Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
26 de marzo de 2017
 

 
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  Paco Lobatón
  Una canción inacabada
  Mucho antes de que entre nosotros habitara la noción de transición, en aquel tiempo en que la política era una actividad denostada por los detentadores del poder político, pero justo cuando en nuestras conciencias de jóvenes de provincia se encendían las primeras luces de la rebeldía: ahí es donde mi memoria detecta los primeros indicios razonables de que algo muy de fondo estaba empezando a cambiar. Algo que tenía que ver con la insatisfacción acerca de casi todo lo que nos rodeaba. Hablo de Jerez, hablo –retrospectivamente- desde aquel Jerez de Primo de Rivera cabalgando su caballo de bronce cagado de palomas en el centro exacto de la Plaza del Arenal, flanqueado a no muchos metros por un sobrino nieto heredero de nombre y apellido y ungido por el dedo del Régimen con la categoría de alcalde presidente de la Corporación jerezana. En la radio -Plaza de las Angustias- una copla repetida cada mañana pone la banda sonora a aquellos días grises de angustias y esperanzas: Jerez de la Frontera tiene una plaza, tiene una plaza, con una fuente en medio que es de oro y plata, que es de oro y plata, y por montera un caballo y encima Primo Rivera, Primo Rivera. Manolo Fernández Peña arenga a las amas de casa. No hay política que valga, sino concursos patrocinados y discos dedicados, incluida, por qué no, la copla de La Paquera que hemos escuchado ya al iniciarse el programa. Manolo habla fino y a las oyentes eso les gusta, sí señor, que un locutor que se precie tiene que hablar como Dios manda el español. En sus manos –me refiero ahora a las de Dios- estaban todos los registros de nuestra incipiente y difusa rebelión. Los círculos cristianos de la JEC y de la JOC –juventudes estudiantiles/obreras– concentraban las mentes más informadas y los espíritus más contestatarios soportables por el status quo. La Iglesia era en ellos iglesia con minúscula, refugio protegido por los hábitos religiosos dominantes y en nuestro caso, strictu sensu, por los de los dominicos que habían abierto en la trastienda del templo un local de encuentros culturales llamado Club de la Amistad. Pedro León, siempre impecablemente ataviado con su túnica blanca y siempre armado de una sonrisa seráfica, era nuestro confesor y nuestro guía espiritual mucho más allá de los versículos del Viejo y del Nuevo Testamento. Era él quien no sólo daba el visto bueno, sino quien impulsaba las actividades más diversas: desde las más ortodoxas vigilias religiosas a las actividades más aparentemente laicas: actuaciones musicales, representaciones teatrales, debates. Cualquier vehículo expresivo podía ser considerado buen portador del mensaje, eso sí, dependiendo de su correcto uso. Esa era la medida que administraba magistralmente el padre León. Una interpretación discretamente progresista de los Evangelios que nos ayudaba a vislumbrar horizontes nuevos sin despegarnos de las claves culturales en las que habíamos nacido y crecido. Me pregunto qué calificación tendría todo aquello observado desde el prisma inquietante de la policía franquista encargada de vigilar de cerca las peripecias de los movimientos sociales llamados de base. Seguramente para ellos éramos, pura y simplemente, rojos. Una verdadera exageración para la mayoría de nosotros que nos considerábamos –y ya era mucho– cristianos concienciados. Concienciar era, por demás, el verbo que conjugábamos por activa y por pasiva para dar salida a nuestras inquietudes sociales, a los requerimientos de justicia e igualdad, y a los primeros y muy tímidos reclamos de libre expresión. Por activa: teníamos que empezar por estar nosotros mismos concienciados para ser capaces de concienciar a los demás. Por pasiva: la falta de conciencia (social, se supone) haría imposible modificar la realidad.

Curioso verbo éste en el que parecen fundirse las nociones de conciencia y consciencia, como metáforas de alma y mente, como parámetros complementarios e indisociables de la condición de seres humanos. Sea como sea, ése fue el pensamiento que nos hizo sentirnos un poco más libres aunque todavía estuviéramos tan lejos como estábamos de la libertad. Sólo por eso debemos concederle el atributo, con los matices que cada uno quiera poner, de pensamiento liberador. Y no tanto por su arboladura ideológica sino por el corolario de acción con que lo aprehendimos. Una concienciación que mereciera ese nombre no podía limitarse al análisis teórico ni a una crítica despegada de la realidad. Por lo tanto, había que pasar a la acción. Había que ser, en definitiva, activistas de la conciencia crítica. Bajo esa inspiración se desplegaron iniciativas como las de la compañía de teatro aficionado de Radio Popular, que vino a empadronarse en el ya mencionado Club de la Amistad de Santo Domingo. Allí, bajo la dirección de Pepe Marín, se acometieron textos enjundiosos y libretos teatrales de gran calado, buscando siempre una doble lectura, un guiño indirecto, una insinuación sutil. Las sandalias del pescador, de Morris West, fue una de las propuestas con más éxito de las que recuerdo.    

No sabría decir con precisión si fue en los locales del Club, pero sí desde luego en ese contexto de cultura-despertadora-de-conciencias donde tuve ocasión de conocer a la mayoría de los amigos con los que poco después pondríamos en marcha una tertulia literaria. No era cualquier cosa. Su vocación conectaba con la de los grupos literarios socialmente comprometidos y su advocación laica no impidió que eligiésemos para bautizarlo un nombre de innegables resonancias bíblicas: Génesis. Pepe Álvarez – hoy más conocido como padre de la actriz Ana Álvarez, fruto de su matrimonio con la bellísima  Ana Páez– era el líder indiscutido en aquellas primeras reuniones rodeadas del perfume de la clandestinidad. Pepe nos acogía generosamente en su propia casa, un ático en la recién construida barriada de Icovesa, hasta que, supongo, el propio crecimiento de los miembros de Génesis nos obligó a buscar un espacio público. Para entonces eran asiduos de aquellos encuentros Francisco Bejarano –a quien apuntando como apuntaba maneras, nunca hubiéramos imaginado convertido un día en Premio Nacional de Poesía y en uno de los más sólidos referentes poéticos de nuestra tierra–; Antonio Otero, trabajador bodeguero, el obrero del grupo; Antonio Robles, el más joven, o al menos el de aspecto más joven y talante más audaz, simpatizante de las ideas anarquistas; Paco Reinoso, militante sindicalista que no ha dejado de serlo hasta nuestros dias, y Pedro de Tena y yo mismo, estudiantes de bachillerato en el instituto Padre Coloma.

