Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
28 de abril de 2017
 

 
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  Ana Torregrosa
  Una princesa llamada Cenicienta
  La historia de Almería tras la muerte del dictador es muy similar a la de Cenicienta, la joven mísera y desharrapada del cuento en la que nadie reparaba. Hasta que un día deslumbró a todos con su talento y belleza. Han pasado 25 años y Almería, aquella Cenicienta, es hoy una princesa. Pero a esta princesa nadie vino nunca –como pasaba en el cuento– a probarle un mágico zapato de cristal que la rescatara de sus tribulaciones. Quizá porque estaba en la esquina de un mapa y las esquinas siempre quedan lejos de cualquier lugar. En el caso de Almería Cenicienta se ha ido transformando en princesa gracias al esfuerzo voluntarioso y continuado de sus gentes emprendedoras.

Lento despertar.
La Transición supuso el despertar de una Almería sumida en la modorra, instalada en la resignación. Fue un lento despertar. Era mucho el lastre que había que soltar en una provincia con altos índices de analfabetismo a principios de los años setenta, estancada en una situación económica desastrosa y olvidada por el resto del país. La muerte de Franco marca el punto de inflexión. Las mordazas empiezan a caer. Se lanzan los primeros gritos de auxilio, de protesta, de concienciación… Se intuyen aires de libertad. Pero el ambiente sigue enrarecido por el tufillo del pasado. La pesca, el paro, la falta de agua, una industria basada en el modelo familiar que empieza a agonizar, las más que deficientes infraestructuras de comunicación… Son muchos los asuntos por solventar en una provincia cuyo subdesarrollo llegó a inspirar la denuncia literaria. Queda para la historia Campos de Níjar, la obra con la que Juan Goytisolo, aún en plena vigencia la dictadura del caudillo, da fe de un descubrimiento: el amor incondicional por una tierra herida.

Cerrado el capítulo de la Transición, muchos de aquellos problemas persisten. La provincia sigue sin tener unas adecuadas infraestructuras de comunicación que le permitan sacudirse definitivamente el complejo de esquina. La pesca –el sector que protagonizó en 1976 la primera gran huelga en Almería tras cuarenta años de dictadura– mantiene la batalla, renovada ahora por los desencuentros en los acuerdos entre la Unión Europea y Marruecos. El déficit hídrico sigue latente.
La Transición no fue un camino de rosas. Hubo golpes realmente duros de asumir. Almería fue zarandeada de modo especial por tres dolorosas sacudidas: La muerte de Javier Verdejo, miembro de la Joven Guardia Roja, por disparos de la Guardia Civil en 1976; el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 que amenazó con arruinar el proceso hacia una transición democrática en todo el país y, unos meses después, el llamado Caso Almería, en el que murieron tres jóvenes a los que la Guardia Civil dijo confundir con etarras.
¿Andaluza o murciana? Almería es una provincia muy particular. Marcada por su situación geográfica, por sus propios contrastes interiores, por la idiosincrasia de sus gentes, por el peso de sus complejos… Son muchos los condicionantes que la han llevado a tener que demostrar cuestiones que en otros lugares se daban casi por supuestas. Y de entre esas cuestiones una de las más relevantes fue la que quedó resumida en un interrogante planteado durante la Transición: “Almería, ¿andaluza o murciana?” Inequívocamente andaluza si reflexionamos sobre el tiempo transcurrido desde el 28 de febrero de 1980 hasta hoy. También si atendemos a algunos de los gestos que se vivieron en aquellos tiempos de transición como la manifestación, en 1977, tres años antes del referéndum, de 10.000 almerienses a favor de la autonomía. Y aceptada igualmente como andaluza con otros gestos nada despreciables.

No fue casualidad que Rafael Escuredo abriera y cerrara la campaña del referéndum autonómico en Almería. No lo fue la presencia en estas tierras de gentes como Carlos Cano y Rafael Alberti. Ni lo fue tampoco el desembarco en la ciudad, un mes después de conocidos los resultados de la votación, de los alcaldes de todas las capitales andaluzas. Traían un mensaje claro: “Almería es Andalucía”. Sin embargo, la cuestión andaluza se dirimió con un referéndum que, hoy como ayer, muchas voces mantienen que nació viciado para Almería. Ese referéndum no se puede desligar de otra de las particularidades que distinguieron a la provincia almeriense del resto del panorama andaluz durante los años de la Transición. Y es que Almería no caminaba a la par que el resto de Andalucía. Mientras en las otras siete provincias se había producido un giro a la izquierda tras las primeras elecciones democráticas, en Almería seguía gobernando UCD. Era su último feudo y trataron de quemar los cartuchos que tenían. Maniobraron como pudieron para obstaculizar la pertenencia de Almería a Andalucía. Pasado el tiempo, la duda sobre el sentimiento andaluz de los almerienses ha desaparecido. Aunque cuando se siembra una sospecha siempre se arrastra una sombra. Cuando Almería gira definitivamente a la izquierda en 1983, cerrando así el círculo andaluz, se desata la ilusión de muchos de los que han luchado en la Transición por un cambio sin traumas pero sin trampas. La esperanza arranca en una fecha concreta: 1982, el año de la victoria socialista en el Gobierno de la nación.

25 años después.
El tiempo demostrará que la ilusión y la esperanza son sentimientos tan nobles y necesarios como frágiles. Hubo grandes oportunidades para cambiar las cosas. Se desperdiciaron muchas. Y la ilusión de la izquierda se tornó, para los más concienciados, para los que realmente se creían la lucha en la que militaban, en desencanto. Hoy muchos de los protagonistas de aquellos años han abandonado la política activa y contemplan el panorama actual desde la barrera. Y lo que ven, a muchos de ellos no les gusta. Denuncian que la contienda política se ha encanallado, que se han perdido las formas y se ha creado una ambiente agrio que empuja al ciudadano hacia el escepticismo.
La agricultura intensiva, en una tierra castigada por la falta de agua, ha sido decisiva para la conversión de Cenicienta en princesa. Almería ya no es la hermana pobre. La desconocida que a nadie interesaba es hoy “la huerta de Europa”, el lugar de peregrinaje de delegaciones gubernamentales de los más diversos países que llegan a esta tierra para copiar el modelo agrícola almeriense. Y es en ese contexto de prosperidad económica donde ahora, a comienzos del siglo XXI, Almería afronta una importante oportunidad para relanzar su voz como anfitriona de los 21 países ribereños que participan en los Juegos del Mediterráneo de 2005.
Pero se mantienen las contradicciones. Por un lado, el reclamo de un espectacular desarrollo sitúa a Almería como protagonista de uno de los retos más importantes del presente siglo: la inmigración. Por otro, no son pocas las voces que denuncian que Almería da más de lo que recibe, que su despegue económico –basado principalmente en los invernaderos, y apoyado por sectores como el mármol y el turismo– no le ha reportado la capacidad de influencia que se le presupone a una provincia que, desde hace años, aporta más que las demás a la balanza comercial andaluza.
Han pasado 25 años y la princesa aún no tiene su zapatito de cristal.
   
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