Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
28 de febrero de 2017
 

 
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  Fernando Martínez López
  Vientos de libertad
  Los hijos del silencio rompieron el miedo en la Almería de principios de los  setenta. No habían hecho la última guerra de España y los aires marciales e imperiales les quedaban lejos. Nacidos en los años finales de la autarquía, a caballo con la liberalización económica, no conocieron las cartillas de racionamiento ni el gasógeno. La única historia que conocían era la de los vencedores. Les habían dicho que rojos y masones eran los causantes de los males de España.  En sus primeros años de escuela se recordaba al estudiante caído y el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera al tiempo que el maestro entonaba ritualmente el Cara al sol y les introducía en el aprendizaje de los valores nacional-católicos insertos en la Enciclopedia Álvarez y el catecismo Ripalda.

El resurgir de la Izquierda almeriense (1970-1977). Vivieron los años preconciliares de curas con sotana, seminaristas de paseo por las calles de Almería y alborozo general en las contadas ocasiones que Franco, recibido bajo palio y salve en la iglesia de la patrona, viajó a la ciudad. Partícipes de la renovación emprendida por la Iglesia en el Vaticano II pasaron de la misa de domingo de su primera juventud al abandono generalizado de las prácticas litúrgicas. Esta generación de los cincuenta, de la leche en polvo y el queso americano, contempló la celebración de los 25 años de paz del franquismo en el estadio de la Falange cuando las camisas eran menos azules y las chaquetas blancas y las bandas rojas lucían sobre los torsos de los hombres importantes del régimen.

En la Almería sin libertades el quietismo político era solo aparente. Las familias del régimen, azules y católicos, falangistas y reformadores, pugnaban por hacerse con parcelas de poder en una lucha sórdida que la retórica del franquismo y la ausencia de libertad hacía casi imperceptible. Les unía la victoria. El silencio se había impuesto sobre la otra España, la de los vencidos, la del exilio. Los valores democráticos y republicanos se habían erradicado de igual modo que se había pretendido el exterminio físico de sus principales dirigentes políticos y obreros. El miedo de los padres impedía la transmisión de la memoria a unos hijos que crecieron en los años cincuenta y sesenta como si no hubiera habido también represión y muerte tras la guerra. Para ellos los únicos caídos eran los de “por Dios y por España”. Los otros no existían. Tampoco sabían que Almería había sido una de las últimas provincias en caer en manos de Franco, ni que un grupo de almerienses habían sido fusilados por el simple hecho de repartir el “parte inglés”, o que el busto de Nicolás Salmerón, nuestro presidente de la Primera República, había sido derribado del pedestal en su pueblo natal de Alhama, o que el monumento a los Mártires de la Libertad, los“coloraos”, había sido eliminado de la Plaza Vieja, con motivo de la visita del general Franco a Almería en 1943, para borrar todo vestigio que recordara a personalidades, hechos, valores y símbolos vinculados a una larga tradición centenaria de progresismo y de democracia. Muchos de estos jóvenes de los cincuenta frecuentaban academias en la ciudad de Almería y en los pueblos de la provincia, pero desconocían que algunos de sus profesores sufrieron la depuración tras la guerra  y no podían ejercer su profesión de maestros o catedráticos. ¡Cuantos “don Pacos” o “don Josés”, irradiados por toda la provincia, hicieron posible que esta generación pudiera estudiar el bachillerato por libre o prepararse las oposiciones de magisterio!, ante el bajo poder adquisitivo de sus padres y la ausencia de centros educativos.

Las viejas familias liberales y conservadoras de Almería, de tradicional poder económico y político, se habían acomodado en la dictadura y ocupaban gran parte de la representación política de los poderes locales y provinciales, mientras la provincia seguía dando los índice más bajos de renta per cápita y la emigración despoblaba los pueblos en un éxodo de hambre hacia Europa, la conurbación de Barcelona y la propia ciudad de Almería. Los jóvenes de los cincuenta crecieron a la par que la ciudad se iba ampliando por sus barrios, la miseria de las cuevas de la Chanca era inmortalizada por los pinceles de los indalianos y la crítica social de Juan Goytisolo, y se iniciaba el desarrollismo de los sesenta que dejaba en Almería los primeros turistas extranjeros y abría la provincia a los rodajes de películas del far west. Muchos llegaron a ser “extras” en las grandes producciones europeas y norteamericanas que llegaban buscando la luz y  los paisajes desérticos.
Los vientos de libertad y de lucha democrática que soplaban en otras ciudades de España, de la mano de los convenios colectivos y las revueltas estudiantiles, tardaron tiempo en llegar a Almería. La ausencia de industrias y de centros universitarios impedía las aglomeraciones de trabajadores y de estudiantes en una ciudad quietista, de funcionarios y de servicios, donde, con muy pocas excepciones, aún prevalecían los pequeños talleres de las artes y los oficios. Los mínimos soplos llegaban en las vacaciones cuando volvían los estudiantes procedentes de las universidades de Granada, Madrid o Barcelona y contaban las ansias de libertad que impregnaban las aulas universitarias de finales de los sesenta y principios de los setenta. Allí se diluía el estigma de vencedores y de vencidos. Los hijos de unos y otros andaban juntos en la búsqueda de un futuro de libertad para España. Habían perdido el miedo. En no pocos casos algunos de esos estudiantes descubrieron que sus padres y abuelos habían sido “rojos”, habían estado en la cárcel  y la familia lo mantenía en silencio por miedo y tal vez acomodo más o menos forzado a la nueva situación social.
Esos pequeños soplos de libertad aparecían en otras ocasiones de la mano de personajes, de pasado republicano, que como José Miguel Naveros hacía de sus veranos de la calle San Miguel un oasis de libertad, de contactos, de crítica al desarrollismo urbanístico salvaje que andaba destruyendo la ciudad de las “blancas azoteas”, de ánimo para todos aquellos viejos y jóvenes republicanos, socialistas y comunistas que seguían con impaciencia y esperanza las primeras movilizaciones obreras y estudiantiles de otras ciudades españolas. La lectura y difusión de los artículos de las revistas Triunfo y Cuadernos para el Diálogo empezaba a ser un distintivo de identificación externo de aquellos nuevos y viejos demócratas almerienses.
Las “fuerzas de la cultura”. La semilla de la lucha antifranquista, de reformismo social empezó a geminar en Almería a principios de los años setenta. La creación del Colegio Universitario fue una pieza clave. Abrió sus puertas a  estudiantes de Ciencias y de Letras en 1972, posibilitando que los hijos de las familias con menor poder adquisitivo pudieran acceder a los estudios universitarios. Gracias a ello se ubicó en Almería un grupo de jóvenes profesores, procedentes en su mayoría de la Universidad de Granada que, como Agustín Díaz Toledo, José Guerrero Villalba, Fernando García Lara, Pedro Molina, Francisco Campos, Fernando Martínez López, Fernando Navarrete, Pedro Jiménez Garijo, Catalina Martínez Padilla, Cayetano Aranda, Diego López Alonso, José Luís Pino, José Luís Martínez Vidal, José González, Pilar Ballarín o Carmen Hernández Porcel, tenían una fuerte conciencia antifranquista, habían participado activamente en las luchas estudiantiles y estaban ubicados políticamente en una izquierda todavía sin cualificar pero en muchos casos cercana a posiciones comunistas, anticapitalistas, demócratas-cristianas, socialistas o al incipiente andalucismo. Las aulas improvisadas de las antiguas caballerizas del cortijo del gobernador empezaron a ser un espacio de libertad, de debate, donde los estudiantes se familiarizaban con lecturas de los clásicos del marxismo, del pensamiento estructuralista y del movimiento obrero. Los ciclos de conferencias sobre la situación económica de España o los movimientos sociales a cargo de José Luís García Delgado, Santiago Roldán, Juan Muñoz, Antonio Elorza, Manuel Pérez Ledesma, Álvarez Junco o Frances Bonamusa servían de toma de conciencia de estudiantes y profesores a la par que se seguía de cerca la evolución del movimiento estudiantil de otras universidades y las reivindicaciones del profesorado no numerario, que dieron paso a las primeras huelgas de la enseñanza universitaria en Almería. Las “sentadas” y manifestaciones produjeron las primeras detenciones del profesor de filosofía Pedro Molina García y de los estudiantes de letras Miguel Moya Guirado y Francisco Aznar. Hijos, los dos primeros, de un conocido maestro falangista de la ciudad y de un teniente coronel del ejército en activo.
Los estudiantes de la Escuela de Magisterio se sumaron paralelamente a la nueva dinámica de protesta y lucha estudiantil antifranquista. Los jóvenes profesores llegados a las aulas de Magisterio, José Sanz Giménez, José López Céspedes, Quini Ferrer, Juan Bautista Martínez Rodríguez, Pilar Villalobos, Pedro Tirado, Concha Moreno, Socorro Sánchez y Antonio Flores entre otros, supusieron un revulsivo en la dinámica de la Escuela. En torno a la Asociación de Antiguos Alumnos, las comisiones de maestros y las corrientes de renovación pedagógica se agrupó un núcleo significativo y heterogéneo de profesores, estudiantes, maestros y maestras antifranquistas que peregrinaron iniciáticamente a la escuela de verano “Rosa Sensat” de Barcelona y a los encuentros del movimiento de la Escuela Popular Freinet en Francia. A ellos correspondió impulsar los movimientos reivindicativos del magisterio y el Movimiento Cooperativo de Escuela Popular. Constituyeron la cantera de donde, andando el tiempo, se nutrió el Partido Comunista de España y otras organizaciones y movimientos de la izquierda almeriense. Interminable sería en este momento citarlos a todos, pero entre los pioneros cabe destacar a Nono Barceló, Beatriz Iribarne, Manuel Motos, Pepe Sierra, Natalia Huertas, Antonio Cuevas, Emiliano Padilla, Carmen Segura, Beatriz Mesas Martínez, Vicente Abad, Manuel Romero, José Luís Cruz Amario, Ana Almansa, Concepción Ruiz Cáceres, Antonio Sánchez Cañadas, Juan José Delgado Camacho, Encarna Caparrós, Rafael Florido, Alberto Caballero, José Antonio Domínguez, Rosa Egea, Manuel Pérez Torrecillas o Francisco Verdegay.