La nueva sede del grupo, una freiduría del barrio de Santiago, no era lo que se dice un enclave de naturaleza literaria. Lo hubieran sido mucho más alguna de las pocas cafeterías del centro –La Vega o San Francisco–, pero una reunión como la nuestra es probable que hubiera provocado sospechas de subversión entre su clientela más distinguida. Digo yo que sería esa la reflexión que nos hicimos. Nada descabellado, a tenor de lo que nos iba a ocurrir pocos meses después en las instalaciones del Club Nazaret. La entidad, financiada por la Caja de Ahorros de Jerez dentro de una política de promoción social de las familias ahorradoras –en nuestro argot: pequeña burguesía ascendente–, había convocado una suerte de justa poética de Primavera a la que fuimos invitados. Visto con la perspectiva que dan los años, me pregunto de quién partiría la invitación y qué esperaban realmente de nosotros. Recuerdo que por nuestra parte fue asumida como un reto, una ocasión dorada para dar la campanada y decir, en voz alta y ante la gente, lo que veníamos diciéndonos en el circuito cerrado del grupo. Había que pasar del susurro al grito. De la penumbra a la luz del día. Algunos acontecimientos de aquel año de 1969 –como la huelga de la construcción de Granada, cruentamente reprimida por la policía– así lo reclamaban. De hecho, ese fue el tema monográfico del poema de Paco Reinoso y de forma más indirecta los de Otero y Pedro de Tena. Aunque el más provocador, sin duda, fue el de nuestro ácrata particular que –hasta donde recuerdo– comenzaba así: Odio estas paredes rectilíneas... Los mentores del flamante Club debieron darse por aludidos y temer lo peor. Ni la altura poética de Bejarano y de Pepe Álvarez, ni la ingenuidad de los versos que yo mismo recité aquella memorable tarde (Una niña preciosa ha perdido una rosa y un zapato en la esquina /¿dónde la primavera mi señor? En la acera de enfrente, a la derecha/ ...y un niño pelirrojo se ha cagado en Dios (rezaba la  oración más conocida) / ¿dónde la Primavera mi señor?) consiguieron  atenuar el impacto que en pocos minutos se hizo tangible con la irrupción de la policía en el recinto. Buscaban pruebas con las que incriminarnos pero no creo que pudieran llevarse nada mas que el folleto de convocatoria, porque al tener conocimiento de la llegada de la social, nuestras amigas y nuestros amigos se entregaron con vehemencia a la degustación de los folios subversivos que contenían nuestros poemas. Un caso de antropofagia poética que los anales históricos deberían reseñar, cosa que hasta ahora, que yo sepa, no ha ocurrido. El acto quedó así bruscamente interrumpido, la justa poética injustamente disuelta y con ella el débil andamiaje que sostenía aquel incipiente grupo poético que pasó de la Génesis a la Apocalipsis en un 'plis plas'. Al día siguiente todos y cada uno de los miembros tuvimos que personarnos en comisaría. Fuimos retenidos por unas horas, pero no llegó a haber detenciones. Sin embargo, el grupo jamás volvió a reunirse.

Es evidente que este episodio, siendo representativo del clima que se respiraba en cierto segmento de la sociedad jerezana, no es más que una pequeñísima anécdota en relación al proceso de transformación política de fondo en el que batallaban silenciosa pero incansablemente las organizaciones obreras y los movimientos sociales, mayoritariamente marcados, como ya se ha dicho, por el cristianismo progresista. De ellos, los estudiantes como yo tuvimos referencias cercanas y dignas de profunda admiración. En cambio, de los partidos políticos clandestinos, nada de nada.

Al mismo período ya referido –finales de los sesenta– corresponde mi encuentro con la Radio. Una delegación del instituto en busca de apoyo para una campaña benéfica de Navidad me llevó hasta la plaza de las Angustias. Un Carlos Vergara jovencísimo, pero ya con mucha radio en el cuerpo, me abrió las puertas de aquella emisora asociada a la SER, propiedad de la familia Ruiz Cortina. De los programas musicales pasé en un tiempo relativamente corto a tomar el relevo del mismísmo Carlos –siempre, es de suponer, de acuerdo con el director, Fernando Delage– al frente del eufemísticamente llamado informativo local: Jerez-Xeres-Sherry. Era un ejercicio voluntarista pero casi imposible: no podían darse noticias de ámbito nacional, ni regional, y había que tener mucho, pero que mucho tiento, con las de carácter local. El Ayuntamiento tenía unos oídos especialmente sensibles a cualquier mención crítica. Aquella radio estaba todavía a años luz de la que en los años cruciales de la Transición –casi una década después– tuve la oportunidad de vivir en Sevilla.

Lo relevante, en una mirada panorámica y comparativa con el proceso que se vivía en el resto de España y del mundo, es consignar que hechos tan determinantes del cambio histórico como las movilizaciones estudiantiles de mayo del 68 en Francia nos pasaran desapercibidas. Hasta tal punto vivíamos amurallados tras una frontera de silencios informativos, de tabúes políticos y de negación de todo indicio de libertad. Quizá por eso, llegar a Madrid y participar del movimiento estudiantil del inicio de los setenta iba a suponer para mí –imagino que igual que para tantos y tantos chicos y chicas llegados a la capital desde la periferia– el descubrimiento de un mundo de contornos absolutamente nuevos. 

