Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
26 de marzo de 2017
 

 
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  Javier Torres Vela
  El triunfo de la Granada abierta
  I. La memoria. No es una tarea sencilla para nadie recordar casi tres décadas después sucesos que marcaron de forma decisiva e irreversible su futuro. Si siempre hay un inevitable pudor a la hora de revelar  vivencias que forman parte de la memoria más íntima y apreciada, hacerlo, además cuando uno está al frente de responsabilidades políticas en el presente, supone aceptar algunos riesgos, comenzando por reconstruir el pasado en función de los intereses del presente. A pesar de ello, me animo a escribir de mi experiencia personal en la Transición por dos razones: Primero porque quienes me lo solicitan son un grupo de periodistas y amigos que estaban tan comprometidos como lo estábamos los políticos en terminar con la dictadura y comprometidos con lo que hoy sabemos que fue la transición, o mejor, la doble transición: la que nos llevó de la dictadura a la democracia y la que transformó profundamente el estado centralista en un estado de las autonomías, hecho este en el que Andalucía jugó un papel fundamental. Periodistas que establecieron las complicidades necesarias con los políticos demócratas, porque compartíamos los  objetivos, se arriesgaron por ello, minimizaron nuestros errores y propagaron con entusiasmo las ideas fuerza que nos permitieron abrir espacios de libertad. Hoy esa complicidad no existe ni es deseable, pero algún día tendremos que recordar que esa complicidad fue uno de los elementos que contribuyó al éxito de la transición. La segunda razón, que me ha llevado a escribir sobre mis vivencias, es la existencia ya de unas nuevas generaciones que no vivieron directamente la Transición, que la ven como batallas de sus mayores, sin apenas significado para ellos mismos. Por eso, reconstruir lo acontecido en la transición y proyectar los valores profundos que lo motivaron es una obligación del presente, tanto porque probablemente ha sido el éxito colectivo más importante que los españoles hemos tenido en varios siglos, como porque fue posible por la acertada gestión de la enorme energía acumulada por varias generaciones de españoles, energía cargada de creatividad, generosidad, moderación.

II. Granada en sus señas de identidad.
Hay un debate intenso en Granada sobre las características de nuestra gente, el “ser” de Granada. En mi opinión, Granada es explicable en términos de pluralidad, de la existencia de dos actitudes, dos almas que pugnan por dominar el ambiente granadino, por imponer su visión. La una, profundamente conservadora, indolente, que se recrea en las bellezas muertas y que piensa que todo cambio es un agravio, provinciana y refractaria al progreso, es la Granada cerrada, que contempla la Capilla Real como el súmmum de nuestra historia y a partir de ahí decadencia, eso sí, gestionada por ellos. Pero hay otra Granada, vitalista, cosmopolita, creativa, abierta a las corrientes más innovadoras, solidaria y progresista. Mejor que yo, lo ha dicho Antonio Jara: “La fragilidad de nuestro actual tejido social bien pudiera estar inducida y ser consecuencia de dos actitudes intelectuales, vitales y también sociales, irreconciliables, que alguna vez he simbolizado como el enfrentamiento entre la Granada bella, eterna y muerta de Ganivet y la Granada humana, histórica y viva de Lorca”. El mérito de la transición en Granada es que fue el triunfo de la Granada abierta. La energía que esta Granada había acumulado, el aprendizaje que había realizado, con la explosión de libertad que supuso la transición nos preparó para la explosión modernizadora que recorrió Granada a lo largo de los años ochenta.