La exteriorización de la protesta contra el régimen se expresaba en Almería, de igual modo que en otras ciudades de España, en las representaciones de las compañías de Teatro Independiente, en los recitales de grupos y cantautores que, promovidos por la Asociación de Antiguos Alumnos de Magisterio, la comisión de Actividades Culturales del Colegio Universitario o el mismo Ateneo, creaban un clima de libertad, de ilusión y rebeldía en los recintos universitarios. En ellos se daban cita todos los antifranquistas de la ciudad. Constituían actos de trasgresión del régimen. La más mínima insinuación del cantante o el grupo de teatro era seguida de los gritos de “Amnistía y Libertad”, tan comunes en unos momentos que preludiaban la democracia. Los conciertos y las representaciones teatrales sufrieron ocasionalmente la prohibición del gobernador civil de turno y las iras de los censores. A veces terminaban con la represión por parte de la policía que solía rodear los recintos en espera de las manifestaciones estudiantiles. En el recuerdo queda el recital de Aqua Viva en febrero de 1976 en el Colegio Stella Maris, promovido por el Ateneo, que motivó una de las primeras arengas antifranquistas en público del dirigente comunista Antonio Fernández Sáez. La suspensión del recital de Luis Pastor originó una manifestación de estudiantes del Colegio Universitario. En el recital de Elisa Serna, celebrado en el salón de actos de la Escuela de Magisterio, se lanzaron octavillas convocando para una manifestación promovida por la Junta Democrática. Más tarde, ya en el verano de 1976, vendría el concierto de Víctor Manuel y Ana Belén en la piscina sindical.

El Colegio de Doctores y Licenciados se convirtió en una institución  impulsora de las reivindicaciones de las nuevas ornadas de licenciados que fueron poblando los institutos de Almería y provincia conforme iba avanzando la década de los setenta. De las coordinadoras de PNNs, casi clandestinas, se pasó al control del Colegio de Doctores y Licenciados. Un grupo de profesores del Colegio Universitario, Escuela de Magisterio y de diversos Institutos de Enseñanza Media lograron desplazar de su junta directiva al sector conservador, vinculado al régimen, convirtiéndose  en la plataforma más eficaz de coordinación e impulso de las huelgas de los PNNs en busca de su estabilidad. En estas luchas reivindicativas empezaron a tener notoriedad profesores de enseñanzas medias como Francisco Galdeano, Hermelindo Castro Nogueira, Diego Cervantes, Carlos Sampedro, Joaquín Oliver, Inmaculada Romacho, Pedro Collado y José Miguel Torres entre otros.

La generación de los cincuenta empezaba a hacerse notar sin miedo en los espacios educativos y culturales de la ciudad y la provincia. Los maestros y maestras, los profesores de instituto más conscientes, al extenderse por los pueblos de la geografía provincial, fueron sembrando inquietudes democráticas y de cambio. Almería empezaba lentamente a despertar al compás de los vientos de libertad que pretendían normalizar una España democrática.

Paralelamente, en los últimos años del franquismo, nació el Ateneo de Almería como proyecto cultural reformista. Llegó en tiempos que auguraban cambio y supuso un auténtico revulsivo en la vida cultural de la ciudad a lo largo de la Transición de la dictadura a la democracia. Comenzó su andadura en 1974, impulsado por un grupo de abogados, profesores, funcionarios y hombres de las profesiones liberales bajo la presidencia de José María Artero. Recogió el espíritu y la estructura de los viejos ateneos decimonónicos almerienses y constituyó el contrapunto ilustrado a la “Tertulia Indaliana”, reducto cultural de la quietista Almería franquista, centrada especialmente en el arte y dirigida ritualmente por el pintor Jesús de Perceval. A los impulsores como José María Artero, Joaquín Pérez Siquier, Juan Pérez Pérez, Pablo Castillo, Fausto Romero, Emilio Esteban Hanza, Guillermo Berjón, Francisco Rueda Cassinello, Dionisio Godoy se unieron profesores del recién creado Colegio Universitario como Fernando Fernández Bastarreche, Fernando Martínez López o el periodista de Ideal Manuel Gómez Cardeña, contribuyendo a dar una impronta más plural a la institución.
Su funcionamiento estuvo marcado por la tolerancia. Los ciclos de conferencias, exposiciones y representaciones teatrales convirtieron al Ateneo en uno de los principales referentes del debate y difusión de las  ideas democráticas, sociales y científicas. Alguno de aquellos ciclos de conferencias, como el dedicado a la historia del movimiento obrero (1976), topó con la prohibición y la censura del gobernador civil Roberto García Calvo. Iban a intervenir José Álvarez Junco, Antonio Elorza, Albert Balcells y Fernando Martínez. A juicio de la autoridad aquellas conferencias fueron prohibidas porque podrían “inducir a la violencia, a la alteración del orden público o a la comisión de actos tipificados como delitos en las leyes penales”. La censura no pudo impedir que a veces se camuflaran actividades que circulaban en los circuitos culturales de las universidades y otros centros progresistas de la geografía española. Para muchos almerienses aún suenan las notas de ‘Grándola Vila Morena’ en el teatro Cervantes, cantadas al final de la obra O Fogo por un grupo de teatro portugués, y que por unos momentos nos acercaron a la ilusión de la libertad que ya vivía el país vecino. La recuperación de la memoria estuvo presente en el campo de las preocupaciones de ateneístas como Juan Pérez Pérez, Joaquín Pérez Siquier, Manuel Gómez Cardeña o Fernando Martínez. Cuando ya apuntaban las libertades, surgirían las iniciativas de investigar y rescatar la larga tradición progresista almeriense de “Los coloraos”, y de recuperar la figura y los valores de Nicolás Salmerón y Alonso para la nueva democracia que germinaba.
   