Pronto la demanda del propio movimiento estudiantil –espoleado por acontecimientos tan genuinamente políticos como los Consejos de Guerra de Burgos contra militantes de ETA– hizo desvanecerse las defensas mentales  que mis mentores jerezanos  habían imbuido en mí. Antes de suscribir compromiso alguno en términos organizativos, ya estábamos comprometidos en, con, para, desde la acción. Ése era el abismo entre Madrid y Cádiz. El mismo que, cuando fui detenido y encarcelado en Carabanchel, vi asomarse a los ojos del hermano que vino a visitarme. El mismo que se instaló entre mis padres y yo cuando les comuniqué mi decisión de dejar el país y solicitar asilo político en  Suiza. Por eso fue un acontecimiento mayor verles aparecer un año más tarde en Ginebra, desafiando ese abismo con la resolución con que sólo saben hacerlo los padres por los hijos.

La muerte de Franco abre inmediatamente las puertas del retorno a casa. La siguiente escena ocurre en Cádiz capital, enero de 1976, en la caja de reclutas ante la que comparezco acompañado de mi padre y del mismo hermano que me había visitado en la cárcel. Mi expediente no augura buenas cosas. No sólo tengo el estigma de los exiliados, sino el agravante de haber sido, antes y además, prófugo y declarado en rebeldía. Pero, inopinadamente, los temores se diluyen ante un coronel que renuncia a retenerme y pone en mis manos un salvoconducto para que me suba al día siguiente y por mi cuenta al tren que debe llevarme al campamento de Cerro Muriano, Córdoba, para el periodo de instrucción. Y eso no es todo, tomándome en un aparte me regala la insólita recomendación de que aproveche las salidas de paseo para echar las cartas que escriba en el campamento. Esa secuencia, vivida en primera persona, representa una de las muchas peripecias anónimas que explican por qué la transición democrática fue posible viniendo como veníamos de 40 años de dictadura. Tuve ese mismo sentimiento, meses más tarde, cuando desde el calabozo del cuerpo de guardia del cuartel de Ingenieros (Sevilla, avenida de la Borbolla) escuché primero la noticia de la legalización del PCE y, a continuación, las órdenes tajantes del oficial de servicio a la compañía para que ningún soldado dudase en disparar a poco que cualquier revoltoso (sic) se acerque al cuartel. ¿En cuántos cuarteles cuántos otros oficiales repetirían ese y los siguientes días órdenes similares? Y , sin embargo, ni un solo disparo alteró el camino pacífico de la Transición. Ése es el prodigio.

Prodigio es también el sentimiento asociado para mí a las primeras elecciones democráticas, las de junio del 77. Acudí a votar recreándome en el ritual tan largamente esperado y aferrado a la papeleta que encabezaba en Cádiz Rafael Alberti. Voté al poeta, y me sentí así un poco más cerca  del sueño de otro poeta, de otro exiliado, León Felipe, cuando formuló la más bella sentencia poética que pueda imaginarse: Un día, cuando el hombre sea libre, la política será una canción.

Una canción inacabada, o puede que rota, es, en cierto sentido, la siguiente y última secuencia de la transición política vinculada a Cádiz de la que quiero dejar constancia en éste epílogo. Tiene lugar entre Puerto Real y Cádiz. Estamos todavía en el año de gracia de las primeras elecciones democráticas, 1977. La reconversión industrial ha caído como espada de Damocles sobre los astilleros de Matagorda. Varios centenares de puestos de trabajo están en juego. La huelga, que ha sido la respuesta firme de los trabajadores, está al límite. Acudo como enviado de los informativos de la SER en Andalucía a cubrir una gran manifestación que arrancará en el centro de Puerto Real para encaminarse por el puente Ramón de Carranza hacia Cádiz. Voy armado de un pequeño magnetófono, tomando declaraciones en la cabecera de la manifestación y entre la gente que voy encontrando al paso. Más tarde, y sobre todo a la mañana siguiente, en el Matinal Andalucía, dirigido por Enrique García, me tocará hacer la crónica de lo sucedido. Me sobran datos y me falta tiempo para contar lo que veo. Pero unas pocas palabras tomadas al pie de la letra de una de las grandes pancartas de la protesta obrera resuelven con dramática rotundidad mi dilema de reportero : “Si no comemos, ¿quién nos controla?”. Y así pongo punto final a mi relato de enviado especial. Será por algo que lo recuerdo con toda nitidez pasados 25 años. Será, me temo, porque nadie ha respondido debidamente a esa pregunta repetida desde entonces en muchas otras voces. Será porque se trata, en realidad, del estribillo de una canción desgarrada que intenta infructuosamente acompasar su letra con la melodía  esperanzada del poeta (Un día cuando el hombre sea libre, la política será una canción). Ojalá sea mañana. Inch´Alá.


Y lo que queda por contar

Juan José  Téllez Rubio

La democracia trajo consigo la vuelta de la masonería, discreta que no secreta, según uno de sus principales mentores, el economista Arturo Martínez Holgado, quien puso en marcha la logia Resurrección, en el Campo de Gibraltar, adscrita al Gran Oriente Simbólico de España: heterodoxa y liberal, en su caso. Era la vuelta de los mandiles y de los triángulos, que auguraba y deseaba Ángel María de Lera, quien logró escapar de la guerra a través de Gibraltar, mientras la intolerancia acababa con parte de la familia de Carlos Castilla del Pino en las calles de San Roque y José Luis Cano chupaba cárcel en Algeciras, por pertenecer a la Federación Universitaria Española.

Cuarenta años después de la victoria franquista, en pleno fragor del mitin por la amnistía en el colegio de San Felipe Neri, antes de que medio mundo terminara en la trena, uno de los oradores –quizá fuera el democristiano Moncho Pérez Díaz Alersi– se alargó más de la cuenta, por lo que, de entre el público y según recuerda Carmelo Ciria tronó la voz campanuda de Fernando Quiñones gritando: "¡Tieempoooo!".

