cuanto había ocurrido en Granada: ¿Quiénes son los culpables? La responsabilidad de las muertes de los tres obreros, había que buscarlas, no en los policías que dispararon, ni en quienes dieron la orden, sino en los curas:

“En principio, y con la insuficiente información que tenemos todavía delante, parecen culpables en primer lugar ciertos sacerdotes que incitaron a los obreros a la violencia, proporcionándoles, incluso, medios con que atacar a la fuerza pública. El hecho es, sencillamente, escandaloso, intolerable. Cabe preguntarse, como lo están haciendo a estas horas todos los españoles, ¿hasta cuándo? En efecto, es preciso saber hasta cuándo van a tolerarse estas posturas agresivas, violentas, insolidarias, de miembros de nuestro clero (...) Es inadmisible que hombres con hábitos, beneficiarios del gran prestigio moral de la Iglesia en España, sometidos, por otra parte, a una legislación de privilegio y de fuero, sigan adoptando impunemente actitudes que, además de oponerse a la ley, además de socavar los cimientos de la convivencia social y laboral pueden tener, como lamentablemente hemos visto en Granada, consecuencias trágicas e irreversibles. ¿Pero a qué cristianismo representan estos simples agitadores políticos? Lo de Granada no ha sido un juego. Y hay que exigir las responsabilidades pertinentes a esos clérigos que han provocado los sucesos”.
El Ya, órgano representante de la Iglesia al igual que su colega Ideal, publica un editorial el día 23: “Los sucesos de Granada”. El órgano oficial de la Iglesia está más interesado en replicar a las acusaciones de Pueblo contra los curas de Granada que apoyaron a los manifestantes que en exigir responsabilidades:

“Acusaciones tan graves no se pueden hacer sin estar cierto de ellas y los informes especiales de que disponemos las desmienten categóricamente. Quien hace afirmaciones de ese tipo está obligado a probarlas”.

Una frase críptica del editorial de La Vanguardia, periódico de la burguesía catalana, definía la situación de Granada desde el distanciamiento del régimen: Cuando hay humo, ello quiere decir que hay fuego, siquiera esté oculto o soterrado...”
Pero había ocurrido en Granada, lejos de las zonas más conflictivas de España. A falta de una prensa libre, circulan informes internos: la memoria que escribió Luis Afán de Rivera y una réplica a los partes oficiales que HOAC, JOC y FECUM hacen circular para contrarrestar la versión radicalmente manipulada que publican los medios de comunicación. La huelga de Granada pasa así a la historia de la clase obrera española. Como en otras ocasiones, como sucederá años después, tienen que mediar los muertos para que al trabajador se le reconozca un derecho. Si el 21 de julio de 1970 no caen muertos Antonio Cristóbal Ibáñez, Antonio Huertas Remigio y Manuel Sánchez Mesa, la autoridad, el empresario, el sindicalista oficial y de espaldas a la realidad de la clase obrera, no se dan por enterados, y muchos permanecerían ciegos, de que esos hombres estaban pidiendo la justicia laboral que se les venía negando.

El 20 de abril de 1971 se conoce la sentencia por presuntos delitos de homicidio y lesiones, tras el juicio seguido por la jurisdicción militar. El texto de la sentencia constituye un documento de cómo los tribunales de justicia actuaban en la retaguardia para exculpar, silenciar o archivar, como en este caso de la policía que disparó con bala contra los albañiles de Granada. Merece la pena recordar algunos pasajes de esa sentencia del tribunal militar que juzgó los hechos en la Capitanía General de Granada:
“La prueba practicada no permite determinar quién o quiénes fueron los autores de los disparos que causaron la muerte y lesiones de dichos manifestantes, pues tanto los guardias que se encontraban en aquel lugar antes del incidente, como los que acudieron en su ayuda al producirse éstos, hicieron uso de las armas cortas que portaban, sin que sea posible precisar, dada la confusión originada, quiénes pudieran ser los autores de aquellos disparos. Las declaraciones de todos los testigos coinciden en esta misma apreciación. Por lo que antecede y considerando apurada la investigación, es procedente acordar el sobreseimiento provisional del num.2 del Art. 723 del Código de Justicia Militar...
...De otra parte y con independencia de lo que antecede, debe hacerse constar que la responsabilidad que pudiera deducirse de haber resultado identificados los autores de los delitos investigados, no podría serles exigida por concurrir en el hecho las circunstancias de exención de responsabilidad señalada en el Art. 8, números 11 y 12 del Código Penal, pues según se deduce de lo actuado, los guardias actuaron en cumplimiento de un deber, teniendo establecida la jurisprudencia como requisitos de esta circunstancia eximente; 1 El carácter de Autoridad o Agente del que obra; 2 El ejercicio de funciones derivado de dicho carácter; 3 Cumplimiento de un deber ateniente a dichas funciones; 4 Empleo de medio violento adecuado para imponer la Ley...”