La política entró lógicamente en el Ateneo. Las diferentes juntas directivas reflejaron la evolución política producida en el país desde finales del franquismo hasta la llegada al poder de los socialistas en 1982. Del continuismo y reformismo de la primera época se pasó a la etapa protagonizada por Fausto Romero, dirigente en esos momentos de Unión de Centro Democrático, que terminó cuando, en junio de 1982, una asamblea multitudinaria optó por la candidatura encabezada por el socialista Joaquín Pérez Siquier, posibilitando que una izquierda plural se hicieran con la Junta Directiva. El “cambio” llegaba al Ateneo antes que en España. La generación de los cincuenta, un tanto teñida de 68, pasó a las vocalías del Ateneo y protagonizó el mayor impulso de esta institución cultural.
Junto a Joaquín Pérez Siquier estuvieron en la nueva andadura Fernando Martínez como vicepresidente, Celso Ortiz de Secretario y como vocales Agustín Díaz Toledo, Marcos Rubio de Bustos, Gerardo Roger Fernández, Ángel Arqueros, Teresa Claramunt, Juan Bautista Martínez Rodríguez, Fernando García Lara, Francisco Santos e Isidoro Vega. El espíritu de esta nueva directiva marcaría la impronta de las directivas de la década siguiente. El Ateneo fue semillero de políticos de la democracia. Entre los miembros de aquellas directivas que ocuparon cargos institucionales estuvieron Fausto Romero-Miura Giménez, concejal del Ayuntamiento de Almería y diputado provincial de UCD, Joaquín Pérez Siquier, diputado socialista en el Congreso de los Diputados (1982-1996), Juan Bautista Martínez Rodríguez, director general de adultos de la Junta de Andalucía, Gerardo Roger Fernández, director general de urbanismo de la Comunidad Valenciana, Fernando Martínez López, alcalde de Almería entre 1991 y 1995, y Celso Ortiz, concejal de cultura entre 1991-1995.
   
Los barrios y la provincia no se quedaron al margen de los movimientos que animaban los centros universitarios y culturales de la ciudad. Las semanas culturales y mesas redondas empezaron a proliferar en las incipientes Asociaciones de Vecinos del barrio de los Ángeles, Pescadería, el Barrio Alto y diversos pueblos de la provincia, impulsadas por la gente más inquieta. En Adra, por ejemplo, se constituyó la Asociación Cultural Andaluza (ACA), promovida por Pedro y Joaquín Navarro Imberlón, Pedro Sarmiento y José María Ortega, que programó debates y mesas redondas durante los primeros años de la transición. El Congreso de Cultura Andaluza celebraría una de sus reuniones en Adra bajo el auspicio de ACA, izándose por primera vez una bandera andaluza en un ayuntamiento, que aún estaba presidido por un alcalde franquista. Los impulsores de la asociación abderitana ocuparían más tarde cargos institucionales en la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía y en el propio Parlamento Andaluz.
    
El despertar del obrerismo. Junto a las llamadas “fuerzas de la cultura” aparecieron los primeros núcleos de trabajadores antifranquistas en los talleres, comercios y escasas fábricas de la ciudad. La industrialización y expansión económica de los años sesenta apenas se había notado en Almería salvo, de una manera indirecta, en la sangría migratoria que diezmó a la clase trabajadora de la provincia. No había experiencia y tradición de lucha sindical. La práctica desaparición de grupos de oposición al franquismo a lo largo de la década de los cincuenta y sesenta, la inexistencia de núcleos industriales –salvo los contados talleres de la capital, la extracción del mármol en la comarca de Macael, la industria química de Villaricos, la Michelín o la central térmica de Carboneras–, y la ausencia de conflictos hasta el final del franquismo marcaron el despertar del movimiento obrero almeriense de la Transición.

El primer embrión de Comisiones Obreras surgió en la Celulosa Almeriense –fabrica recordada por el mal olor que inundaba la ciudad con el viento de levante–, cuando se desencadenó la huelga en 1974. Los enlaces sindicales de la Unión de Técnicos y Trabajadores del Sindicato Vertical de Artes Gráficas, al que estaba adscrita la empresa, fueron apartados de las negociaciones por sus compañeros y sustituidos por otros que representaban el nuevo sindicalismo de clase como Pedro Baldó  y Juan Arenas. La nueva forma de hacer sindicalismo conectaba con los trabajadores y amenazaba con romper los moldes impuestos por el sindicato del régimen.

Las huelgas de pescadores de 1976 y enero de 1977 tuvieron un fuerte impacto ciudadano y marcaron el despertar obrero de la ciudad. Los pescadores contaron con la simpatía y la solidaridad de muchos almerienses. Sus reivindicaciones pretendían sacar al sector del sistema de relaciones feudales en que estaba anclado y dignificar la profesión de un trabajo rudo y arriesgado. El barrio se cerró como una piña con la lucha de la pesca. Las mujeres desempeñaron un papel clave en el arrope a sus maridos, hijos y hermanos. El centro marianista de la Calamina se convirtió en un núcleo de reunión y de distribución de la solidaridad. Desde la Segunda República no se había visto una lucha igual en la provincia. Los apoyos económicos llegaron de muy diversos sectores obreros de España. Las huchas, recaudando dinero para mantener a los huelguistas, llenaron los bares de Almería. Un grupo de camareros, protagonistas más tarde de la huelga de hostelería, contribuyeron a ello.
Carlos Cano se desplazó a la ciudad para dar un recital en el Colegio Universitario mientras los estudiantes de la Universidad de Granada realizaban asambleas en solidaridad con los pescadores almerienses. Aquella experiencia la inmortalizó Carlos Cano en el ‘Pasodoble p’Almería’ (1976), cuando cantaba “que sean los pescaores los tiburones del litoral la prenda de sus calzones a quien da un olé la libertad”.

La prensa local y nacional se hizo eco de una lucha que tenía especiales características. No estaba dirigida por los sindicatos antifranquistas. Respondía a un movimiento asambleario propio y el barrio estaba implicado. Era una nueva forma de movimiento social donde se combinaba reivindicación sindical y movimiento ciudadano. Apenas encajaba en los moldes del sindicalismo histórico. La toma de conciencia del sector fue lenta. Los pescadores se reunían por las tardes, cuando volvían de la mar, en los locales que el cura Marino les dejaba en la iglesia de San Roque y la barbería de José García Rueda era también un espacio de encuentro. Lo hacían al margen del reducto franquista de la Cofradía de Pescadores. Un marianista, Javier Ayestarán, hombre de firmes convicciones sociales y democráticas, se adentró en los problemas de la pesca y se hizo uno más de ellos embarcando en una traiña. Era la forma de explicitar el compromiso con el mundo de los trabajadores que tuvieron por aquellos años algunos religiosos y militantes de la izquierda. Javier Ayestarán, andando el tiempo, se convertiría en uno de los principales dirigentes de Comisiones Obreras.

La impronta asamblearia prendió entre los pescadores y un grupo compuesto por los hermanos Eduardo y Domingo López, Juan Carmona, Paco “el Recortao”, Emilio Gutiérrez, coordinados por Javier Ayestarán en esos momentos vinculado a las plataformas anticapitalistas, impulsaron la asamblea de pescadores y las dos huelgas de 1976 y enero de 1977. La primera obtuvo una victoria sin precedentes que llenó de júbilo al barrio. La segunda, de larga duración, terminó tras una fuerte represión con la toma del barrio por la policía y el encarcelamiento de sus principales dirigentes. El reparto diario de octavillas informando a la población del desarrollo de la huelga se cobró varias detenciones entre las que cabe señalar la de los estudiantes Ascensión Rodríguez Bascuñana y Jorge Piquer. La forma de lucha de los pescadores marcó la impronta de una acción colectiva que no sería mayoritaria en el futuro sindicalismo, pero los vientos de libertad llenaron todo un barrio de centenaria tradición republicana y socialista. El recuerdo de aquellas huelgas ha quedado en la memoria y los comportamientos políticos de sus habitantes.