La actividad de la Junta y de la Plataforma Democrática en la provincia de Cádiz y a partir de la constitución de la primera en 1974 fue real pero no determinante, ya que sólo sirvió para coordinar acciones puntuales como la de esa movilización a favor de la amnistía. Su historia, sin embargo, todavía está por hacer. Se sabe que mantuvieron reuniones en distintos puntos de la provincia, al margen de la propia capital gaditana. Y que, incluso, su esquema de funcionamiento pretendió adaptarse al de otras organizaciones, como fue el caso del Frente Democrático de la Juventud, inspirado por el PTE.

Pero más allá de la política, la realidad gaditana de la Transición fue sumamente compleja e incluye un amplio abanico de sucesos, anécdotas sin cuento y una enorme vitalidad social, que va desde la copla, con una exhuberante Rocío Jurado como uno de los símbolos cabales del aperturismo, al mundillo del toro, con toreros de la casta de Miguel Mateo, Miguelín, Francisco Rivera, Paquirri, Francisco Ruiz Miguel, o el gitano jerezano Rafael de Paula.

Los restos de Fermín Salvochea pasaron del cementerio inglés, civil por supuesto, al tradicional, generalmente católico, al tiempo que su nombre ondeaba ya junto a la Casa Consistorial de San Juan de Dios, justo en el mismo lugar donde una antigua placa celebraba el triunfo franquista sobre las hordas marxistas. Por la provincia gaditana de la Transición, paseaban futurólogos como el malagueño Rafael Lafuente, o llegaba Juan Pardo a descubrir jóvenes valores para la música ligera. Desde la contracultura del hachís a la creciente afición por las ciencias ocultas, con especialistas en ovnis como Juan José Benítez, instalado finalmente en la costa de Barbate, o el algecireño Andrés Gómez Serrano, quien tuvo que dejar la jefatura de la Policía Local de Algeciras al aparecer vestido con dicho uniforme en un programa televisivo sobre platillos volantes, que dirigía el profesor Jiménez del Oso.


Los hijos del 20-N. La transición gaditana fue relativamente pacífica, aunque no faltaron incidentes de enjundia, como la muerte del joven Carmelo Montoya Alonso, en Trebujena, en marzo de 1982, cuando fue herido por los disparos del guardia civil Juan Macías Morente, condenado simplemente a un año y medio de prisión por “imprudencia temeraria”.

Mientras parte de la población de la provincia apostaba por las libertades, la mayoría silenciosa secundaba las consignas del poder, a través de una televisión en blanco y negro con sólo dos cadenas, una de las cuales apenas se veía en mitad del territorio gaditano, por eternos fallos técnicos en la recepción de la señal. Pero también había un amplio segmento involucionista: si bien los ex divisionistas mantuvieron, por lo general, una actitud reservada, fue más activa la presencia pública de los distintos grupos de Falange, desde los tradicionalistas a la Auténtica, que reclamaba la condición socialista y antifranquista del pensamiento de José Antonio. Pero mayor presencia tuvo Fuerza Nueva, su rama juvenil, Fuerza Joven –de la que se escindirán los violentos para crear el Frente Nacional de la Juventud--, e incluso el sindicato, Fuerza Nacional del Trabajo, que terminó sus días envuelto en un escándalo financiero por las trapacerías de su líder, José Antonio Assiego, quien llegó a frecuentar la provincia, antes y después de pasarse con armas y bagajes –nunca mejor dicho– a Acción Nacionalista Sindical del Trabajo: el sector del transporte fue uno de sus feudos.

El auge de Fuerza Nueva se inició en 1974, frente al supuesto aperturismo de Carlos Arias Navarro, como sucesor de Carrero Blanco en la presidencia del Gobierno: “Todo tiene un límite”, rezaba el editorial Señor Presidente, de dicha revista, de fecha 27 de septiembre de aquel año. Antes, Piñar, quien visitó la provincia en varias ocasiones, había rechazado el llamado “espíritu del 12 de febrero” promovido por Arias, con una frase contundente: ·¡Pese a quien pese, la guerra no ha terminado!”. La larga mano de Fuerza Nueva llegaba, incluso, hasta los alcaldes. Sus activistas se rebelaron ante la controvertida gestión de Juan Blasco Quintana al frente de La Línea de la Concepción, cuyo dilatado mandato transcurrió entre 1970 y 1978: “Yo tuve bastantes problemas con el gobernador civil de la época por unas declaraciones que hice al diario Informaciones  en la que le decía a la gente de Fuerza Nueva que me hicieron la vida imposible en el pleno que yo estaba mucho más a la izquierda que todos ellos, y me mandó llamar el gobernador, que era Luis Nozal, y cuando llegué a su despacho me encontré con el periódico encima de su mesa. Lo saludé y me marché. Él no tenía valor para cesarme porque Martín Villa me cubría la espalda”, evoca ante el periodista José Antonio Ledesma, en su reciente libro El poder, sobre los ayuntamientos del Campo de Gibraltar, en el periodo comprendido entre 1975 y 2002.

 Pese a todo, los forzanovistas gaditanos tuvieron un elemento de moderación en la figura del médico gaditano Bartolomé Domínguez Gómez-Planas, jefe local de Fuerza Nueva en Algeciras, aunque algunos de los militantes de esta organización, tanto en el Campo de Gibraltar, como en Jerez y Cádiz, se vieron envueltos en reyertas con sus opositores políticos o repartieron palizas a activistas de la izquierda o vendedores de prensa comunista: los uniformes azules, los correajes, los puestos de merchandising en los que las cruces gamadas alternaban abiertamente con el escudo del yugo y de las flechas, se prodigaron a lo largo de la provincia, sin que faltara ocasionalmente la aparición de pistolas y otras armas de fuego que, en la mayoría de los casos, no llegaron a dispararse. Hubo, eso sí, amenazas puntuales a quioscos, por la venta de revistas pornográficas o periódicos izquierdistas. Y, curiosamente, el cine Fuentenueva de Algeciras sufrió un definitivo incendio accidental, pocas semanas después de que echara el cierre tras proyectar la polémica película El caso Almería, de Pedro Costa. La Triple A, sin embargo, tuvo un papel residual en la provincia, llegando tan sólo a aparecer algunos anónimos atribuidos a dicha organización.