Escuela de represión. Como no podía ser de otra manera se cerró el caso. Pero Granada, ahora sí se demostraría, Todo es posible en Granada, que-da como un referente de rebeldía. Ese episodio, unido al miedo a despertar el fantasma de la muerte de García Lorca, determina una línea de represión en esta ciudad. La ciudad más prohibida, la ciudad blindada ante cualquier injerencia exterior. En esa clave se interpreta la prohibición de La represión nacionalista en Granada y la muerte de Federico García Lorca, (Ruedo Ibérico, París 1971), obra del irlandés Ian Gibson, que, siguiendo los pasos del maestro Brenan, aporta un documento básico para entender el clima de represión, en el que encontró la muerte Federico García Lorca y que contó, por primera vez, con el testimonio fundamental de Angelina. Granada instaura un control represivo, que creará escuela en los gobernadores civiles, que fueron sucediéndose –con el hilo conductor de Chalud Lillo– hasta los primeros años de la democracia. Detrás de esa escuela, pesará siempre la sombra de las familias más influyentes de Granada.

No cae Paco Portillo en agosto de 1970. Pero la policía le sigue el rastro. Es su principal presa a batir. Hasta que es cazado directamente en su propia casa, donde solía acudir Manuel Benítez Rufo, coordinador de los comunistas andaluces. La noche del 24 de diciembre de 1970, al oírse unos enérgicos timbrazos, Paco le dice a su mujer: “No abras”. Y Pilar obedece. Así les da tiempo de esconder algunos documentos. Pero es inútil. No median segundos timbrazos. La policía derriba la puerta. Los tres hijos del matrimonio se agarran a las faldas de la madre. No le permiten llevarse ni una muda. Es Navidad. Franco acaba de felicitar las Pascuas, españoles... Al detenido no le permiten coger ni una muda. El detenido baja esposado, mientras Piedad, desde arriba, grita lo cabrones que son para aliviar el llanto de sus hijos. El calvario no ha hecho más que empezar.
“Aquella noche me dieron tres palizas. Me tenían en el sótano y me subían arriba. Preguntaban, querían saber nombres y yo negaba. Ellos habían cogido de mi casa el organigrama del partido en Granada, que se lo había dejado olvidado Manuel Benítez Rufo. Estaban todos los nombres, pero los supuestos. Vergajazos, y más vergajazos. Y se trataba de desvelarlos. Seguían golpeando, cuando ya me caía prácticamente desmayado, entonces me bajaban y me dejaban caer en una celda. Pero volvían al rato, y otra vez arriba. Ya no sé cómo podía aguantar, pero seguía negando y negando; cada vez se enfurecían más. Eran dos los torturadores. Uno de ellos en un ataque de rabia cogió uno de mis zapatos y empezó a darme con todas sus fuerzas taconozos en la cabeza... Volví a desmayarme y otra vez, como si fuera un trapo, me bajaron al sótano. Y otra vez arriba, y lo mismo. Vergajazos, puñetazos, insultos... Así me tuvieron durante diecisiete días. Ni me curaban, qué va, medio muerto con el cuerpo amoratado... Uno de esos días, detuvieron a Pepe Cid. Lo torturaron también, pero se declaró en huelga de hambre. Llevaba varios días sin comer, y decían “éste se nos va a morir”; y tuve yo que fingir diciéndole, “come, hombre, que es mejor...”. Pero aguantó sin comer y sin hablar. Yo tenía ya el cuerpo negro, negro, negro... Cuando me torturaban, con unas heridas sobre otras, gritaban ellos por mí, para que los compañeros detenidos me oyeran, y se decían entre ellos “si este cabrón goza con que lo torturemos”. Había algunos policías, que veía yo que tenían una cierta compasión y cuando se apartaban los torturadores, me decían que dijera algo para calmarles y dejaran de pegarme. En los últimos días, aunque quisiera gritar no podía, pero me salían como unos suspiros muy profundos y roncos, como si tuviera ya los pulmones destrozados. Después, en vista de cómo me habían dejado, me tuvieron en comisaría dos semanas más para que se me pasaran un poco las señales de las palizas, para mandarme a la cárcel el 30 de enero. Y qué va, cuando me duchaba me salía el destrozo que me habían hecho; como si la carne la tuviera quemada”.
¡Qué horror! Paco vive para contarlo en esta nueva cita que hemos tenido precisamente en un día de Navidad, en el Puente Don Manuel, entre Alhama y Vélez Málaga, donde estábamos citados, en la distancia, en el rincón de un bar, como si se tratara de tiempos de clandestinidad. Fueron varios policías los que se cebaron con aquel cuerpo de jornalero de Moraleda, con el camuflado Luis, vendedor de libros, pero de todos ellos, que los guarda en la retina de los ojos y no se les irán de la memoria mientras viva, hay nombres inolvidables, Guisado, Guisado era terrible, y Huertas (La Jirafa), y Hernández, que decía: “Palizas, maera con ellos”... Creo que después, como muchos de ellos enfermaron, creían que les iban.... Y quedan impunes.