Muerto Franco, ausentes aún las libertades políticas y sindicales, surgieron las primeras asesorías jurídicas laborales, impulsadas por militantes de la izquierda almeriense. La primera de ellas, denominada Centro Asesor Económico y Laboral (CAEL) e impulsada inicialmente por María Luisa Jiménez Bhurjard, hizo peregrinar por sus locales de la plaza Bendicho a los nuevos sindicalistas. En ella atenderían también a los trabajadores Joaquín Navarro Esteban y Pedro Antonio de Torres Rollón. Era un espacio de sociabilidad obrera y política. Constituía, en realidad, la sede encubierta de la clandestina Comisiones Obreras y un espacio donde las incipientes fuerzas políticas de la izquierda y del movimiento ciudadano se reunían para coordinar las acciones conjuntas de solidaridad que exigían los primeros conflictos obreros de la ciudad. Después apareció el despacho laboralista de Rafael Córdoba Angulo, “Pirri” y Ernesto Ruiz Cantón en los altos de la nueva cafetería “Colón” del Paseo. Las vinculaciones de “Pirri” con el Partido del Trabajo de España (PTE) convirtieron este despacho laboralista en el referente de los sindicalistas de la izquierda del PCE, la UGT y la naciente CNT. En él eran frecuentes reuniones de las fuerzas políticas de izquierda, de los sindicatos e incluso de los partidos a la izquierda del PCE cuando pretendieron configurar infructuosamente una candidatura conjunta a las primeras elecciones de diputados a Cortes en 1977.

Los conflictos obreros por la mejora de los convenios colectivos se generalizaron en los diversos sectores productivos durante 1976 y 1977. A las exigencias económicas se añadía la reivindicación de libertades democráticas, especialmente el derecho de reunión, huelga y sindicalismo libre. Los nuevos sindicalistas vinculados al PCE, al PSP y a los grupos cristianos como HOAC y JOC se propusieron romper los límites impuestos a los trabajadores por el sindicato vertical, en cuyo seno constituyeron oposición. Una ofensiva conjunta de todos ellos propició un avance significativo en las elecciones sindicales del vertical al presentar candidaturas democráticas y lograr las presidencias de las Uniones de Trabajadores y Técnicos de la Construcción, Enseñanza privada y la Banca entre otras. Las huelgas empezaron a proliferar. En  julio de 1976 la huelga de las panaderías logró un nuevo y favorable convenio para los trabajadores. El comercio se movilizó y la huelga de principios de 1977 desbordó al sindicato vertical. El nuevo convenio supuso una mejora cuantiosa de las remuneraciones económicas y una afiliación masiva a las clandestinas Comisiones Obreras donde se erigían como nuevos referentes del sector José González Marín, Mery García, José María Torres Tripiana y Clotilde González Gentil. En la sanidad se hacían las primeras reivindicaciones y empezaban a destacar las enfermeras Ángeles López Ruiz y Josefina Jiménez Bethancor. La construcción conoció entre diciembre de 1976 y mayo de 1977 una etapa de reivindicaciones con importante participación de los trabajadores. La huelga estalló con fuerza en abril de 1977 desbordando al sindicato vertical. Miguel Navarro, presidente de la UTT, militante de USO y más tarde de CCOO, fue el principal dirigente de un conflicto que paralizó el sector en la ciudad y diversos pueblos de la provincia y llegó a escapársele de las manos a los propios dirigentes sindicales. Por aquellos días, el 28 de abril de 1977 el Gobierno de Adolfo Suárez legalizaba a UGT, USO y CCOO, después que el pleno de las Cortes aprobara el 30 de marzo un Decreto-Ley reconociendo la libertad de asociación sindical. No tardaría mucho tiempo para que los agricultores del prometedor poniente almeriense iniciaran sus primeras movilizaciones bajo la dirección de UAGA.

La Unión Sindical Obrera (USO) tuvo junto a CCOO el protagonismo en el despertar de la conciencia de los trabajadores almerienses. Sus primeros dirigentes procedían de los movimientos cristianos. La “Comuna” de Piedras Redondas, integrada por Miguel Navarro, Eduardo Vela, Mari Carmen y Alfonso Sola, fue la base desde donde se catapultó el sindicato al que pronto se adscribió entre otros Antonio Torres Tripiana. Las reuniones con Manuel Zaguirre y José María Zufiaur les inclinaron a desplegar el sindicato en la provincia tomando como punto de partida el grueso de afiliados a la HOAC. La decisión de trabajar como oposición en el seno del Sindicato Vertical les dio una importante presencia en la construcción, la sanidad y especialmente entre los canteros del mármol en Macael, donde Pepe Camacho, consiliario de la HOAC, se negó a celebrar una misa por Franco en noviembre de 1976. Una mujer, Josefa López, empezaría a destacar en las tareas sindicales a la par que participaba activamente en el movimiento feminista y el naciente andalucismo.
Sindicatos como UGT y CNT tuvieron inicialmente menor influencia en el mundo del trabajo. Su negativa a trabajar en el seno del sindicalismo vertical, donde se encuadraba la clase obrera y en cuyo seno se originaban los conflictos por escasos y moderados que fueran, les impidió tener mayor presencia en los conflictos laborales y en el movimiento sindical de la última década del franquismo. No obstante la UGT, que creció al unísono que el PSOE, participó en la dirección de la huelga de la construcción y CNT tuvo un papel destacado en la huelga de hostelería. Hasta 1977 la UGT no entraría en el panorama sindical almeriense. Lo hizo en los sectores de transporte (Renfe y Saltua), hostelería y construcción bajo la dirección de José Antonio Amate, Emilio Navarro y Eduardo Vela, éste último procedente del sector de USO que, siguiendo a José María Zufiaur, pasó a engrosar las filas ugetistas. La procedencia de los primeros militantes era diversa. En muchos casos no contaban con experiencia en actividades políticas ni sindicales, ni estaban vinculados a tradición política alguna, en otros procedían de los partidos de la izquierda radical o de las organizaciones cristianas, e incluso, se contaban algunos falangistas antifranquistas. Pepe Martín, dirigente de los empleados de la limpieza de la ciudad, conocido por su saludo de “¡Salud y República!”, puso inicialmente a la mayoría de los trabajadores de la limpieza bajo el amparo del sindicato socialista. José Joaquín Céspedes organizó a los marmolistas de Olula del Río aportando unos 600 afiliados en el momento de la legalización del sindicato en 1977. Andando el tiempo, en las segundas elecciones sindicales de 1980, la UGT pasaría a ser la primera fuerza sindical provincial con su estrategia de concertación social.

La CNT, el histórico sindicato anarcosindicalista que había encuadrado millones de campesinos y trabajadores en la España de las primeras décadas del siglo XX, no “resucitó” en la Transición de la dictadura a la democracia, cual lo hiciera en el paso de la dictadura de Primo de Rivera a la República a principios de los años treinta. Hizo su aparición en Almería a finales de 1976 bajo el empuje de Juan Carlos Asían del Barco, camarero del Búfalo, y logró asentarse entre los parados y el sector de la hostelería, donde compartía liderazgo con UGT. La huelga de hostelería de julio de 1977 fue larga, dura, se extendió a la provincia, especialmente a Roquetas de Mar, se topó con las cargas policiales, se le cerraron los locales de la AISS para las reuniones y terminó con un pacto laboral que suponía un avance en las condiciones de la venta de la fuerza del trabajo. Con presencia sectorial, a veces puntual y efímera, aparecieron otros sindicatos y organizaciones en el panorama obrero de los inicios de la Transición como el CSUT (1977), vinculado al Partido del Trabajo, que desaparecería a la par que su propio partido político, o más tarde las Plataformas de Lucha Obrera (PLO), con presencia en la pesca, la limpieza y la construcción.

Las protestas contra los convenios colectivos, las reuniones de sindicalistas en los locales de la Organización Sindical, las asambleas de la construcción, las huelgas totales o parciales, las manifestaciones de las mujeres de Pescadería exigiendo agua, la creación de las primeras asociaciones de vecinos, las huelgas de estudiantes y profesores, los intentos de celebrar el primero de mayo, las prohibiciones de recitales y de ciclos de conferencias, las mesas redondas y semanas culturales, sacaron a Almería del letargo que había vivido en los últimos años del franquismo y la conectaron a lo largo de 1976 y 1977 con las ansias de libertad y democracia que se vivía en el país.

