Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
29 de junio de 2017
 

 
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  Carmelo Casaño
  El largo y penoso camino hacia las libertades
  No es fácil establecer con exactitud cuándo comienzan y cuándo finalizan las épocas históricas que, a toro pasado y para mejor entendernos, hemos bautizado con nombres convencionales: Neolítico, Edad Media, Renacimiento, Barroco... Dificultad que se multiplica al tratar de limitar temporalmente los periodos más determinantes y particulares de la historia de un país. Así sucede con nuestra bien llamada Transición democrática: ese tiempo en el que los españoles no sólo respiraron libertad sin ira, tras una dictadura de ocho lustros, sino que supieron constituirse a sí mismos en democracia, en auténtica democracia sin adjetivos perturbadores. Es muy común situar ese tiempo absorbente, fructífero, aunque jalonado de dificultades, entre dos hechos que abren y cierran una década bastante compleja y prodigiosa: la colocación del automóvil del almirante Carrero Blanco en la terraza de los jesuitas del madrileño barrio de Salamanca, por la espectacular acción criminal del comando de ETA encargado de llevar a efecto la ‘Operación Ogro’, y la entronización del primer Gobierno socialista, surgido, en otoño de 1982, al amparo de una holgadísima mayoría de sufragios, que llevó a La Moncloa al tándem Felipe González y Alfonso Guerra: dos políticos sevillanos que vestían chaquetas de pana de canutillo y que, según el último, iban a transformar a España de manera tan definitiva que acabaría no conociéndola “ni la madre que la parió”.

A los jóvenes que han tenido la fortuna
de nacer y vivir en democracia para que
no olviden que las libertades nunca
son dones gratuitos.



Un extenso paréntesis.
En un sentido más amplio, la transición política no fue otra cosa, según escribió Julián Marías acertadamente, que “la devolución de España a los españoles”, y empieza, en buena lógica, al día siguiente de que se la arrebataran: o sea, al concluir la cruenta guerra civil con el triunfo de media España, llamada “nacional” por sus edecanes, sobre la otra mitad republicana. De aquella victoria, de aquella derrota, nació una peculiar dictadura larga, un extenso paréntesis (las dictaduras siempre lo son por esencia) que vamos a contemplar panorámicamente en esta introducción; es decir, ampliando los horizontes, las perspectivas del decenio 1973-1983, que es el de la Transición estricta, a unas etapas preliminares, siempre bajo la férula autoritaria, con tres hitos destacados: la posguerra, que llega hasta los últimos años cincuenta; el desarrollismo de la década de los sesenta; y el tardofranquismo, o mustiofranquismo, que comprende el primer lustro de los setenta del siglo XX.
Una trayectoria larga, penosa y gradual que desembocó en el cambio de régimen llevándonos a una democracia, que se fue consolidando durante los diez años, día más o menos, que duró la Transición, una transición calificada, en términos generales, de ejemplar: adjetivo nada autocomplaciente que le debemos a los historiadores y politólogos foráneos, los cuales se vieron sorprendidos por la vitalidad de un pueblo que, ordenadamente, racionalmente, pese a la irracionalidad terrorista, supo utilizar, como muy pocas veces en su peripecia histórica, las energías de la libertad.

Posguerra imperial e interminable. La posguerra, que nosotros extendemos hasta el inicio de los años sesenta del siglo pasado, fue un tiempo bastante desértico, con escasísimos oasis y algún que otro espejismo. Durante los, literalmente, hambrientos cuarenta, cuyas represiones drásticas se extendieron por los años cincuenta, imperaron las cartillas de racionamiento; de vez en cuando, el sonido inconfundible de los disparos al amanecer; las procesiones, con cánticos desafinados, de todos los santos habidos y por haber, los domingos por la tarde; un día sí y otro también, los rosarios de la aurora; el estraperlo generalizado; la autarquía de la pobreza; las mesas petitorias, presididas por señoronas enfajadas abanicándose los bochornos; la censura como una escafandra impenetrable; los virtuales, pero férreos, cinturones de castidad; las misiones para recristianizar al país más católico del continente; el desprecio, en el mejor de los casos, a quienes se desviasen un milímetro de las consignas emitidas tras el toque del cornetín; la sensación, en muchos momentos, de encontrarnos en lo que Serrano Súñer, tras arrepentirse levemente, llamó el “Estado campamental“... Y contrastando con la penuria, casi absoluta, una retórica evanescente y desbocada que, mientras recibíamos leche en polvo y queso color naranja de los USA, insistía en pregonar no sólo pretéritas glorias imperiales, sino futuros imperios –“Por el Imperio hacia Dios” era la fórmula cabalística–, que nos devolverían las esencias patrias y una nueva dominación ecuménica (regida por el invicto Caudillo que se pasó la vida clasificando a los españoles en buenos y malos patriotas y dando caña a estos últimos), en la que volviera a no ponerse el sol, y nos librase de la masonería, del marxismo, del judaísmo, del protestantismo y de la perfidia británica que, de momento, no nos devolvía Gibraltar: “Gibraltar, Gibraltar, tierra amada de todo español”.

Una especie de engañabobos que recordaba, en dramático, a aquellos arrogantes hidalgos de medio pelo que se morían de hambre en nuestro Siglo de Oro, pero que, al salir de su vivienda, se rociaban las barbas con migas de pan, para que los convecinos, que estaban al cabo de la calle de sus obligados ayunos, creyesen que se encontraban saciados.

Con el alma en el armario.
Todas estas características generales estaban muy presentes en Córdoba, pues las improntas levíticas y rurales de la ciudad acentuaban la situación. Además de extender la práctica de innumerables devociones cotidianas, parroquiales, trajeron a la Virgen de Fátima, en imagen –fue multitudinaria la visita, un día lluvioso, al sanatorio de San Juan de Dios, que acogía en la sierra a niños tullidos–, y a la lengua incorrupta, muy parecida a un pimiento frito, de San José de Calasanz, en relicario.

