Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
17 de octubre de 2017
 

 
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  Francisco Romacho
  La frontera de los sueños
  A Jaén lo mataron dos veces: a los miles de muertos, bien muertos con sus sueños de libertad pudriéndose en las fosas comunes de los camposantos; a los vivos, sepultándolos con toneladas de olvido y miseria. La dictadura alcanza  aquí su paroxismo. No hay eufemismos que maquillen la maldita secuencia (represión-miedo-pobreza) con que la larga noche del franquismo se enseñorea desde Santa Elena a Marmolejo, desde Alcalá a Santiago de la Espada, desde Linares a Jódar, desde Jaén a Jaén, atrapada en un una espiral miserable. Una labor sistemática, precisa, se diría que de laboratorio, ejecutada sin piedad y sin tregua hasta los últimos objetivos plenos: analfabetismo, emigración y hambruna. Los negros indicadores (paro, renta, infraestructuras) son harto elocuentes del festín vengativo con que el régimen ha obsequiado a la provincia. Sólo hay uno que alcanza cotas sobresalientes: el de la podredumbre moral de sus dirigentes, consumidos en la vileza de su obediencia y en la cotidianeidad de su desidia. Todavía hoy, en los surcos de los rostros de los viejos temporeros, se puede apreciar nítida la huella de aquel terror cotidiano e interminable.

Suspendida en el tiempo,
Jaén desembarca en los setenta sin acariciar siquiera los ligeros cambios que el tardofranquismo opusino  ha ido arañando a la autarquía. Una Iglesia ultramontana y servil es el ama de llaves que tiene atrancada la puerta. Los estudiantes amanecen a Marx, Bakunin o Mao en Granada, Sevilla o Madrid y su rebelión en las aulas y las correrías delante de la Policía Armada quedan muy lejos del Paseo de la Estación. Sus barbas, sus melenas, sus pantalones de campana, el tabaco negro sin emboquillar y las delirantes versos de Eluard, las coplas de Moustaki  o las monocordes arrebatos de Paco Ibáñez se quedan para otras madrugadas, a cientos de kilómetros de un hogar al que ya muchos, una vez licenciados, no volverían. “Andaluces de Jaén” es el himno oficial de los cassettes y las guitarras, de las reuniones enfebrecidas por el romanticismo de la clandestinidad y hasta de los primeros cameos con los/as compañeros/as de la facultad. Pero en la ciudad y provincia los días se parecen, se persiguen unos a otros con la misma saña, sumidos  en mediocridad, gobernados por el pánico a que las cosas puedan cambiar.

El franquismo de boutique exhibe sus modernos modos de producirse en las monterías donde jerarcas, ministros y terratenientes dejan el rastro de sus limosnas veinte años antes de que Miguel Delibes concibiera sus Santos Inocentes. Es el sonoro contraste que explicita de forma casi cinematográfica la textura del régimen. Especial relevancia cobra en estos menesteres Ramón Palacios, que entiende tan bien el lenguaje de las escopetas que acaba estableciendo una suerte de comunicación espiritual con el poder (entonces El Pardo, hoy Génova) que no le ha abandonado hasta nuestros días. Es mérito personalísimo de Palacios, cacique por antonomasia y condición, alcanzar notables resultados gracias a sus desvelos como anfitrión de matanzas cinegéticas.

Peñamefécit y el Polígono Los Olivares son el resultado de unos cuantos ciervos baleados por el dictador, seguramente ante la cómplice sonrisa de doña Carmen Polo, con quien se dice tenía Palacios mayores facilidades de acceso. Entonces presidente de la Diputación, durante medio siglo verdadero jefe natural de la derecha de toda la vida, antidemocrática, protodemocrática y la de ahora, sería injusto negarle la eficacia del método: aún hoy desfilan por La Carolina bandadas de ministros y secretarios de Estado con la escopeta y el talonario en ristre.

