Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
19 de noviembre de 2017
 

 
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  José María Vaz de Soto
  Vivencias de la Transición
  Fueron años de mucha esperanza, pero también de bastante miedo. Hay una coplilla sentenciosa de Antonio Machado, una especie de adivinanza que casi nadie entiende:

El que espera desespera,
dice la voz popular.
¡Qué verdad tan verdadera!
La verdad es lo que es
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.

¿Cómo se puede pensar al revés esa “verdad tan verdadera” del primer verso, “el que espera desespera”? Pues muy sencillo, cambiando el sujeto por el predicado y el predicado por el sujeto, o sea, invirtiendo los verbos: “El que desespera espera”.

Me he acordado de estos versos del gran poeta republicano al ponerme a escribir sobre aquellos años de la Transición. El poemita de Machado tiene más bien una lectura religiosa o metafísica, pero puede asimismo aplicarse a las vivencias de aquella coyuntura política en que tantos españoles nos debatíamos entre el temor y la esperanza, entre la espera y la desesperación.

Para mí, tal como yo lo viví y hoy lo recuerdo, el tiempo de la Transición va desde la enfermedad cardíaca de Franco a fines del verano de 1975 (era el segundo amago tras la flebitis y consiguiente hospitalización del verano anterior) a la victoria electoral de los socialistas en octubre de 1982, y sus dos grandes hitos, sus dos fechas para la historia y para el recuerdo indeleble de los que las vivimos de adultos, son el 20 de noviembre de 1975 y el 23 de febrero de 1981.

Agonía onírica. Hay un antes y un después de la muerte del dictador. Aquella agonía onírica que duró cerca de un mes fue un tiempo de incertidumbre para los que esperábamos el cambio y lo hacíamos depender de aquel acontecimiento al que desde años antes ya se aludía eufemísticamente como “el supuesto sucesorio”. Yo puedo testimoniar haber oído con bastantes meses de antelación que Franco moriría el 19 de noviembre de 1975. Era una profecía cabalística para los que veían en el casi eterno caudillo al principal responsable de la guerra civil, resultado de la suma del día en que la guerra comienza (18-7-36) y el día en que acaba (1-4-39). Sumen ustedes los días (18+1), los meses (7+4) y los años (36+39) y encontrarán la fecha señalada en la que Franco debía rendir cuentas y en la que más o menos las rindió: 19-11-75 (esa noche, ya en horas del 20 de noviembre).

Fueron jornadas terribles, todos pendientes de la televisión oficial, del “parte médico” y de toda clase de rumores extraoficiales, y es seguro que miles, quizá millones de españoles, cometieron el contradiós de tener que desear la muerte de un ser humano, mientras otros rezaban sin duda por su restablecimiento. A partir de aquella fecha, el dilema político que se ofrecía a los ciudadanos de este país era ruptura o reforma, sin olvidar otra alternativa menos probable pero más temida: continuismo o guerra civil. A lo largo de los tres años siguientes, 1976, 1977 y 1978, la brújula política, hábilmente imantada por los sectores reformistas del régimen, fue orientando el cambio hacia la reforma y la Constitución. Hubo mucha moderación en ambos lados de la trinchera política y el resultado fue que el régimen autocrático, la dictadura franquista, desembocó sin traumas en una democracia formal (victoria de la oposición) sin romper la legalidad ni modificar el sistema socioeconómico del régimen cancelado (victoria del reformismo franquista).

Siguieron luego unos años, con el Gobierno de la Unión de Centro Democrático (UCD) y Adolfo Suárez, es decir, con los herederos del franquismo aperturista en el poder, dirigiendo una política de centro y democrática tal como anunciaban sus siglas, aunque los partidos de izquierda y, en general, los ciudadanos que representaban actual o potencialmente la oposición del régimen anterior acusaran con frecuencia al Gobierno de derechista e incluso de nostálgico del franquismo, como en aquella ocasión en que Alfonso Guerra soltó algo así como que Suárez estaría dispuesto a entrar en el Parlamento a la grupa del caballo de Pavía.

El golpe. Hoy vemos con claridad que eran otros los que espoleaban a tales caballo y caballero, de modo que éste (si se le puede llamar caballero a un tal energúmeno de bigote y tricornio) acabó por entrar a pie en el Parlamento aquel inolvidable 23 de febrero de 1981, fecha tan señalada o más que la del 20 de noviembre de 1975 en las vivencias de la Transición de las penúltimas generaciones de españoles.
He llamado “inolvidable” a la fecha pensando sobre todo en los que vivimos aquellas dramáticas horas siendo considerados públicamente de izquierdas, como quien esto escribe que, desde la independencia, firmaba por aquellos meses un artículo semanal en El Socialista, la revista del PSOE. Y bien que recordé aquella noche, lo confieso, el publicado la semana anterior, en el que había increpado, incluso incriminado, ni más ni menos que al teniente general que en la toma del Congreso se supuso que iba a desempeñar el papel de “elefante blanco”. Recuerdo que telefoneé a los de la redacción en Madrid y me dijeron que habían retirado los archivos de la revista pero que, en mi caso, por ocupar en la misma una página semanal con nombre y foto, me aconsejaban no dormir en casa. Yo no dormí ni en casa ni en ninguna parte, porque no pegué ojo en toda la noche, pero aguanté a solas en mi domicilio, pegado a la pantalla del televisor, lo que, sin duda con la misma incertidumbre, entre el temor y la esperanza, aguantaron otros en el ocupado Parlamento o en el domicilio de algún amigo.