La calidad de granero nacional –nos referimos, ahora, a las huellas rurales–, del que tanto alardeaban los cordobeses, comparando los secanos de la campiña con las “tierras negras” de Ucrania, servía para que se incrementase el mercado negro de productos agropecuarios de primera necesidad. Por otra parte, los horrores de la guerra civil, que habían vivido con particular ensañamiento en muchos pueblos de la provincia, determinaron a numerosos terratenientes y labradores, que en la época de la República (lo cuenta un historiador tan poco sospechoso de veleidades izquierdistas como Ricardo de la Cierva) mandaban a “comer República” a los braceros hambrientos que le demandaban trabajo, a buscar residencia estable en la capital, lugar que consideraban más seguro, pues los ponía, en cierto modo, al resguardo del maquis, muy activo en el norte de la provincia, que tomaba rehenes –sin que la prensa y radio del Movimiento dieran cuenta de los hechos, excepto cuando se exterminaba alguna cuadrilla–, para cobrar sustanciosos rescates. Salvo las acciones desesperadas del maquis, no existió ni la más mínima oposición política. Todos los que, en teoría, pudieron haberla ejercido guardaron su alma en su armario, para que no le encarcelasen el cuerpo una larguísima temporada. Lo que no impedía que algunos cordobeses, oyentes de la BBC con todas las precauciones del mundo, se enteraran de acontecimientos desconocidos, como el manifiesto democrático difundido por D. Juan de Borbón desde Lausana que, a los optimistas, les infundió esperanzas; esperanzas que el transcurso del tiempo y, sobre todo la “guerra fría”, se encargaron de congelar.

Rifirrafe de los requetés.
Hubo en Córdoba capital, en 1958, un curioso incidente entre familiares del régimen, que coincidió con un tímido amago de huelga el primero de mayo. Esa fecha, llegó el autobús que traía de regreso a los participantes en las jornadas carlistas de Montejurra; algunos, seguidores del tradicionalista Fal Conde, y otros que acudieron a la celecelebración con ánimo exclusivamente festivo. Como llegaron cantando el Oriamendi y repartiendo octavillas en las que se decía: “No nos gusta la Falange, ni su Jefe Nacional, ni por supuesto tampoco, el pretendiente don Juan”, al poco de bajarse del autocar, fueron detenidos, en calidad de cabecillas insurrectos, José Fernández de Henestrosa, Fernando Sepúlveda, Fernando Villalba y Enrique Garrido: los tres primeros adscritos al tradicionalismo y el último aficionado a la guitarra. Total, que el magistrado excedente, gobernador provincial a la sazón, Victoriano Barquero y Barquero instó el procesamiento de los cuatro y pasaron 29 días encarcelados sin posibilidad de afianzar su libertad. Al año siguiente en la romería de Montejurra fueron saludados como “mártires de la tradición”. Un hecho tan anecdótico como significativo, pero que muestra cuál era la situación política veinte años después de concluida la gloriosa Cruzada: aquella interminable posguerra donde, al contrario del mayo francés del 68, estaba prohibido no prohibir, y en donde era imposible vislumbrar una esperanza de apertura, aunque fuese de orden intelectual. En consecuencia, cualquier español que gozara de un pensamiento propio, nada subversivo, tenía que andarse con pies de plomo. Y no digamos si hubiera decidido reconstruir mínimamente las regiones devastadas de la conciencia, tratando de poner en pie los tres pilares del racionalismo Ilustrado: el diálogo libre y autoafirmativo, la búsqueda del conocimiento sin intermediadores dogmáticos, y la confianza en la cultura como fontanar de progreso estable. Por el contrario, se vivía en una planicie de árida desconfianza institucionalizada y, por tanto, cualquier aventura cultural carecía de repercusión porque los medios de comunicación –sólo atentos a la propaganda y la consigna– no se la daban; los reglamentos lo encorsetaban todo y cualquier intento de romper el pensamiento oficial, por muy moderado que fuera, estaba condenado, cuanto menos, al silencio.

Los primeros versos de la posguerra. No obstante, las revistas poéticas, en Córdoba, se fueron sucediendo. La primera que apareció fue la madura Cántico, de tantas resonancias posteriores, en la que Juan Bernier, aun padeciendo siempre un explicable “miedo histórico” por sus sufrimientos durante la contienda, era el más comprometido; Ricardo Molina daba a luz los primeros brotes de su altísima poesía, que prefiguraban al más granado poeta cordobés, después de Góngora; Mario López ofrecía ese lirismo agrario que le deparaba su horizonte vital más cercano; y Pablo García Baena la estética intimista y barroca, urbana y etérea de un cristianismo sensual y paganizante. Posteriormente, llegó Alfoz,  juvenil entrega poética que ideó Mariano Roldán. Aunque eran empresas muy minoritarias, necesitaban un periodista de carnet para dirigirlas (léase controlarlas), y a lo más que llegaron fue a publicar algún prudente homenaje y algunos poemas, ideológicamente inocuos, de rojos esparcidos por la diáspora, como Juan Ramón, Cernuda, Domenchina, Max Aub... y pocos más.

Después de Cántico y Alfoz vinieron otras dos revistas: Arkangel, fundada por Luis Jiménez Martos y La Revista del Mediodía, al cuidado de Rafael Mir y el manchego Emilio Ruiz Parra, que dotaron a Córdoba de una interesante vanguardia literaria y artística. En este apartado estético no podemos olvidar a los pintores López Obrero, Del Moral, Liébana, Álvarez Ortega, Povedano... –por dejar constancia de los que estaban domiciliados en Córdoba–, creadores todos de relieve, si bien, en aquel entonces, sólo servían para oxigenar algo la asfixia ambiental. Luego, aquellos afanes cuajaron en el Premio Príncipe de Asturias de Pablo García Baena, los Adonais de Ricardo Molina y Mariano Roldán, el Premio Nacional de Literatura de Jiménez Martos o la vasta popularidad de Antonio Gala, muy cercano al magisterio de Cántico que, en el tardofranquismo, fue uno de los escritores más beligerantes contra la dictadura, el nacionalcatolismo que coleaba y la Iglesia institucional.