Herederos de todo ello, “la” CEDADE –con el artículo en femenino, a pesar de ser las siglas del Círculo Español de Amigos de Europa– asumió el legado ultraderechista gaditano, ya en la década de los ochenta, apostando inicialmente por el “negacionismo”, un cierto revisionismo histórico que negaba buena parte de las evidencias sobre el holocausto nazi y que tuvo, entre sus propagandistas, al historiador británico David Irving que, a tal fin, visitó la provincia gaditana en diversas ocasiones.

Ciertos ultraderechistas gaditanos fueron utilizados como confidentes del CESID, de la Policía y, en menor medida, de la Guardia Civil: en cualquier caso, agentes cualificados de esas dos últimas fuerzas de seguridad siguieron investigando a los izquierdistas hasta bien entrada la década de los ochenta, realizando informes puntuales sobre sus actividades públicas, campañas, pancartas y pintadas, en un extraño celo que se trasladaba también a otras áreas de la Administración. Por ejemplo, las delegaciones del Ministerio de Cultura heredaron el cometido de las de Información y Turismo, elevando a su sede central en Madrid informes comentados sobre las noticias de mayor relieve de la prensa local, que excedían el ámbito de competencias de dichos organismos.  A todo ello, se sumaba la tarea informativa de los gobiernos militares, que, al menos en el caso del Campo de Gibraltar, contaban con un servicio de escucha de las emisiones en español y en inglés de la Gibraltar Broadcasting Corporation, la emisora gibraltareña.

Vieja y nueva aristocracia.
La aristocracia gaditana, como queda dicho, era fundamentalmente terrateniente y así podía comprobarse desde el escudo de armas de Casa Domecq hasta apellidos ilustres como Mora Figueroa. En general, siempre se alinearon con un vector de ideas conservador o abiertamente reaccionario, aunque cupiera por supuesto la disidencia, como no sólo incumbe a la duquesa de Medina Sidonia, sino a la duquesa de Lerma, conocida a la sazón, en medios periodísticos, como La Duquesa Verde, por su sobrada querencia ecologista. Pero Francisco Franco creó su propia aristocracia, al tiempo que restituyó la anterior a la Segunda República, mediante una Ley de Jefatura del Estado, del 4 de mayo de 1948, que derogó el Decreto de 1 de junio de 1931, que había dejado sin valor la utilización y concesión de títulos nobiliarios en España. Al tiempo, volvía a estar en vigor la antigua legislación sobre títulos nobiliarios, a partir del Real Decreto del 27 de mayo de 1912 del Ministerio de Gracia y Justicia, que en su artículo segundo establecía: “Cuando para premiar los servicios extraordinarios hechos a la Nación o a la Monarquía, se trate de conceder una Grandeza de España, o un título de Castilla, bastará un acuerdo del Consejo de Ministros”.

Según un estudio realizado por el PCE a efectos internos, Franco hizo uso de dicha prerrogativa, desde 1948, en 39 ocasiones, “añadiéndose en su periodo tres títulos carlistas, concedidos en 1953”.

Ese primer año, se concede el título póstumo de duque de Primo de Rivera a José Antonio Primo de Rivera, como también se favorecerá con sendos ducados a la memoria de Emilio Mola y José Calvo Sotelo, así como a José Moscardó, con el escudo de conde, con grandeza, del Alcázar de Toledo. En los años siguientes, es cuando se premia con un marquesado, el de San Leonardo de Yagüe (1952), a Juan Yagüe Blanco, el bilaureado general isleño, residente en Cádiz, así como a algunos civiles como la propia Pilar Primo de Rivera, fundadora de la Sección Femenina, a quien corresponderá el marquesado del Castillo de la Mota: “En 1972, don Alfonso de Borbón Dampierre recibe el título de duque de Cádiz, con su cónyuge y descendientes. Posteriormente, en 1973, los últimos títulos concedidos son el ducado de Bau, a Joaquín Bau Nolla, y el de Carrero Blanco, concedido, a título póstumo, a Luis Carrero Blanco”.

Más allá de la Iglesia católica. Sobre el papel de la Iglesia católica, durante la transición gaditana, queda mucho por analizar y saber. Si bien se tiene un perfil más o menos claro del planteamiento político que guió al obispo Antonio Añoveros, la actitud de su sucesor, Antonio Dorado Soto, fue equívoca. En un principio, según testimonios de quienes le conocieron, guardó considerablemente las formas respecto a la oficialidad gaditana y en espera de un eventual nombramiento suyo en el Vaticano, que nunca llegó a producirse. Posteriormente, respaldó junto con su colega de Jerez, a sindicalistas de USO y de otras formaciones que pasaron apuros.
Hubo sacerdotes gaditanos que abrazaron un compromiso explícito con partidos moderados –fue el caso de Antonio Pozanco, que pasó de la Democracia Cristiana al PSOE–, pero otros perdieron los hábitos por una coherencia ideológica que les había llevado a otras actitudes personales y políticas, como le ocurriera al militante comunista Horacio Lara, expulsado finalmente de los jesuitas. Filósofo y periodista, Pedro de Tena, en Jerez, asume una cierta base cristiana para auspiciar el Movimiento Obrero Autogestionario (MOA), que tuvo una seria actividad durante años claves de la transición gaditana. Pero la jerarquía eclesiástica, por lo general, nadaba y guardaba la ropa. Comunidades cristianas, como la de Santo Domingo en Cádiz, servirían como escenario a debates públicos en torno a la nueva realidad política que se abría, justo en el epicentro de la Transición y en donde llegaron a tomar voz en la tribuna algunos representantes de las formaciones que todavía no estaban legalizadas.