III. Obreros y estudiantes: las puntas de lanza. La década de 1970 fue especialmente delicada en Granada, que comenzó con los peores augurios, con tres obreros de la construcción muertos a tiros por la policía cuando se manifestaban pidiendo mejoras en su convenio colectivo. El fantasma de la represión se hizo visible de nuevo en su máximo grado. En una provincia donde la represión tras la guerra civil había sido extrema, estos hechos cayeron como una pesada losa, pero hay una Granada resistente que no está dispuesta a retroceder. El movimiento obrero se reorganiza, con complicidades y apoyos en grupos antaño impensables, como fue un importantes sector de la Iglesia católica, que llegó a permitir un encierro en la Catedral. El movimiento universitario se lanzó a la palestra política en el curso 70-71 con una primera gran huelga, de resultados escasos que deja maltrecho al movimiento estudiantil por unos cuantos años. En aquellos momentos se estaban dibujando los contendientes de esta primera fase de la transición. Una Granada oficial, institucional,  que se siente segura y convencida de las esencias del régimen y de su perdurabilidad.  Su seguridad  la pagamos en términos de represión y en algunos desmanes que todavía son visibles: la destrucción de la Avenida de Calvo Sotelo (hoy afortunadamente denominada de la Constitución), que arrasó uno de los bulevares más hermosos que tenía impresionado en mi retina desde niño y que después encontré en París; el Carmen de los Mártires, el edificio del Banco de Santander y otros desmanes varios cometidos –ironías  de  la  Historia–  por  los  guardianes  de  las  esencias  de la Granada eterna, que destrozaban elementos que identificaban la Ciudad, en nombre de un progreso que hoy sabemos falso y reaccionario.

Pero otra Granada iba apareciendo. El movimiento obrero, con predominancia de los líderes comunistas –cuánto te debemos, Paco Portillo– se reorganizaba. CC OO. aparecía y empezaba a practicar su táctica entrista en los sindicatos verticales, obtenía complicidades importantes en sectores de la Iglesia, el movimiento obrero de inspiración cristiana tuvo gran importancia en esta época. De él saldría posteriormente el núcleo inicial de UGT (Daniel Maldonado, Juan Cuenca...). Por otra parte, la Universidad comenzaba a ser un hervidero, proliferaban organizaciones izquierdistas resultado de múltiples escisiones del PCE (El PCE.i y su organización juvenil, la Joven Guardia Roja, la LCR de orientación trotskista, el MCE, la OIC...). Los que no éramos comunistas tardamos en encontrar organización y nos adscribíamos a unas organizaciones que se llamaban las Plataformas Unitarias, que de esto último tenían poco, pues ninguna de las grandes organizaciones pertenecían a ellas.

IV. Los socialistas. Habían sufrido muy duramente la represión tras la Guerra Civil y empezaban a reorganizarse. Exiliados, encarcelados, escondidos esperaban  los contactos para la reorganización. Estos aparecieron a lo largo de 1973, tras varios intentos fallidos a final de los sesenta y comienzos de los setenta. La casa de Pedro Fornell  en Haza Grande se fue convirtiendo en un testimonio vivo de la época; por allí pasaron gente que luego tendría un papel público de primera fila, como Alfonso Guerra. Hasta el último trimestre del 74 no contacté con el PSOE, partido que buscaba desde que leí “Mi viaje a la Rusia Sovié-tica”, de Fernando De los Ríos, y al que me afilié en 1975. Allí encontré personas de enorme valía, como María Izquierdo, Juan Sainz, Ángel Díaz, Mariló García Cotarelo, Maite López Beltrán y otros. La represión nos llevaba a orientar nuestra acción hacia las actividades culturales, como medio de ganar espacios de libertad. Proliferaron los cine-clubes, en los que proyectábamos todo lo que caía en nuestras manos, desde El acorazado Potemkin, de Eisenstein, hasta La sangre del Cóndor de Sangines. Recitales de música en los que Elisa Serna nos hacía salir gritando amnistía y libertad. También tuvimos complicidades. Un joven rector, que después haría fortuna en la política nacional e internacional, Federico Mayor Zaragoza, que sentó el sagrado principio de que la policía no podía entrar en los recintos universitarios sin la autorización de la autoridad académica. Representó en él a otros muchos que, sin estar en el bando de la izquierda, permitieron con un talante liberal la reorganización del movimiento estudiantil que, junto al movimiento obrero granadino, fueron las puntas de lanza que prepararon el terreno para la explosión de libertad en que se convirtió la transición. Esta alianza que se dio en otras partes, en Granada fue determinante, seguramente por la importancia que tenía, y tiene aún hoy la Universidad, pero además porque impregnó el espíritu de la transición granadina, tiñéndola de un contenido cultural que enraizaba con lo mejor de nuestra tradición.