Las transformaciones urbanas.
Por aquel tiempo, Córdoba sufre una importante transformación urbana, llevada a cabo, principalmente, por dos arquitectos notables: Rafael de la Hoz y José Rebollo, que dotaron a la ciudad de edificios calificados de vanguardistas y de establecimientos muy singulares. Se hablaba, mucho más allá de los límites provinciales, de las cafeterías cordobesas, donde las mujeres tomaban café o cerveza sin necesidad de ser acompañadas por un varón, y en donde acometieron la osadía de fumar cigarrillos en público. Ciertamente, Savarín, Sandua, Ivory, París, Rivera... tenían un categórico aire de modernidad y elegancia que, desde entonces, no se ha vuelto a conseguir tan cualificadamente.

Pues bien, dentro de esta revolución arquitectónica, de un esplendor poco consonante con la situación económica de la mayoría de los ciudadanos, de la Hoz proyectó la Cámara de Comercio, en cuya decoración interior intervino el escultor vasco Jorge Oteiza; personaje muy vital, pedagógico y atractivo, que conectó con jóvenes artistas plásticos cordobeses: Joaquín de la Rosa, Aguilera Amate, José Duarte, Juan Serrano... De entre ellos, surgió el llamado Equipo 57, supremo exponente de una modernidad a rajatabla, con novísimos conceptos estéticos y sociales presentes en el manifiesto con el que se dieron a conocer en París y en media Europa. Al Equipo 57, además de Duarte, Serrano, Aguilera Amate, pertenecieron Aguilera Bernier –éste y Aguilera Amate, acabaron apartándose–, el joven arquitecto Juan Cuenca y el vasco, de perpetua chapela, Agustín Ibarrola. Muy cerca de este grupo, políticamente contestatario, disidente, estuvo siempre Tomás Egea, magistral intérprete del cómic y autor de numerosas vidrieras y cerámicas artísticas.

Algo se mueve con rodeos. Los años sesenta cambiaron la utopía autárquica por los planes de desarrollo; el rock desplazó al jazz de los antifranquistas y a las rumbas y boleros conservadores; la revolución castrista difundió, para uso privado, el famoso retrato del comandante Che Guevara; las costumbres empezaron a relajar levemente su puritanismo, apareciendo las minifaldas y las revistas musicales atrevidas –procaces las llamaban en los púlpitos– cuyo máximo exponente eran las hermanas Raquel e Irene Daina, que hacían rugir a los espectadores del Gran Teatro poniéndolos al borde de la condenación eterna, y que eran tachadas de diablesas, de serpientes venenosas, por los congregantes de los jesuitas. Todo ello, en abierta contradicción con la existencia del museo de Julio Romero de Torres, que exhibía gratuitamente, sin censura, sensuales desnudos femeninos de un extremo naturalismo. Las influencias falangistas en el gobierno ya fueron compartidas con el Opus Dei, cuya trilogía de ‘lópeces’ –López Bravo, López Rodó y López de Letona– decidió poner un cierto orden en la economía. Con ellos concluyó la pseudo autarquía y empezó el desarrollismo, los lavados con Omo, los guisos en olla Laster y las inscripciones en las listas de espera para obtener la suprema felicidad en forma de “seíllas” o “cuatro-cuatro”.

Al fin, el franquismo daba señales de prosperidad material –aunque no lo pensasen así los emigrantes que, con maletas de cartón piedra, marchaban a Centroeuropa–. Una vez desterradas las cartillas de racionamiento, para alimentos y tabaco, nos incorporamos a la modernidad y al progreso, mediante el DDT (insecticida que exterminaba las asquerosas cucarachas y las chinches que invadían los somieres), el raylite, los sujetadores Peter Pan con “cruzado mágico”, los detergentes, los frigoríficos Kelvinator (sustitutos de las neveras alimentadas con barras de hielo industrial)... Algo, indudablemente, se movía en la ciudad y el futuro, incierto como toda expectativa, se presentía distinto. Los intelectuales optimistas, olvidándose de que en el decir de los regímenes autoritarios la libertad está siempre a un paso del libertinaje, empezaban a mirar a Europa, a sus milagros económicos, que nos estaban vetados por vivir en un lazareto al que no llegaban los dólares del Plan Marshall. Un ensueño que pasó raudo, sin detenerse, como en la famosa película de Berlanga: exactamente igual que los automóviles de Franco y su séquito que, de vez en cuando, bajaba a Andalucía, a Córdoba, con toda su parafernalia “felliniana”, para acabar pernoctando en el Palacio de Viana. Sin embargo, en los pueblos de la provincia habían de conformarse con los escolares agitando banderitas mientras pasaba sin detenerse, sin leer las pancartas de amor inquebrantable –“La Carlota agradece al Caudillo su Victoria”–, sin reparar en el arco triunfal que habían levantado en la carretera, que, eso sí, había sido bacheada para que rodase satisfactoriamente la comitiva.

Urbanismo y resurrección crítica.
Córdoba capital, con fama de izquierdista durante la República, pero que se había adherido a la causa de Franco desde el primer día gracias a la intervención del coronel Cascajo (el ayuntamiento por esa gesta le había regalado un chalet en la avenida de la República Argentina), empezó a dar muestras de inconformismo con su precariedad cuando llegó a la alcaldía Antonio Cruz Conde –falangista que raramente vestía la sahariana blanca con camisa azul–, de familia muy vinculada a la dictadura primorriverista, por lo que su tío José había dado nombre a la calle más importante de Córdoba, que aún se encontraba salpicada con numerosos solares, edificados en la década de los 60. El alcalde Cruz Conde, pariente del ministro de Obras Públicas Conde de Vallellano, consiguió un nuevo puente sobre el Guadalquivir –hasta entonces, el único acceso a la Baja Andalucía era el Puente Romano–y, febrilmente, empezaron las pavimentaciones de las calles, la sustitución del alumbrado público colgante por faroles y farolas, la eliminación de “tacones” urbanos, la reconstrucción de las murallas, el adecentamiento de jardines y plazuelas.