No me resisto, para completar mi evocación del clima de la época en su punto más crítico, a transcribir unas líneas de mi artículo de El Socialista en forma de diálogo con el teniente general Fernando de Santiago y Ortiz de Mendíbil, autor a su vez del artículo ‘Situación límite’, publicado en el diario El Alcázar dos semanas antes del golpe de Estado del 23-F y considerado por los partidos democráticos como un verdadero llamamiento a la sublevación militar. (Fernando de Santiago había dimitido como vicepresidente del primer Gobierno de Suárez en 1976, a raíz de las medidas para normalizar la actividad de las organizaciones sindicales.) En mi ficticio diálogo de El Socialista, el general se presentaba a sí mismo como “Don Santiago y Cierraespaña”. Su interlocutor (Critilo, un personaje inventado por mí para estas lides) le pregunta:

– Se considera usted un valiente, ¿verdad?
– Lo soy. Especialmente, si se trata de luchar por la Patria.
– Y si lleva usted pistola, claro. Usted cree, al parecer, que los que llevan armas, aunque sean muchos menos que los desarmados, tienen el privilegio de decidir lo que es “intolerable y vejatorio” [palabras tomadas del artículo de El Alcázar] y si hay que “salvar a España” [id] por enésima vez.
[...] – En nuestra historia –contraataca (sin metralleta, por el momento) don Santiago– hemos vivido momentos tan difíciles como el presente, pero siempre, en situaciones parecidas a ésta, hubo españoles que rescataron y salvaron a España [siguen siendo palabras literales del citado artículo de El Alcázar].
– Eso puede que sea una opinión incluso respetable; pero no es otra cosa que “su” opinión, mi general –replica Critilo–. A mi modo de ver (tan legítimo y patriota como el suyo), no la rescataron, sino que la secuestraron y la amordazaron, y no la salvaron, sino que la condenaron y la masacraron. Yo soy un ciudadano español como usted, señor; tan patriota como pueda serlo usted, señor; y tengo tanto derecho a tener mis propias opiniones como usted, señor. Si usted me pega un tiro por tenerlas, comete usted una canallada tan imperdonable (y yo, desde luego, no sería quien se la perdonara) como si el tiro me lo da la ETA. Si no aceptamos la voluntad del pueblo expresada en las urnas, sólo queda el argumento de la lucha armada, el lenguaje de las metralletas, y ustedes, los que llevan armas legal o ilegalmente, tienen la palabra para “salvarnos” o... para prender otra vez fuego a España por las cuatro esquinas del mapa.

Era, si por acaso hubiera triunfado el golpe, mi último ejercicio del derecho al pataleo, pero quién sabe si no era también poco menos que mi sentencia de muerte en el caso de que las cosas hubieran salido bien para los golpistas y yo hubiera caído en sus manos aquella noche que nos hizo rememorar a muchos –incluso entre los que no habíamos nacido por entonces– el 18 de julio de 1936.

Lejos de Madrid. En las pequeñas capitales de provincia como Huelva, y en los pueblos de la España interior o de la Andalucía profunda, como los de nuestra provincia, muy alejados de Madrid en tiempo, espacio e información, se vivieron aquellos años sin saber muy bien por dónde iban las cosas ni cómo iban a acabar. Para el ciudadano medio con ideas políticas, la única verdadera y palpable novedad estaba en los periódicos y revistas, paulatinamente desamordazados a lo largo de los tres años preconstitucionales o, lo que viene a ser lo mismo, de la Transición propiamente dicha. Luego, durante las elecciones de junio de 1977 se visualizó algo más el cambio. Yo recuerdo que la revista Triunfo me encargó una especie de reportaje electoral en un pueblo andaluz de mi elección. Pensé primero, con la querencia, en la provincia de Huelva, en Lepe o en Ayamonte, pero luego, por acercarme al centro geográfico de lo que más tarde habría de ser nuestra comunidad autonómica, alguien me aconsejó que escogiese un pueblo de Córdoba o de Málaga y acabé decidiéndome por Archidona. Y allí que me fui con mi cuaderno, mi bolígrafo y mi cámara fotográfica. Creo que aquella experiencia de Archidona cabe extrapolarla a otros pueblos andaluces de parecidas dimensiones, aunque de electorado tal vez más conservador, como los citados Lepe y Ayamonte, o incluso la misma Huelva capital.

