Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
25 de septiembre de 2017
 

 
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  Ignacio Camacho
  Memoria en sepia de los años de plomo
  En la Sevilla levítica y oscura de los primeros años setenta, la foto en blanco y negro del Lute demacrado y herido, con el brazo en cabestrillo, subiendo junto a dos enjutos policías de uniforme las escaleras de la Comisaría, configura el retrato de época de una sociedad que se encuentra, como aquel Eleuterio Sánchez sucio, reventado y macilento, al final de una escapada histórica. Pero si la carrera del Lute significa el cierre de sus precarios caminos de libertad y el comienzo del tránsito hacia una asombrosa  transformación personal, los ciudadanos que en esos días contemplan la escena de la detención, mil veces repetida en noticiarios y periódicos de la época, se encuentran en el umbral de una transición inversa, en la que España se dispone a abandonar la vieja cárcel de su destino.

En esos días espesos de 1973 comienza la cuenta atrás de una secuencia en la que Sevilla va a virar del sepia al technicolor, de la memoria borrosa de los días eternos en la rutina de una libertad secuestrada a un horizonte incierto más allá del cuál se abre un generoso destino por escribir. Muy pronto el tiempo colectivo correrá mucho más deprisa; la sociedad acostumbrada al lento discurrir de las horas en la clepsidra de una calma tutelada se va a encontrar de golpe con el vértigo acelerado de su propia historia, con la intensidad cenital de una etapas que arden como hojarasca acumulada en las cunetas del pasado. Deprisa, deprisa.

En esa ciudad densa, mortecina, triste en la que brilla la mirada vencida del Lute, el alcalde Juan Fernández ha comenzado a colocar lámparas de vapor sodio y una marea de asfalto sepulta los viejos adoquines del pasado. Las grúas del tardodesarrollismo han comenzado a construir tres mil viviendas sociales en el Polígono Sur, la Feria se muda junto al viejo cauce de Los Gordales y un joven de Bellavista recorre el camino de Suresnes en busca del liderazgo clandestino de un viejo partido durmiente que se despereza entre el sopor de una generación abotargada por el exilio. Cuando el coche de Carrero Blanco vuela sobre los tejados del barrio madrileño de Salamanca, su pariente Mariano Borrero gobierna la anquilosada Diputación de Sevilla, y la vieja sociedad agraria dominante aún no comprende que ha comenzado a andar el reloj del futuro.

La memoria de esos últimos años de plomo es una larga sucesión de imágenes que se acumulan unas en pos de otras en una heterogénea sucesión de continuidades. En el andén de la estación de San Bernardo, los sindicalistas del Proceso 1001 –Soto, Saborido y Acosta– inspiran a fondo el aire recién recobrado de la libertad. Un Rojas Marcos desterrado asiste en Madrid a las reuniones de la flamante Junta Democrática. Los cuerpos de las víctimas de Los Galindos yacen al sol abrasivo de agosto en la campiña. La verja de la Universidad se cierra a cal y canto una mañana de febrero mientras los guardias corren a caballo por la vecina calle San Fernando. Las incipientes asociaciones vecinales marchan hasta Pineda a interrumpir el sereno partido de golf del alcalde Parias Merry. Y un viento de agitación viene del secarral campesino de la Sierra Sur para traer a la capital ecos del drama jornalero.

Son imágenes yuxtapuestas que en su desorden van relatando el tiempo de la fiebre de la libertad. En un palacio de la calle Cuna, el poderoso Javier Benjumea escucha de Felipe González los planes de un futuro democrático que Alfonso Guerra dice traer diseñado en una pizarra francesa. El periodista Juan Holgado entrevista a Isidoro horas antes de que el futuro presidente del Gobierno pase unas horas en el siniestro calabozo de La Gavidia. El Rey recorre las calles de una ciudad anclada por la que la víspera han corrido decenas de miles de personas pidiendo la amnistía entre una lluvia de palos de la Policía antidisturbios. En una iglesia de la barriada de La Corza, el siniestro comisario Beltrán apalea hasta el umbral de la muerte al cura obrero Casasola, mientras el cardenal Bueno Monreal grita al teléfono del gobernador civil. En el Casino de la Exposición, un exultante Rojas Marcos flota sobre un mar de banderas blanquiverdes bajo las que se palpa en el ambiente la atmósfera eléctrica de la libertad.

En el parque de María Luisa, el propio Rojas Marcos, junto a Luis Uruñuela, acudirá a una entrevista de química imposible con González y Guerra en busca de un acuerdo que se pierde en los meandros de la soberbia. Santiago Carrillo, mito polémico de la resistencia, se hace presente en la Dos Hermanas de Benítez Rufo con un mensaje de reconciliación nacional. Rafael Alberti crispa su blanca melena en el campo de fútbol de Morón con un poema sobre el destierro. Pérez de Lama, el último alcalde posfranquista, se despide con un simbólico acto inaugurativo que el periodista Antonio Burgos glosa desde el ABC en un artículo convertido en retrato de época: “El último pantano”. Será Luis Uruñuela, político caballeroso y bienintencionado, quien abra para la democracia las puertas de un Ayuntamiento convulso en el que las alfombras desprenden un intenso olor a naftalina. El Betis ha ganado un tórrido sábado de junio la primera Copa del Rey, y en un rincón de los jardines del Cristina un azulejo da testimonio de que a pocos metros nació el poeta Vicente Aleixandre, silencioso sevillano de ausencias y lejanías sobre cuya despejada cabeza ha recaído el laurel del Premio Nobel de Literatura.