Fue, sin duda, una pequeña revolución civil que definitivamente desplazó el centro de la ciudad, que estaba en la Corredera y las calles adyacentes –repletas de trajines todo el día la plaza de Almagra, la calle Gutiérrez de los Ríos, la cuesta de la Espartería...– , al Paseo del Gran Capitán y sus alrededores. Aunque, en sentido estricto, dichas modificaciones se apuntaban en el haber del régimen, las nueva situación produjo, como efecto contrario, una resurrección crítica cuyos más visibles resultados fueron la asociación de estudios urbanísticos, el cine-club del Círculo de la Amistad, las conversaciones nacionales sobre teatro, el primer Salón Córdoba de pintura en el claustro de los carmelitas de Puerta Nueva... Actividades que guardaban una soterrada implicación política, con evidentes matices críticos. Basta recordar los coloquios que seguían a las proyecciones en el cine-club y el nacimiento de los movimientos vecinales; al frente de estos últimos el del barrio de Cañero: espacio construido, como la barriada de Fray Albino, por este obispo, socialmente inquieto, que tenía una amistad cercana con el dictador y que en Córdoba emprendió, a la vista de la escasez de viviendas existentes, la construcción de dichos barrios, con un sello muy campesino.

Para ello, se atrajo, inicialmente, a personas destacadas de la escasísima industria y el comercio, como Martín Moreno o Baldomero Moreno. Este último, impulsor, junto con los aceites de oliva y sus derivados –hizo famosa la mayonesa Musa–, de romerías y costumbres populares; actitud que fue acogida con agrado por una institución popular: las “peñas”, que solían ser, entonces, recreativas (con predominio del dominó), machistas, algunas flamencas, y casi todas muy adictas a los “peroles” campestres en los que se guisaba arroz caldoso con conejo. En tiempos del alcalde Guzmán Reina fueron mimadas, tal vez con la intención de que sirviesen como cauce inconcreto de la delicuescente “democracia orgánica”.
La crítica al urbanismo originó un artículo del psiquiatra afincado en Córdoba Carlos Castilla del Pino –«Apresúrese a ver Córdoba»–, de gran resonancia, que tenía su origen en los numerosos demoliciones que estaban transformando la fisonomía de la ciudad, la cual –también es justo decirlo–, en el orden urbanístico, no acabó padeciendo tantos desafueros como otros lugares de la nación; pero, en aquellos momentos, la crítica urbanística era una forma de, en cierto modo, escalar los murallones de silencio ciudadano que suelen rodear a las dictaduras.

El Movimiento tiene fisuras.
También, a finales de los sesenta del siglo XX, cuando ya se conocía y valoraba el mayo francés de 1968 –un amorfo estallido libertario, más que una revolución hecha y derecha–, y en las trastiendas de las librerías podían encontrarse publicaciones prohibidas, empezó a manifestarse más vivamente la contestación al franquismo, y a su peculiar manera de usar y entender la palabra “paz”. Años después, cuando esta contestación creció, José Antonio Girón, publicó un manifiesto. Girón era vallisoletano de rompe y rasga, ministro de retórica altanera que, cuando visitaba Córdoba, según las malas lenguas, pernoctaba en lugares poco edificantes. Se había quedado cojo en un dudoso accidente automovilístico, que levantó larvados comentarios de todo tipo. A partir de esos momentos empezó a vislumbrarse que el franquismo también cojeaba y que, en consecuencia, se había quedado pendiente, sin bastón, la revolución nacionalsindicalista. Una dialéctica que acabó concretándose en un demoledor artículo-manifiesto del ‘León de Fuengirola’ (así era llamado el camarada Girón, tras su fructífera instalación en la amaneciente Costa del Sol), que sus detractores calificaron con un aumentativo: “el gironazo”, y que, en lugar de mostrar la solidez del Movimiento, expresaba, sin quererlo, la entropía que se manifiesta en la vejez de todas las autocracias.

Como los últimos sesenta y los primeros setenta están muy encabalgados, vamos a tratar las fechas con laxitud, y referirnos a las actividades, indudablemente políticas, que se solapaban –qué remedio–, para eludir las mordazas, en algunas instituciones cuyos fines primordiales distaban de ser los propios de los foros abiertos y democráticos. Pero como el quehacer político fuera del Movimiento estaba terminantemente prohibido –entonces todas las prohibiciones, y las había a millares, eran terminantes–, se trasladó esta incipiente discrepancia, a los colegios profesionales, a algunas sacristías parroquiales, a círculos culturales e incluso a los sindicatos verticales que, con Comisiones Obreras deambulando entre bastidores, empezaron a soñar con una plausible horizontalidad.
Segundo centenario del Colegio de Abogados. Dentro de esas actividades políticas colaterales se llevó la palma el Colegio de Abogados cuando fue decano del mismo José Luis Fernández de Castillejo, letrado de raigambre monárquica y liberal, que en los primeros años de la posguerra había tenido que exiliarse, escapándose por pies a Tánger, para eludir los efectos de una actuación poco grata al ejército, que había protagonizado un Consejo de Guerra. Fernández de Castillejo, en el declive franquista fue el hombre en Córdoba de la Junta Democrática y el impulsor del grupo liberal que escondía al incipiente partido de Joaquín Garrigues Walker al que, desde 1974, perteneció este cronista y que, en  1977, se integró en Unión de Centro Democrático.

Con Fernández de Castillejo, el Colegio de Abogados ejecutó actividades que sobrepasaban sus estrictos contenidos profesionales. Dentro de ellas, el decidido apoyo a la creación de una Universidad en Córdoba y, sobre todo, las celebraciones del segundo centenario de la institución colegial que presidía. Efemérides que contó con la presencia de los príncipes de España, don Juan Carlos y doña Sofía, gracias a la amistad del decano con el duque de Frías y a los buenos oficios de éste en la Zarzuela, que inmediatamente acogió la idea con agrado, pues era la primera vez que los príncipes iban a presidir un acto fuera del ámbito castrense o del estrictamente administrativo.