Pero la izquierda y los demócratas almerienses quedaron conmocionados en agosto de 1976 por el asesinato del estudiante de biología Javier Verdejo, hijo de un alcalde franquista de la ciudad. Había salido junto a otros colegas de la Joven Guardia Roja a hacer pintadas en las paredes para exigir “Pan, Trabajo y Libertad”. No volvió a la cita de seguridad. Cayó bajo las balas de una pareja de la Guardia Civil cerca del balneario San Miguel. Su entierro estuvo lleno de tensión y de rabia. El féretro fue arrebatado a la familia y llevado a hombros al cementerio de San José entre los gritos de repulsa de la multitud. La manifestación subsiguiente se saldó con una decena de detenciones. Las organizaciones clandestinas de la izquierda declararon el 18 de agosto un día de lucha en protesta por la muerte de Javier. La Guardia Civil estableció controles en los puntos de acceso a la ciudad y se practicaron numerosas detenciones. Adolfo Suárez, presidente del Gobierno, veraneaba en Cabo de Gata y visitó a la familia para darle el pésame. La Transición en Almería quedó teñida con la sangre de un joven antifranquista. Tuvieron que pasar los años para que el nombre de Javier Verdejo quedara inmortalizado en el callejero de nuestra ciudad.
   
De la clandestinidad a la legalización.
Animando estos procesos y nutriéndose de ellos se fueron construyendo los primeros partidos políticos almerienses de la transición. Entre principios de los setenta y las primeras elecciones a diputados a Cortes de 1977 germinaron casi todas las siglas del panorama político español. El proceso de transición, iniciado tras la subida de Adolfo Suárez al poder, tenía como prueba inequívoca la legalización de los sindicatos y partidos políticos. “Libertad, Amnistía y legalización de partidos políticos y sindicatos” eran las consignas movilizadoras de una izquierda que pugnaba por hacerse hueco en la vida política de la transición, comandada por los reformistas del régimen. 

El Partido Comunista de España (PCE), el grupo antifranquista mejor implantado, se desarrolló en Almería a la par que Comisiones Obreras. A principios de los setenta preparó el primer grupo de militantes para trabajar en el seno del Sindicato Vertical, haciéndose presentes en las ramas del Metal, la Construcción, la Enseñanza Privada y las Artes Gráficas. Su estrategia entrista en el sindicato del régimen le posibilitó desempeñar un papel destacado en los conflictos laborales, organizar lentamente Comisiones Obreras y convertirla en el referente sindical mayoritario de los primeros años de la Transición. Su actividad no quedó reducida al espacio obrero. El PCE estaba presente en todo tipo de acciones y asociaciones, desde la de Antiguos Alumnos de Magisterio hasta la organización de conferencias para presentar a “cristianos por el socialismo”. Su apuesta por la Democracia le llevó a impulsar la Junta Democrática, a coordinarse con el resto de fuerzas políticas en la llamada Plata-Junta y a sembrar las calles de la ciudad y los actos públicos de octavillas exigiendo “Amnistía y libertades democráticas”. Su legalización el 9 de abril de 1977, en el llamado “sábado santo rojo”, fue un momento crucial. El Gobierno de Suárez arriesgó y la Transición a la democracia empezó a ser creíble. El júbilo por la legalización se tradujo en una manifestación espontánea en la que se dieron cita muchos demócratas de Almería que acompañaron a los dirigentes comunistas en su alegría por la calle Granada, Puerta de Purchena y el Paseo.

Son numerosos los militantes, simpatizantes y “compañeros de viaje” que estuvieron en la órbita del PCE y contribuyeron de una forma decidida al despertar democrático de la Almería de esos años. Su dedicación y arrojo debe contemplarse en cualquier balance riguroso de los luchadores por la libertad, especialmente cuando no eran muchos los almerienses que a finales del franquismo decidieron romper el miedo y optar por una España democrática. La mayoría de ellos, nacidos en torno a los cincuenta, se vincularon a la vieja guardia, integrada por Antonio Muñoz, –internado por los nazis en el campo de exterminio de Mauthausen–, Paco García, José Luís Sampedro, Julio Sánchez Hernández, Andrés Troyano, Alfredo Rovira, Baldomero Ortiz y Ambrosio Gómez Valcarcel. Entre los primeros estuvo el incansable antifascista Antonio Fernández Sáez, las hermanas Fermina y Encarna Martínez, Rafael Amat, Pedro Baldó, Alfredo Villarrubia, el núcleo de la Plaza de Pavía y la Chanca con los hermanos José y Diego González Marín, Paco Prados o Juan José Delgado Camacho. A ellos pronto se unieron los profesores Pedro Molina, José Guerrero Villalba, Antonio Cañadas, y maestros como Salvador Fuentes, Natalia Huertas, Encarna Caparrós o Antonio Sánchez Cañadas. Algunos de ellos, como Diego González Marín o Pedro Baldó, ocuparían la dirección provincial de CCOO, otros como José Guerrero Villalba, Pedro Baldó y Salvador Fuentes representarían al PCE en el poder local del Ayuntamiento de Almería tras las primeras elecciones municipales democráticas. El PCE se irradió lentamente por la geografía provincial y su influencia se dejó notar durante aquellos primeros años en los pueblos del cinturón de la capital y en el valle del Almanzora, donde Francisco Aznar en Cuevas y “Los Puntas”, reconocidos alfareros de Albox, se convirtieron en el referente del eurocomunismo rural.

El espacio político socialista lo fueron cubriendo los seguidores de Alejandro Rojas Marcos, Tierno Galván y Felipe González. En los inicios se delimitaron dos espacios socialistas. Aquellos que se reclamaban del socialismo popular y regionalista y los que se vinculaban a las siglas históricas del PSOE. Las visitas de Alejandro Rojas Marcos, promocionando Alianza Socialista de Andalucía, introdujeron entre la izquierda y los demócratas almerienses el componente regionalista. El atraso secular de Andalucía era motivo suficiente para colocar a la región como sujeto político y hacer de ella un instrumento de movilización política en la búsqueda de la resolución de sus problemas históricos. Andalucía no se podía quedar al margen de los movimientos de otras regiones y nacionalidades en un futuro proyecto democrático de España. La reunión de diversos miembros de la izquierda almeriense con Rojas Marcos en el merendero de la Cepa, a las afueras de Almería, se saldó con la obligación de pasar por comisaría de todos los asistentes entre los que ya destacaban el futuro dirigente andalucista Laudelino Gil Andrés, conocido impulsor de los sindicatos democráticos de estudiantes en Granada. Los encuentros de Miguel Ángel Arredonda en casa de Fernando Navarrete fueron perfilando lo que sería un poco más tarde, ya en 1976, el Partido Socialista de Andalucía que tendría además como referentes almerienses a María Loreto Fernández-Nieto, a Miguel Garcés, sindicalista de CCOO de la banca, Josefa López, dirigente de USO, o a Antonio Serrano Agullón, profesor de la Universidad Laboral. La presencia de los andalucistas en el panorama político almeriense cobraría una importancia singular en 1979 al lograr tres concejalías del Ayuntamiento de Almería en las primeras elecciones municipales, que ocuparon Laudelino Gil Andrés, Fernando Navarrete y Miguel Garcés.
Tierno Galván en el cine Moderno. La conferencia de Tierno Galván, bajo el título “Perspectivas políticas en la España actual”, celebrada en el cine Moderno, en marzo de 1976, se convirtió en un acto masivo que sirvió para catapultar al Partido Socialista Popular y dar a conocer a sus primeros dirigentes, Joaquín Fernández Palacios y Eloy López Miralles. Fue un mitin camuflado de conferencia, como todos los actos que Fraga Iribarne autorizaba a Tierno en aquellos momentos. Los alrededores del cine estuvieron copados por la policía que llegó a anunciar al “viejo profesor” la imposibilidad de celebrar el acto por aviso de bomba. “La bomba me la ponen todos los días”, les dijo Tierno Galván. Tales avisos eran frecuentes para tratar de impedir las reuniones. La “guardia de Franco” se preparó para boicotear el acto, pero no se atrevió ante la afluencia masiva de la gente de la izquierda arropando la primera conferencia-mitin celebrada en Almería tras la muerte de Franco.