V. Hitos.
Granada tiene un hito en la historia de la transición en España. Hito que representa mejor que nada el espíritu de la Granada abierta. “El cinco a las cinco” de junio de 1976. El homenaje a Lorca en Fuente Vaqueros. Hito por lo que significaba: Homenajear al poeta el aniversario de su nacimiento suponía romper el silencio que la dictadura había impuesto sobre uno de los exponentes más preciados del cosmopolitismo y universalismo granadinos, un representante de la genialidad no encorsetable, de la libertad en definitiva. Pero hito también porque explicitaba la alianza que tácitamente se había ido gestando en los últimos tiempos. Las organizaciones de la izquierda política, agrupadas ya en la Platajunta, con sectores moderados del centro y la derecha. Leer hoy la lista de los convocantes del cinco a las cinco ilustra bien esta afirmación. Pero hito también porque puso en evidencia la incapacidad de la dictadura y de la Granada oscura de parar la energía que la ansia de libertad había generado. Quisieron prohibirlo, no pudieron, lo limitaron a 30 minutos y consiguieron convertir a Granada en el símbolo de la reivindicación de libertad, que se proyectó a todo el mundo.

Políticamente ese punto de encuentro entre las fuerzas políticas de la ruptura y las de la reforma se había dado en una feliz iniciativa promovida por dos abogados que habían colaborado con la izquierda, el liberal Jiménez Blanco y el inclasificable –salvo como demócrata comprometido– Jerónimo Páez. Juntos promovieron un "club" para el debate y el diálogo político y social, el “Club Larra”que pienso, transcurridos más de 20 años, que fue una de las iniciativas más trascendentes de la transición granadina. Porque puso en contacto a una izquierda que venía de la clandestinidad, fuertemente ideologizada, con una clara debilidad organizativa y fuera de la realidad sociológica, con una derecha que había comprendido que el régimen tocaba a su fin y con él el “España es diferente” y necesitaba legitimarse para los tiempos nuevos. Y lo hizo promoviendo un debate plural de todos los sectores políticos que aparecían entonces, trayendo a Granada a referentes nacionales, abriendo Granada al debate político. El Club Larra tuvo una aportación todavía más importante, quizás la última que recuerdo, quizás porque con aquello justificaba su existencia y después como otras buenas iniciativas de la transición languideció. La iniciativa fue en los meses previos a las elecciones de 1977. Nos convocó J. Páez a una cena en el restaurante Sevilla, mimosamente preparada por Juan Luis Álvarez. Allí nos sentamos José Vida Soria y yo mismo por el PSOE, Damián Pretel y Jaime Ballesteros por el PCE, Juan Santaella Porras por el grupo de Arturo Moya, Eladio J. Fernández-Nieto por el PSA, Luis Angulo Montes, Antonio Iglesias y Delfín Velasco por los grupos que luego fundarían la UCD, Daniel Maldonado por UGT y Pepe Cid por CC OO. y algunos otros que ahora no soy capaz de recordar. La cena tenía un objetivo que explicó Luis Angulo: ante la inminencia de las elecciones, los allí reunidos, que representábamos  el espectro político desde la derecha reformista proveniente del franquismo hasta el PCE, nos debíamos comprometer a una campaña limpia, sin atizar el pasado, para que los viejos fantasmas no despertaran, y la transición llegase al puerto que todos los allí reunidos anhelábamos. Cuando L. Angulo pronunció aquellas palabras, vinieron a mi cabeza muchas ideas embarulladas, que se fueron adueñando de ella, hasta el punto de prestar poca atención al resto de las intervenciones, incluida la de Pepe Vida, que habló en nombre del PSOE. Viendo aquella mesa sentí que el objetivo de las libertades estaba en la mano, pero como siempre, para que fuera posible era necesario la generosidad de los castigados, de los vencidos. Después comprendí que allí se había explicitado el pacto que se realizó en toda España y que fue el éxito de la transición. La libertad a cambio del perdón, lo que está muy bien, pero también a costa del olvido, lo que en este momento no sé si está tan bien.