La ceremonia principal tuvo lugar en junio de 1970, en el salón de actos, recién inaugurado, del Conservatorio de Música y Escuela de Arte Dramático. Aquel mismo día, momentos antes de la celebración del centenario, don Juan Carlos había descorrido la cortinilla que cubría la lápida testificadora, quedando un tanto perplejo tras leer la inscripción, que sólo hacía referencia a que “siendo Caudillo de España el Excmo. Sr. D. Francisco Franco Bahamonde” se inauguró el centro docente. Una corroboración de la confusa situación que vivía el Reino, sin rey, de España, regida por un dictador providencial y donde no se sabía ni qué heredero iba a heredar, ni qué era exactamente lo que heredaría (veintitantos años después, encima de la lápida original, han colocado otra para testimoniar la realidad histórica de la inauguración). Ya en el acto colegial, Fernández de Castillejo pronunció un discurso moderado, pero sin morderse la lengua, en el que deslizó algunas palabras malditas: reconciliación, restauración, libertades, apertura, derechos humanos, estado de derecho... Hay quienes aseguran, con saberes de primera mano, que aquel solemne centenario le costó el decanato en las siguientes elecciones del Colegio de Abogados, pues “las fuerzas vivas” del Movimiento –las que empezaban a verlo moribundo– le pusieron la proa y acabaron desbancándolo, sin tener en cuenta la importancia de la iniciación política que había realizado, trascendiendo el colectivo de la abogacía.

Barbas y cabellos largos.
Al final de los 60 empezaron a aparecer en la ciudad las barbas contestatarias y los lacios cabellos largos. Si los jerarcas falangistas habían sido muy adictos a la gomina y al bigotillo victorioso, los progres empezaron a dejarse barba copiosa y, los que no era calvos, una melena programada con ideológico descuido. Algo que llamó la atención ya que, por primera vez, se exhibían insignias en público, pese a estar prohibidas todas las que no correspondieran a instituciones del régimen.

El suceso de las nuevas barbas, que algunos atribuían a los influjos castristas, estaba a pleno sol y oficiosamente se consideraba subversivo (que se lo pregunten al psiquiatra Castilla del Pino, que fue de los primeros en exhibirse hirsuto). Aunque, de momento, ningún barbudo fue forzado explícitamente a afeitarse (otra denotación de que la dictadura estaba menos pimpante de lo que presumía), sí sufrieron comentarios chocarreros de los bravucones del franquismo que, en su jerga, los llamaban “los asomaíllos”.

Pero las barbas fueron bien interpretadas por la ciudadanía pensante, pues, en el fondo, respondían a una larga tradición masculina europea de establecer un nexo simbólico entre la ideología y la forma de cuidarse la cabellera y las pilosidades que crecen en las mejillas. Si pensamos en las pelucas con bucles de los borbones del Antiguo Régimen; en las monumentales patillas agresivas de bandoleros y toreros muy machos; en las perillas de los románticos decimonónicos... enseguida se advierte que la manera de lucir el pelo siempre tuvo, en nuestra cultura occidental, una definitoria impronta de carácter sociopolítico.

‘El Juan XXIII’. La publicación en 1963 de la encíclica Pacem in Terris, por el papa Juan XXIII, fue un aldabonazo para los cristianos más inquietos, un revulsivo que atrajo grandes esperanzas (esperanzas, digámoslo entre paréntesis, luego, en gran manera, defraudadas, pues actualmente la Iglesia, independientemente de las renovaciones formales, está más cerca de las tesis mantenidas en el Concilio Vaticano por el cardenal Ottaviani, que las sustentadas por Lercaro). Dentro de ese deseo renovador, el psiquiatra José Aumente propuso al abogado Rafael Sarazá la fundación de un círculo cultural con el nombre del pontífice aperturista. Dicho y hecho, pues ambos estaban con los entusiasmos intactos. Se creó el Círculo, con un marcado acento religioso –incluso contó con el clérigo Luis Briones en calidad de conciliario–, y sin que el nombre de Aumente apareciera a la luz pública, pues la revista Praxis –el título es muy denotativo–, dirigida por él, padecía ásperos problemas con la censura.

Los primeros dirigentes del Círculo, en el que se podía adivinar, como es lógico, una clara intencionalidad social y política, compatible con el sustrato religioso, fueron el sobredicho Rafael Sarazá, Luis Valverde y Fernando Atienzar. Este último aglutinaba a las Hermandades del Trabajo y a los sectores más abiertos del Instituto Nacional de Previsión, como Antonio Zurita, y Fernando Álvarez Nicolás, quien más tarde dirigió la librería Ágora, muy vinculada al Círculo, el cual, a partir del año 1964, se acogió a la recién publicada Ley de Asociaciones y dejó de tener conciliario.

Tras su presentación en sociedad, con un acto celebrado en el salón de actos de la Caja Provincial de Ahorros de la calle Sevilla, en el que Aumente, Sarazá y el padre Luis Molina estudiaron diversos aspectos de la encíclica pontificia, las actividades del Círculo fueron muy copiosas y significativas, ocupando su tribuna pública, en 1965, el catedrático sevillano, ex ministro con la República, Manuel Jiménez Fernández y llevando una vida itinerante en lugares de acogida variopintos –desde la Ermita de la Alegría hasta el Círculo de la Amistad– para difundir sus conferencias y tareas, en las que constantemente se analizaba la situación política, incluso con aportaciones de documentación extranjera, que solía ofrecer Pilar García Entrecanales, esposa del ingeniero Luis Valverde. Al fin, tras ser dirigido por personalidades tan sobresalientes como el sólido jesuita Jaime Loring o el prestigioso ginecólogo Balbino Povedano, se asentó en una casona, con patio típico, en la calle Romero Barros. Con el transcurrir del tiempo, la politización activa se fue acentuando y hubo quien llamó a los socios y simpatizantes “los comunistas del Niño Jesús de Praga”. Al aproximarse la democracia, las ilegales Comisiones Obreras tuvieron un papel destacado en la planificación de sus quehaceres que, contemplados en conjunto, fueron en Córdoba, en donde todo el mundo acabó conociendo al ‘Juan XXIII’, un hito importante de reflexiva insumisión, no siempre valorada con justeza.

“Cursillos”.
En determinadas ocasiones, se han presentado a los Cursillos de Cristiandad cordobeses, que comenzaron en los últimos años 50, alcanzando mucho arraigo, como un contrapunto del Juan XXIII. No nos parece del todo exacta la interpretación, aunque en los primeros tiempos, cuando fue iniciada su andadura por los conciliarios Felipe Tejederas y Martín Cabello de los Cobos, Rafael Sarazá, y diversos dirigentes de Acción Católica, tuviesen un destacado papel que declinó, curiosamente, tras ocupar una canonjía en la curia cordobesa el inteligente mallorquín Juan Capó Bosch, en quien estaba el origen de la idea. En ese momento, empezaron a destacar en el ámbito cursillista Rafael Cabello de Alba, que fue con Franco presidente de la Diputación y ministro, y Cecilio Valverde, quien, en la democracia, llegó a presidir el Senado, apartándose absolutamente de su sobresaliente despacho de abogado para dedicarse al quehacer público y desmintiendo, en consecuencia, con su testimonio personal que la política siempre sea una actividad en la que sólo priman los intereses materiales. El primer alcalde de la democracia en Lucena, José Gutiérrez Luque, también era un hombre de los Cursillos, pero, aun así, no es exacto atribuirles vinculaciones políticas.