A falta de infraestructuras, fábricas, educación, trabajo y libertades, a Jaén le florecieron, como a toda Andalucía, cantantes y toreros. Joselito, pequeño ruiseñor de Segura de la Sierra, nos tenía las mangas llenas de mocos y las pupilas enrojecidas. La España del twist, la minifalda y los primeros seiscientos supo de Linares por haber tenido allí lugar el alumbramiento de Raphael, de cuya sobrenatural afectación tardaremos siglos en recuperarnos. Amén de darle trabajo a legión de imitadores y maltrechos cómicos, Raphael agrandó el corazón del franquismo con aquellas matinés de beneficencia que de nuevo doña Carmen Polo nos obsequiaba por la mejor televisión de España. Cuando el muchacho (entonces lo era) se arrancaba  por el villancico titulado “El tamborilero”, rompopompom. rompopompom, bajando hasta el valle que la nieve cubrió y la esposa del dictador, digna en sus collares, solemnizaba el momento con leves inclinaciones aprobatorias, nuestras madres eran para entonces un mar de lágrimas y los niños queríamos un tambor, aunque fuera de hojalata. Por eso le perdonaron los dos fracasos de Eurovisión y esas películas ñoñas de infame recuerdo. Otro cantar, más de pueblo y en el pueblo, era Juanito Valderrama, cuya aguda voz nos ha dejado en el alma los compases de “El emigrante”. He visto a hombres como olivos de tres pies, con brazos como columnas y manos como mazos, derrumbarse de emoción oyendo a Valderrama en esas tardes del invierno alemán tan frío y negro que el amanecer parece enteramente un imposible. Juanito Valderrama es el héroe nacional de Torredel-campo hasta la eternidad. Linares vivía como una condena la tragedia de Manolete, encima de pobres, todos “isleros”, la irrupción de Sebastián Palomo Linares, una réplica ligeramente más moderada y  menos tremendista que  El Cordobés, le da sobrado protagonismo al chaval, que encarna como pocos la apoteosis del triunfo frente a la la muerte para huir de la miseria. Después llegó Karina, con su voz y su cara dulce merengada y la vida como su música, empezaba a ser un poco más amable.

Si Jaén sólo se explica desde la vasta represión, sus combatientes, los hombres y mujeres que se jugaron la vida para la recuperación de las libertades sólo se entienden desde la heroicidad. Su coraje es directamente proporcional  al celo con que la policía política destruye una y otra vez los intentos de reorganización. Detenciones, caídas masivas, palizas carcelarias. Los comunistas Rosario Ramírez, “la prima Rosario”, su compañero Cayetano Rodríguez y José el Rubio tienen acreditado en el cuerpo las muescas de su arrojo y su indomable vocación. Con ellos y con muchos cuyos nombres han desaparecido de la memoria, que fueron los primeros en intuir la frontera del sueño, de empujarnos hacia él, la transición jiennense tiene una deuda impagable. A partir de su sacrificio y su incesante actividad, el Partido Comunista solidifica una fuerza creciente en el Colegio Universitario, con Felipe Alcaraz  en el albor de su fecunda carrera política y la influencia  totémica de Ignacio Gallego, cuya melena blanca y su ancianidad revolucionaria le daban un sesgo casi sobrenatural. Manolo Molinos, Concha Caballero, Pilar García, Paco Zaragoza, Manolo Anguita (el que más trienios en la dirección) están en condiciones de tomar el relevo, en unos tiempos de agitación e incertidumbre no por menos duros menos arriesgados.

Los socialistas tienen en el destierro sevillano de Alfonso Fernández Torres y en las figuras históricas de Juan Zarrías Jareño, Cándido Méndez  Núñez y Julián Jiménez  sus héroes de resistencia; vidas de exilio y cárcel acuñadas al tozudo soñar con la frontera  que acabarían cruzando. De Fernández Torres y su influencia en el socialismo español de Suresnes a esta parte hay documentación en tomos. La mía es oral. Y la escribo como la recuerdo, Marcos Gutiérrez mediante. Alfonso Fernández hijo, de cuyo segundo apellido empezaron a circular chascarrillos cuando descarriló su militancia, tenía la notable virtud de hablar incesantemente de su padre. He pasado madrugadas, que se me antojaron brevísimas, (acabábamos de pedir unas copas y de pronto ya era de día) enganchado al preciso relato de Fernández Malo sobre aquella casa de Sevilla, el incesante deambular de jóvenes universitarios, los prosélitos Felipe González y Alfonso Guerra, las primeras escaramuzas de la lucha por el poder, Torreperogil como expresión redonda y cenital del socialismo jiennense, andaluz y federal.  Y tengo la absoluta certeza de que gran parte del PSOE, desde la foto de la tortilla en el Pinar de Oromana hasta la noche de los diez millones de votos de octubre del 82  estaba en los tuétanos de Fernández Torres. Como no podía ser de otra manera, Alfonso Fernández, hijo, acabó encontrando en su ejemplar, por desmesurada, devoción por el flamenco una compensación emocional que hiciera más soportable las toneladas de sensaciones y vivencias que había acarreando a la sombra y en la memoria de su padre.