VI. Primeras elecciones.
La campaña de las elecciones del 77 fue la más hermosa. Apenas teníamos organización. La asamblea provincial que aprobó las listas electorales en Santa Fe tenía un censo que no pasaba de los 350 militantes en toda la provincia, repartidos en menos de treinta agrupaciones locales, constituidas la mayoría de ellas en el último año. Con esos mimbres y toneladas de ganas e ilusión nos pusimos a la obra de organizar unas elecciones. Las primeras en nuestra vida. Aprendimos la geografía granadina, pero aprendimos algo más importante, que las ideas se guardan muy profundamente y sólo esperan las condiciones en que puedan expresarse. En cada pueblo que visitábamos, al anunciar “esta noche mitin del Partido Socialista Obrero Español”, se entreabrían las puertas, aparecía un señor o señora que miraba a derecha e izquierda, se daba una vuelta, volvía a mirar y tímidamente se acercaba, para preguntarnos si era verdad, las lágrimas le brotaban y nos contaba una historia triste, pero sus lágrimas eran de alegría. Nos reunía a un grupo de gente y constituíamos la agrupación local. Comprendimos entonces la excelente tarea que habían realizado Fernando de los Ríos, Alejandro Otero y tantos socialistas, viendo lo bien implantado que había estado el PSOE en el periodo republicano.

Comprendimos lo duro que había sido la represión para ellos, pero lo firme de sus convicciones y como las habían transmitido. Eran sus hijos, sus sobrinos o sus nietos los que recogían la antorcha. Afiliaciones masivas en los pueblos de la vega, de los montes, en la costa, etc. De ahí lo acertado del análisis de José M. Maravall al interpretar el éxito del PSOE en las elecciones del 77 en términos de memoria histórica. El resultado electoral fue espectacular para nosotros, tres diputados en el Congreso: Manuel Fernández Montesinos, fichaje de María Izquierdo, que nos conectaba con la tradición del socialismo granadino, la propia María que se había convertido en toda una líder, en la que contrastaba su aparente debilidad física, con una fuerza y firmeza política impresionantes, y Daniel Maldonado, secretario general de UGT, la histórica relación sindicato-partido expresada con contundencia y claridad. El Senado también nos había salido bien. Habíamos propiciado una lista unitaria progresista con Pepe Vida, Juan López Martos y Nicolás de Benito y les ganamos. Las elecciones del 77 plasmaron de la mejor manera posible que la Granada progresista, trabajadora, universitaria, había apostado mayoritariamente por los socialistas. Muchos de nuestros mayores lloraron de  nuevo diciendo que tanto sufrimiento había merecido la pena por poder ver aquello. Sebastian y A. Hurtado en Baza, A. Castillo en Santa Fe, J. Tapia, G. Gutiérrez, A. Gómez y  P. Fornell en Granada y muchos más que no puedo citar ahora. Aquella noche intuíamos que se abría una nueva página de la historia de España y en ésta nosotros habíamos estado y contribuido. Es cierto que la transición no acaba aquí, que aún tuvimos que superar momentos difíciles propiciados por los que los aires de libertad le empozoñan sus cabezas. Golpistas y terroristas siguieron sembrando de incertidumbre nuestra esperanza, pero la Granada cosmopolita se afirmaba cada vez más.