Y ya que estamos con la Iglesia a cuestas, cabe reseñar que el obispado de monseñor Cirarda Lechondio fue sutil –una de cal y otra de arena–, aunque, a los pocos días de ocupar la silla de Osio, se desplazara a la cárcel, en visita pastoral, para reconfortar, entre otros, a los etarras que la ocupaban desde el Proceso de Burgos.

La crisis del petróleo de los años setenta del siglo XX, y el parkinson de Franco –el inicio del llamado “tardofranquismo”– pusieron sobre la mesa nacional, y por ende en la cordobesa, las incertidumbres crecientes de la menguante dictadura, que empezaba a licuarse como un sorbete al sol. Quienes se interesaban por el futuro y lo veían brumoso, pese a la Ley Orgánica del Estado, a la Ley de Sucesión, o a los Principios de Movimiento (que se autoproclamaban soberbiamente inmutables), albergaban muchas vacilaciones. Dichas dudas empezaron a manifestarse a flor de piel, vaticinándose, cara al futuro que emergía, posibilidades para todos los gustos, una vez deviniera el “hecho biológico” (“muerte” o “morir” eran vocablos excluidos, no por superstición sino porque las mentes profundamente dictatoriales piensan que la muerte de un Caudillo es un error de la Naturaleza, de la Historia y de Dios), que se sabía cada vez más cercana, porque, como nos recuerda el adagio de Perogrullo, “no hay mal ni bien que cien años dure, ni cuerpo que lo resista”, y porque la decrepitud del senil dictador, cada día más temblequeante, aparecía inocultable, aunque sus fieles lo negaran con insistencia fervorosa, asegurando, en el contraataque, que el centinela de Occidente estaba como una pera, firme en la garita y, en las horas de asueto, cazando a tutiplén o consiguiendo capturas pesqueras de cetáceos cada vez más voluminosos, por cuya razón, preocuparse obsesivamente por el futuro encubría ciertas dosis de antifranquismo, con raíces judeomasónicas de inspiración marxista, pues el sistema político engendrado tras la guerra civil se sucedía a sí mismo y no aguardaba otras sucesiones. “Después de Franco, las instituciones” era la consigna, el estribillo, pero cualquiera que pensase con un mínimo rigor sabía que “la familia, el municipio y el sindicato”, el trípode de la democracia orgánica, no pasaba de ser una ensoñación acuñada por el franquismo para pervivir, en la que ni el mismo dictador creyó (la prueba es que las instituciones, que tenían atado y bien atado el porvenir, eran obviadas por el propio Franco, sustituyéndolas, en todo momento, por su exclusiva voluntad). Cada vez era mayor el número de quienes creían que el régimen diseñado era de imposible funcionamiento tras “el hecho sucesorio”, pues todo el entramado no era otra cosa que la capa con la que se quería tapar un autoritarismo de no te menees, en muchos casos más duro que las pipas de algarroba, que achacaba al resentimiento la más mínima disidencia.

Autobuses vacíos y encierros repletos.
Por todo ello, la primera idea, compartida por una muy amplía ciudadanía moderada, no era otra que desear para el futuro, cada vez más inminente e insoslayable, un régimen parecido al que tenían las naciones europeas de nuestra misma raíz cultural. Pero decirlo era anatema y destierro, como les sucedió a algunos españoles que, sin otro afán que no fuese dinamitar el presuntuoso eslogan asegurador de que España era diferente, y desmembrar nuestra primordial diferencia –vivir en un régimen de dictadura–, acudieron a Múnich, al “contubernio de Múnich”, para pensar un futuro realista, pragmático y europeísta, sin veleidades delicuescentes. Así las cosas, mientras se discutía escolásticamente sobre el ser metafísico del Movimiento, y se alcanzaba a la cumbre del rococó con las Asociaciones políticas, que no iban a ser partidos, aunque pudieran parecerlo, que continuamente se anunciaban y nunca llegaban, los mineros del norte de la provincia se encerraron en 1970 en un pozo de la mina San José de Peñarroya-Pueblonuevo, para protestar por el desmantelamiento de la minería de la zona.

En el 72, la capital de la provincia vivió una prolongada (casi un mes) huelga de autobuses urbanos, planteada en el Círculo Cultural Juan XXIII, de amplia repercusión y seguimiento, tal vez porque, aunque se llamó huelga, se trataba de un boicot ciudadano a ese medio de transporte por haber incrementado las tarifas. Durante mucho tiempo se quiso averiguar por qué habían tenido una actuación tan decidida e inusual unos cordobeses, nominalmente discretos, muy atemperados a llevar por dentro sus malas procesiones, propensos a escurrir el bulto y gustosos (como es propio de los ruralismos levíticos) de que sean otros los que se mojen y, sobre todo, sumamente expertos en el arte de tirar la piedra y esconder la mano. Vacíos, un día y otro, los autobuses habían protagonizado una situación nueva que cada vez acusaba más claramente el nerviosismo del Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento, que hubo de recurrir, para que el transporte público tuviera algún usuario, a funcionarios de la Organización Sindical y del Movimiento, que se pasaban el día de la Huerta de los Arcos a la Barriada de Cañero, del Campo de la Verdad a la Plaza de las Tendillas... Quizá la causa de la amplitud del boicot, en el que los actuantes eran sujetos pasivos, deba buscarse en eso, en que fue un boicot, una acción en cierto modo omisiva, con muchas posibilidades de pasar personalmente desapercibidos los actuantes y en la que no había que dar la cara de forma abierta.