Gaspar Zarrías, destetado en el socialismo de resistencia y combate, tiene en su código genético la fortaleza que le hace ubicuo y trino, directo y demoledor, superviviente y actor de las conspiraciones a favor y en contra que tanto desalientan a sus enemigos y desconciertan a sus cercanos. La explicación es tan compleja como el mecanismo de un chupe: Gaspar es un político químicamente puro; nada de cuanto se mueva y tenga titular o entradilla le es ajeno y es ahí donde gana por la mano quimeras orgánicas e inorgánicas y lustros que son decenios de gestión. Y al fondo de ese batallar incansable, en algunas de esas concesiones que nunca le hace a los sueños, está, ahora más que nunca, la figura de Juan Zarrías Jareño. En la pasta del hablar de Cándido Méndez hijo, en sus gestos sin aspavientos que se resuelven en huelgas o convenios, en su lenta pero irresistible ascensión a los cielos de la UGT en la que parecía que Nicolás Redondo iba a ser eterno, está milimetrada la manera de proceder de Cándido Méndez Núñez, que dejó para el lapidario de la transición una de las más hermosas paradojas de la recuperación de la democracia: “lo peor de  las campañas electorales, es lo sucias que me dejáis las calles”. Había luchado como el que más por las libertades. Pero era el concejal de Limpieza.
      
La frontera del sueño jamás se hubiera alcanzado sin Linares, sin Julián Jiménez, sin José María Sánchez, sin los “pelayerros” de Santana, que atravesaron la tela metálica del fascismo en busca de la dignidad política y sindical con tanta firmeza que formaron el frente de candidatos del setenta y siete. Excepto Alfonso Fernández Torres y Juan Díaz, el resto de la candidatura completa al Congreso vivía allí. El PSOE ha encontrado en la provincia de Jaén un auténtico chollo: la agrupación más numerosa, una fortaleza capaz de sumar muchas voluntades en los procesos orgánicos; una máquina inagotable de  victorias electorales y de  políticos de exportación, especialmente a Sevilla, donde ocupan puestos del más alto nivel en la nueva concepción del Estado autonómico: Antonio Ojeda, Leocadio Marín, Gaspar Zarrías, Julio Artillo, los hermanos Recio, Antonio Pascual... el chollo se completa con una notable facilidad para recibir cuneros: Miguel Boyer y Fernando Morán, dos personajes antitéticos, que vistos desde la distancia confirman lo acertada que estaba la gente con sus trazos gruesos. Orgánicamente, los socialistas de Jaén tampoco se pelean de manera muy ortodoxa, al modo de baronías y corrientes internas. Si bien sus adscripciones teóricas parecen claras, (calahorristas, borbollistas, guerristas y Marcos Gutiérrez, secretario general de su mismidad en Izquierda Socialista), las formas de aliarse para desbancarse o promoverse dejarían perplejos a cualquier observador. Aquella aventura del doctor González Duro, que puso la ciudad al alcance de los locos, hubiera encontrado deliciosas analogías en manos de algún analista travieso.

En el llamado centro, la heroicidad consistió en dar el pego. Como Enríque Martínez Cañavate, el gobernador que dejó los uniformes falangistas por el centrismo purificador de una tarde para otra, a imagen y semejanza de Suárez. En Jaén todo fue a imagen y semejanza de Suárez, fulgor y victoria, derrota y cierre, salvando a Landelino Lavilla, otro cunero importado que daba aires de elegante pasarela, una manera de decirlo, a su recorrido por los tajos aceituneros. Y mira que es bueno el aceite de Lérida. Y a Fernando Arenas de Buey, de singular fineza humorístico/parlamentaria cuya pérdida política lamentamos los periodistas con largueza.  Y a Félix Martínez, el que apagó la luz y entregó la llave (a la vecina), cuya frase “UCD dejó de funcionar en Jaén sin notificación oficial alguna” produce una desazón infinita, una soledad de secano y viento, un desconsuelo interminable y crepuscular.

Antoñito Hernández Mancha y Gabino Puche tienen el exclusivo mérito de haber convencido a Fraga del desvarío ucedista en el referéndum del 80, sin duda otra heroicidad de rango mayor, que les valió para reinaugurar una derecha que hasta entonces sólo había cosechado votos como portazos. A Hernández Mancha le sirvió tanto que se pasó de revoluciones y nos lo desgraciaron para siempre con aquella moción de censura. Gabino ocuparía, por mé-ritos propios, un papel estelar en Andalucía y su moderación y sentido común aportaron serias dosis de acuerdo en la profundización del modelo autonómico. En el andalucismo, Pilar Palazón recibió mecho menos que lo que su coraje y capacidad habían sembrado en el 79, mientras subían desde Sevilla, Guadalquivir arriba, rumores de batalla entre Pacheco y Alejandro.