El polvillo de la dehesa. En el tablero más representativo de la sociedad, las fichas se mueven con lentitud, aunque en algunos casos con movimientos tan positivos como haber colocado de rector de la Universidad a Federico Mayor Zaragoza, un científico de prestigio que no se dejará atrapar por las garras del régimen y porque, además, aspirará a emprender más altos vuelos políticos. En el diario Ideal se produce un relevo generacional: al veterano y prestigioso Santiago Lozano le sucede un joven granadino, Melchor Saiz-Pardo Rubio, de 29 años, que llega desde la agencia EFE en Roma a pilotar con acierto, como un equilibrista entre esos dos mares procelosos del Movimiento y la Iglesia, un periódico que representa a las derechas más distinguidas –ya se encargaría Melchor de abrir cauces para integrar el periódico en el proceso político de la transición– frente al otro diario, Patria, que igualmente representa a las derechas, pero a las más vestidas de azul, aunque tiene un director, Eduardo Molina Fajardo, que es un periodista ilustrado, obsesionado por cargar la responsabilidad del asesinato de García Lorca sobre la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), por militar en sus filas el diputado Ramón Ruiz Alonso, linotipista del periódico de la competencia, uno de los artífices de la detención del poeta, para exonerar de responsabilidades a sus amigos falangistas. Y ni lo uno ni lo otro, sino las dos cosas como habrá tiempo para corroborrarlo. Luis Rosales vive envuelto en esa ambigüedad, con su alma poética herida. No puede soportar que el intento de salvar la vida de su amigo Federico pueda convertirse en su contra cuando había puesto en peligro su propia vida. Sus hermanos, notables falangistas locales, aunque no todos por igual, no pueden con los falangistas y cedistas más influyentes que, al fin y a la postre, son la misma cosa. Pero Luis queda profundamente marcado.


Y un respiro para el honor patrio.
El catedrático Francisco Presedo Velo descubre el 20 de julio de 1971 la Dama de Baza, llamada así por su extraordinario parecido con la Dama de Elche, en la necrópolis ibérica del Cerro del Santuario de Cepero o de Los Tres pagos,  a unos cuatro kilómetros de Baza. La escultura representa a una diosa o sacerdotisa, está policromada y ostenta en sus anillos. Es una maravilla. Lo que hacían nuestros antepasados.