El clandestino Partido Socialista del Interior (1968) de Tierno Galván se convirtió en Partido Socialista Popular en 1974 e impulsó el 29 de julio de aquel mismo año la creación de la Junta Democrática de España junto al PCE, el Partido Carlista y numerosas personalidades independientes. A ellas se uniría más tarde el Partido del Trabajo y otras fuerzas políticas y obreras. Esta plataforma política, impulsora de la formación de un Gobierno Provisional y el reconocimiento de los derechos y libertades democráticas, se convirtió tempranamente en un instrumento de coordinación de acciones y preparó las primeras manifestaciones políticas en la Almería de finales de 1975 y primeros meses de 1976. En sus primeras reuniones, celebradas en casa del profesor de filosofía del Colegio Universitario Cayetano Aranda y en la de Joaquín Fernández Palacios en Aguamarga, se dieron cita José Guerrero Villalba, Miguel Navarro, Eduardo Vela, Eloy López Miralles, Antonio Fernández Sáez y José González Marín entre otros. Tras varias convocatorias frustradas, la primera manifestación política se produjo el 28 de febrero de 1976 en la calle Marchales del barrio de los Ángeles, burlando a la policía que la esperaba en la Puerta de Purchena. En la cabeza de aquella manifestación estuvieron entre otros Eduardo Vela, Pedro Molina, Natalia Huertas, Primitivo de la Quintana, Joaquín Fernández Palacios, Fernando Martínez, Eloy López Miralles, Miguel Navarro, Ana Almansa o Emiliano Padilla.

La política del PSP de ocupar todos los espacios posibles en la Administración pública, en los sindicatos verticales o en los movimientos culturales les dio una magnífica oportunidad de estar presentes en muy diversos foros políticos y sociales. Entre los pioneros en Almería hay que añadir a Antonio Maresca, Manuel Reyes, Agustín Melero, Carlos Martínez Herrero, Araceli Casinello o Paco Cañizares, a quienes se sumarían todos aquellos que entraron con Joaquín Navarro Esteban, como los hermanos Jorge y Ramón Pérez Company o Luís Ortiz. La tertulia del “Maracaibo” se convirtió en un espacio de sociabilidad frecuentado por los seguidores del “viejo profesor” en Almería. El gran éxito político del PSP fue lograr el acta de senador en las elecciones de 1977 para el juez Joaquín Navarro Esteban al integrar la candidatura conjunta de la izquierda al Senado junto a Emilio Esteban Hanza (Izquierda Democrática) y Ángel López Masegosa (PSOE). La presencia del PSP se hizo notar en la provincia, especialmente en Adra, donde los dirigentes de ACA, Pedro Sarmiento, Adolfo García de Viana, Maria Dolores Cassinello o José María Ortega se encuadraron en sus filas. Éste último llegó a ocupar la secretaría provincial en noviembre de 1977. Pasadas las primeras elecciones, la mayoría de los militantes del PSP pasaron al PSOE con la unificación de ambos partidos en abril de 1978. El partido liderado por Felipe González se nutría de esta manera en Almería de unos dirigentes cualificados que pronto se hicieron con las riendas de la organización y ocuparon importantes cargos públicos en las Cortes y en los poderes locales y provinciales de la democracia, como Joaquín Navarro Esteban, Eloy López Miralles o Antonio Maresca.
Hasta las elecciones de junio de 1977 la presencia del PSOE fue menor en el panorama de la Transición de la dictadura a la democracia en Almería. Había sido el partido con mayor presencia política e influencia sindical en el panorama de la izquierda almeriense durante la Segunda República, pero los fusilamientos, las cárceles, el exilio y las depuraciones de sus dirigentes durante la dictadura franquista había mermado su capacidad organizativa. La vieja guardia esperaba que la gente joven tomara el relevo. Los grupos socialistas de Sevilla y Cádiz, agrupados en torno a Felipe González y Alfonso Guerra a principios de los setenta, apenas tenían correspondencia en Almería. El Congreso de Suresnes (1974) –el que llevó a Felipe a la secretaría general y condujo la dirección del partido al interior de España– supuso un revulsivo para la vieja guardia socialista almeriense. Eran los últimos años del franquismo y mantenían la llama socialista los hermanos Tesoro, Pepe y Manuel, Paco Navarro, Martín Viñolo, Antonio Solís (UGT), Juan Segura Murcia y Juan Diego Salinas. En 1975, antes de la muerte de Franco, contactaron con Pepe Tesoro, en su casa de la Molineta, Guillermo Galeote y Alfonso Guerra. Pretendían relanzar en Almería un PSOE  que aparecía en la escena política española con nuevos impulsos y el arrope de los grandes líderes socialdemócratas europeos. Junto a los socialistas de la capital andaban difundiendo las ideas del PSOE Antonio Castro en Adra, Manuel González en Berja, Ángel López Masegosa y José “el del Zurich” en Vélez Rubio.
Pocos jóvenes de la generación de los cincuenta había en el socialismo almeriense en los primeros momentos de la Transición. Algunos de los hijos de la vieja guardia socialista militaban en las organizaciones de izquierda del PSOE, como era el caso de Amalia Tesoro, que pertenecía a la Joven Guardia Roja y era encausada por el Tribunal de Orden Público en septiembre de 1975, antes de la muerte de Franco. Entre los primeros jóvenes socialistas destaca la presencia en la ciudad (1975-1976) del almeriense Rafael Estrella, vinculado al socialismo granadino, quien junto al sevillano Miguel Ángel del Pino y sus respectivas mujeres, realizaron las primeras pintadas aparecidas bajo las siglas del PSOE y desplegaron una pancarta en la Puerta de Purchena ante el asombro del resto de la izquierda almeriense que desconocía la autoría socialista. Mayor protagonismo tuvo en los primeros momentos de la Transición el joven abogado Juan Antonio González Aznar, coordinador de la campaña en las elecciones de 1977, y Enrique Pérez de Haro, a los que pronto se unieron José Antonio Amate, Jesús Fernández Capel, funcionario de aquel reducto franquista que constituía el Instituto Nacional de Previsión –estos dos últimos entraron en el PSOE en la significativa fecha del 14 de abril de 1977–, el taxista Antonio García Tripiana y Joaquín Pérez Siquier, secretario del Ateneo. En la zona del mármol ya destacaba, desde mediados de 1976, José Joaquín Céspedes como referente del socialismo provincial y de la UGT.

En cualquiera de los casos el PSOE era una organización con baja implantación antes de las primeras elecciones de 1977. Para encabezar la lista al Congreso de Diputados designaron a Bartolomé Zamora, semanas antes vinculado al PSA, y a Virtudes Castro, hija del dirigente socialista de Adra. Para el Senado situaron como representante en la candidatura conjunta de la izquierda al velezano de larga trayectoria socialista Ángel López Masegosa, más conocido como “el funes”. El PSOE logró dos escaños en el Congreso de los Diputados en las personas de Bartolomé Zamora y Virtudes Castro. La memoria histórica afloró entre una población que había estado sometida a lo largo de cuarenta años. Muchas familias votaron socialista en memoria de sus padres o abuelos, que tristemente ya no podían hacerlo. Las mujeres fueron las principales transmisoras de la memoria en unos momentos en que se balbuceaba la libertad. Muchas de ellas aún tenían en el recuerdo los días de su infancia a las puertas de las cárceles, acompañando a sus madres o solas, para llevar la comida a sus padres o hermanos. El PSOE supo capitalizar el voto del recuerdo en una España que durante los años sesenta inició un cambio económico y sociológico, pero aún temía el fantasma del comunismo. El éxito electoral de las primeras elecciones cambió el sino organizativo del PSOE. Las afiliaciones se multiplicaron por toda la geografía provincial y el refuerzo de los militantes procedentes del PSP le convirtió en poco tiempo en la primera fuerza política de la izquierda almeriense.

Obrerismo católico. En el espacio obrero, cultural y vecinal estuvieron presentes, en los años del tardo-franquismo a la democracia, diversas organizaciones obreras católicas como Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), Juventud Obrera Católica (JOC), organizaciones de base y los partidos a la izquierda del PCE. Aglutinaban un importante número de militantes de izquierda que constituían junto al PCE y los partidos socialistas el grueso principal del antifranquismo almeriense. Para muchos la labor que venía realizando desde hacía años don Marino en el barrio degradado de la Chanca era digna de encomio. El cura y sociólogo rebelde estaba entre los pobres y era respetado por todos. Preocupación por lo social y rebeldía política eran sinónimos de antifranquismo. Los locales de la parroquia de San Roque estuvieron abiertos a todo tipo de reuniones clandestinas de la gente de la izquierda. En ellos se celebraron citas para analizar los problemas sociales, se reunieron los representantes de las primeras organizaciones obreras y políticas y se preparó la asamblea que desembocó en la huelga de la pesca de 1976.