La gran influencia católica en la provincia gaditana no sólo venía de la mano de las cofradías de Semana Santa –generalmente enfrentadas a la jerarquía eclesial, que nunca las vió con buenos ojos– a través de las iglesias, de organizaciones como Cáritas, HOAC y JOC, sino sobre todo a partir de los colegios privados o concertados: salesianos, marianistas, carmelitas, adoratrices o hermanos de La Salle titularon buena parte de dichos centros. Por su parte, el peso del Opus Dei no se dejó notar tanto en la capital, como en localidades de la provincia, como fueron los casos de Algeciras, Jerez, El Puerto de Santa María o Sanlúcar de Barrameda. Como supernumerario de La Obra, aparece el empreario jerezano José María Ruiz Mateos, amo y señor de Rumasa. Pero también, bajo igual relación, figurarán otras figuras señeras vinculadas a la provincia gaditana, como es el caso de Álvaro Domecq Díez, con una trama de relaciones empresariales, que le unen al Banco Popular Español, Agroquímica Andaluza, Pedro Domecq, Industrias Gaditanas del Frío Industrial, el Banco de Crédito local de España o el Banco de Andalucía, entre otras.

El periodista jerezano Jesús Ynfante retratará alguna de estas tramas en su polémico libro La prodigiosa aventura del Opus Dei. Génesis y desarrollo de la Santa Mafia, editado por Ruedo Ibérico, en París, en 1970: “Para conocer los orígenes del grupo Rumasa, potente grupo financiero estrechamente vinculado al Opus Dei, hay que remontarse a las libras esterlinas de la firma Harvey de Bristol (Inglaterra) y a la infatigable lucha de un astuto vinatero de Rota, en la provincia de Cádiz, que se apellidaba Ruiz Mateos”, escribe Ynfante.

En la época en que Ynfante escribe su libro, Rumasa controlaba 42 sociedades entre empresas filiales y asociadas, al tiempo que ya había creado la Fundación Ruiz-Mateos, o e Patronato Social Cristiano Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, que se ocupaba de la seguridad y la asistencia social de los trabajadores del grupo. El milagro de Rumasa, según Ynfante, se lleva a cabo de la siguiente forma: "José María Ruíz Mateos, hijo del pequeño bodeguero, supernumerario del Opus Dei y principal animador del grupo Rumasa, se entrevista y recibe instrucciones de Pablo Bofill de Quadras, uno de los responsables financieros en el seno de La Obra de Dios. También los hijos mayores de Navarro Rubio, gobernador del Banco de España, trabajan en empresas del grupo Rumasa y uno de los hermanos Ruiz Mateos es cuñado del director del Instituto de Crédito de las Cajas de Ahorro, Luis Coronel de Palma. De esta forma el grupo Rumasa tiene asegurada una amplia autonomía manteniendo en pie la ficción y el atractivo de su independencia. Con ello evitaba también el grupo Rumasa los peligros que entrañaba una absorción por grupos capitalistas ingleses (la firma Showerings ofreció nueve millones de libras esterlinas por las acciones y el control de Harvey) y algunos descalabros como el que le produjo la ruptura con el grupo alemán cervecero Henninger”.

Los clubes juveniles auspiciados por el Opus sirvieron para captar nuevos adeptos, que contó con varios centros escolares repartidos por la provincia. A la presencia opusdeísta, se sumarían organizaciones de la Iglesia católica, menos conocidas, como los neocatecumenales, también conocidos como Los Quicos, de mucho más tardía aparición.

En el mapa religioso de Cádiz, tampoco faltaron comunidades heterodoxas como la de Vicente Rojas, en Algeciras, con un gran contenido populista que nunca llegó a ser cismática, pero cuyos planteamientos de fe y liturgia nunca fueron canónicos. Otro cantar era el de las iglesias no católicas, que empezaron a establecerse en la provincia gaditana, a partir de los años cincuenta. Uno de sus pioneros será el poeta y periodista palentino Arturo Gutiérrez Martín, quien abrirá, en 1954, una iglesia evangelista en Algeciras, en unión de su esposa, la misionera suiza Anny Gubler, cuyo principal templo radicó en la calle Salamanca, de dicha ciudad, aunque anteriormente tuvo otras ubicaciones. En la capital, se establecerá posteriormente esta misma corriente, a partir de una capilla ubicada en la calle de Marianista Cubillo y a la que seguirá la presencia de la Iglesia de los Santos de los Ultimos Días y los Testigos de Jehová. Finalmente, la Iglesia de Filadelfia encontraría un cierto eco en la comunidad gitana de diversas poblaciones de Cádiz, desde La Línea a Jerez. Si bien los judíos de origen español iniciaron su retorno a Sefarad, a partir de Cádiz y Gibraltar durante el siglo XIX, su papel en la vida pública de la provincia será silencioso y los gentiles desconocerán, desde luego, sus lugares de culto. A pesar de que Cádiz se convierte en paso obligado para numerosos inmigrantes marroquíes en Europa, los primeros oratorios musulmanes no se abrirán hasta finales de los años ochenta, con la aparición de entidades como la Fundación Islam Al-Ándalus.

Los misioneros mormones, representados en jóvenes norteamericanos repartidores de la Biblia, se convertirán en una de las peculiares señas del paisaje urbano de Cádiz, también en los años de la transición. Es en ese mismo periodo, cuando se abren al público los locales de Nueva Acrópolis: una escuela filosófica que despertó ciertas sospechas, entre la izquierda y la derecha, por desconocerse a ciencia cierta cuál era su orientación ideológica y filosófica, sin que faltara quien les identificase con una secta.

Ory y otros anarcobudistas.
El antifranquismo se metía entre las rendijas de la cultura. Incluso, cabía hablar de exiliados estéticos como el poeta Carlos Edmundo de Ory, desterrado en Amiens, donde ejercía como bibliotecario, sin ideología precisa, pero que cree que “la bandera del mundo es el viento”: “El anarquista verdadero no tiene bandera. La bandera es ya una ideología. Yo soy anarcobudista. Yo soy anarquista como lo era el maestro Lao-Tsé, de China. Luego, está el anarquismo histórico, Bakunin, Kropotkin, peor esas ya son ideologías. El anarquismo, para mí, no es que yo quiera ser feliz, sino que todo el mundo sea feliz”.
“Me censuraban todo –evoca Ory–. En poesía, también. En Técnica y llanto, me censuraron un poema. No se podía decir ‘pecho’. Tampoco ‘seno’. Y, así, sucesivamente... Yo tenía amistad con Chicharro y cuando fundamos el postismo, en el 45, acuchillaron al postismo en su cunita. Sólo recibimos las caricias de dos catalanes, Eugenio D’Ors y Cirlot. El postismo nació con barba. Lo consideraron un monstruo y, para nosotros, era un hermoso bebé. Nos llamaron francamasones, filocomunistas, homosexuales. Esa era la España de la que me fui”.