Aunque el final del régimen parece avecinarse lejano, o de decadencia lenta para los que estaban instalados en sus despachos; para los que soñaban en una liberación inmediata, se desesperaban por esa lenta e incierta marcha. Podrían encontrarse, no obstante, personajes que en uno u otro sentido iban tomado posiciones, tanto de ida como de vuelta, tanto de aprovechar las circunstancias en los relevos del franquismo, como para limpiarse el polvillo de la dehesa franquista, o aproximarse a tendencias que pudieran ser más presentables en el futuro. De las jóvenes promesas falangistas sobresalen, entre otras muchas, dos destacadísimas figuras granadinas, dos jerarcas locales: Baldomero Palomares y Sebastián Pérez Linares. Se les conoce por Baldomero y Sebastián, sin más. Son dos políticos criados en el Frente de Juventudes, donde hacen carrera. Cada uno con sus ambiciones, representan a las clases medias y bajas, que se refugiaron en el franquismo con un sentido pragmático de la existencia, como mucha gente lo hacía para conseguir puestos de trabajo, la adjudicación de viviendas sociales, becas para los hijos... Ahí estaba la mayoría silenciosa  más próxima al régimen. Pero por encima de Baldomero y Sebastián están las auténticas familias políticas que se sentían las herederas del régimen; o las más acaudaladas, que no veían con buenos ojos que dos advenedizos, que habían aprendido a cantar bien el cara al sol con la camisa nueva, alzar el brazo, vestir bien el uniforme y manejar cuatro códigos falangistas, tampoco había que ser unos genios para aprobar esas oposiciones, se les colaran en la primera línea de mando. Baldomero, abogado sindicalista, tiene más ambiciones políticas y pronto se marcha a hacer carrera a Madrid, donde otro cachorro del régimen, Adolfo Suárez, emprende con gran éxito ese vuelo de águila desde la periferia al cogollo madrileño. A Sebastián, profesor en la academia familiar, le gusta más pasear de político por Granada, intentando crear un estilo de “ser granadino”, de enchufador, emulando la figura de aquel histórico cacique alpujarreño, Natalio Rivas, al que no dejaban de decirle su clientela electoral “Natalico colócanos a tos”. Pues eso le gusta ser a Sebastián, con su tinte idealista, manejando todas las claves de Granada, hasta el punto que muchos años más tarde cuando Adolfo Suárez cree las nuevas plataformas para entrar en la democracia, este granadino grandón será pieza clave, aunque luego sólo se conformara con un buen puesto de trabajo para seguir paseando, de otra manera ya, por una Granada que tuvo a sus pies. Baldomero, siempre pegado al avulense, buen fumador de puros, encontrará en la presidencia de Tabacalera la recompensa a los servicios prestados.
Al cabo del tiempo, y ante el desfile que todos hemos contemplado, incluido el de uno mismo, el de cada uno de los que de una u otra manera elegimos una trinchera como refugio o como sueño, desde una perspectiva egoísta o altruista, panzista o solidaria, las andanzas se ven con más gravedad o indulgencia, como ocurre al echar la vista atrás en todos los sectores de la sociedad. Esta España dividida no funciona como dos mitades. Los hijos de la izquierda siguen más razonablemente la llamada de la idea y del corazón, la llamada de la herida, de los recuerdos de una carta del padre desde la cárcel; en todos hay recuerdos, historias familiares de los muertos en cada bando; sólo que en los de la izquierda habían sufrido, seguían sufriendo,  el desprecio de los vencedores. A esta altura del inicio de los setenta, en esta rampa de salida, no todos los hijos de los padres de una guerra civil continúan los mismos pasos del corazón o de la creencia. Es ley de vida. Hijos de terratenientes que despuntan ya como izquierdistas; hijos de mandos falangistas, de destacados militares o de guardia civiles de tropa, metidos a revolucionarios, con la gorra del Che Guevara y o el blusón de Mao Tsé Tung; como hay socialistas, comunistas, y anarquistas, que se alinean con el franquismo. No extrañará que en los años venideros el tablero del ajedrez de la política granadina aparezca revuelto, como una revolución interior de peones, alfiles y damas, con rey incluido, en el Palacio de la Zarzuela.