También, en la Electro Mecánica, en Cenemesa, en “el metal”, hubo numerosos amagos de reivindicaciones obreras, cada vez más continuas, que culminaron con el encierro de los sindicalistas en la iglesia de los Trinitarios, mientras sus familias y cooperantes seguían el acontecer desde el jardín del Alpargate. En esas acciones antisindicalismo vertical, apareció Emilio Fernández, militante de la clandestina UGT desde 1974, que luego fue parlamentario en las Cortes Constituyentes, y el trabajador de la “Electro” José Balmón, en aquella época un joven parecido a San Luis Gonzaga, a Butragueño, que -fíese usted del refranero- se enroló con los terroristas del Grapo, de cuya organización fue dirigente. Este encierro de los Trinitarios resultó, en la capital de la provincia, el antecedente, del que, ya en democracia, en el 81, tras el fallido “tejerazo”, llevaron a efecto en la Mezquita-Catedral, con gran repercusión, los trabajadores de la construcción. Pero ésta fue ya una huelga en la democracia, en los últimos meses de la Transición estricta.

Miniapertura con represión. Los años setenta del siglo pasado, pese a la relajación de la dictadura en algunos ámbitos, como el de la información, que comenzó a ser más fluida, aunque no se pudiera hablar de libertad de prensa, se incrementaron las multas gubernativas, las retiradas de los pasaportes y las actuaciones del Tribunal de Orden Público. En esta dinámica, de una tenue apertura en la prensa y de un incremento en la represión de cualquier disidencia actuante, hay que situar a La Hoja del Lunes cordobesa que, en primera página, publicó algunos artículos suavemente críticos (aunque a veces parecieran, en aquel ambiente, muy atrevidos), como ‘El sargento Melero’ de Bartolomé Vargas. Entonces, la dirección del periódico de la Asociación de la Prensa estaba en manos de Manuel Medina González, un periodista nacido en Sevilla, pero muy afincado en la ciudad, que había tenido una juventud ajetreada en la Barcelona anarquista y que, con el transcurso del tiempo, se comportaba, siempre atento a las manifestaciones culturales de toda índole, como los idealistas rousseaunianos, vegetarianos y esperantistas. Era muy frecuente ver su esponjosa melena blanca en el establecimiento de Pepe Jiménez en el Gran Capitán, que había colocado en el escaparate la fotografía de una ingenua escoba de tamaño natural que desató las especulaciones del stablishment, al considerarla una imagen perturbadora, casi revolucionaria.

Dentro de la represión hemos de situar las detenciones de los abogados Juan Sánchez de Miguel y Filomeno Aparicio, militantes ambos del clandestino Partido Comunista, que, en aquellos momentos, era el que mantenía la más clara oposición. A Sánchez de Miguel, letrado que murió muy joven en un desgraciado accidente doméstico, en 1972, le incautaron en su despacho, después de un registro en el que no estuvo presente el decano del Colegio de Abogados –como era lo teóricamente preceptivo–, algunos libros de Marx y de Lenin, e incluso las obras completas de José Antonio Primo de Rivera, sin hallarle ningún panfleto subversivo. No obstante, el magistrado Gregorio Peralta, al inhibirse para el Tribunal de Orden Público, lo encarceló sin fianza, por considerar que existían indicios racionales de asociación ilícita y propaganda ilegal. Esos mismos motivos que se adujeron en 1975 contra Filomeno Aparicio, que fue detenido al regresar de Portugal, en donde había asistido al primer aniversario de “la revolución de los claveles”. Actos a los que concurrió la progresía y la policía española en amplio número. El mismo día de la detención estaba programada una conferencia, en el Colegio de Abogados, del catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Sevilla, Alfonso de Cossío, que, indignado, convirtió su actuación en una vibrante alegato en contra del régimen. Un hecho demostrativo de que el vaso estaba colmándose, pues Cossío era una inteligencia crítica, liberal, moderada, con gran sentido del humor, como demostró aquel mismo día, cuando, al concluir sus indignadas palabras, nos contó lo que le había sucedido en la puerta de la Catedral de Sevilla, momentos antes de la procesión del Corpus, a la que iba a asistir en representación del rector de la Universidad. Cuando estaba hablando con diversas autoridades, se le acercó el capitán general Castejón, con el kepis legionario bajo el brazo y, con voz recia e indignada, hecho un basilisco, le dijo que transmitiera a su compañero Clavero Arévalo que mientras él fuese Capitán General de Sevilla nunca alcanzaría la alcaldía de la ciudad. Cossío nos confesó que la andanada lo dejó perplejo, pues incluso desconocía que Clavero tuviese apetencias de presidir el municipio hispalense. Al día siguiente, hechas las pertinentes averiguaciones, conoció la causa del exabrupto: el profesor Clavero había suspendido en Derecho Administrativo a un hijo del laureado militar. En resumidas cuentas, una anécdota muy clarificadora de la situación, aunque hoy pueda parecer (objetivamente lo era) chusca.

Para terminar con el tema de los encarcelamientos en el tardofranquismo (que no puede comprender a todos los que, en virtud de sus ideas políticas, los padecieron), queremos consignar que, por entonces, salió de la cárcel Ernesto Caballero, comunista de intenso currículo, y que en virtud de la ‘Operación Lucero’, que precedió al inminente fallecimiento de Franco, entró en ella el socialista Rafael Vallejo, un clásico de la hornada de Suresnes.

Fulgurantes contradicciones. Los sociólogos aseguran que la señal más clara de la decadencia de una sociedad es el afloramiento de las contradicciones que la sostienen. Cuando las contradicciones se quitan las máscaras, y son percibidas incluso por los menos perspicaces, la cuesta abajo es tan imparable como el desbarajuste.