Transcribo a continuación el diálogo que mantuve con un camarero archidonés recogido en mi reportaje para la revista Triunfo (número de 11 de junio de 1977):

– Oye, ¿y qué tal está el pueblo de ambiente político? –le pregunto–
– Está que arde –contesta–. Hemos tenido hasta un atentado: un petardo que le pusieron a un autobús por haber llevado gente al mitin comunista de Málaga.
– O sea, que no os priváis de nada.
– No, aquí tenemos de todo. Desde gente del Frente Anticomunista hasta de la CNT.
– Y tú ¿qué opinas? ¿Por quién piensas votar?
– Hombre, yo soy militante del PC.
– ¡Ah, sí? ¿Y cómo te llamas?
– José de la Torre Guerrero.
– Pues mira, estoy haciendo un reportaje sobre las elecciones en Archidona: ¿te importa que diga que eres comunista?
– ¿A mí? ¿Por qué me va a importar?
– Hombre, no sé. Te lo pregunto. ¿Es que no hay gente con algo de miedo en este pueblo?
– ¡Uf! Con miedo, no; ¡cagaos! Pero no es un pueblo muy de derechas, eso no. A los mítines de la derecha sólo van cuatro gatos. Los dan en el tele-club. En cambio, nosotros hemos alquilado el polideportivo para mañana.
– ¿Hay un mitin mañana?
– Sí, un mitin de presentación del Partido Comunista.

Se veía que la cosa estaba en ebullición, y eso que la tarde de mi llegada a Archidona faltaban aún unos días para el comienzo de la campaña electoral. Conocí también –cosa casi impensable ahora, en nuestro siglo XXI– a unos obreros anarquistas. Me contaron que la CNT del pueblo no desapareció con la guerra civil, aunque reconocían que los trabajadores del campo estaban ya, por las fechas de mi reportaje, algo apartados del movimiento obrero. Los que hablaron conmigo trabajaban en la construcción. En Archidona, tras el cierre de las yeserías que hasta poco antes proveían las construcciones de la Costa del Sol, no había otra cosa: en invierno, la aceituna, y en verano, cuando había trabajo, la construcción. Por cierto que aquel invierno, en enero, se había producido la primera huelga de aceituneros andaluces. En noviembre del año anterior se había celebrado ya la primera manifestación obrera en cuarenta años de paz, a la que siguió una plataforma reivindicativa y la huelga del campo. Lo más duro para las autoridades y fuerzas vivas archidonesas era, al parecer, que los cuatro jóvenes curas del pueblo apoyaban a los trabajadores, más quizá a los de la CNT que a los comunistas. Ellos mismos me lo dijeron así y me hablaron bien de los curas.

Hubo también por aquellos días, en la vecina Antequera, un mitin del PSOE para el que se repartían octavillas en las calles de Archidona. Pregunté al repartidor si había en el pueblo algún militante del PSOE y me contestó que no lo sabía (él, por lo visto, no lo era). Para compensarme, me dio una hoja de propaganda con la imagen fotogénica y hollywoodense de Felipe González, y otra, con un lema acerca de la enseñanza gratuita y una foto de niños también muy fotogénicos, quizá un poco demasiado rubios para ser españoles; casi se diría, puestos a pecar de maliciosos, que eran alemanes, quién sabe si incluso nietos de Willy Brandt.

Observé también que los comunistas y andalucistas del pueblo (socialistas entonces, del PSA), aunque se embromaban entre sí y discutían de vez en cuando, se llevaban bastante bien entre ellos. Por último, cuando surgió el tema de los ultras, me contaron que había una Casa de la Juventud, antiguo cuartel de Falange y Sección Femenina, en cuyas paredes seguían colgando fotos de José Antonio y otros líderes en pose combativa, en plan dialéctica de los puños y de las pistolas, con correajes y botas paramilitares.

En fin, este venía a ser, en plena Transición, el ambiente electoral de 1977 en los grandes pueblos agrícolas de Andalucía, incluidos los de la provincia de Huelva. ¿Iba a salir todo bien? ¿Sin que nadie sacara los pies del plato ni rompiera la baraja? ¿Pasaríamos de la dictadura a la democracia sin oír un solo tiro, sin que se desatara el odio ni corriera la sangre? No podía saberse. Hubo elecciones. Hubo Constitución. Hubo nuevas elecciones. Hubo graves problemas internos en el partido del Gobierno con final dimisión de su presidente. Hubo amagos de golpe, intentos de golpe, golpe triunfante –con tiros, pero sin sangre– por unas horas en la noche del 23-F, nuevas elecciones y, por fin, el triunfo electoral del PSOE en1982 que vino a cerrar con el asentamiento definitivo de la democracia lo que hoy llamamos Transición y que los que la vivimos nel mezzo del cammin di nostra vita como el que suscribe, y que antes habíamos vivido la larga noche de piedra del franquismo, dimos y damos como punto de llegada, esto es, como feliz, definitiva e imperfecta solución a los males de esta sufrida tierra.
   
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