La Junta de Andalucía, el gigantesco aparato de poder que veinticinco años después gestionará tres billones de pesetas, nace en un salón de la Diputación provincial donde el perfil seco, cuasi sacerdotal, de Plácido Fernández Viagas se sienta en un sillón prestado. El profesor Manuel Clavero levanta en el Gobierno la bandera de la autonomía, y acaba buscando fuera de la Moncloa el aire libre que necesita para ondearla al viento imparable del pueblo. Un pueblo que se rebela contra los inesperados cepos que atrapan las ruedas de la autonomía, un pueblo que se levanta con una conciencia inédita, quizás irrepetible, de ser protagonista de su propia historia. En ese desafío colectivo de la campaña del referéndum, las faldas de María Jiménez vuelan al frío de febrero mientras la mirada azul de Rafael Escuredo apunta por encima de las cabezas del gentío al inmediato territorio de la tierra prometida, y un obrero de la Renault de San Jerónimo sube al escenario donde se cuentan los votos ondeando entre lágrimas la bandera de un sueño que no se resigna al fracaso.

Y, bueno, hay un Papa ciego, apócrifo y esperpéntico en El Palmar, y otro real, visionario y magnético que reparte la bendición a un millón de fieles en un descampado del ferial conocido como la Calle del Infierno. Sonríe feliz el padre Javierre al ver volar las palomas sobre la estatua de Sor Ángela de la Cruz cuando el Rey de Roma baja vestido de blanco ante la puerta del convento de la Madre de los Pobres. El cura Diamantino, un santo secreto lleno de dulce energía, consagra vino peleón en las ocupaciones de fincas mientras los rastrojales de la Sierra Sur arden en la protesta campesina y Paco Casero negocia en un cortijo con el terrateniente López de la Puerta.

Una tarde azulada de febrero, un militar de alta graduación se asoma a la escalera de azulejos de la Capitanía General vestido de legionario con una botella de whisky en la mano. Cerca de allí, en una torre de la Plaza de España, el gobernador Sanz Pastor ha montado la pistola con un chasquido seco antes de dejarla encima de la mesa. Hay carros con los motores crepitando en Las Canteras, un general en el cine –ponen Casablanca– y otro azacaneando para detener la embestida de la barbarie. Cuando acaba el rigodón macabro del golpe de Estado, por la puerta del Congreso de los Diputados emerge la figura distinguida de Soledad Becerril camino del Consejo de Ministros, donde será la primera mujer que ocupe un asiento desde la guerra civil. Los sevillanos que conocen a Marisol Atienza aún no sospechan que al borde del cabo de siglo dejará una impronta de estilo y orgullo democrático al frente de un Ayuntamiento zarandeado por el crimen terrorista.

La historia de esta década convulsa está cuajada de hitos de dignidad humana. Los precitados Fernández Viagas, Clavero, Becerril, Escuredo, Uruñuela, el altivo Rojas Marcos que va y viene del desierto donde se pierde la grey andalucista con la bandera de Blas Infante en el arca de la alianza autonómica. Antonio Ojeda, primer presidente del Parlamento de Andalucía en una mañana de julio en que los tapices del Alcázar desprenden un intenso perfume alcanforado. Otero Luna, barbudo y sólido referente patronal que pilota al empresariado hacia una difícil modernidad no exenta de conflictos y tensiones. Rafael Padura, víctima inútil de un fogonazo de revolucionaria sinrazón enloquecida. Salvador Távora, que busca en las raíces del flamenco el espíritu de la antigua dramaturgia griega. Manuel del Valle, sinuosa estatua de perfil bajo llamado a cerrar desde la Alcaldía el tiempo de la transición para poner las primeras piedras de una normalidad definitiva. José María Rodríguez Buzón y Paco Molina, agitadores irrenunciables de una cultura siempre sospechosa en la ciudad sombría de los años de silencio. Javier Arenas, juvenil activista del centro democrático que lleva impreso en la cara el destino de ministro del Reino de España. Alfonso Guerra, el complejo y tortuoso jacobino, valido hiperactivo desbordado por su propia autoleyenda de imposturas, cuyo papel en el proceso del cambio acaso jamás llegue a cifrarse a ciencia cierta. Y, por supuesto, aquel hijo del vaquero de Bellavista que una noche de junio del 77, en el campo de la Feria, cuando la muchedumbre tiró por tierra las precarias cancelas del recinto de un mitin para ver de cerca al icono más refulgente del tiempo que se abría de par en par, extendió las mano para clamar como un demiurgo iluminado por el destino que “esas vallas las ha derribado el viento de la libertad”...

   
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