Manuel Andujar se murió un 14 de abril, que para un republicano exiliado ya es morirse. Ahí pudo certificarse una transición. O cuando Manuel Angeles Ortiz, con Miguel Viribay de muñidor, recibió la medalla de oro de Jaén. Pero para mí que la transición se terminó el año que apareció Expoliva y se moría UTECO, la frontera en la que el fiasco monumental del hermanísimo Solís, aventurero amarillista, y su telaraña de financiaciones sospechada, incluida el tejerazo, se abrió para dar valor añadido a una producción tan ingente como indigente y escurridiza. En ello habrá que citar sobretodos a Terrados, Hermenegildo, que era de los de la bendita hermandad de la insistencia. Los rebrotes nostálgicos, en unas tierras donde el peor de los autoritarismos había cazado a sus anchas, vinieron, cómo no, de la parte del cacique Palacios: don Ramón se explayó en el reclamo de un “nuevo amanecer”, con esa retórica de empalago que le retrata, y el periódico Jaén, recién repoblado de alevines incansables y trotamundos  a los mandos de Felipe Pedregosa le aguantó a pié firme las amenazas y los pleitos. El viejo amigo del dictador estaba literalmente pasmado.

En efecto, ya casi nada, tal vez sólo él, era como antes. Más allá del 84 y en Úbeda mandaba Arsenio Moreno; en Linares, Alfredo Catalán; en Martos, Antonio Villargordo, en Torredonjimeno, Miguel Anguita, que aguanta de alcalde dos siglos y tenían que incluirlo en algún catálogo de especie política protegida. En Jaén estaba casi sin estar Emilio Arroyo, cuyos días de alcalde le iba contando José María de la Torre por encargo de Cristóbal López Carvajal, gran hacedor de vidas y destinos, fueros y desafueros, máxima concentración de poder (democrático)  de la que se haya tenido noticia en Jaén durante más de una década. Era Cristóbal un tipo duro, de fuertes convicciones y escasa cintura pertrechado en un equipo habitual que marcaba con el aliento el cogote del adversario, de los periodistas y, como mandan los cánones, de los compañeros de partido; verbigracia Fernando Calahorro, que tuvo expulsión de ida y vuelta. Era inolvidable la alineación: Manuel Urbano y Morente, en la asesoría mediático/sociológica; Agustín Colodro, provincia; García Vico, partido; Arturo Azorit, Junta; Ignacio Ortega, cultura y suplementos; José María de la Torre, ayuntamiento, quiero decir Alcaldía. Mientras las estrellas de la última transición (Ojeda, Zarrías, Leocadio) sobrevivían a sus duros menesteres capitalinos, Cristóbal iba cerrando un cerco por el que no pasaba el pelo del bigote de una gamba sin su información ni consentimiento. No es menos cierto que a veces Ortega, Ignacio, de naturaleza bondadosa y despistada, bajaba la guardia y contaba algún gazapo por su cuenta y riesgo o incluso tomaba decisiones. Las voces se oían en los sótanos del palacio presidencial.

Nosotros los de entonces (el plural es por Avendaño, Olmo y todos los demás), cruzábamos la frontera para subir y bajar a la Luna después de cerrar el periódico, con el juvenil arrojo de no haber dado parte a autoridad competente alguna. Y con Joaquín Sabina, orgullo de La Loma y de la movida, en la radio y en los labios. Otros muchos como nosotros, en peores circunstancias aunque no sé si con menos medios, habían puesto las teclas de sus corazones a trabajar por la libertad, codo a codo con los políticos, y a veces a su pesar. Antonio Ramírez, Juan José Fernández Trevijano, Pepe Gutiérrez, Fernando Arévalo, Antonio Garrido, Manolo Ruiz de Ada-na, estuvieron antes y después y bien que hicieron su parte. Del cura Esteban Ramírez y su contribución sobreabundante hay decenas de testimonios en este libro. La mía, como siempre, es personal. Son también míos sus nombres más queridos (Juanjo, Aurora, Alejandro) y suyos mis compañeros (Codina, Espejo). Entre todos hizo que mi periódico, el posesivo es sentimental, se parezca cada vez más al que queríamos.

La tierra de nadie, la tierra de paso, es ahora el cruce de todos los caminos, de todos los lugares posibles. Desde su transición, Jaén es la frontera de los sueños.


   
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