A don Marino pronto se unieron en el campo de las preocupaciones sociales otros sacerdotes como Pepe Guirado en la Juventud Obrera Católica o Alfonso Sola que, estando al frente de la Hermandad Obrera de Acción Católica, empezó a trabajar como fontanero en la construcción y se vinculó en la práctica a los problemas de la clase obrera. No eran los únicos. Juan Manuel Díaz Sánchez había organizado unos campos de trabajo allá por 1970 en Pulpí donde se dieron cita jóvenes como Pepe Beunza o Eugenio Burriel que, en años sucesivos, serían el primer objetor de conciencia de España o consejero de Obras Públicas de la Comunidad Valenciana respectivamente. De aquellos campos saldría una manifestación contra el robo del agua al pueblo, que sería reprimida por la Guardia Civil. En el centro marianista de la Calamina de Pescadería se desarrolló una intensa labor de apoyo e instrucción a la gente más necesitada que irradió al barrio gitano de los Almendros. Javier Alcedo y los marianistas Melchor Alegre, Jesús Pedro Santamaría “Chuspe” y Javier Ayestarán se insertaron en los barrios creando en la juventud un fuerte sentido crítico y social que les haría entrar más tarde en las organizaciones de base y en los partidos de la izquierda.
La librería “Pastoral” fue un foco difusor de la literatura social del momento. En sus estantes podían encontrarse las obras del pensamiento cristiano emanado de la nueva orientación del Vaticano II y los primeros escritos de cristianos por el socialismo. El compromiso social llevó a algunas religiosas como Elisa Salido, Angelines e Iciar a participar en el naciente movimiento vecinal del barrio de los Ángeles que, junto al del Pescadería, sería pionero del movimiento ciudadano de la ciudad. El debate entre clericalismo y anticlericalismo, tan central en la España contemporánea, no afloró en la confrontación política e ideológica de los primeros tiempos ante el compromiso de estos religiosos, de los llamados cristianos por el socialismo y de otros grupos como el “Movimiento Familiar Cristiano”, cuya ala más izquierdisizquierdista llegaría a nutrir Izquierda Democrática en los albores de la Transición bajo la dirección de Francisco Santos Gutierrez, Emilio Estaban Hanza, Charín Gurriarán, Maria Luisa Martín Haro o el profesor del Colegio Universitario Pedro Jiménez Garijo.

Los partidos de la izquierda revolucionaria. A la izquierda del PCE crecieron con mayor o menor presencia todos los partidos políticos existentes en España, desde Bandera Roja hasta el Partido Comunista marxista leninista. Tenían como denominador común la defensa de la ruptura con el franquismo frente a la reforma pactada con los reformistas del régimen que acabaron por aceptar los grandes partidos de la izquierda. Participaron indistintamente en las plataformas políticas antifranquistas como la Junta Democrática, Coordinación Democrática o la Plata-Junta, promovidas por el PCE o el PSOE, y animaron las coordinadoras de solidaridad con todos los conflictos ciudadanos y políticos. Sus siglas aparecieron en todas las acciones, protestas y movilizaciones que se produjeron en Almería a lo largo de los años de la Transición. Buscaron la implantación de sus posiciones más o menos revolucionarias entre la llamada izquierda de las masas y se implicaron en los movimientos vecinales, las organizaciones de base, el naciente movimiento obrero, el movimiento feminista y en todos los movimientos alternativos, comités anti-otan, antinucleares, coordinadoras de gays y lesbianas, movimientos de objeción de conciencia, etc., que nacieron fruto de las reflexiones del 68. Sus legalizaciones vendrían después de la del PCE. La consolidación de la reforma y establecimiento de un sistema constitucional democrático haría paulatinamente desaparecer a esta izquierda revolucionaria cuyos militantes pasarían a las formaciones políticas mayoritarias de la izquierda o a los movimientos alternativos verdes, pacifistas, etc.

Los de mayor implantación en Almería en los primeros años de la Transición fueron Bandera Roja y sus sucesivas reconversiones, las Plataformas Unitarias Anticapitalistas y su derivación hacia la Organización de Izquierda Comunista y posterior fusión con el Movimiento Comunista, la Joven Guardia Roja y el Partido del Trabajo. Los jóvenes estudiantes de económicas de El Ejido en Málaga como Serafín Mateo, Manuel García Quero o Eduardo López Godoy impulsaron la constitución de OCE-Bandera Roja. Sin embargo fue en el Barrio de Pescadería con José García Rueda (Pepe el Barbero), la Asociación de Vecinos “La Traiña” y las Plataformas de Lucha Obrera (PLO) donde tuvieron mayor resonancia las sucesivas reorganizaciones que le siguieron. En ellas destacarían Miguel Moya Guirado, Silvio de Miguel, Juan Carmona Belmonte o Domingo Mayor Paredes.

Las Plataformas Unitarias Anticapitalistas surgieron con un componente inicial cristiano. Su grueso fundamental formaría la Organización de Izquierda Comunista que más tarde se fusionó con el Movimiento Comunista. En esta corriente terminaron encontrándose Javier Ayestarán, Fernando Martínez, el periodista Manuel Gómez Cardeña, Concepción Ruiz Cáceres, José Antonio Domínguez, Rosa Egea, los hermanos Orellana, José González Vázquez, Carmen Hernández Porcel, Manuel Pérez Torrecillas, Ana López Galindo, Clotilde González Gentil, Carmen Guerrero Villalba, Manuel Fernández, José Galdeano Nacher y Jesús “el de Balerma”. Su presencia en la huelga de Pescadores, en la sanidad, en el Colegio Universitario, en las asociaciones de vecinos del barrio de los Ángeles o Barrio Alto, en CCOO, Balerma, en la fábrica de Carboneras, en Cuevas de Almanzora, el movimiento feminista o su atractiva cartelería dieron a esta corriente un cierto protagonismo entre la izquierda almeriense de la Transición.

El Partido del Trabajo dio sus primeros pasos en Almería de la mano de estudiantes pertenecientes a la Joven Guardia Roja en la Universidad de Granada. El joven abogado Rafael Córdoba Angulo “Pirri” fue su principal impulsor junto a Isabel Bonilla, Miguel Pérez García, el profesor Francisco Galdeano Fernández –secretario político y hombre público antes de las elecciones de 1977–, Mariano Junco, Amalia y Pepe Tesoro, Javier Verdejo, Félix Soto o Miguel López Barranco. Pretendía constituirse en un partido de masas a la izquierda del PCE y se dotó de instrumentos propios como un Sindicato (CSUT) al margen de CCOO, una Federación de Sindicatos de Estudiantes Universitarios, la Asociación Democrática Juvenil, la Asociación Democrática de Mujeres o una Unión de Soldados Demócratas. No obstante, la Joven Guardia Roja sería la organización con mayor atractivo entre los estudiantes universitarios y el CSUT su espacio obrero más significativo. El asesinato de Javier Verdejo en el verano de 1976 conmocionó al recién creado partido en Almería que experimentó a partir de entonces una mayor notoriedad. Fue el único partido a la izquierda del PCE que se presentó en Almería a las elecciones de junio de 1977 bajo las siglas de Frente Democrático de Izquierdas, con Isabel Bonilla Moreno de cabeza al Congreso de Diputados y Francisco Galdeano como candidato al Senado. En las elecciones de 1979 el PTA recibiría el apoyo de Ángel Berenguer Castellari, escritor y profesor almeriense afincado en Madrid, que encabezó como independiente la lista al Congreso. Los fracasos electorales terminaron por crear una fuerte crisis y hacerle desaparecer orientándose gran parte de sus militantes hacia el PCA, PSOE y otros movimientos alternativos.

No faltaron en Almería, en los primeros momentos de la Transición, otras siglas de partidos de izquierda revolucionaria como LCR con José Castillo como principal representante, ORT con Wenceslao Gallego Fábregas o el PCE (ml) con Salvador Fernández y Antonio Torres. Todas ellas, de igual modo que el resto de la izquierda del PCE, fueron desapareciendo a la par que se asentaba la democracia y el sistema constitucional.