Así sucedía palpablemente, pues los franquistas más acérrimos y fundamentalistas empezaron a tachar a Carrero Blanco, considerado el guardián de las esencias, y a Arias Navarro, el tenebroso Arias Navarro, de ser tan blandos como la mantequilla. Acusación que reiteraban los militantes de Fuerza Nueva (la más pura emanación de la vejez ideológica) y los guerrilleros de Cristo Rey (vaya nombre), que tampoco se privaban de pedir a voces, ante la pasividad de los policías vestidos de gris, el fusilamiento de un Príncipe de la Iglesia (“Tarancón al paredón” era el macabro pareado). Vivíamos en una especie de reductio ad absurdum, que parecía la reedición de los esperpentos de Valle-Inclán, ligeramente actualizados. Ni más ni menos. Contradicciones que llegaron al surrealismo en la última enfermedad de Franco que lo llevó al Valle de los Caídos. Nunca se habían dado noticias públicas de sus dolencias (incluso se negaba que padeciese Parkinson) pero, al final, los españoles pudimos seguir úlcera a úlcera, sangría a sangría, sus irreversibles deterioros, firmados a diario por un nutrido equipo de facultativos. Partes médicos que se publicaban destacadamente en todos los medios de comunicación. Con ellos acabó, en el momento menos pensado, la desinformación sistemática y el franquismo perifrástico, que fue sustituido por un expresionismo inexorable que detallaba, como si estuviéramos presenciándola –“hemorragias en melena”–, la situación calamitosa del enfermo.

A nadie se le podía ocultar que el Partido Comunista, y su sindicato afín, iban perdiendo la clandestinidad; que Fernández de Castillejo lideraba en Córdoba la Junta Democrática y un grupo de cordobeses –Garrido Poole, Sillero de la Rosa, Escribano Serrano, el que esto escribe...– pertenecían a la Sociedad de Estudio ‘Libra’: el incipiente partido liberal de Joaquín Garrigues Walker, que asiduamente tenía reuniones itinerantes en Fuengirola, en Granada, en Sevilla... Tampoco se desconocía que los socialistas de ‘Isidoro’ –muy arropado éste por el diario eclesiástico El Correo de Andalucía– tomaban café en Moka, el establecimiento de Rodríguez Pina; imprimían folletos y pasquines con convocatorias en la Imprenta Sur, en el mismísimo jardín de San Andrés, de Francisco Mármol, que había cumplido en la cárcel la mayoría de edad, y que, casi a diario, se reunía con Gillermo Galeote, con Martínez Bjorkman (animador de asociaciones de vecinos, encuentros teatrales, análisis urbanísticos...), con Rafael Vallejo...; habían alquilado “el palomar”, un apartamento situado en las Tendillas, en lo más alto de la casa que sustentaba el antiguo reloj, reconvertido en pastilla para anunciar Aspirina; cambiaban impresiones en el kiosco de prensa de Matías Camacho, o en una casa situada frente a la sacristía de la parroquia de la Compañía, regentada por el clérigo Joaquín Canalejo, que había virado hacia postura contestatarias. Incluso el ex jesuita Osorio y el abogado del Estado Hernández Mancha, organizaban el “fraguismo” cordobés, del que esperaban más de lo que en los primeros tiempos de la democracia lograron.
... Y al fin comimos turrón. Pinceladas impresionistas que volvemos a emplear en el bosquejo de la protodemocracia. Muerto Franco, entronizado el Rey, despedido el siniestro y nefasto Arias Navarro, desaparecidas las Cortes franquistas en una operación de encaje de bolillos –“de la ley a la ley”–, fue convocado, en diciembre de 1976, un referéndum para aprobar la Ley para la Reforma Política. Un texto breve, claro, de gran perfección jurídica, casi íntegramente incorporado a la Constitución y a las posteriores leyes electorales, que, con la preposición “para” (“para la reforma”; no “de la reforma”, como tantas veces se escribe), denotaba su carácter instrumental, de vehículo con el que se podía acceder a una democracia pluralista.
La izquierda, que emergía de los abundantes partidos (“sopa de letras”, según la percepción de Fraga Iribarne) que no quisieron perderse el albor nacarado de las libertades, se mostró muy poco receptiva al referéndum y recomendó la abstención, en una actitud que podemos calificar, ahora, como excesivamente escéptica. Recordamos que en la propaganda a favor del referéndum, conocí en el Parque Cruz Conde, en una charla seguida de coloquio, a un dialéctico que argumentaba con contundencia y finura mental. Se trataba del futuro primer alcalde democrático en 1979: Julio Anguita, que inauguró en la ciudad el predominio municipal del Partido Comunista que ha contado, amén de con apoyos que sobrepasan la estricta ideología, con cuatro regidores –el primero, Anguita; luego, Herminio Trigo, Manuel Pérez, Rosa Aguilar– de esa adscripción, convirtiendo a Córdoba en una singularidad, insatisfactoriamente explicada por los sociólogos, que nos ha transformado en una especie de Bolonia a la andaluza.

Una Transición que no estuvo exenta de dificultades. Al frente de ellas el fanatismo criminal de lo que  Eric Hobsbawn, un historiador poco sospechoso de conservadurismo, llama el “nacionalismo etnolingüístico”, considerándolo como el peor de los nacionalismos pues, para más inri, “se presenta ante el mundo bajo la vestimenta de la revolución internacional”. Al terrorismo, cabe añadir, en los primeros momentos, como voceros de la desestabilización, a los franquistas de tomo y lomo (con o sin estrella de alférez provisional en la solapa), que constituían esa minoría que en Estados Unidos llaman “los flecos lunáticos”, pero que intentaron muchas veces y, afortunadamente con pocos efectivos, devolvernos al “Estado campamental”, incluso después de ser ampliamente refrendada la Constitución.

Respecto de tales personajes escasos, resistentes e inamovibles, quiero, para concluir y en memoria de Antonio José Delgado de Jesús (junto con José Javier Rodríguez Alcaide, compañero de la efímera UCD en los escaños del Congreso), recordar una anécdota que me refirió muchas veces del último alcalde franquista de su ciudad. Días antes de las primeras elecciones democráticas, el regidor municipal había ordenado –según el comentario muy extendido–, pintar en una amplia pared, con mayúsculas bien dibujadas, esta afirmación interrogativa: “Con Franco tuvimos paz y pan. ¿Qué más queríamos?”; pero una noche, un ciudadano desconocido había escrito al spray, con caracteres que denotaban nerviosismo, debajo del grafito principal, su respuesta redundante: “Turrón, turrón, turrón”.

Quizás estas páginas no sean otra cosa que una manera muy subjetiva e introductoria de contar cómo los españoles, los cordobeses, después de cuarenta años castigados sin postre, sin libertades, llegamos a comer turrón.

   
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