VII. Hacia la autonomía. Pero las elecciones del 77 abrieron otra transición que se había apuntado ya en los últimos años de la lucha contra la dictadura. La democracia debía traer una nueva organización  territorial del poder político en España. Era común en las manifestaciones el grito de “Amnistía, libertad y autonomía”. Las fuerzas nacionalistas en Cataluña  y País Vasco, lo habían incorporado en las organizaciones unitarias de oposición democrática, pero también se había incorporado en Andalucía. Apareció el  PSA de A. Rojas Marcos. Recuerdo la conferencia de Aumente en la facultad de Medicina, hablando de “Marxismo y cuestión nacional”. El PSOE recuperaba su tradición federalista y desde 1976 publicaba un boletín que se llamaba “Andalucía socialista”. Los jóvenes socialistas que nos habíamos incorporado al partido en los años 70, teníamos la convicción de que el subdesarrollo de Andalucía tenía que ver con decisiones del poder político central y con la incompetencia de unas élites andaluzas en la defensa de nuestros intereses. Así lo había escrito José Cazorla en su tesis Estructura socioeconómica de Andalucía Oriental y lo plasmó magistralmente Francisco Murillo en una frase que muchos teníamos de póster en nuestra habitación: “Si el andaluz acomodado piensa en Madrid y el andaluz pobre piensa en Barcelona. ¿Quién piensa en Andalucía?” Esa conciencia, de ligar subdesarrollo a falta de poder político, difusa primero, consciente y de manera militante después, marca a una generación política, que además asume responsabilidades en las fuerzas políticas progresistas y a los que les corresponderá la dirección del mismo. Conciencia que conecta con las aspiraciones de una población que había visto desangrarse sus familias, despoblarse sus pueblos o había sufrido en sus carnes la dureza de la emigración. Más de dos millones de andaluces se marcharon desde el comienzo de los años sesenta a la dura realidad de la emigración. Esa conciencia estuvo detrás de la impresionante manifestación del 4 de Diciembre de 1977. Nunca creo que se ha concentrado tanta gente, ni nunca tan motivada y con tantas ganas de escribir su propia historia. Granada estaba allí. Como estuvo masivamente el 28 de febrero, como estuvo en la ratificación del Estatuto de Autonomía y en todo hecho relevante al que ha sido convocada respecto al proceso autonómico.

VIII. Granada abierta. Es bueno recordar esto porque a veces se traslada la impresión de una actitud granadina antiautonómica, hecho radicalmente falso. Es verdad que los sectores liberales y reformistas del régimen que habían contribuido a la transición democrática se convirtieron en feroces antiautonomistas –con excepciones notables de los sectores ligados a D. Manuel Clavero y a Arturo Moya–  en consonancia con el cambio de posición de UCD ante el referéndum del 28 de Febrero de 1980, añadiéndole una peculiaridad, la de jugar peligrosamente a dividir a Andalucía o preferir el modelo centralista anterior que el descentralizado que la nueva Constitución apuntaba. Es cierto, sin embargo, que conseguida la autonomía, la izquierda granadina también debatió a fondo el modelo andaluz, aportando una sensibilidad de pluralismo territorial y cultural, en la construcción de Andalucía, no siempre satisfecha, pero ese es otro debate que trasciende este artículo.

La izquierda granadina apostó con fuerza por la máxima autonomía para Andalucía y dentro de la izquierda el PSOE y ahí pienso que se encuentra otra de las razones de su hegemonía en las décadas posteriores. El año 82 comenzó con un buen reconocimiento a la organización de los socialistas granadinos. Se celebró el tercer Congreso del PSOE de Andalucía en Granada, congreso que aprobó matizadamente la tesis defendida por Rafael Escuredo del nacionalismo de clase, que pretendía unir la tradición  izquierdista (en parte muy jacobina) del PSOE  con el protagonismo adquirido en la lucha por la autonomía, recuperando el carácter federal del proyecto socialista, amén de reducir el espacio electoral de los andalucistas. Felipe González vino a la clausura del Congreso y le organizamos un periplo por la provincia. Recorrido por los pueblos de la vega y mitin final en Baza. El entusiasmo era impresionante, el aire que se respiraba  hacía presagiar lo que acontecería pocos meses después, triunfo arrollador en las elecciones autonómicas de Mayo del 82 y en las generales de Octubre del mismo año. En medio, otro intento menos conocido de acabar con el sueño que habíamos concebido en muchos días oscuros, pero no merece la pena detenerse en él. Lo trascendente hoy, veinte años después de aquellas fechas, es recordar el triunfo de la Granada abierta,  cosmopolita  y justa en una Andalucía integradora  y exigente en una España que dejó de ser diferente, para ser plenamente europea.
   
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