Ya viajamos en avión.
Aquel año un joven albaycinero, residente en Madrid, Arturo Moya Moreno tiene la osadía política de volver a Granada a disputarle un puesto en las elecciones de procurador en Cortes por el tercio familiar a un peso pesado, el ex alcalde Manuel Sola Rodríguez Bolívar. Vota Moya vota futuro es un eslogan innovador de un empresario, que llega con aires renovadores, todavía dentro de un orden, pero que sabe que tiene que romper para abrir camino a su irrenunciable vocación política. Había destacado ya en su lucha contra el sindicalismo universitario del régimen y había fundado la revista Gaceta Universitaria, publicación comprometida que desató las iras del ministro Fraga Iribarne, entonces ministro de Información y Turismo, que le impuso cuantiosas multas para la época. Arturo, que despliega una campaña entusiasta, gana las elecciones; pero el acta de diputado, y menos mal para sus propios intereses, se la lleva el candidato del régimen gracias  al cocinado electoral. Pero queda su marca, Vota Moya, vota futuro, y a esperar una segunda oportunidad. El Festival de la Canción de Alhama de Granada, que había fundado el joven entusiasta Andrés García Maldonado, con  otros jóvenes entusiastas, se consolidará ya como certamen de canción andaluza, al que estaban abonados como presentadores Piedad Alarcón, José Luis Navas y María Teresa Campos.

Pablo Neruda recibe el Premio Nobel de Literatura; y es como un avance, un estímulo, el reconocimiento a una historia en común para los clandestinos españoles, y para aquellos muertos a los que el poeta nicaragüense les había dado ya voz y nombre:
Y luego aquellas muertes que me hicieron / tanto daño y dolor... / Porque allí a Federico y a Miguel / los amarraron a la cruz de España.

Aguirre Suárez inicia la etapa de la violencia futbolística. Triste familia futbolera para los aficionados del estadio de Los Cármenes. Para presumir de deportistas granadinos tenemos al gran Manolo Orantes (nacido en 1949), que triunfa por todas las canchas del mundo y forma parte equipo de Copa Davis con Manolo Santana, Gisbert y Arilla; y después llegará un jovencísimo José Higueras (nacido en Darro, Granada, 1953) y daría también días de gloria al tenis español. En un guiño propagandístico del régimen, el Gobierno Civil nombra a una maestra nacional y madre de famlia, Alicia Lacuesta Contreras, alcaldesa de Benamaurel: la primera mujer con bastón de mando en la provincia granadina. En la feria de maquinaria agrícola de Guadahortuna, alguien nos enseña unas fotos curiosas: mi amigo y periodista Juan Fermín Vilches, que despuntaría más adelante como uno de los principales diseñadores de periódicos de nuestro país, y este cronista cogen inmediatamente el coche rumbo a Bélmez de la Moraleda (diferente del Belmez cordobés del alcalde televisivo de un millón para el mejor), ya en la provincia de Jaén, donde María López Carmona les vende las fotos de su pequeño negocio y nos enseña el tinglado que tiene montado en el fogón de su modesta casa: un rostro como el del Santo Cristo, que aparece y desaparece como por arte de magia o superchería. Al día siguiente, Ideal publica la primera crónica sobre las caras de Bélmez y se dice que había sido obra de un pintor granadino. Qué arte, que diría Ale-jandro V. García.

En junio de 1972, un gentío saluda un espectacular acontecimiento: un “Caravelle” de Iberia estrena el aeropuerto de Granada. Su primer viajero es José Juan Andújar Sánchez, un bebé con chupete, en brazos de su madre, al que espera en tierra su padre, el registrador Antonio Andújar Santos. Ya era alcalde de Granada José Luis Pérez Serrabona y en el Gobierno Civil mandaba Alberto Leyva Rey, más conocido por Carateja.

Aquel verano vivimos también un baño de espiritualidad y pacifismo. Con María Dolores Fernández Fígares, con la que formamos, junto a otros periodistas, como Esteban de las Heras y Antonio Checa Godoy, el equipo de reporteros andaluces de Ideal, subimos por la carretera de la Sierra, a conocer a Lanza del Vasto, profeta del Arca, que había venido de Francia a predicar su filosofía cristiana y pacifista, invitado por el Movimiento de la No Violencia, representado en Granada por Pope Godoy y Fermina Puerta (germen de lo que después será Solidaridad Andaluza). En una bucólica explanada de  Haza Llana –del municipio de Güéjar Sierra–, el maestro habla a sus discípulos. Estábamos embobados, o prevelicados como se dice en mi pueblo, escuchando al pie de la sierra, bajo un inmenso árbol, al apóstol de barba blanca. Había cogido yo una brizna de hierba y la estaba partiendo en pedacitos, cuando veo que Lanza del Vasto, con el traje talar del Arca que realzaba su patriarcal estampa, se calla por un instante, me mira y me dice: “No maltrate la hierba, qué daño le hace”.



   
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