El feminismo, por la igualdad y la libertad. Con los vientos de libertad se dieron los primeros pasos del movimiento feminista en Almería. Las mujeres demócratas, en su mayoría vinculadas o simpatizantes de los partidos de izquierdas, empezaron a reunirse para discutir los problemas de las mujeres. La Asociación para la Promoción de la Mujer, presidida por Martirio Tesoro, y el Movimiento Democrático de Mujeres de Almería (MDM), fueron las dos tendencias pioneras del feminismo almeriense allá por el año 1976. Eran fechas de cambio cuando estas mujeres pusieron la emancipación y la liberación junto a la reivindicación de las libertades y la democracia. La Asociación para la Promoción de la Mujer, de carácter unitario e independiente y el MDM, más vinculado a las mujeres de los partidos comunistas y organizaciones obreras, luchaban por la igualdad jurídica de lo sexos, por la igualdad absoluta en el acceso a la enseñanza, en los puestos de trabajo y los salarios; demandaban una cultura no sexista donde la mujer dejase de ser utilizada como objeto pornográfico y esquemas machistas en los medios de comunicación. Sus ideas fueron aireadas a los cuatro vientos durante los primeros años de la transición en las charlas-coloquio, realizadas por separado o conjuntamente, sobre la “problemática de la mujer”, el aborto, la Constitución, la necesidad de que la mujer controlase su propio cuerpo o sobre cómo entendían la planificación familiar y las tareas domésticas.

Pronto empezaron a aparecer tenderetes en la Plaza del Educador divulgando las reivindicaciones de las mujeres y recogiendo las primeras firmas en pro de la derogación de las leyes discriminatorias de los códigos Penal y Laboral. En ellos estaban entre otras Inmaculada López Alados, las hermanas Martirio y Amalia Tesoro, las hermanas Junco, las hermanas Maria Luisa e Isabel Orellana, Beatriz Iribarne Sánchez, Natalia Huertas, Pilar Ballarín, Rosa Mª Egea, Josefa López, Maria Isabel Bonilla, Josefa Martínez Romero, Carmen Hernández Porcel, María del Mar Sáinz o Carmen Segura. A partir de 1978 se incorporaría Teresa Claramunt, que pasó a liderar por un tiempo el MDM. La protesta contra la elección de la “reina de las fiestas” erradicaría tal concurso del programa oficial de la Feria de Almería.

La lucha de aquel grupo minoritario por sensibilizar a las propias mujeres, a la opinión pública y a sus respectivas organizaciones sobre la problemática de la mujer cosecharía lentamente sus primeros frutos cuando los partidos políticos, las asociaciones culturales o vecinales introducen en los organigramas de sus Juntas Directivas las “celebres” vocalías de la mujer. Era una pequeña conquista que, pese al carácter machista de las organizaciones y de la sociedad, ponía de relieve que la problemática de las mujeres empezaba a estar presente. Paralelamente, se produjo la entrada de las mujeres en el espacio público cuando aparecieron en las candidaturas electorales de los partidos democráticos en 1977 y 1979. Virtudes Castro, Martirio Tesoro y Charín Gurriarán ocuparían los primeros cargos públicos de la democracia en el Congreso de los Diputados y en el Ayuntamiento de Almería. Todo apuntaba a que el proceso de emancipación y liberación de la mujer, pese a las resistencias, iba a ser imparable en la España democrática.

Medios de comunicación y compromiso. Los vientos de libertad tardaron en llegar a las redacciones de los medios de comunicación almerienses. La Voz de Almería constituía el bastión oficial del régimen y a duras penas recogía las noticias que generaban las organizaciones democráticas en el tránsito de la dictadura a la democracia. En cualquier caso su objetivo consistía en desprestigiarlas. No obstante, en su redacción hubo periodistas como Antonio Fernández Gil “Kayros” y Francisco Gerez que pugnaron por un periodismo más profesional y trataron de dar a conocer, en la medida que les permitió el medio y a veces subliminalmente, los nuevos vientos culturales y políticos que recorrían Almería. La redacción de Ideal, sin embargo, fue un oasis de libertad en aquellos años del tardo franquismo a la democracia. La cadena de la Editorial Católica congregó en su redacción a periodistas como Miguel Ángel Blanco y Manuel Gómez Cardeña, claramente comprometidos con la democracia y la libertad. A lo largo de los años setenta, sus crónicas reflejan puntualmente la historia de la Transición almeriense. Las primeras noticias sobre asociaciones de vecinos, sindicatos democráticos, partidos políticos y asociaciones sociales vieron la luz en las páginas del diario Ideal. Todos los demócratas acudían a su redacción para informar de los conflictos, de las actividades culturales, de las reuniones, de las manifestaciones y de las huelgas. Sus redactores, el fotógrafo Pepe Mullor, Kike Urrea, o colaboradores de los pueblos de la provincia como Francisco Torregrosa de Albox y Antonio Torres de Los Gallardos, hicieron una apuesta seria por un periodismo veraz que favoreció el clima de libertades que se fue generando en Almería en los años que rondaron la muerte del dictador.
La ausencia de libertades hasta bien entrado el año 1977 hizo proliferar una frenética actividad de propaganda clandestina a través de los panfletos y octavillas que se realizaban en las célebres e improvisadas “vietnamitas”, o subrepticiamente en las multicopistas de las administraciones u organismos públicos o privados a las que personalmente los militantes de los partidos de la izquierda tenían acceso. En las huelgas de la pesca, por ejemplo, se llegaron a repartir unas 10.000 octavillas con una periodicidad casi diaria, confeccionadas en la multicopista de un organismo oficial.  La tirada de panfletos, el reparto clandestino de los periódicos ilegales como Mundo Obrero, El Socialista, Servir al Pueblo o Unidad Roja era un ritual iniciático arriesgado, pero en cualquier caso necesario para difundir las convocatorias, dar información de los conflictos obreros, de los movimientos democráticos de España y, ante todo, instrumentos fundamentales de captación militante.
Aquel puñado de jóvenes de la generación de los cincuenta, marcados por el espíritu del 68, supó romper el miedo y encararse por la conquista de la libertad en una Almería donde todo llegaba con retraso. Impulsaron movimientos culturales, feministas, vecinales, regionalistas, sindicatos, organizaciones de masas, partidos políticos y terminaron por crear el clima de ilusión apropiado para que Almería se incorporara a los movimientos democráticos presentes en las principales ciudades y núcleos obreros de España. El proceso abierto tras las Reforma Política y las especiales características de la Transición española, pactada entre el reformismo del régimen y los principales partidos de la oposición antifranquista, posibilita a buena parte de sus dirigentes ocupar cargos de representación política en los poderes locales, provinciales y nacionales de la nueva democracia. Otros quedaron tempranamente en el olvido. La Transición encumbraba nuevos líderes, en algunos casos desconocidos en las luchas por la libertad. El momento político y las exigencias de la Transición dejaban algunas ilusiones en el camino. Muchos de los amantes de la libertad recogidos en estás páginas pretendieron impregnar la nueva democracia de los valores históricos que defendieron los pioneros de la democracia republicana en España. No deja de ser significativo que cuando aún no estaban todos los partidos y sindicatos legalizados, el Ateneo de Almería celebrara un homenaje a Nicolás Salmerón en Almería y Alhama, del mismo modo que se hiciera en los albores de la II República, con la pretensión de recuperar para la nueva etapa democrática los valores y la figura carismática de uno de los almerienses pioneros de la democracia española. La asistencia masiva a los mítines de Santiago Carrillo y Felipe González en junio de 1977 en las naves de Saltúa era la señal inequívoca de que los esfuerzos realizados por este puñado de hombres y mujeres habían merecido la pena. La normalización democrática tras la legalización de los partidos y sindicatos, las elecciones generales y locales, la Constitución de 1978, el Estado de las Autonomías y la consolidación de la alternancia política pondrían las bases de la convivencia democrática, la búsqueda del bienestar y la modernización del país. Los vientos de libertad sin ira empezaban a hacer realidad un sueño para Almería y España.
   
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