De la informativa revista Carteya, que editaba la Casa del Campo de Gibraltar en Madrid, a la espléndida y en multicopista revista "Pandero", de Rota, donde velaba armas Felipe Benítez. Pero también revistas de partido, que prosperaron esporádicamente en toda la provincia, o que se gestaron aquí, como la anarcosindicalista "Andalucía Libertaria", en cuyo germen tuvo mucho que ver Juan José Gelos, viajero habitual más allá de Los Pirineos, que exploró en su día los fondos del Instituto de Estudios Sociales de Amsterdam.

Una generación bohemia trotaba por la provincia, con las primeras bocanadas de aire libre: desde el poeta maldito Fernando de Benito a su colega Lolo Adrada, cuyo único verso –a decir de Javier Villán– apareció escrito sobre un muro madrileño, años antes de que se volviera Macandé como Juan Grimaldi, escultor y pescadero, que un día se cansó de ser un empresario de éxito y destrozó a martillazos la cámara frigorífica que su familia tenía en el muelle gaditano. Ahora, busca la piedra filosofal de una máquina de la energía perpetua.

Entre los Polaris y la OTAN. La transición parecía atada y bien atada: las reclamaciones de que se desmantelase la Base de Rota o se desnuclearizara, quedaron finalmente reducidas al hecho concreto de la retirada de los submarinos Polaris, de propulsión y carga nuclear, que abandonaron dicho enclave en 1979.
“En el pueblo, se notó mucho, sobre todo en el sector del taxi, porque disminuyeron espectacularmente las licencias”. Los vecinos del lugar recuerdan la época de vacas gordas de la Base: la llegada de numerosos vecinos desde La Línea de la Concepción, porque habían trabajado en Gibraltar y sabían inglés, el pago en dólares en tiempos de pesetas macarrónicas, la posibilidad de adquirir una segunda vivienda o un coche potente, las güisquerías a la falda de la Base, las broncas nocturnas, una insólita dotación de Policía Local para una localidad de tales dimensiones... El municipio nunca cobró un solo céntimo en materia de impuestos de radicación o posteriores tasas como el IBI, aunque reclamó que al menos pagasen canon municipal el cine –“es militar, para entretenimiento de la tropa”, alegaban--, por la piscina –“es militar, para entrenamiento de los soldados”—o, al menos, por el tránsito de los potentes coches automáticos americanos que empezaron a verse por las inmediaciones. El alcalde Felipe Benítez Ruiz-Mateos, de Alianza Popular, consiguió al menos que, cada año, en los Presupuestos Generales del Estado se incluyese una consignación que cubriese el permiso de circulación de dichos vehículos.

Las hipotecas militares del Estrecho habían frenado la especulación urbanística, pero poco a poco fueron levantándose las restricciones, lo que no siempre fue una buena noticia para la preservación del litoral. Dicha zona marítima seguía siendo un enclave de primer orden, que precisaba de dos gobiernos militares, el de Cádiz y el del Campo de Gibraltar, en donde, por cierto, terminaría encontrando la muerte natural uno de los militares más notables de la transición española, el general Luis Díez Alegría. Nacido en Buelna (Asturias) el 1 de Octubre de 1909, falleció a los 92 años de edad, un 8 de septiembre de 2001. Había sido senador por designación Real en las Cortes salidas del 15 de junio de 1977, integrándose en el grupo independiente de la Cámara, asumiendo la vicepresidencia de la comisión especial de autonomías, de abril de 1978 a enero del año siguiente. Militar de carrera desde 1925, se unió al Ejército de Franco en 1936 y en la División Azul, con el grado de comandante. Después, ocupó puestos de tanta relevancia como consejero del Reino, director general de la Guardia Civil entre 1969 y enero de 1972, jefe de la Casa Militar del entonces Jefe de Estado, asumiendo posteriormente la Jefatura del Alto Estado Mayor, hasta pasar a la reserva en 1979.

Ser gobernador militar del Campo de Gibraltar no era cualquier cosa. Así lo recoge José Antonio Ledesma en su libro El poder, sobre los alcaldes de dicha comarca, entre 1975 y 2002: “Tampoco se le ha hecho justicia a los gobernadores militares del Campo de Gibraltar, cuando tenían atribuciones civiles –explica en dichas páginas José Ángel Cadelo, alcalde de Algeciras desde 1976 a 1979 y posterior candidato de UCD--. Cuando llegaban al Campo de Gibraltar destinados eran unas personas que tenían un gran prestigio previo en el Ejército, aquí no venían militares cualquiera de gobernadores, tenían que ser generales de División y como era un cargo muy apetecible porque era el único Gobierno Militar de España que tenía esas atribuciones por su relación con Gibraltar y todo eso, lo pedían muchos generales y claro, los que más mérito y prestigio tenían eran los que venían, por eso tuvimos a Sáenz de Buruaga, Martínez Campos, Enrique de la Torre, Menéndez Tolosa, Robles Pazos; una serie de militares que de aquí daban el salto a ministros o a capitán general de alguna región militar, y estas personas hicieron mucho por el Campo de Gibraltar, y cuando se creó aquella Comisión de Servicios Técnicos que tuvo a su cargo, prácticamente, todo el desarrollo de la comarca del Campo de Gibraltar, que fue la semilla de lo que hoy es nuestra comarca, de todo el polígono industrial, cuando teníamos en la zona un delegado de cada Ministerio, sin ser capital de provincia, y teníamos delegados de dos ministerios de los que incluso no había representantes en las capitales de provincia; porque había un delegado de Asuntos Exteriores y otro de Gobernación que no había en ninguna capital de provincia; la comarca tenía hilo directo con Madrid y quieras que no el Campo de Gibraltar, y especialmente Algeciras, se benefició".

El reverso de esa moneda era el poder político excesivo que caía en manos de dichos gobernadores, que llegaban a ejercer abiertamente una segunda censura de prensa, en los medios de comunicación del tardofranquismo.

“Hubo un momento, incluso, en que esto iba a ser provincia –recuerda Cadelo ante el periodista Ledesma--, a finales de los años sesenta. Eso lo abortó Cádiz a las puertas del mismísimo Consejo de Ministros del mismo día en que se iba a aprobar el Decreto, una provincia que llegaba desde Estepona a Ronda y a Vejer, con capital en Algeciras. Y lo abortaron el mismo día. Se fueron a Madrid el gobernador civil, el presidente de la Diputación, Fernando Portillo, el alcalde de Jerez de la Frontera, que era Miguel Primo de Rivera, y faltó que Algeciras tuviera allí una persona”.

Ese fue el propósito político que guiaría los pasos de algunos proyectos electorales, como los que respaldó el sociólogo linense Salustiano del Campo o los navieros Juan Luis Bandrés y Victoriano Sayalero. El Mando de Artillería de Costa del Estrecho (MACTAE) llevaría posteriormente al planeamiento estatal en materia de Defensa dicho protagonismo goestratégico del litoral gaditano.

Los flecos de la Transición.
La transición también supuso un cambio de costumbres: enfrentamientos generacionales heredados de los años sesenta, seguían poniéndose de manifiesto sobre el tapete, la aparición de las drogas en la vida cotidiana de la provincia de Cádiz y un notable cambio en las indumentarias, con mayor obediencia a las modas, pero con la pervivencia, como uniforme progre, de las trenkas, las maxifaldas, las botas y los cuellos estilo Marcelino Camacho. En Trebujena La Roja, también cabía una corriente yeyé. Si no, que se lo pregunten al periodista José Aguilar, que entonces militaba como vocalista en el grupo Los Noctámbulos.

La transición gaditana mereció la atención de escritores de otras zonas, como Antonio Ramos Espejo, que reflexiona sobre el viejo precedente de Casas Viejas, o el irlandés David Serafín, que publica Incidente en la Bahía, de sus series de novelas negras sobre dicho periodo histórico y que, en ese caso, gira en torno a una trama golpista que se desarrolla entre Cádiz y San Fernando, a comienzos de los ochenta. El historiador Eduard Malefakis también viaja al campo gaditano para conocer de cerca la reorganización del movimiento jornalero. Durante el verano de 1981, aparece en Algeciras un célebre disidente europeo, Artur London: “Creo en un socialismo de rostro humano”, proclamaba en relación a su país, Checoslovaquia, de donde tuvo que huir tras sufrir un largo proceso, tortura y encarcelamiento como supuesto e imposible espía de la Yugoslavia de Tito. Antiguo brigadista en la guerra civil española, miembros de la resistencia francesa contra los nazis, había llegado a ser viceministro de Asuntos Exteriores de su país antes de ser depurado y reclamado finalmente por el Partido Comunista Francés. Autor de España, España y de La Confesión, sobre su propio drama, el filme que inspiró una célebre película de Costa-Gavras interpretada por Yves Montand: “Es muy difícil ser comunista o socialista en Checoslovaquia hoy –me dijo--. Allí se lucha por el espíritu de la Primavera de Praga y porque un día, el socialismo se identifique con la libertad, que es el único socialismo que existe y al que llegaremos”.

“Estoy en contra de la invasión de Afganistán –reflexionaba cuando la URSS campaba con sus tanques sobre ese viejo pueblo--. Ayudar a la revolución ha sido sólo una excusa. En Afganistán no ha existido nunca un movimiento revolucionario, como se pretende. Convenzámonos de que no se puede llevar la revolución en las bayonetas y que el pueblo afgano tiene derecho a escoger su propio gobierno. Hay que terminar con la existencia de los bloques y es necesaria una Europa fuerte con un contenido democrático, fuerte y progresista en la que entrase Portugal, España, Italia, Francia, etcétera, con apoyo de todas las fuerzas progresistas. Lo mismo para África y los países americanos. Pienso que España ha comenzado un camino democrático y es importante que haya escogido este camino. Hay muchas dificultades y la herencia de 40 años de franquismo es pesada, pero hay esperanzas, muchas esperanzas...”.

Fue el año del intento de golpe de Tejero y el que sentó las bases definitivas para la incorporación de España a la OTAN. Ya en octubre de 1981, se celebra un acto contra el ingreso español en la Alianza Atlántica. Tuvo lugar en Algeciras, bajo el lema de “Por la paz, contra la carrera de armamentos y en petición de un referéndum sobre OTAN”. Periodistas como Jesús Melgar, actores como Pedro Delgado, cantantes como Ana Forero, cantaores como Antonio Madreles o poetas como Manuel Naranjo o Manuel Fernández Mota, quien lanzó un duro alegato contra la desinformación que sufría la opinión pública a tal propósito, completaron el cartel de aquella velada donde sonaron los versos del catón de guerra alemán de Bertolt Brecht.

Lentamente, el paisaje urbano de Cádiz pasó del bache a la boutique, del ultramarinos al hipermercado. El puente Carranza se llenó de pescadores y, Cádiz, de sordos de Astilleros. Vino, luego, el rodillo socialista, el Dios de las potencias militares dejó de ser dos personas distintas para convertirse en pensamiento único. Y, al sur del Sur, como en todas partes, fuimos más libres pero dejamos de ser utópicos. A las costas, mientras tanto, iba llegando gente del otro lado del mar, con hambre de pan y sed de justicia. Pero esa ya es otra historia. ¡Si yo les contara...!.
   
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